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Kompendium - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 XXIII
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23: XXIII 23: XXIII Los aliados, los queridísimos aliados, qué buen trabajo habían hecho distrayendo a la muchedumbre en escaramuzas, jaranas y reyertas insignificantes.

El algarazo de refriegas sin sentido sirvió, en el buen sentido, para tapar el sol con un dedo.

La Raza Pacifista aguantaba la mecha cuanto podía, luchaba día tras día con el afán de dar por concluida la interminable guerra.

Recién finiquitado el asunto, se podría vivir en paz.

Zenatske se despidió de sus ayudantes auxiliares bajo la consigna de que no volviesen a acercársele nunca más.

Lo que tenía en mente esta vez comprometería a muchísimas criaturas, no deseaba que sus preciados amigos resultasen heridos por su culpa, algo de compasión todavía conservaba.

Exigió la presencia inmediata de Syrex, quien no tardó más de tres días en reaparecer para ser sometido a una serie de pruebas físicas y psíquicas bajo el pretexto de que le serían de suma utilidad.

En el habitáculo principal, el dragón púrpura halló cuatro torres de mármol que parecían tótems a punto de cobrar vida.

Sintió curiosidad por saber qué guardaban dentro de sí.

No hubo tiempo para explicaciones, la inatajable ansiedad obligaba a Zenatske a darse prisa para hacer el conjuro que lo volvería invencible.

Los demás oráculos estaban en camino, iban por él, por su cabeza.

—¿Por qué no me dice de qué va todo esto?

Me da la impresión de que me está escondiendo algo —habló el dragón púrpura.

—Perdería el sentido si te lo contara —contestó sin mirarlo y siguió husmeando entre papiros—.

Temo que no puedo dar más información de lo que ya te di.

—Pero si lo único que me dijo fue que me iba a someter a una serie de pruebas, nada más.

¿No estará pensando ejecutarme?

—Jamás haría eso —se volteó para verlo a los ojos y arrimársele—.

Yo siempre confié en ti, ahora quiero que tú confíes en mí.

—Zenatske, yo jamás dudaría de su palabra —se lo aseguró—.

Es que me da la sensación de que tanta ceremonia para un ritual lúdico es… cómo explicarlo… inane.

A no ser que pretenda hacerme otra cosa.

—Si quisiera dártela con queso, ya lo habría hecho.

El engaño como método de persuasión era de lo más común ya en aquellos tiempos.

Syrex sentía ñáñaras en la espalda, no sabía qué esperar de aquel estrambótico experimento, si realizarlo o no.

Algo no cuadraba dentro de su cabeza, lo presentía.

—Me contaron por ahí que usted estuvo involucrado en el asesinato de uno de los hijos de Dégmon.

Temo pensar que eso sea cierto.

—¿Me crees capaz de algo así?

—Bueno, no… eh, quiero decir, no lo sé… ya no sé qué pensar al respecto.

Tantas cosas han pasado últimamente que ya ni sé quién soy.

—¿Qué pensarías si te dijera que planeo incrementar mi capacidad para absorber energía?

—Pues que no me parece una mala idea.

—Bien, eso es lo que haré.

Tú lo presenciarás en carne propia.

—¿En carne propia?

¿A qué se refiere con eso?

Llegado el momento exacto, las torres de mármol resplandecieron bajo la orden de Zenatske, quien sintió una pizca de culpa por lo que estaba haciendo.

Sabía que Syrex no saldría ganando luego del alocado plan, mas tenía que hacerlo le gustara o no.

Un campo electrificado, de color naranja, rodeó en su totalidad el cuerpo del reptil cuadrúpedo, lo dejó inmóvil por un instante.

La cantidad de energía necesaria para someter a un dragón púrpura sobrepasaba por mucho las capacidades de Zenatske, motivo por que tuvo que ingeniárselas para engatusarlo.

—Mi buen amigo Syrex —le susurró al oído—, gracias por confiar en mí.

Te prometo que no desaprovecharé esta oportunidad —se lo juró con la mano en el corazón—.

Sentirás un poco de dolor con lo que te haré, pero la satisfacción que obtendré a cambio valdrá la pena.

El inmovilizado dragón púrpura no supo cómo reaccionar ante la inesperada circunstancia, presentía que algo malo sucedería si no hacía algo para escapar.

Demasiado tarde era para oponer resistencia.

Zenatske se acomodó frente a él, puso ambas manos sobre el hocico escamoso, pronunció la última frase y dejó que la magia fluyera por sus poros.

La carne de ambos comenzó a unirse cual si fuesen macho y hembra de la especie Neoceratias spinifer.

El oráculo parásito ingresó al cuerpo inmóvil del dragón, se fusionó dando lugar a un esperpento sin nombre.

Dicha acción conllevó a lo que cualquier espectador denominaría el monstruo de Zenatske.

El campo de energía se desvaneció, las torres se rajaron hasta quedar hechas pedazos, el castillo enteró fue azotado por un silencio sepulcral nunca antes visto.

El cuerpo del dragón púrpura quedó exangüe sobre un piso alfombrado, sin señales de vida.

Permaneció así por un buen rato.

Todo parecía haber salido peor de lo esperado.

La idea de Zenatske era absorberlo para asimilar todas sus habilidades, sin embargo, algo no salió bien durante el proceso de unión carnal.

Markhonni, Ferboc y Desacrois al fin aparecieron en las proximidades de Kaizzereh, consultaron a los yagurés flamígeros por la guarida escondida, a lo cual le indicaron que quedaba cerca de la costa septentrional.

A ellos se les habían unido tres metiches que no tenían lo que hacer, aparte de perder el tiempo en simplezas.

Zander, el metomentodo por excelencia, llevó consigo a sus dos mejores amigos, Tóddi, el anaranjado gato antropomórfico con apariencia de brujo, y Zárkot, el lobo cuadrúpedo que parecía salido de un libro de Stephen King.

Con ellos tenía pensado visitar la playa una vez terminado el asunto del civeto traidor.

Una horda de grifos de clase superior se había sumado a la tríada oracular, así como también reducidas manadas de lobos ígneos y leones rojos.

Lo que ninguno de los caminantes sabía era que más allá del horizonte yacía, en espera de una visita, una criatura espantosa que dormía como tronco.

Fue su despertad lo que perturbó a medio mundo.

Zander fue el primero en detectar una presencia extraña, pidió a los demás que se detuvieran y examinaran el entorno.

Los tres oráculos que ya conocían a Zenatske suponían que ese no podía ser él, el nivel era muchísimo más elevado, algo que ningún civeto alcanzaría jamás en la vida.

Uno de los grifos de plumaje ambarino advirtió que aquella presencia era maligna, lo cual no tenía mucho sentido siendo que provenía del castillo de un ser benigno, a menos que… El grito desgarrador de Zander estremeció a todos.

Era la primera vez que se asustaba tanto.

Sintió un poder descomunal que le puso de punta las escamas de todo el cuerpo, casi lo hizo mearse encima.

Tóddi y Zárkot también lo sintieron, quedaron erizados.

Algo raro estaba ocurriendo en la punta del continente, debían apresurarse por averiguarlo.

Corrieron desesperados hacia el destino.

La oscuridad se apoderó del contexto, el ennegrecido cielo se llenó de pájaros que revoloteaban como locos chocándose entre sí por mor de las portentosas ráfagas huracanadas que provocaban tifones en la costa y trombas en el océano.

El repentino estallido, similar al de una hipernova, se llevó consigo el castillo, la arena, las piedras, los árboles, todo a su paso.

Los oráculos y los tres entrometidos tuvieron que protegerse a sí mismos con poderosos campos de fuerza, los cuales evitaron que salieran disparados como misiles.

Todos los demás desaparecieron de vista.

Nadie comprendía qué era lo que acaecía, de dónde salía tantísima energía y por qué no habían detectado tamaña fuente de poder minutos atrás.

Las aldeas cercanas sintieron los efectos abrumadores de aquel estallido que hizo volar todo por los aires, aldeanos de regiones distantes también lo sintieron.

Medio continente lo percibió como un sismo.

Poco a poco, la energía irradiada iba tornándose más y más clara, tanto así que hasta los tres reyes la percibieron desde sus castillos.

Salieron a revisar el horizonte, interesados por saber de dónde provenía tanto poder concentrado.

Los oráculos enmudecidos creyeron que Zenatske por fin había mostrado la hilacha, la verdadera identidad oculta dentro de un cuerpo inofensivo.

No cabía la menor duda de que algo gravísimo había acabado de hacer para obtener poderes de semejante magnitud.

Fue Desacrois, el más avispado, el que lanzó la suposición de que se hubo fusionado a un animal de clase superior, que bien podría ser un grifo o un dragón, aunque lo primero era más probable que lo segundo.

Hubo impactantes señales apocalípticas antes de que la enigmática y mastodóntica figura enemiga se hiciera presente.

Surgió detrás de una imponente cortina de humo, el cuerpo oscuro y lanudo, provisto de astas, ojos brillantes, extremidades extensas, rabo corto, pelaje violeta, hocico alargado, orejas puntiagudas, dentadura amarillenta, lengua babosa, garras filosas y un aspecto tenebroso.

«¡¡¡Zenatske!!!», fue lo primero que pensaron los oráculos al ver esos ojos dorados y ese pelaje purpúreo.

Les ponía la carne de gallina a todos ellos.

Zander, el más juguetón del grupo, tenía ganas de divertirse un poco, por lo que les imploró a los oráculos que lo dejaran a él y a sus cuates poner a prueba la resistencia de aquel monstruoso espécimen que los observaba desde lejos.

Ninguno de los oráculos se opuso a la petición; es más, preferían verlos luchar a ellos que correr el riesgo de palmar en el intento por romper el hielo.

Era la primera vez que se topaban con un oponente de semejante nivel.

Enfrentarlo sin antes estudiar sus habilidades era, innecesario iterarlo, un desquicio total.

—¡Vengan!

—llamó Zander—.

Veamos de qué está hecho este demonio.

—Allá vamos —confirmó Tóddi y lo siguió junto con Zárkot.

Los tres metiches se separaron y se acomodaron en distintos puntos estratégicos.

Zander voló dando giros, lanzó sus sombras coloridas que representaban cada uno de los elementos que dominaban, se abalanzó sobre Zenatske lanzando millones de bolas de energía púrpura desde sus fauces.

Una sombra lanzaba fuego, otra hielo, otra electricidad, otra viento, otra tierra, otra veneno; cada una tenía su propio nombre.

Zárkot daba majestuosos saltos de felino y disparaba rayos negros que ponían todo en negativo cada vez que los expulsaba desde sus cuernos.

Tóddi, identificado por el sobretodo y el sombrero picudo, escupía gigantescas bolas amarillas que explotaban como una bomba al hacer contacto con el cuerpo del rival.

El nuevo cuerpo de Zenatske era inmune a todos los ataques, no se alteraba en lo más mínimo.

Gélido o caliente, duro o blando, húmedo o seco, nada de lo que le arrojaban surtía efecto.

Lanzó un rugido gutural con el que aturdió a los demás, a continuación, dejó salir una gigante onda expansiva que se llevó puesta una décima parte de la región.

Tan poderosa era la energía esparcida que desintegraba todo a su paso.

Markhonni, Desacrois y Ferboc fueron obligados a alejarse de la escena de combate.

No estaban a la altura de aquella bestia.

Un somero ataque sorpresivo los podía hacer añicos en un relampagueo.

Rayos y centellas iban y venían entre las sombras elementales de Zander y el monstruo que medía más de cien metros de altura.

La infinidad de ataques que los tres le arrojaban no le hacían ni cosquillas.

En efecto, el cuerpo perfeccionado del antiguo oráculo de Kaizzereh sorprendía, soportaba hasta los ataques más impresionantes sin inmutarse.

La mejor parte llegó cuando Zenatske rugió por segunda vez, rutiló como un sol artificial y alzó el brazo izquierdo.

Sobre la palma de la mano elevada, se empezó a formar una especie de espiral violeta que se alimentaba con energía de todo lo que existía, lo que incluía seres orgánicos y elementos químicos en general.

El sol, la marea, el viento, la electricidad, el vapor, todo lo que servía para producir energía beneficiaba al portador de una técnica especial carente de nombre, cuya capacidad de absorción sobrepasaba todos los límites.

Demasiado tarde fue cuando Zander se percató de que, en vez de ayudar a detenerlo, le estaba dando pábulo, la había regado sin haberlo imaginado.

Detuvo a las seis sombras elementales y las hizo desaparecer para enfocarse en lanzar un ataque distinto.

Extendió las alas, abrió el hocico y escupió una mezcolanza de fuego granate con electricidad congelante y deletérea.

Vaya que fracasó en el intento de pararlo.

Le llamaba la atención lo poderoso que era aquel monstruo velludo que parecía un mapache amorfo.

Los tres oráculos se aproximaron tanto como pudieron y vociferaron desde uno de los laterales, querían ver si aún podían hacer entrar en razón al excompañero de la Orden Real.

Lo malo era que Zenatske, guiado por nada más que el instinto, carecía de razón.

Creía que todo a su alrededor era digno de devastar.

Por mucho que se lo rogaran, nada se lograría cambiar.

Tuvieron que alejarse para evitar que los pisoteara.

Lanzaron ataques especiales desde los costados, los cuales fueron neutralizados al toque.

Desde el ensombrecido cielo se iba abriendo un vórtice verdoso que daba permiso a que lo penetrara la titánica esfera energética que resplandecía tanto como una estrella.

Los chispazos, las llamaradas, los choques eléctricos, las ráfagas de viento, todo ello hacía imposible cortar distancia.

El simple hecho de acercarse ya ponía en peligro la vida.

Por sugerencia de Tóddi, Zander y Zárkot se hicieron a un lado.

El gato tenía pensado ejecutar una técnica especial que le podía arrebatar la vida.

Lo que Zenatske tenía sobre la mano izquierda, esa cosa deforme que crecía más rápido que un tumor cancerígeno, era una técnica suprema capaz de destruir el continente entero si seguía aumentando de tamaño.

Una varita mágica pareció resplandecer a lo lejos, el viento tempestuoso hizo volar el báculo solar.

El felino de ojos verdes lo cogió antes de que se fuera a la mierda.

Al examinarlo de cerca, supuso que le podía ser útil pues en él había una gran cantidad de energía acumulada.

Con la nueva arma entre sus manos, fue saltando como una pulga hasta llegar al frente del monstruo.

Una vez concentrado todo su poder, puso la mente en blanco y se lanzó como una flecha hacia el tórax de la bestia peluda.

Lo atravesó de cabo a rabo, el corazón le perforó con el báculo, haciendo que perdiera la capacidad de latir.

Alteró la bomba de sangre, así logró que reaccionara.

La inmensísima esfera hiperenergizada que había generado minutos atrás empezaba a perder fuerza, se iba desintegrando con cuentagotas.

Los resuellos de Zenatske se oyeron con diafanidad.

No podía respirar bien, se estaba asfixiando como pez fuera del agua.

Perdía vigor y también fuerza.

La imponente presencia ya no era la misma del principio.

Tóddi, Zander y Zárkot se tomaron el palo, no quisieron quedarse a ver cómo se desplomaba el monstruo sobre ellos.

Se llevaron a los tres oráculos en el interior de una burbuja hermética que los mantenía fuera de peligro.

Zenatske, en su versión hercúlea, brilló por enésima vez hasta que explotó en millones de pedazos.

Tras aquel masivo estallido, el cielo recuperó la claridad y el clima volvió a la normalidad.

De aquel vivérrido de mente cuadrada no quedó ni una mota de polvo.

Lo malo fue que Syrex, que nada tenía de réprobo, también feneció con él.

Fusionarse fue el craso error más tonto que hubieron cometido antes de transformarse en el monstruo de pelaje tupido.

La sed de poder fue lo que al final empujó a Zenatske a la perdición.

Él mismo murió haciendo lo mismo que hacían los demás enemigos.

Unirse a un dragón púrpura siempre fue peligroso, todo el mundo lo sabía, por eso nadie se arriesgaba a probarlo.

Hasta el merluzo más obtuso era consciente del riesgo de anexarse al cuerpo de un dragón de raza especial, y más sabiendo que dos almas en un mismo cuerpo era harto difícil de controlar.

Al fin y a la postre, quien juega con fuego se quema, así sucumbió Zenatske, jugando con el fuego que él mismo aseguraba que quemaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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