Kompendium - Capítulo 26
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26: XXVI 26: XXVI A más de dos mil cincuenta kilómetros de Faunixur, la famosa tierra tórrida de los fénix, sitio árido y rocoso conocido por muchos como Frexiah, moraban zorros de fuego de clase común.
En ese lugar, donde las casas eran construidas con barro, argamasa y piedra, merodeaban de manera cautelosa minotauros de piel rojiza, los únicos de su especie adaptados al calor extremo de la región.
Protegidos con imponentes armaduras de bronce, los bípedos taurinos dejaron de atisbar para meterse de lleno en terreno desconocido, yendo de un lugar a otro a hurtadillas, explorando los alrededores estando ojo avizor.
Sin percatarse, alguien los estaba vigilando desde una atalaya lejana que, erguida como una estaca y oculta entre dos ingentes montañas, servía como medio de mantener informados a los guardianes en caso de que apareciesen invasores.
Con una improvisada lente que se utilizaba para ver con más claridad objetos distantes, un joven zorro de tres colas observaba las siete figuras rojizas que se desplazaban con rimbombante parsimonia.
Era sabido que esos minotauros no tenían buenas intenciones, era necesario esperar el momento justo para arremeter.
Sin embargo, un explorador alado proveniente del Sudeste no fue paciente y acometió contra ellos.
—¡Maldita sea!
—refunfuñó el zorro de espeso pelaje colorado y bajó corriendo las escaleras.
Las extensas colas que tenía, casi tan largas como sus brazos, rozaban la pared y perdían pelo.
Corriendo con celeridad, dando pequeños saltos para evitar tropezar con las rocas picudas que yacían en el suelo seco, llegó hasta el sitio de encuentro.
Ante sus ojos, no habiendo esperado tal cosa, un grifo de clase superior protegido con una ligera panoplia plateada estaba dando una espectacular, más bien hiperbólica, demostración de su poderío, cercenando a una velocidad portentosa a los rivales, con dos espadas largas de astil curvo.
Defendiéndose con hachas de guerra, los rivales lograron evitar que los mutilara.
Antes de que el zorro se interpusiera en la batalla, tres encolerizados rifontes aparecieron, apartaron al entrometido al crascitar de forma estridente, lo que producía sordera temporal, y se acomodaron en el suelo a fin de que los merodeadores subiesen en sus lomos emplumados.
Fue así como los siete minotauros, que habían recibido profundos cortes en la piel, lograron escapar antes de que los mataran.
Los gigantescos cuervos de aspecto grotesco se alejaron con prontitud, dejaron la aldea en paz.
Frente a frente, en un área rocosa y polvorienta, con pocas ganas de dialogar de forma pacífica, se encontraron los dos protagonistas principales de la historia.
Drafur era un kitsune de raza Fägur, de pelaje escarlata, vientre ambarino, manos y pies azabache, ojos naranjas y granate cabello lacio que le cubría hasta la mitad de la espalda, una túnica de color marrón oscuro, bastante agujereada y gastada, le cubría el cuerpo, una funda dorada en su espalda descansaba, lugar donde colocaba el yatagán, cuya hoja resplandeciente medía casi dos metros, su figura esbelta lo distinguía de los zorros de fuego comunes, superaba los tres metros y medio de altura.
Su voz gruesa, algo aguardentosa, sonaba parecida a la de un dragón de clase superior, no así su acento neutral.
Hablaba cinco idiomas, de los cuales prefería el Serfi, la lengua franca de los tres continentes, por una cuestión de practicidad.
Zasutke Iyasame Queilevem Hakmurus de Gaulkurmoh, conocido con el pseudónimo de Izkerus, era un grifo de clase superior que medía tres metros setenta y seis.
Todas sus plumas eran blancas y tenían bordes añiles, sus ojos, un poco más grandes de lo normal, eran azures, un penacho de cacatúa emperifollaba su cabeza, dándole un distintivo retoque, sus largas piernas, como las del león, eran de color pardusco, su extensa y delgada cola, prensil por supuesto, tenía algunos pelitos en la punta, sus alas no eran tan grandes como debían ser, razón por la cual volar con libertad no era su pasatiempo favorito.
El sereno tono de voz que tenía no parecía salir de su boca, más bien parecía que alguien hablaba por él.
A diferencia de la mayoría de los grifos de Xeón que eran multilingües, él solo sabía hablar Serfi y Jesare, motivo suficiente para que sus congéneres lo despreciaran.
»¿Qué demonios crees que estás haciendo?
—se lo dijo de manera poco amigable—.
Por tu culpa esos infelices escaparon.
—Yo sólo quería divertirme un poco.
—Guardó las armas y se volteó, preparándose para irse.
—¡Qué te zurzan, pajarraco!
Ya estoy aviado.
No necesito que me arruines más la vida.
—¡Oye!
—lo encaró de frente—, no me faltes al respeto.
No te he hecho nada malo.
—No metas las narices en donde no te llaman.
—¿Y qué querías que hiciera, que me quedara a ver como esos truhanes hacían de las suyas?
—Si tanto te molestaban, ¿por qué no fuiste tras ellos?
—Mira el tamaño de mis alas —le dijo y las extendió para que las viera—, ¿no ves lo cortas que son?
Yo no puedo volar como los demás grifos.
—No me vengas con excusas.
—Veo que eres quisquilloso.
—Este territorio está bajo mi control.
El líder de la aldea me otorgó permiso para que protegiera su hogar hasta que sus hijos retornaran del Este.
Skel era un viejo zorro de fuego de más de trescientos años.
Se había debilitado mucho en los últimos tiempos, quedando bajo el cuidado de su única nuera, la esposa de su hijo mayor.
Él, distinguido por tener un costurón en el rostro, se llamaba Belgreth, y su hermano menor, que le faltaba la mitad del brazo izquierdo, se llamaba Lieffen.
Eran los únicos miembros de la familia que aún quedaban con vida.
La mayoría había perecido a manos de los dragones rojos, que no dejaban de fastidiar en ningún momento del año.
Todos los zorros de fuego eran parecidos, la única diferencia era la fisonomía y la vestimenta que usaban.
—¿Y qué se supone que hacías cuando los minotauros andaban merodeando?
—Estaba en la torre de vigía donde siempre estoy.
—¡Vaya!
¡Qué trabajo tan duro!
—ironizó Izkerus—.
Quedarse a ver cómo los invasores pisan tu terreno debe ser exhaustivo.
—Una palabra más y te corto la lengua.
—Vamos, zorro.
No me vengas con amenazas.
Tú y yo estamos del mismo bando, ¿no es así?
—¿Del mismo bando?
Yo sólo protejo mis tierras, que es lo que me corresponde.
No me meto en escaramuzas ajenas como lo hacen ustedes.
Así es, no creas que no me enteré de ello.
Ya en aquellos tiempos, los grifos de clase superior eran conocidos por meterse en donde no les incumbía.
Los casi cinco mil quinientos que vivían en Xeón solían ir a luchar con dragones en el Norte, muchas veces sin siquiera planificarlo.
La tirria que había hacia ellos era tal que ya no les importaba de qué clase eran, si eran inocentes o culpables, jóvenes o adultos, antropomorfos o cuadrúpedos, salvajes o civilizados, lo único que les importaba era darles muerte antes de que escaparan.
Los grifos representaban una mínima amenaza para los dragones, los líderes ya lo habían notado, no creían que una especie con tan pocos ejemplares vivos pudiera, en algún momento, darles problemas.
—¡No generalices!
—le recriminó para que no siguiera haciendo lo mismo—.
No todos los grifos son buscapleitos, solamente algunos.
—Me da igual.
—En fin, yo tengo que irme así que… —Vete de aquí.
No quiero seguir escuchándote.
Antes de que Izkerus se fuera, percibió la poderosa presencia de un enemigo en las cercanías y cambió de parecer al instante.
Sabía que una energía tan poderosa sólo podía irradiarla un monstruo formidable.
»¡Qué te vayas, maldita sea!
—le pidió.
—No es el mejor momento para discusiones.
Algo peligroso se aproxima.
—Sea lo que sea, yo me haré cargo.
Tú vete.
—Eres demasiado presuntuoso, compañero.
Esa actitud te traerá problemas en el futuro —le señaló el defecto y se fue.
Sin más nada que añadir, corriendo se fue Drafur, en dirección al Este, deseaba averiguar el origen de tremenda presencia maligna.
No quería que nadie interfiriera, estaba dispuesto a enfrentarse a cualquier cosa.
Al cabo de media hora, llegó al sitio de encuentro, se llevó un gran susto al ver que los guardianes de Frexiah, ignífugos combatientes experimentados, habían sido liquidados por un escorpión gigantesco de coraza dorada.
Al verlo de cerca, sin necesidad de ponerse a pensar, se apercibió de que era uno de los insectos experimentales que utilizaban los hechiceros de Marmalukshia para que hiciera el trabajo sucio por ellos.
Empero, no se trataba de una simple casualidad.
Una invasión se aproximaba, a paso de tortuga, desde Ganfarmen, la otra punta del continente.
Una numerosa horda de dragones rojos había partido desde el Norte hacía más de treinta años, bajo guía y dirección de Anaruk, tercer hijo reconocido de Dégmon.
Él ya era adulto y poseía las mismas habilidades que sus congéneres, sólo que un poco más desarrolladas.
Una figura desconocida apareció al instante.
Por su forma de vestir y su forma de hablar era obvio que se trataba de uno de los esbirros del rey.
Era un lagarto de ojos amarillos, manos huesudas y colmillos salientes.
Lo conocían como el hechicero de la túnica negra, un equivalente a Eugenio de Torralba, discípulo de un famoso dragón blanco que se especializaba en conjuros y hechizos.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Drafur le preguntó, con la espada en mano.
No le tenía confianza.
—Tú debes ser uno de esos zorros de tres colas como los que el señor Vishne hizo desaparecer el año pasado —le habló y lo señaló con el dedo índice.
—Yo estoy vivo, a mí no me hizo desaparecer nadie.
—Me refiero a que eres uno de ellos —aclaró para que no siguiera confundido—.
Debe ser angustiante saber que eres el último de tu especie con vida.
—¿De qué estás hablando?
Hay muchos como yo en el Sur todavía.
—Había —le corrigió—, ya no hay más.
—Hizo una pausa antes de seguir—.
Verás, hemos estado limpiando el continente los últimos tiempos y miles de especies ya fueron exterminadas.
Nos quedan pocas por matar.
—Veo que a ti también te lavaron el cerebro esos malnacidos.
No me importa quién seas ni de dónde hayas salido, acabaré con tu miserable existencia de inmediato.
—Se puso en guardia.
—¿Desafías al poderoso Vakken?
¡Pero qué insolente!
—¡Cierra la boca!
—le gritó—.
Prometí proteger esta aldea de los invasores y así será.
Sin ponerse a escrutar la situación, Drafur inició una rencilla con el reptil foráneo.
Menos de dos segundos tardó Vakken en sacar una larga espada de hoja rojiza.
El enfrentamiento, lejos de ser un divertimento, enervaba al inmodesto kitsune, haciendo que su fuerza y su velocidad incrementaran.
Este rival, distinto a todos los que había enfrentado antes, poseía una agilidad fuera de lo común.
Esquivaba todos los ataques, se burlaba de él cada vez que fallaba.
Una insoslayable coz lanzó al canino para atrás, se dio un costalazo contra unas piedritas sueltas y soltó el arma.
Vakken lanzó una risa desagradable a modo de burla.
Drafur, enardecido de rabia por la patada que había recibido, se puso de pie y cogió la espada.
Si había algo que detestaba, era que lo subestimasen.
No podía permitir que se le rieran en la cara.
La lucha prosiguió, ambos danzaban en lo que parecía un complejo baile majestuoso de saltos, giros, maniobras evasivas y acometidas.
Redundantes eran las palabras e inútiles eran los diálogos, acallar con violencia era el único medio.
El puntilloso kitsune, en un frívolo descuido, recibió un corte en el antebrazo izquierdo y soltó el arma, quedando así a merced del enemigo.
Cayó de rodillas y le pidió que lo matara de una vez.
Vakken le dejó en claro que no valía la pena matarlo, prefería que su escorpión hiciera el trabajo por él, de la misma manera que lo había hecho con los demás celadores que se le interpusieron en el camino.
El kitsune sostenía el brazo herido con su mano derecha.
El profundo corte sangraba sin parar, un dolor lancinante producía.
El escorpión, bajo pleno dominio del hechicero, se aproximó a él y preparó el aguijón, ansioso por clavárselo en el lomo.
El fuerte veneno que poseía provocaba una muerte casi instantánea, derretía carne y hueso por igual.
Vakken hizo un ademán que él desconocía, el escorpión se preparó para lanzar el ataque, una oxidada cadena se enroscó en la rígida cola dorada, que parecía una rama torcida, y el lanzador jaló tan fuerte que consiguió arrancársela.
La acción, bien premeditada, resultó inane.
La cola volvió a crecer al instante, como la de una salamandra ígnea, de esas que había en Bretsovïe.
Al no funcionar el plan, tuvo que intervenir.
Drafur estaba sorprendido de ver de nuevo al grifo, pensaba que ya se había ido.
El escorpión cambió de blanco por un momento, centrándose en la figura alada que se movía con presteza, la cual lo llevaba lejos del kitsune.
Izkerus supuso que lo mejor que podía hacer era lograr que lo persiguiera hasta el borde de la altiplanicie donde se encontraban; un mar de lava ardiente atravesaba lo que otrora había sido un cañón seco de gran profundidad.
El calor sofocante era capaz de derretir por completo el cuerpo del enemigo, lo que imposibilitaría la autorregeneración.
El grifo aleteaba como podía para no caerse.
El excesivo calor comenzaba a molestarle, el cálamo de sus plumas parecía que en cualquier momento se iba a derretir.
Hizo un enorme esfuerzo por cruzar el estrecho río de lava, teniendo que aguantar el agobiante vapor que salía de abajo.
De pie sobre el otro lado, cogió una piedra y se la arrojó al enemigo para ver si podía lastimarlo.
Tuvo la maravillosa suerte de hallar una lanza y una soga de varios metros de longitud, ideal para improvisar un arpón.
Con apresuramiento y sin dar vueltas, amarró la soga al objeto puntiagudo, se la lanzó al escorpión con toda su fuerza, logró enredársela entre las patas delanteras y jaló con el fin de que tropezara.
La estrategia, lejos de ser brillante, no resultó.
El monstruoso insecto de color dorado fue sorprendido por una serpiente ígnea que no tardó ni un segundo en salir de la lava y lanzar una tarascada definitiva, lo atrapó entre sus fauces y descendió con la presa en la boca.
El grifo retornó al mismo sitio, mas no halló al zorro ni al hechicero.
Parecía que ambos habían desaparecido por arte de magia.
Al costado de un bute, no muy lejos de la zona, vio a dos coyotes negros que ayudaban al kitsune a caminar.
Ambos llevaban sayas grises en mal estado.
Habían atacado a Vakken por sorpresa, y éste, al ver que estaba en desventaja, no le quedó más remedio que esfumarse.
El grifo corrió hacia ellos y los detuvo, quería ver cómo se encontraba el zorro.
—¿De dónde salieron ustedes?
—Izkerus les preguntó a los caninos de pelaje azabache—.
No son de por aquí, ¿verdad?
—Los zorros nos avisaron que había llegado un grupo de rufianes y que andaban inspeccionando la zona —respondió el coyote que estaba a la derecha.
—Vinimos tan pronto como pudimos —respondió el otro coyote.
—Yo espanté a los minotauros y me deshice del escorpión.
No hay de qué preocuparse.
Drafur se alejó de los coyotes y se sentó en una roca con forma de hexágono, harto estaba de no hacer nada bien.
Toda su vida había sido un fracasado sin propósito, ni siquiera amigos tenía.
Su vida había sido oscura y lúgubre desde la niñez.
Pocos deseos tenía de seguir viviendo.
—Esos minotauros estaban explorando la aldea en busca de refugiados —dijo el kitsune con tono serio—.
Eso es lo que hacen.
Cuando ven que la zona está deshabitada, se van.
Si ven que hay refugiados, llaman a sus tropas para invadir.
—Dudo que vayan a volver después de la paliza que les di —aseveró Izkerus.
—Todo esto es tu culpa, pajarraco.
Si no hubieras interferido, esos infelices se habrían ido de aquí.
—No me eches la culpa a mí.
Yo sólo quería ayudar.
—Sí, claro.
Viniste hasta aquí para eso —pronunció con sarcasmo.
—Por supuesto que no.
Vine a visitar a dos grifas que moran en una caverna cerca de aquí.
Es temporada de apareamiento, compañero.
—Para tu especie todo el año es temporada de apareamiento.
—Ojalá —dijo riéndose.
—Has estado sangrando mucho —le dijo el coyote que estaba a la derecha del grifo—.
Será mejor que te cosan esa herida antes de que aparezcan más rufianes.
—No quería que corriera ningún riesgo—.
Mi hermana sabe cómo tratar heridas.
Ella es puericultora y ayudante de un viejo curandero.
—Estaré bien —afirmó el kitsune.
—¡No seas terco!
Te puedes morir si sigues perdiendo sangre —Izkerus le advirtió.
—Como si eso me importara.
—Volteó la mirada y frunció el ceño.
—¡Vamos!
Yo te puedo acompañar.
—Se agachó frente a él.
—¿Qué eres tú, alguna clase de cuidador o algo por estilo?
—Lo miró de frente, con el ceño fruncido.
—No seas así.
Yo también me preocupo por los debiluchos sin fortaleza física.
La insistencia del grifo era molesta en exceso, motivo por el cual el kitsune no tuvo otra opción más que dar brazo a torcer, dejó que lo acompañase hasta el refugio del curandero al que los coyotes recurrían cuando estaban heridos.
Fue una caminata ligera de casi nueve kilómetros.
Para Drafur era difícil no perder los estribos ante alguien que no podía mantenerse callado durante cinco segundos.
Su acompañante era un charlatán que destilaba fastidio, era carismático y sincero a la vez.
Eran como Burro y Shrek en el transcurso del viaje hacia Muy Muy Lejano.
Al llegar a la morada, escondida entre dos torres carcomidas, Drafur golpeó la puerta para ver si había alguien adentro.
La encargada salió a recibirlo, tensa se puso al verlo herido.
Era la primera vez que veía un kitsune en persona.
Como manipulaba medicamentos y pócimas, siempre vestía de blanco.
—¿Tú eres la que hace curas milagrosas?
—le preguntó.
—Yo soy Bragne, la ayudante del curandero Borguim.
—Tu hermano nos dijo que podías ayudarnos —añadió Izkerus—.
Mi compañero sufrió un corte profundo.
Supongo que sabrás qué hacer con él.
—Desde luego.
Bragne llevó al kitsune al interior de la morada y lo sentó en una banqueta especial.
Lo primero que hizo fue purificarle la herida con agua, luego tomó algunas hierbas odoríferas para exprimirlas y usar el fluido eyaculado como antiséptico.
Al colocárselo en el antebrazo, le produjo una gran irritación.
—¡Oye!
—Quitó el brazo de un tirón—, eso arde.
—Deja el brazo quieto —le pidió—.
Todavía tengo que sellar ese tajo.
—¿No puedes dejarlo así?
Ya no sangra.
—Se puede reabrir con un movimiento brusco.
—¿Y qué piensas hacer?
—Coser la herida.
La hembra, con toda la hospitalidad y afabilidad del mundo, tomó una aguja y un hilo delgado, cosió la herida del desconocido zorro, le colocó vendaje para que no estuviera expuesta.
En pocos días, esa horrenda cortadura iba a ser otra cicatriz más del montón.
Drafur se puso de pie y arrumbó la morada sin decir nada.
Halló a su pesado acompañante en las cercanías y le dijo que ya podía ahuecar el ala, cosa que él no aceptó.
Izkerus insistió en acompañarlo, se notaba a leguas que no tenía nada importante que hacer, amén de fastidiar a otras criaturas.
El protagonista, pesimista a más no poder, le dijo que no lo necesitaba tener encima todo el día, que él solo podía apañárselas.
Le dejó en claro que sus pocas ganas de vivir evitaban que sacase a relucir la beatitud que alguna vez había tenido.
Toda su vida el kitsune había padecido sin necesidad, saturnino se había convertido y poco le importaba pervivir en ese mundo injusto y atroz donde no podía ser feliz.
Creía que estando muerto iba a ser mejor ya que no iba a sentir nada ni a ver sufrimiento en ningún lado.
Al descubrir lo miserable que era la existencia de aquel canino, el grifo le comentó que lo mejor sería permanecer juntos, así se evitarían contratiempos y podrían trabajar en equipo.
A Drafur le preocupaba que los enemigos ya conocían la ubicación de los zorros, adicionó la digresión para que el grifo no empezara a parlotear de nuevo.
Lo único que quedaba por hacer era evacuar la zona.
Como el grifo había emigrado siete veces, conocía varias regiones del continente, algunas más amplias que otras, de modo que podía guiar a los zorros de fuego a otro sitio más seguro.
Al pensarlo con detenimiento, el vulpino supuso que al final podía servirle de algo.
Ambos retornaron a Frexiah y se dirigieron a la cabaña principal del líder de la aldea.
El viejo Skel había acabado de salir, arrastraba las débiles piernas mientras observaba los alrededores.
Su frágil salud no le impedía salir a tomar aire fresco de vez en cuando, sí dificultaba su capacidad como autoridad regional.
Realizar viajes extensos era algo que no podía hacer por cuenta propia.
Sus orejas reaccionaron al oír la desesperada voz de uno de los preciados compatriotas, en el cual había depositado denodada confianza para proteger el recinto.
—Señor Skel, disculpe que lo moleste —añadió Drafur y bajó un poco la voz—.
La delicada situación amerita un cambio de planes.
—¿A qué se debe, mi estimado celador?
—Hordas enemigas han descubierto nuestra ubicación.
En poco tiempo aparecerán los dragones.
Es necesario que abandonemos la aldea y nos traslademos al Sur —hizo una corta pausa—.
Me acompaña un grifo que guiará a nuestros camaradas a una región segura.
—Pues no nos vendría mal su ayuda.
—Tosió el viejo zorro y desempolvó su arrugada túnica marrón—.
Lo malo es que mis hijos siguen afuera.
No quiero que nada malo les pase.
Si tan sólo pudiéramos avisarles…
—Nosotros podemos ir por ellos, señor —adicionó Izkerus.
—Tú debes guiar a los zorros durante la emigración, conoces más regiones que yo, eres el más indicado para hacerlo —le recordó Drafur.
—¿Acaso piensas ir tú solo a buscar a esos zorros?
¿Sabes el riesgo que corres?
—Es un riesgo que estoy dispuesto a correr.
Es lo menos que puedo hacer por ellos.
—Si hubiese alguien de confianza, algún mensajero fiable, lo mandaría —declaró Skel y suspiró con incertidumbre—.
Lamentablemente, nadie aquí quiere irse.
Salir de la aldea no es seguro y mucho menos a esta altura.
No nos queda otra más que rezar para que todo salga bien y podamos hallar un refugio seguro.
Ver al viejo zorro en esa deplorable y desesperante situación conmovía al grifo, le generaba muchísima lástima, lo entristecía.
Él, como todo aventurero, estaba dispuesto a arriesgar el pellejo con el fin de que ese decrépito anciano se rencontrara con sus hijos.
Tener a su preciada familia unida era lo que más anhelaba.
Izkerus le dijo que los coyotes, quienes eran de fiar, les podían echar una mano y llevar a los zorros a Braften, cerca de Uriatco Koishio Alegurt.
Como aquel lugar estaba en el quinto pino, les iba a tomar quince años como mínimo llegar hasta allá.
Luego de haber estado debatiendo, a un acuerdo se llegó.
El kitsune y el grifo escogieron ir a buscar a los dos zorros de fuego que se habían ido, mientras tanto, el líder de la aldea optó por acudir a los coyotes negros con vistas a que guiaran al grupo a esa supuesta aldea deshabitada que estaba oculta entre los árboles, varios kilómetros al Este de un volcán inactivo.
De esa manera, todos los preparativos se hicieron y se acordó realizar el viaje al día siguiente.
Todas las familias que había en Frexiah, alrededor de cincuenta, debían hacer un viaje de más de doscientos mil kilómetros para estar a salvo del peligro.
Recorrer grandes distancias era algo a lo que ya estaban acostumbradas así que no les molestaba, en cambio, sí les disgustaba la idea de tener que dejar todo atrás por culpa de los invasores.
Emigrar era obligatorio si querían sobrevivir.
Si se quedaban, iban a ser exterminados en poco tiempo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com