Kompendium - Capítulo 27
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27: XXVII 27: XXVII Una peculiar raza de dragones de clase especial conocida en Yeksem (lengua regional del Noroeste) como Khaimen, cuyas alas de murciélago habían mutado a alas emplumadas de gran extensión, similar a las que tenían los hipogrifos, había sido la detonante de un fraguado conflicto interracial que llevaba años en suspenso.
Los dragones rojos, tanto salvajes como antropomorfos, habían acordado desterrarlos de sus tierras, no iban a eliminarlos siempre y cuando no interfiriesen en la Gran Limpieza.
No fueron ellos los antagonistas que cambiaron el rumbo de la guerra, sus ávidos descendientes retomaron la misión que ellos habían abandonado por temor a la aniquilación y se sublevaron, desafiando incluso a la Autoridad Suprema.
Trece criaturas, con aspecto de grifo y extremidades de dragón, se presentaron durante aquel día grisáceo de otoño ante Vishne con la finalidad de advertirle que dejara en paz a los de su clase o iban a recurrir a la violencia.
De forma sardónica se rio el profeta ante la infantil conminación y a treinta y nueve cancerberos soltó para que se los devoraran.
Fue ese mismo día, uno que no iba a olvidar jamás, que presenció por primera vez una espantosa carnicería, así descubrió la ferocidad que sus opositores poseían.
Ante la exasperante tesitura, hizo lo que tenía que hacer.
Luchó contra ellos, les mostró lo que implicaba rebelarse ante una autoridad como él.
No obstante, uno de ellos escapó del sitio a tiempo y retornó al sombrío gueto donde se ocultaban sus allegados.
Informó sobre lo acaecido, y el clan, compuesto por setecientos veintiséis miembros, le declaró la guerra a la Raza Destructora.
Durante los siguientes nueve siglos, la existencia de los híbridos se hizo sentir de una punta a la otra de Xeón.
Donde las hordas invasoras pisaban, ellos agitaban las alas y le hacían honor a su orgullo asesinando a los usurpadores que tanto fastidiaban en terrenos ajenos.
Las miríficas tácticas de batalla que empleaban eran de lo más brutal, pero efectivas.
En aterradoras criaturas sin ninguna pizca de compasión se habían convertido, ni los monstruos más viles podían acabar con ellos.
Su ensalzable fama punzante pronto se extendió como reguero de pólvora y pasaron a ser un claro impedimento en los planes de los dragones de clase superior, lo que los posicionó en un escalón más elevado de importancia.
Los incipientes conflictos beligerantes, que parecían no tener fin, llegaron a oídos del Mesías, quien no dudó ni un instante en actuar.
Desde el mayestático palacio del emperador Kromte I, junto a su presuntuoso profeta, los tres patosos reyes continentales y los respetados patriarcas, Dégmon concluyó que la concomitante interrupción de los insidiosos híbridos era algo que merecía la pena dirimir.
El empecinamiento de la horda rival conllevaba a una ineluctable confrontación que requería la presencia de los más fuertes, los líderes de las tropas, no soldados rasos.
Dégmon, al ver que no servía de nada proponer admoniciones ni escarmientos, convocó a todos los mariscales y guerrilleros de alto rango, quería que se reuniesen en Estado Mayor a efectos de llevar a cabo las adecuadas estrategias de combate para deshacerse de los molestos rebeldes.
Con ese asidero brindado, los dragones podían asegurar un exterminio exitoso, sin necesidad de preocuparse ni de tener que realizar otra junta para debatir sobre el mismo tema.
Transcurridos cinco meses desde la última reunión en Frissonk, varios lagartos ígneos de Danferden, bajo ignominiosa recomendación del oráculo Deiser, se aliaron a los híbridos para conformar una barrera defensiva que mantuviese dicha región sellada, en vísperas de una acérrima conflagración.
Una apoteósica victoria esperaban al unir fuerzas con otros rebeldes de la misma calaña, en las antípodas de la postura totalitarista impuesta por los aborrecibles líderes religiosos y sus réprobos representantes, aun utilizando los mismos medios para contratacar.
El día tan esperado por fin llegó, todas las autoridades militares, acompañadas de más de cinco millones de soldados experimentados, acudió a la zona donde se llevó a cabo el épico encuentro definitivo entre bandos opuestos.
La brutal batalla quedó grabada como una de las peores derrotas que el Ejército Rojo pudo haber sufrido alguna vez.
El siguiente acto de los rebeldes fue bombardear de forma sincronizada regiones por donde circulaban los minotauros exploradores, dándoles muerte a miles de dragones salvajes.
Trabajando en grupo, de forma ordenada y precisa, con los híbridos, los lagartos ígneos inspeccionaban las aldeas pertenecientes al emperador Kromte I y las del patriarca Belsemuth.
Una vez marcados los sitios de ataque, lanzaban bombas especiales que destruían hectáreas enteras con sus estallidos.
Tras haberse enterado de la vergonzosa pérdida, los protervos dragones de clase superior se crisparon y optaron por ir a Apiøxi a luchar en persona.
Dégmon, Vishne, los patriarcas, los hijos del rey Cen-Dam, Fujiroh y Exégenus, se enfrentaron en la lucha más exigente de todos los tiempos.
Y aunque los dragones se quedaron con la victoria en la revancha, los híbridos se fugaron al ver que no iban a poder hacer nada contra ellos.
Traicionar a los lagartos fue necesario para su supervivencia.
Tuvieron la oportunidad de ver luchar a los más poderosos en persona, lo que los convenció de su superioridad en el campo de batalla.
La mordaz perfidia de los híbridos se hizo conocida de una punta a la otra en poco tiempo, motivo por el cual ninguna especie rebelde volvería a confiar en ellos; al fin y al cabo, guardaban un clarísimo parentesco con los bellacos enemigos que todos odiaban.
Algunas familias no se sintieron preparadas para seguir adelante, se escabullaban de manera constante entre las sombras, domeñadas por el temor a ser descubiertas, la falta de entereza las obligó a huir de Xeón, a una isla lejana se dirigieron, en aquella región se quedaron.
Los de corazón rígido, los que decidieron quedarse pese al peligro que corrían sus vidas, buscaron la ayuda de los oráculos, quienes ya se habían enterado de sus insidiosas fechorías.
Las veinte civetas que conformaban el grupo de Xeón estaban todas dispersas en diferentes sectores recónditos, recurrir a su ayuda era bastante complicado.
Si bien a los oráculos se les tenía rotundamente prohibido meterse en asuntos ajenos, guerrear o apoyar ideologías violentas que convergían en un fin dañino, uno de ellos, consciente de la hipocresía de sus compañeros y del incumplimiento de muchas de las leyes establecidas, les dio una oportunidad a los híbridos, prometiéndoles protección.
Fue Zenatske, el conocido rebelde de la Orden Real, quien condenó su propia vida y la de sus congéneres al crear un plan malévolo con el deseo de darle muerte a Grabur, el primer hijo reconocido de Dégmon.
El día que los híbridos contratacaron para vengar la muerte de sus aliados, los que habían abandonado, fue durante una ceremonia litúrgica en la que se le rendía tributo al fallecido padre de los Hermanos Trinitarios en la Gran Catedral de Darksunuh.
Al hijo de Dégmon le aburrían los rituales religiosos, siempre se mantenía alejado de ellos, prefería salir con amigos a divertirse.
Cinco minotauros rojos lo escoltaban mientras bebía una buena dosis de vino blanco.
Figuras desconocidas aparecieron y lo empalaron a él y a los siete dragones que lo acompañaban.
A los escoltas decapitaron y sus cabezas clavaron en la punta de sus lanzas.
Una nota dejaron, que con la sangre de Grabur escribieron.
Era una advertencia para el Mesías y sus allegados.
Si las invasiones continuaban, la matanza de sus hijos iba a proseguir.
Al cabo de varios días, los cuerpos fueron hallados y se informó de inmediato sobre lo acontecido.
Al enterarse de la trágica maniobra apabullante, la cólera de Dégmon fue aparatosa, se hizo sentir de un rincón al otro del reino.
Sabía que la vida de su segundo hijo, Mitus Depoir, corría peligro siendo que se encontraba en el Norte de Ashura.
A pesar de que allá no había híbridos, los hipogrifos eran igual de agresivos y portentosos.
El resentimiento era el mismo, no así su habilidad para matar.
Parecía que la antigua profecía de la reaparición de los dragones emplumados de Cârashenc se estaba volviendo realidad.
Enceguecido por la rabia, el Mesías del Monsismo ordenó devastar todas las aldeas contingentes y buscar a los culpables del zoocidio de Grabur.
La escabechina se llevó a cabo, las hordas más temibles se habían apostado con el propósito de exterminar herejes a mansalva.
Dieron la puntilla de muchas aldeas, incluyendo la de los kitsunes que nada tenían que ver con los acusados del escandaloso crimen.
El vilipendio hacia la Raza Superior incrementaba día tras día, así como la impaciencia de los oráculos al haberse enterado de los sucios juegos de uno de sus compañeros.
Desde la comodidad de su castillo, sobre la punta del torreón, Zenatske disfrutaba viendo cómo los híbridos hacían estragos y combatían contra los más débiles, como si fuera un juego de ajedrez.
Tenía grifos de clase superior y lobos ígneos de su lado, a quienes consideraba una segunda barrera protectora.
Habiendo humillado la dignidad de Arko e infringido las solemnes leyes de su sagrado testamento, un verdadero pacifista de corazón noble, Zenatske fue expulsado de la Orden Real por decisión unánime.
Fuera de sí, el oráculo rebelde planificó el asesinato de Mitus Depoir mientras sus aliados distraían a las tropas enemigas en el Norte.
Tres dragones púrpuras se le unieron y ayudaron a los híbridos a sellar las fronteras para que nadie saliera.
Tras pisar su tierra natal de nuevo, trayendo un arcón repleto de joyas, el segundo hijo del Mesías fue sorprendido por rebeldes, él y los minotauros que lo acompañaban fueron asesinados.
Zenatske se encargó de darle muerte al atravesarle el tórax con su báculo de círculo picudo.
Aquel atroz acto de rebeldía empeoró más las cosas, haciendo que los dragones cambiaran de parecer respecto a los oráculos.
Ferdiand y Deiser se enteraron de las vesánicas felonías de su excompañero y convocaron una reunión para decidir qué hacer con él.
Viéndolos como traidores, Zenatske mandó a dos híbridos para matarlos por haber interferido en su libertad.
A la Orden Real no le quedó otra opción más que deshacerse de él, un ruin zoocida al que no le gustaba dar la cara, sólo dar órdenes.
Un valioso aliado proveniente de una isla lejana se encargó de matar a Zenatske y arrebatarle el báculo.
Sin embargo, matarlo no cambió la delicada tesitura.
La furia del Ejército Rojo y el descontento Mesías no iban a descansar hasta haber saciado la sed de venganza.
Dégmon declaró que todo oráculo que volviese a interferir en su misión iba a recibir una advertencia para retirarse, de no hacerlo le correspondía pena de muerte.
Arremolinándose en jaranas de toda clase, los híbridos no desistían en las batallas.
Poco a poco iban disminuyendo, quedando unos cuantos sobrevivientes a los que el mismísimo Dégmon aniquiló.
Darles muerte le costó mucho, algo extraño para alguien tan poderoso como él.
Comenzó a pensar que esos rivales eran peligrosos y no había que subestimarlos dado que un simple traspié podía cambiar el rumbo de la batalla.
Habiendo cumplido con la misión, la Raza Superior se volvió consciente de la vulnerabilidad de sus allegados si no se protegían unos a otros de manera constante.
A Anaruk, el tercer hijo de Dégmon, se le iba a dar un trato especial y una mejor protección para evitar que sucediera lo mismo que había ocurrido con sus hermanos mayores.
La repentina intervención, bien premeditada, de los híbridos marcó un antes y un después en la cosmovisión de los invasores.
Dragones poderosos cayeron ante los pies de criaturas impuras sin ninguna preparación militar, como escarabajos que chocan contra un muro.
Se le empezó a dar más prioridad a los entrenamientos en Picks Pocks, donde los dragones salvajes recibían una estricta preparación hasta convertirse en encarnizadas máquinas de matar.
El contrataque de los híbridos había sido, hasta ese momento, el desafío más exigente para los dragones rojos, siendo su extinción el mayor alivio de sus vidas, no así de sus preocupaciones.
La Raza Pacifista todavía existía y, al igual que los susodichos rebeldes, poseía un gran espíritu de pelea y una gran dureza.
Los grifos de clase superior eran los próximos blancos en los que se debía posicionar la mira.
Sin ellos, los dragones podían estar tranquilos.
Las criaturas de clase inferior no representaban una amenaza para los dragones, lejos estaban de ser rivales dignos.
Habiendo escapado de la isla por falta de comodidades, una pareja de híbridos llegó a Mitriaria y fue recibida por minotauros negros, quienes no tardaron ni un segundo en indagar a ambos.
Ellos confesaron no haber sido los causantes del alboroto de Xeón ni de la muerte de tantos dragones rojos, sólo querían vivir en paz.
Tenían un preciado hijo que criar, mas no poseían los medios para otorgarle un hogar digno ni suficiente alimento.
Xerox, el comandante de Korozina de aquel entonces, se percató de que matarlos en ese momento no servía de nada.
Hasta la morada de su rey llevó a los híbridos, donde a su pequeño hijo dieron a conocer.
Contento se puso Dáikron al ver que podía contar con nuevos esclavos.
Ambos rechazaron la propuesta, razón por la cual tuvieron que ser eliminados.
El apenas consciente vástago, de rasgos peculiares, fue convertido en miembro de la nobleza, visto como un futuro asesino despiadado.
Fue así como Deyevoh pasó a ser parte del Ejército Negro, a cuyos padres jamás conoció.
En pocos años, una buena reputación se ganó en el campo de entrenamiento, demostrando que pertenecía a una raza sanguinaria especializada en masacrar.
Él era el último sobreviviente de su especie, y como tal, su vida valía muchísimo.
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