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Kompendium - Capítulo 28

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  4. Capítulo 28 - 28 XXVIII
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28: XXVIII 28: XXVIII La fortuita llegada de los invasores a tierras cercanas hizo que muchos refugiados, desamparados por la pérdida de sus asoladas tierras, se apiñaran todos en un escondite secreto que quedaba en el fondo de una caverna, la cual conectaba un oscuro pasaje con el interior de un volcán inactivo.

El sitio donde se habían resguardado estaba dentro de los límites de Kåshlexiëv, no muy lejos de Ganfarmen.

Allí dentro, tanto especies autóctonas como isleños, se habían reunido alrededor de una fogata y se pusieron de acuerdo en mantenerse ocultos hasta que los invasores se fueran.

No podían salir sin autorización del líder del grupo, un viejo guepardo de pelaje naranja y ojos verdes, perteneciente a la raza Arbuba, al que conocían como Melgorth.

Él era el último miembro de su especie, todos los demás ya habían sido exterminados.

Consciente de la fragilidad existencial, se volvió paranoico y comenzó a apreciar la vida como nunca antes lo había hecho.

Al atardecer, cuando el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte, dos figuras extrañas aparecieron y se dirigieron al refugio, luego de haber cruzado varios pasadizos oscuros.

Les parecía correcto explorar toda la zona antes de retornar a sus respectivas islas.

Poco a poco, las figuras se iban distinguiendo a medida que se aproximaban al fuego.

A la derecha se encontraba Jiu, el de pelaje amarillento, ojos cafés y cabello verde oliva; mientras que a la izquierda se encontraba Recni, el de pelaje beige, ojos lilas y cabello castaño.

Ambos llevaban túnicas negras y un sombrero puntiagudo para camuflarse en la oscuridad y también para protegerse del calor abrazador que emanaba el sol cuando estaba en el centro del firmamento.

Esa repentina llegada agitó a los refugiados y casi los atacaron.

Antes de hacer algo de lo cual se arrepentirían, el líder intervino y les pidió a sus guardias, dos gatopardos de clase superior, que se apartaran para poder ver de cerca a los recién llegados.

—Mis más gratas disculpas a ustedes, respetados oráculos —introdujo Melgorth con su desafinada voz mientras se dirigía a ellos, desempolvando su sucia túnica marrón—.

Estamos en una situación delicada y no podemos fiarnos de visitantes inesperados.

Los invasores han aparecido otra vez, y esta vez están haciendo estragos como nunca.

No podemos detenerlos.

—Ya nos enteramos de lo sucedido —contestó Recni—.

Uno de nuestros compañeros fue asesinado por Anaruk hace unos cuantos días.

Según lo que sabemos, le pidió que se retirara de la Orden Real por petición de su padre, al decirle que no, lo hirió de muerte.

El tercer hijo de Dégmon acabó con la vida del oráculo Nil tras haberlo encontrado en las afueras de Taxtåriet, a quinientos setenta y tres kilómetros de Pirpymiah.

Los minotauros se habían enterado de que ese oráculo había estado ayudando a los grifos a conseguir armas.

La paranoia sembrada los convencía de que estaba conspirando contra ellos, motivo justificable para eliminarlo.

—¿Desde cuándo a Dégmon le importa lo que hacen los oráculos?

—Desde lo que pasó con Zenatske —respondió Jiu con tono serio y una mirada perspicaz—.

Supongo que muchos ahora nos ven como subversivos más que como pacifistas.

No a todos nos interesa meternos en la conflagración.

Lo que decía Jiu era, hasta cierto punto, verdad.

A los oráculos no les interesaba involucrarse en la guerra y tampoco se les permitía meterse en conflictos bélicos.

No obstante, eso no significaba que no podían defenderse de los enemigos ni enfrentarlos en el campo de batalla si sus vidas estaba en riesgo.

—¿A qué se debe la visita, señores oráculos?

—Hay embarcaciones en la costa de Toustankum.

Muchos nativos se están yendo del continente por diferentes cuestiones: algunos se van por falta de comodidades, otros por escasez de alimento, otros para estar en un sitio más fresco.

—¡Eso suena magnífico!

—exclamó Melgorth—.

Podremos irnos de aquí.

—¿Adónde iremos?

—una joven nutria de pelaje granate que estaba al costado le preguntó.

Había huido de su hogar, dejó a sus familiares atrás para poder estar a salvo.

—Cualquier lugar es mejor que este continente.

Los dragones rojos están en todas partes.

Si nos quedamos aquí, lo más probable es que nos maten.

—¿Cree que sea buena idea ir a Ashura?

—un clamidosaurio que estaba en la parte del fondo le preguntó.

Su tono de voz era suave y agradable al oído.

—Ashura o Mitriaria, cualquiera de los dos es mejor que Xeón.

Hay lugares de sobra para visitar.

—Habría que ver primero la cantidad de tripulantes que caben.

No son embarcaciones grandes por lo que recuerdo —adicionó Recni.

—Habrá que rezar para que todo salga bien —susurró Melgorth, sintiéndose un poco desanimado—.

Han sucedido tantas cosas que ya no sé qué será de nosotros de ahora en más.

—No hay que perder las esperanzas.

Todavía estamos a tiempo —dijo Jiu.

Fragorosos pasos se oyeron de la parte externa, otras dos sombras desconocidas se asomaron desde el fondo y los guardias prepararon las lanzas para acometer.

Dos zorros de fuego aparecieron de la espesa oscuridad, agitados tras haber estado corriendo durante casi media hora.

Ambos llevaban túnicas carmesíes en mal estado, los pies los tenían llenos de roña y sus caras denotaban preocupación.

Belgreth era cinco centímetros más alto que su hermano y tenía el cabello un poco más largo.

Sus ojos rojos resaltaban desde lejos, como los de las chuñas cornudas de Afarentis.

—Ah, son ustedes.

—Melgorth los reconoció al instante.

Les pidió a los guardias que retrocedieran y recibió a los zorros con cortesía como debía—.

¿Dónde han estado?

Pensábamos que ya se habían ido de regreso.

—Hay dragones por todas partes.

Una horda se aproxima desde el Norte.

No podremos retornar a Frexiah mientras anden por aquí —respondió Belgreth.

—Envían a los minotauros a explorar la zona para después atacar por sorpresa —habló Lieffen.

Los oráculos se acercaron a ellos con parsimonia y se los quedaron mirando, interesados por saber más de ellos.

Algo ya sabían respecto a sus viajes.

—¿Ustedes son los que tienen contacto con los lobos de Hummesh?

—Recni les preguntó.

—Esos son los coyotes de Xampëroc —Belgreth le respondió.

—Nosotros ni sabemos dónde queda esa aldea —adicionó Lieffen.

—¿Qué hay de los kitsunes?

¿No se habían aliado a ustedes?

—Jiu les preguntó.

—El único que conocemos es Drafur.

Es el que vive en la torre de vigía —contó Belgreth y echó una furtiva mirada al interior del refugio—.

Dudo que haya más como él con vida.

—¡Esto es terrible!

—se quejó Melgorth—.

Nuestras valiosísimas alianzas se han desintegrado.

¿Qué haremos ahora?

—Todavía hay posibilidades de salir de este embrollo —aportó Recni y tomó la palabra—.

Somos conscientes de la delicada situación por la que muchos de nuestros vecinos están pasando.

Algunos de nuestros compañeros ya han violado la ley para salir a luchar.

Lo malo es que, por más que les ayudemos, no podremos hacer mucho.

Las temibles hordas de Picks Pocks no tardarán en venir.

Tan pronto como lleguen, devastarán todas las aldeas.

Mi compañero y yo sólo queríamos avisarles sobre la única escapatoria del momento.

Las criaturas ya no pueden seguir morando en Xeón a causa de esta estúpida guerra de especies.

—Creí que los oráculos eran todos pacifistas —murmuró Lieffen.

—El hecho de ser pacifistas no implica que seamos un montón de inútiles.

Creo que es hora de que dejemos de lado los formalismos y comencemos a hacer algo al respecto.

Si esto sigue así, el mundo quedará bajo el dominio de los dragones.

No podemos permitir que esos infelices se salgan con la suya.

—Nosotros también corremos el riesgo de que nos maten —farfulló Jiu—.

De hecho, muchos de nuestros compañeros temen por sus vidas.

Todos estamos en la misma situación.

De nada sirve quedarse de brazos cruzados esperando un milagro.

Hay que poner manos a la obra si queremos cambiar nuestro destino.

—La Raza Pacifista ya fracasó.

¿Qué más podemos hacer para lidiar con este problema?

—interfirió Melgorth.

—Tengo entendido que todavía quedan grifos de clase superior que pueden luchar contra los invasores.

El problema es que la cantidad de enemigos supera por mucho la cantidad de defensores —contestó Recni.

—¿Qué sugieren entonces que hagamos?

—Belgreth les preguntó.

—Por el momento, lo mejor es que se queden en Kåshlexiëv —recomendó Jiu—.

Es lo más seguro.

Tan pronto como la horda se aleje, podrán salir de aquí.

—Me encantaría ir a luchar contra esos infelices —musitó Lieffen.

—Enfrentarse a los dragones rojos es un suicido.

Tienes que estar demente para hacer eso —le replicó Melgorth—.

Ocultarse es lo mejor para nosotros que somos débiles.

—Detesto admitirlo, pero él tiene razón —Jiu señaló—.

La tormenta no durará por siempre, algún día se calmará, y cuando eso suceda, podrán salir.

—Nuestro padre está en Frexiah.

Si los dragones van a nuestra aldea, arrasarán con todo —se acordó Belgreth.

—Si salen de aquí ahora, es probable que se topen con los dragones.

Yo no les aconsejo correr ese riesgo —Jiu les advirtió del intermitente peligro al que se exponían si abandonaban el refugio.

—Lo importante ahora es mantener la calma y esperar que el tiempo pase.

Ya tendremos la oportunidad de revertir las cosas —declaró Recni.

—¿Qué harán ustedes mientras tanto?

¿Piensan irse?

—Melgorth les preguntó con tono preocupado.

—Nosotros podemos teletransportarnos así que no corremos tanto peligro como ustedes.

—Tenemos que ir a reunirnos con Chambec en Tushtacür.

Prometimos estar con él antes de fin de año —recordó Jiu.

—Espero que no les pase nada en el camino.

—Seremos precavidos —les prometió Jiu—.

¡Cuídense mucho!

Sin más nada que decir, los dos oráculos abandonaron el refugio y se fueron caminando en dirección al Nordeste.

No se sentían seguros viajando solos, por lo general llevaban acompañantes, esa vez prefirieron no comprometer a nadie.

Sus vidas pendían de un hilo, así como la de todos los habitantes de las aldeas centrales y meridionales.

Todos sabían que las hordas de dragones rojos eran intimidantes y sus tácticas de exterminación eran encomiásticas.

A Lieffen no le parecía correcto quedarse sin hacer nada, la vida de su padre y la de sus vecinos peligraba.

Una inquietante intranquilidad lo sojuzgaba, una sensación de vacuidad en su mente lo mantenía perturbado, creía que lo mejor que podía hacer era irse de ahí, aunque su hermano mayor no estuviese de acuerdo.

Estar escapando de forma constante, sin descanso, día tras día, era algo que no disfrutaba para nada.

Tarde o temprano, la ansiedad iba a ser excesiva para soportar la carga infligida en su orgullo.

Morir no le preocupaba, sí ver sufrir a los de su especie.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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