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Kompendium - Capítulo 29

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29: XXIX 29: XXIX Más de cinco años habían transcurrido desde que el dúo partió de Frexiah, más de cuarenta y siete mil kilómetros habían recorrido, muchas cosas habían aprendido uno del otro dialogando en el camino.

La confianza de Izkerus Drafur se ganó, hasta lo consideró el acompañante más valioso.

Era la primera vez que el kitsune le contaba sus secretos más íntimos a alguien y compartía todas sus reminiscencias.

Le costaba expresarse, hablar sobre sus sentimientos y narrar sus penurias.

Por suerte, halló al oyente más indicado para relatarle todos los problemas que tenía.

—Eres lo más cercano que he tenido a un amigo, Izkerus.

Pasé toda mi vida en soledad, como un miserable ermitaño.

No sé cómo es que viví tanto tiempo dentro de esa mugrosa torre.

Supongo que tenía miedo de salir de mi zona de confort.

—No te culpo.

Era lo mejor para ti.

Yo también pasé mucho tiempo lejos de mis camaradas.

Supongo que ahora me deben extrañar después de haber estado tantos años lejos de mi hogar.

—El día que muera nadie llorará por mí.

Eso es lo único bueno de ser un don nadie.

Por algo siempre odié las exequias.

—El hecho de que nadie te ame no significa que no merezcas ser amado —declaró Izkerus—.

Yo también tuve períodos difíciles en los que me sentí extraviado del mundo real.

Hubo una época en la que estaba tan deprimido que me daban ganas de tirarme a la boca de un volcán.

Creía que mi vida no valía nada, que muerto todo sería mejor.

»Por suerte conocí a alguien que me hizo reflexionar y darme cuenta de mi error.

No solamente me enseñó lo valiosa que era mi existencia, también me convenció de lo inane que era darle fin a mi vida.

Gracias a él recobré la compostura, comencé a entrenar, a purificar mi alma, a verme de otra manera, a apercibirme de lo ingrato que había sido conmigo mismo al tratar de destruir algo que mi amada madre había criado con tanto esfuerzo.

—¿De quién se trata?

—Un oráculo que ya murió.

Se llamaba Ferdiand.

—Por alguna razón nunca me interesó conocer a ninguno de ellos.

—Son de corazón noble, o al menos la mayoría lo son.

—Yo nunca tuve deseos de morir, no al menos de esa forma, sí tuve deseos de dormir y no volver a despertar.

Nunca recuerdo mis sueños, estoy seguro de que deben ser igual de monótonos y trágicos que las vicisitudes de mi vida.

Subieron una colina empinada y llegaron a un sitio seco, azotado por fuertes ráfagas de viento que producían erosión eólica, el suelo estaba rajado y repleto de piedritas sueltas y eolitos que iban y venían con el vaivén ventoso, zonda que parecía no tener fin.

Las orejas del grifo detectaron una ruidosa cabriola proveniente del Nordeste; el piafar de los cascos atinentes a animales hípicos acuciaba a cualquiera con buena audición lo suficiente como para hacerse a un lado.

Izkerus llevó a Drafur a un sitio resguardado por rocas picudas, al lado de un árbol seco.

A los pocos segundos, una estampida compuesta por un centenar de caballos ígneos de raza Morgan, a los que los nativos llamaban gashleppes, cruzó la zona sacudiendo el polvo, rajando la tierra, agitando el terreno con las pisadas.

Eran una especie originaria de Hunddafrument, solían andar por diferentes sectores.

A diferencia de otras clases de equinos, ellos eran la mar de veloces y sus cuerpos eran inmunes al sofocante calor de la región.

Se los conocía por ser agresivos con las demás criaturas, en especial con las de menor tamaño.

Salieron del escondite temporal y retornaron al área de encuentro, donde vieron un inmenso acantilado que conducía a la parte baja de un desfiladero que iba desde Xampëroc hasta Glacrant, al Norte de Toustankum.

Los diatremas y las calderas volcánicas abundaban en esa región.

Siguieron adelante, caminando sobre lo que parecía una especie de batolito, lleno de basaltos y cráteres secos.

Tierra seca cruzaba debajo de sus pies y varios insectos estrafalarios volaban en los alrededores.

Izkerus intuyó que podía entretenerse con su compañero de viaje siendo que el sitio era amplio y tranquilo.

Hacía tiempo que no luchaba con alguien por diversión.

—Este lugar se ve ideal para un encuentro amistoso.

¿Qué te parece?

—¿De qué estás hablando?

—¿Acaso no te gustaría desafiarme?

—¿Por qué querría luchar contigo?

—Necesitas mejorar tu estabilidad.

Yo puedo enseñarte a ser un mejor luchador.

—¿Estás dispuesto a hacerlo?

—Claro que sí.

Los dos sacaron las armas que tenían, se prepararon para hacer a un lado la amistad y poner a prueba la rudeza en el campo de batalla.

Izkerus se quitó la armadura porque lo hacía más lento y sacudió las alas, quería cerciorarse de tenerlas listas para saltar.

Drafur mantuvo las colas tiesas, extendió las piernas y sujetó el yatagán, teniendo a su compañero en la mira.

»Espero que no actúes con compasión.

El hecho de que haya viajado contigo hasta aquí no significa que tengas que tenerme piedad.

En un enfrentamiento real no existen las amistades.

—Eres bueno, Izkerus, pero no por ello debo temerte.

Si quieres ponerme a prueba, dispuesto estoy a complacer tu deseo.

—¡Que comience la diversión!

El combate dio inicio, ambos avanzaron, se enfrentaron como si estuviesen en una disputa real y fuesen de bandos opuestos.

El estridente sonido de las espadas resonaba con intensidad, las acometidas y las maniobras evasivas eran impecables, los saltos y los giros estaban bien calculados y servían para hacer más dinámico el duelo.

Incapaces de ñangotarse, daban un demasié espectáculo sobre la árida zona envuelta en ventiscas y piedras calizas, rodeada de matorrales parduscos y árboles muertos.

Cada paso, tanto hacia adelante como hacia atrás, generaba una imperecedera danza bélica, típica de guerrilleros experimentados, con exuberantes volteretas y prolijísimas pisadas.

Los insistentes cates y las gratificantes elusiones hicieron que cambiaran de lugar, desplazándose hacia un riscal donde solían descansar ñacurutúes.

En un amplio sitio, no apto para agorafóbicos, siguieron luchando con máxima ferocidad, cuidándose las espaldas, tratando de no bajar la guardia en ningún instante.

Un veloz movimiento rasgó la túnica del grifo y lo convenció de que su rival no estaba jugando.

Viendo que el kitsune todavía podía seguir por más tiempo, recurrió a la técnica especial que el oráculo Ferdiand le había enseñado.

Retrocedió unos metros y concentró su energía para liberarla de forma explícita.

Así, en menos de cinco segundos, su cuerpo fue rodeado por un aura azulada cuyo brillo lo hacía resaltar desde lejos.

Las plumas que le cubrían la cerviz se pusieron rígidas y un abanico parecieron crear.

—¿Qué fue lo que hiciste?

—preguntó con la boca abierta.

—Noté que te tomaste en serio el combate, por eso decidí mostrarte mi técnica secreta.

—¿Y eso lo aprendiste de un día para otro?

—Fueron casi cinco años de duro entrenamiento y preparación.

Drafur se dirigió a él y trató de cercenarlo, se apercibió al instante de la superioridad de su rival al verlo moverse con mucha más presteza que antes.

Esquivar ataques se había vuelto pan comido para el grifo cuyo plumaje no dejaba de resplandecer.

Con un ligero movimiento, ambas espadas crearon una lluvia cortante que arroyaba la tierra como si de una tormenta granizada se tratara.

A un lado se tuvo que hacer el kitsune antes de que las cuchillas lo mutilaran.

En cuatro patas se puso para dar un salto de zorro salvaje y retomó la posición defensiva.

Con la espalda recta y las piernas firmes, se aproximó al grifo y rozó las plumas de su cuello con el yatagán, sus ataques se volvieron más raudos que antes.

Cada vez que Izkerus se movía, una estela de sombras azuladas dejaba, su magnífico poderío no dejaba de llamar la atención, reluciente su silueta se puso e imperiosa su próxima reacción fue.

Al borde de decapitar a su rival, algo inesperado aconteció y se detuvo.

La punta del yatagán hizo contacto con su vientre, un simple movimiento, aun siendo de lo más cuidadoso, podía causarle la perforación de su sistema excretor.

La repentina reacción del kitsune lo persuadió del peligro al que se exponía si lo enfrentaba sin armadura, cosa que nunca se le cruzó por la mente.

Con ataraxia se alejaron uno del otro y se reacomodaron en la palestra, algo de atonía ya sentían.

Aquel enfrentamiento había causado una singular zaragata que había sido percibida por caminantes que se encontraban a unos pocos kilómetros de distancia.

»Aún no terminamos de embebecernos en nuestro deseo.

—Desde que apareció ese brillo alrededor de tu cuerpo, ya no me puedo acercar a ti con tanta facilidad.

¿Qué es lo que haces para que aparezca?

¿Es alguna clase de truco de magia?

—Toda la energía que tenía guardaba en mi interior salió y me volví más fuerte.

No es nada de otro mundo, cualquiera puede hacerlo con un poco de práctica.

—Temo que yo no puedo enfrentarme a alguien que puede hacer eso.

Corro el riesgo de perder la vida.

—¿No era que no te interesaba morir?

—Cambié de parecer.

Aun sabiendo que no tenía posibilidad alguna de llevarse el gato al agua, Drafur se propuso a seguir siendo el émulo del grifo en la rocambolesca intentona.

Desiderativo, y un tanto desentronizado, Izkerus prosiguió con la batalla, ahora con menos pábulo que antes para no herirlo.

Las espadas de los luchadores volvieron a rozarse y a compartir el estólido y chirriante choque metálico, similar a los clásicos duelos entre caballeros.

Influenciado por una atípica ínfula, el kitsune tomó ventaja y volvió a rasgar la túnica del rival.

Constreñido por su fuerza física y sus habilidades de cazador, iteró la misma maniobra ofensiva, la cola prensil del patoso contrincante lo tomó por sorpresa al enredarse en su antebrazo izquierdo, como un nudo que no dejaba de comprimirle la extremidad.

Incluso habiendo logrado bajar la guardia del contendiente, no era suficiente para avasallarlo.

Una furiosa tarascada Drafur lanzó y lo obligó a que lo soltara.

El dolor producido fue molesto.

Izkerus se enfadó por la mordida y le dio una fuerte patada frontal, haciendo que se diera un buen costalazo.

El golpe había hundido el pecho del kitsune y casi sintió el corazón detenerse por un instante, aire le faltó y a punto de ahogarse estuvo.

—No vuelvas a morderme la cola —le advirtió—.

Eso sí me dolió.

—Ya descubrí tu punto débil —coligió al verlo quejarse.

La diabólica mirada en su rostro desprendía desconfianza.

—Ese no es mi punto débil —admitió con franqueza—, pero está por ahí cerca.

Sin más parrafadas para intercambiar, la desdichada reyerta continuó.

La eximia agilidad y la fastuosa ingravidez de los dos se hicieron notar con más visibilidad que nunca, los deseos de doblegarse con reciprocidad impedían que mostraran flaqueza, ambos estaban ansiosos por llegar al límite de sus capacidades físicas.

La misma exigencia de Izkerus forzaba a Drafur a mantenerse alerta en todo momento, llegando a estar incluso más despierto que durante las jornadas de cacería nocturna.

Con el correr de los minutos, el cansancio comenzaba a volverse insoportable y las piernas ya no le respondían como quería.

El último suspiro dio y buscó la manera más eficaz de contratacar.

Toda la energía restante liberó y, aunque fuese irreal, la proyectó en forma de aura rojiza.

Izkerus quedó patitieso al verlo realizar una técnica que a él tantos años le había llevado dominar.

»¡Lo lograste!

—se lo dijo con los brazos caídos, mostrando que no tenía deseos de defenderse.

—¿Qué te pasa?

—Se detuvo justo a tiempo.

—Conseguiste hacer lo mismo que yo.

En verdad me has sorprendido, compañero.

Drafur apenas cayó en la cuenta del resplandor que irradiaba su cuerpo, las figuras emanadas parecían las llamas que rodeaban las plumas de los fénix.

Lo malo fue que la técnica no duró casi nada, el aura se desvaneció en cuestión de nada.

»Acabas de mostrar un gran potencial.

Tienes la sangre de un zorro legendario.

—Esos ni siquiera son reales, son mitos que inventaron para meterles miedo a los invasores.

—Guardó el yatagán en la funda, metiéndolo por el costado que tenía un cierre de caucho.

—¿Acaso no hubo zorros con muchas colas que dominaban el fuego y la magia?

—Lo dudo.

Con tres colas ya es incómodo sentarse, no quiero imaginarme cómo sería con más.

Habiendo dado por finalizada la lid, se alejaron de la región, estiraron las extremidades, se acomodaron sobre las raíces de un tejo, el sueño no tardó en llegar y pronto cayeron rendidos en los brazos de Morfeo.

Su unión, casi fraternal, era demasiado valiosa para echarla a perder.

Juntos podían hacerles frente a poderosos rivales.

Ambos habían comprendido la importancia que había en una fortificada alianza, una buena relación, una comprometida misión cuyo fin era beneficioso, y a su vez riesgoso, para el bienestar de los zorros que iban a auxiliar.

Al no saber a qué se iban a enfrentar más adelante, ambos depositaron la fe en sus corazones y respiraron con sosiego, a la espera de que el sino se manifestara en su debido momento y a su debida manera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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