Kompendium - Capítulo 30
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30: XXX 30: XXX En aras de su recién fallecido hermano mayor, los dos temibles dragones de raza Lejakuh, descendientes del ser más truculento del mundo, iniciaron la búsqueda de la aleve criatura que había envenenado a Anaruk.
La única acompañante durante su última estadía en Kaizzereh, antigua aldea de los yagurés flamígeros que se mimetizaban entre las rocas, era una ñacanina que había tomado como ayudante en sus viajes de conquista.
Ella conocía el continente mejor que él, se sabía de memoria los nombres de las aldeas y sus respectivas extensiones, sin mencionar que conocía pasadizos secretos y túneles subterráneos en donde ocultarse en caso de una tormenta o una erupción volcánica.
Ella era integrante de un grupo de fieles alevines que habían jurado plena lealtad al Ejército Rojo, prometieron darles una mano en lo que necesitasen, acatar las órdenes y cumplir todos los deseos que tenían en cuanto fuera posible.
Harta de ver padecer a sus compañeros, todo tipo de abusos físicos y psicológicos, puso en riesgo su propia existencia al emponzoñar de forma deliberada la bebida de su poseedor.
Luego de enterarse de que un ser común y corriente como el oráculo Zenatske, el Judas Iscariote de la Orden Real, logró tamaña hazaña con sus encomiables argucias, tuvo la epifanía más discordante de su vida, la cual la persuadió de traicionar a la Raza Superior, a sabiendas de que eso la condenaría al peor castigo de todos: la muerte.
La inquietante búsqueda había comenzado, dragones rojos habían salido de sus cavernas con la obligación de eliminarla.
Por su propio bien, le convenía abandonar el continente cuanto antes.
El mismo exequatur se aplicaba de una punta a la otra de Xeón.
De pie sobre el cono de un volcán activo que no dejaba de humear ni un segundo, Quiler posaba como un pájaro en la copa de un árbol, atento a todo el entorno, con los oídos centrados en los sonidos más ínfimos y lejanos, todo con tal de obtener información de caminantes cercanos.
Su pelaje blanco contrastaba con su largo cabello rojizo y sus grisáceas alas de murciélago, sus ojos naranjas estaban tapados por sus párpados, sus anillos ambarinos eran apenas visibles, su túnica marrón estaba gastada y un poco perforada.
Una larga alabarda de mango recto sostenía en la mano derecha, como si estuviese congelada.
Habiendo detectado la presencia de criaturas en un sitio cercano, se teletransportó de inmediato y apareció justo detrás de una caravana de babirusas cornudos atinente al reino de Shuratusque, ésos habían iniciado la migración por voluntad propia a fin de asegurar un próspero refugio subyacente para sus futuros descendientes.
A preguntas los acribilló para saber si habían visto a la traidora que tanto anhelaba encontrar.
A pesar de otorgarle una respuesta negativa, preparó la alabarda y lanzó una técnica especial con la que convirtió en polvo a todas las criaturas que tenía enfrente.
Los ochenta y dos babirusas fueron desintegrados por completo.
Estuvo a punto de guardar la alabarda cuando una desagradable voz ronca resonó detrás y se volteó.
Vio a uno de los minotauros de piel rojiza aproximarse, era el aguadero de la séptima legión que comandaba su hermano menor.
Le preguntó qué era lo que quería, el recién llegado le respondió que su hermano había visto figuras aladas y con plumas en la región cincuenta y cuatro, al Oeste de Desezshäj.
Al enterarse de que había grifos en los alrededores, Quiler se sintió contento de saber que podía divertirse un buen rato.
Ansiaba jugar con ellos, desplumarlos a zarpazos, destrozarlos como peluches.
Extendió las alas y alzó vuelo para asegurarse de que lo que había visto Yerek eran, en verdad, integrantes de la Raza Pacifista.
El sombrío cielo de Xeón, siempre cubierto con una cortina de humo oscuro, era denso y poco oxígeno poseía.
Siempre parecía de noche, la falta de luz dificultaba la visibilidad para los foráneos, no para los ya adaptados nativos que residían en aldeas centrales.
Entre dos imponentes remolinos de tierra, cuyos vientos huracanados sacudían todas las rocas pequeñas que estaban por doquier, una difusa figura se hizo más clara al atravesar un natural telón polvoriento.
Tapado con una túnica grisácea, dos destellantes ojos cerúleos rutilaron entre la indómita polvareda, el blanquecino pelaje resaltó, extensos mechones cenicientos se movieron con el inclemente viento, dos prominentes cuernos surgieron, dos alas violetas se extendieron y una extensa cola con punta de flecha golpeó el suelo.
Quiler reconoció la figura de su hermano, supuso que estaba de mal humor al verlo acercarse de forma desafiante.
—Uno de los sirvientes ya me avisó.
¿Qué información tienes?
—Detecté la presencia de al menos cincuenta grifos de clase superior, una treintena de lobos, nueve coyotes y un mamut.
—Inhaló un poco de oxígeno antes de proseguir—.
Lo más probable es que estén planeando algo.
No hay razón para que se reúnan en un sitio como este.
Los mamuts eran originarios de una isla gélida que quedaba en el Norte, a casi seiscientos ochenta y tres kilómetros de la costa de Cumasaitellu.
Dicha isla, cuya extensión era de trescientas hectáreas aproximadamente, carecía de nombre.
Era en ese sitio donde se encontraba el palaciego refugio del oráculo Krevit.
En aquella isla también había saranaikas gélidas, anguilas gigantescas, agresivas chotacabras, mantícoras diurnas, linces albinos y recalcitrantes tritones.
Sobre el promontorio que conectaba las afueras de Desezshäj y Shuratusque, bandadas de cuervos de plumaje granate salieron con apresuramiento y se perdieron en las hoscas nubes que tapaban el firmamento.
A continuación, unísonos clamores de furia desencadenaron una hecatombe en donde la sexta legión perdió de forma estrepitosa.
Los hijos de Dégmon se dirigieron al área de encuentro y no hallaron más que soldados occisos en el suelo.
Detrás de una barrera de polvo apareció la efigie de una serpiente de fuego que se iba dividiendo de a poco.
En un santiamén, una lluvia de flechas tomó por sorpresa a los dragones.
Al suelo se tiraron y con sus extensas alas se cubrieron.
Tras haber asaeteado a los minotauros que conformaban la sexta legión, los arqueros se desplegaron cada uno a un lugar distinto para reacomodar la ola ofensiva.
Los coyotes, los más ligeros del grupo, se acercaron a ver qué había ocurrido con los enemigos, extrañados quedaron al no hallarlos.
Una bola de fuego los tomó desde arriba y sus cuerpos fueron incinerados.
Las dos figuras aterrizaron y prepararon las armas para luchar.
Los lobos ígneos, protegidos con panoplias de bronce, que llevaban antorchas, fueron los siguientes en avanzar, dejaron a los grifos atrás.
Yerek sacó las hoces que estaban conectadas una con otra a través de una extensa cadena que enredaba en sus brazos como una planta trepadora a un muro.
Las filosas cuchillas se tornaron rojizas, el hervor era creado con la propia energía del portador, y dio inicio el combate.
La presteza del dragón era extraordinaria, cada movimiento que hacía cercenaba y quemaba la carne de los caninos, derretía sus piezas metálicas y los obligaba a retroceder.
Era como Kratos con las Espadas de Atenea.
Mientras tanto, el sayón de Jelsailet empleaba una alabarda para penetrar el cuerpo de los grifos y convertirlos en cenizas.
Cada raudo giro que hacía y cada alígero paso que daba estaba bien calculado, sus piernas eran mucho más veloces que las de los oponentes.
El arma utilizó para clavarla en el suelo y así crear un letal buscapié que explotaba como una bomba al cabo de varios segundos, el cual creaba un profundo surco en su trayectoria.
El fragoroso estallido aturdía a los arqueros, les ofuscaba la concentración, los dejaba sordos por un instante.
La siguiente técnica especial consistió en crear un remolino de energía rojiza que expulsó a todos los grifos restantes y los condujo hacia un mar de lava que estaba a casi medio kilómetro de distancia.
Todos ellos murieron calcinados, plumas blancas y grises quedaron en el suelo como recuerdo de su existencia.
En menos de cinco minutos, todos los lobos fueron eliminados, sus cuerpos quedaron llenos de escaras y quemaduras de tercer grado.
Sus cadáveres fueron carbonizados por salvajes dragones rojos que llegaron junto a una tropa auxiliar de Essekner.
A Quiler no le agradó nada que interfirieran en su batalla, eso era algo que no se lo permitía a nadie, ni a su padre.
»Son ayudantes de la quinta legión —aseveró, recordando que ésa había sido enviada a la región central.
—Pues no deberían estar aquí.
Quiler, de forma poco cortés, se acercó a los cuadrúpedos dragones de escamas escarlatas y les gritó con vistas a que se marcharan.
Ellos sólo le gruñeron.
La alabarda extendió y la usó para convertirlos en polvo, a los siete dragones rojos exterminó.
—¿Era necesario que hicieras eso?
—No acepto que me gruñan.
¿Acaso no tienen modales?
—Siempre hacen eso cuando les gritan.
Es instintivo.
Un repentino y estridente graznido casi les rompió los tímpanos a ambos, sus oídos no aguantaban sonidos tan agudos.
Se apercibieron al instante de la presencia de varias aves flamígeras que surcaban los alrededores.
El alboroto que había generado el enfrentamiento les molestó y fueron a ver qué sucedía.
Detrás de la densa cortina de polvo, delante de las dos figuras de tres metros y medio que maldecían a los fénix por haber lanzado ese ensordecedor graznido, apareció la figura de un elefante lanudo que portaba una espada serrada de seis metros que descansaba sobre sus hombros.
Su cuerpo estaba protegido con una armadura de acero, superaba los cuatro metros, su espeso pelaje grisáceo le daba mucho calor en ese continente, sus amarillentos ojos se mantenían fijos en los enemigos, sus colmillos resplandecían como diamante pulido, sus gruesos miembros se asemejaban a los de los minotauros de clase superior.
—Más basura.
—Algo en su mirada me dice que no deberíamos subestimarlo —insistió Yerek, percibía la rudeza del amenazador adversario.
—¿Acaso te intimida?
—Se lo quedó mirando con asombro—.
¿Qué clase de sicario eres?
—Uno al que le gusta jugar sucio.
Se pusieron de acuerdo en abalanzarse sobre él al mismo tiempo, siendo necesaria una nimia maniobra de sincronización como las que empleaban los soldados de alto rango durante ofensivas simuladas.
A pocos metros del inmóvil blanco que no les quitaba los ojos de encima, ambos dragones fueron derribados por una monstruosa vaina verdosa que el mamut controlaba gracias a una técnica especial, estuvo a punto de decapitarlos con su espada, ambos desaparecieron frente a sus ojos y reaparecieron varios metros detrás de él.
Su tenaz furor Quiler liberó, hizo que la zona temblara, resquebrajando el suelo con precipitación.
Sus reflejos se agudizaron, sus pupilas se encogieron hasta volverse diminutos puntitos, sus músculos se pusieron rígidos, su diafragma se contrajo y se lanzó con todo, a su rival pasmado dejó tras haberlo tomado desprevenido.
Con grácil habilidad, la alabarda chocó contra la extensa espada enemiga, haciendo más ruido que nunca.
Un súbito salto el dragón dio y aterrizó al otro lado, de una peculiar técnica hizo uso para crear dos clones suyos, como si se tratase de una célula reproduciéndose de manera asexual, ambos tan reales como él.
Sus sombras lo acompañaron hacia adelante y arremetieron contra el mamut, los tres a la vez.
Con gran soltura, el enemigo se cubrió de los intrincados ataques de furia que podían darle muerte si se descuidaba, los bloqueó a los tres y exhaló todo el aire que había aguantado mientras se daba cábula para proseguir.
Lanzó un corte mortal con el que partió por la mitad a una de las sombras, a la otra empaló a continuación.
Lanzó una patada frontal que empujó a Quiler, quebró su estabilidad, a sus cuatro miembros dirigió las vainas con el deseo de que se enredasen y lo ciñeran con fuerza, apretujándolo sin piedad.
Incapacitado para seguir peleando, el dragón quedó quieto y soltó el arma.
El mamut apuntó la espada al vientre y se arrojó sobre él a todo tren, listo para atravesarle el cuerpo.
Un singular resplandor produjo el cuerpo del dragón y una onda expansiva de gran magnitud expulsó, desintegrando tanto las vainas que lo habían cogido como el cuerpo de su rival que estaba a sólo centímetros de perforarle la carne.
Yerek tuvo que hacerse a un lado para que la onda no lo dañara, la misma se disipó al llegar a los doscientos metros, dejando el terreno en deplorable estado.
El ganador se desempolvó la túnica al momento que recuperaba el aliento.
La alabarda mantuvo firme, otra vez el latoso aleteo de criaturas alígeras percibió.
A su hermano llamó para que lo acompañara en su camino de regreso.
La presencia de agitados fénix era señal de que una bandada de aves de fuego se aproximaba, y por experiencia propia, sabían que eso implicaba problemas.
Al alejarse de la zona, ambos se toparon con el aguador de la séptima legión, les informó sobre el trágico acontecimiento que condenó a dicha legión.
Criaturas tapadas con sobretodos habían emboscado a los minotauros y les dispararon dardos envenenados con los cuales les ofrecieron una muerte rápida y efectiva.
»Los nativos deben haberse enterado de nuestra llegada.
No me extraña que los oráculos hayan tenido algo que ver en esto.
Ellos siempre andan dando vueltas por aquí —supuso, momento en el que se volteaba para observar que nadie los estuviera siguiendo.
—No debimos habernos distraído con esos tontos —Quiler se dio cuenta de su metida de pata al separar las legiones, dejándolas a merced de los lugareños que tanto odio les tenían—.
Ellos también planifican sus ataques con antelación.
Tendremos que llamar a las agrupaciones de Picks Pocks.
Dejaremos que los salvajes hagan el trabajo sucio por nosotros.
Una vez limpiada la zona, vendremos a hacer lo nuestro.
Es lo único que mantendrá nuestras legiones a salvo.
—¿Qué haremos mientras tanto?
No podemos regresar al Norte.
—Si vamos al Sur, hallaremos algún refugio hasta que pase la primera oleada de salvajes.
Una vez hecho el trabajo, saldremos a reclamar lo que nos corresponde.
Por el momento, quisiera recuperar la energía que perdí durante mi último combate.
—Todavía nos queda un largo camino por recorrer, hermano.
No podemos perder mucho tiempo.
Nuestro padre preguntará por nosotros.
Se pondrá molesto si se entera de que no cumplimos con nuestras obligaciones en tiempo y forma.
—Dudo que se ponga más molesto de lo que está ahora.
Su hijo más preciado fue asesinado por una criatura de clase inferior.
Yo creo que tiene para rato con ese pesar.
Los dragones se dirigieron al Sur en volandas, rumbo a algún escondite donde pudieran pasar el tiempo suficiente mientras sus lacayos hacían de las suyas en ese territorio que tanto anhelaban tomar por la fuerza.
Las legiones restantes iban a seguir monitoreando los alrededores con el objeto de ver qué información útil podían obtener con la exploración.
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