Kompendium - Capítulo 31
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31: XXXI 31: XXXI Pese a la espantosa tabarra de estar viajando día tras día sin parar, el mirífico esfuerzo por alcanzar a Jiu y a Recni, quienes ya se habían alejado mucho, seguía en pie.
Con la suela pelada de las patas de tanto pisar rocas ásperas, el oráculo Drex y sus dos ayudantes, panteras de clase superior con túnicas azabaches y armaduras argénteas, se detuvieron frente a un aljibe dentro de los límites de Bretsovïe, movieron la manivela para bajar el balde y ver si podían sacar agua del profundo pozo de casi treinta metros.
Al jalar, la chirriante polea, ya bastante oxidada, sirvió como campana para avisar al que se ocultaba dentro de la fosa que alguien había llegado.
Un pergamino doblado apareció dentro del balde metálico, uno de los ayudantes cogió el trozo de papel y se lo enseñó al achacoso oráculo de pelaje grisáceo, ojos lilas y cabello azur.
El idioma empleado era Iroshio, uno que los invasores no hablaban.
Drex tomó una pluma entintada y escribió una respuesta, pidió que bajaran el pergamino junto con la cubeta vacía.
Dos figuras desconocidas aparecieron de atrás, uno de los guardias se dio cuenta y avisó.
El oráculo supuso que se trataba de forasteros que habían abandonado sus tierras por temor a los invasores.
Su pajiza túnica sacudió y se aproximó a ellos con el deseo de recibirlos.
Reconoció las dos figuras, le llamó la atención la de la derecha, era la primera vez que veía un zorro de tres colas.
El gárrulo grifo fue el primero en presentarse, de manera cortés y educada introdujo a su compañero y le contó lo que había estado haciendo durante los últimos once años.
Había caminado tanto que los pies ya no los sentía, como si no los tuviera.
El oráculo comprendía a la perfección cómo se sentía, a su amabilidad acudió y su cortés bienvenida loó.
Por otra parte, al kitsune no le interesaba mucho tener contacto con oráculos, no le parecían respetables como los demás pensaban.
Izkerus los admiraba porque había aprendido un montón de ellos.
—Muchos de mis compañeros han tratado de parar esta absurda guerra de especies.
A los dragones no les interesan los acuerdos de paz, la suspensión de hostilidades ni la rendición.
Están tan ensimismados en su misión que no escuchan a los demás —contó Drex.
—Es imposible razonar con fanáticos.
Si eso fuera posible, no habría fanáticos.
Son peligrosos para el mundo y todo lo que les rodea.
Lo único que se puede hacer es conducirlos a su extinción —adicionó Izkerus.
—A muchos pacifistas no les parece correcto responder de la misma forma que ellos atacan, yo pienso que de nada sirve tratar de entablar relaciones diplomáticas con acémilas.
—Mi compañero —lo señaló— y yo tenemos pensado ir a buscar a dos zorros que fueron al Este.
Los llevaremos a Braften para que estén resguardados.
Los invasores pronto llegarán a Frexiah y devastarán todos sus alrededores.
—Debí suponer que esos infelices llegarían en cualquier momento.
Yo tengo pensado ir a Tushtacür a rencontrarme con un viejo amigo.
Lo mejor será que viajemos juntos para evitar contratiempos.
La situación amerita prevención.
—¿Puede guiarnos?
Estamos algo desorientados.
Desde que partimos estuvimos caminando como un par de trotamundos, ya ni sabemos en qué dirección estamos yendo.
—Tengo un mapa que les puede servir para orientarse mejor.
—Se los enseñó para que tuvieran una clara idea de su paradero y de las demás aldeas del continente que desconocían.
El mapa desplegado poseía un punto central ubicado en el corazón de Faunixur y desde ese punto se desprendían cuatro líneas rectas que marcaban los puntos cardinales y sus respectivas aldeas: en el cuadrado del Noroeste estaban Tarjúm Esperke, Jelsailet, Darksunuh, Mispürca, Ikkiukak, Frissonk, Kaizzereh, Danferden, Marmalukshia, Ösprunem, Apiøxi, Xueriep, Yâzerex, Shluacläc, Ixeperc; en el cuadrado del Nordeste estaban Cumasaitellu, Pushaj, Picks Pocks, Verrauten, Cârashenc, Cåshexia, Quiéquertank, Férum, Ejeriet, Birsukleth, Crimazu Alkeshtenc, Essekner, Desezshäj, Shuratusque, Arthujaksöbren, Azëlkremp; en el cuadrado del Sudoeste estaban Alashgrech, Arçandlä, Hummesh, Biblecter, Qatlath, Paixelveg, Schlemme, Shrekment, Frexiah, Blïetsetpkêl, Xampëroc, Derderthëm, Inbrevumk, Ülguelisk, Ikketzel, Qam’reck, Afarentis, Braften, Uriatco Koishio Alegurt, Galgster, Aneaiarled, Vivbrukuv; en el cuadrado del Sudeste estaban Hunddafrument, Tushtacür, Ganfarmen, Kåshlexiëv, Bretsovïe, Glacrant, Taxtåriet, Leggernuelquiet, Jiumerftment, Gaos Ossaj, Pirpymiah, Xealsiah, Toustankum, Báisher Letum, Gaulkurmoh.
—No tenía idea de que existiesen tantas aldeas y con nombres tan complicados —admitió Drafur mientras echaba un vistazo a los recónditos sitios del Sudeste, interesado por hallar el lugar exacto donde se habían metido Belgreth y Lieffen.
—¿No se cruzó con ningún dragón rojo desde que vino?
—le preguntó Izkerus.
—Por suerte no —negó el oráculo—.
Espero no toparme con ellos.
Son un verdadero fastidio.
—Al parecer todavía no llegaron a este sector, son los minotauros los que andan merodeando en las aldeas.
Yo me enfrenté a una legión, escaparon sobre pajarracos de plumaje oscuro.
—Ellos sólo toman nota de los recintos que visitan, los dragones rojos son los que hacen el trabajo sucio por ellos.
De la cisterna surgió la figura de un demacrado geco pardo de clase inferior, víctima de una horrenda caquexia producida por un mortificante cáncer de esófago que dificultaba su capacidad para tragar cualquier alimento y respirar.
Apremiante era su muerte, inevitable era su sufrimiento, mas no las ganas de vivir.
Con su débil voz desafinada, les dijo a los guardias que una horda de dragones rojos había cruzado en dirección al Sur hacía más de un mes.
Como él sabía que no estaba seguro en las afueras, prefería pasar el poco tiempo de vida restante en un sitio oscuro donde nadie lo molestase.
Como muestra de respeto, les otorgó una lata llena de agua, era todo lo que podía darles para que saciaran la sed.
Les deseó suerte y retornó al lúgubre escondite.
Los guardias llamaron a Drex para que bebiese el agua.
El oráculo bebió el agua de la lata, la cantidad era suficiente para refrescar la garganta.
—Señor Drex, ¿usted conoció personalmente al oráculo Ferdiand?
—Izkerus le preguntó.
—Sí, éramos de la misma tanda —respondió y acomodó la lata en el borde del aljibe—.
Era uno de mis compañeros más cercanos.
Lo conocían como el parlador del grupo.
—¿Sabe dónde puedo hallar su tumba?
Quiero dejarle un ramo de flores antes de irme.
—No creo que tenga tumba, si es que sus restos aún existen.
—¿Sabe en qué lugar lo mataron?
—En la costa de Ixeperc, a unos ochocientos mil kilómetros de aquí.
—Creo que mejor le dirigiré una plegaria desde aquí.
Jamás podré llegar a ese lugar.
Moriré de senectud antes de eso.
—¿Por qué no vas volando?
—Mis alas no están bien desarrolladas: las plumas de mis rémiges deberían ser más extensas y tendría que haber más separación entre las coberturas primarias y secundarias.
Bien extendidas tendrían que ser el doble de mi estatura, o sea, casi ocho metros.
—Yo tenía pensado ir a esa aldea, pero después de lo que sucedió con Anaruk, ya no puedo correr el riesgo de meterme.
—¿A qué se refiere?
—Cuentan que uno de sus acompañantes lo envenenó, razón por la cual el Noroeste se volvió peligroso.
Los dragones han estado buscando incesantemente al culpable de dicho crimen.
—¿Ese no era uno de los hijos de Dégmon?
—Efectivamente —asintió con la cabeza—.
Él no acepta que se metan con ninguno de sus hijos, sólo él puede matarlos.
Por algo se ganó el ludibrio de muchos.
—¿Qué clase de monstruo puede ser capaz de arrebatarles la vida a sus propios hijos?
—Un filicida carece de empatía.
Él no siente lástima por nadie, ni siquiera por sus familiares.
Si alguno de ellos hace algo que no le gusta, lo aniquila.
Los dragones han vivido con miedo durante muchos años ya que su voluntad ha de cumplirse les guste o no les guste.
Es un líder perverso al que todos le temen, incluso los reyes.
Su excelso orgullo lo convirtió en la figura más terrorífica del mundo, tanto así que ni siquiera los traidores más ruines se han atrevido a desobedecerle.
—Si hubiese alguna forma de eliminarlo, las cosas serían distintas.
Todo el derramamiento de sangre inocente se ha hecho en su honor.
—No existe nadie en el mundo que pueda hacerle frente a un monstruo con semejante poderío.
Por lo que dicen los oráculos que lo conocieron en persona, es un ser cuyo poder no tiene comparación.
Sólo un desquiciado se atrevería a enfrentarlo.
—Quizás en el futuro aparezca algún lunático lo suficientemente fuerte como para hacerle frente.
—Es poco probable —musitó con incredulidad en sus palabras—.
Nosotros, por el momento, no podemos hacer nada contra él.
Asimismo, la cantidad de aliados que posee imposibilita nuestra irrupción.
Por más que intentemos contratacar, acabaremos perdiendo.
Sus ideologías dogmáticas los han enceguecido al punto de perder la empatía por completo.
Ya no les importa nada.
Sólo buscan desangrar el mundo a la brava.
Se notaba un trasfondo de incertidumbre en las sabias palabras que el oráculo empleaba para explicar el porqué de los actos viles que los dragones llevaban a cabo con tanto fervor.
Antedicha especie era vista como la némesis de la bondad, lejos de ser loable, su hedonista convicción no merecía otra cosa que no fuese desprecio y repudio por parte de los demás.
Fueron los dragones los causantes de innumerables muertes y horrorosos crímenes, fueron sus líderes los motivadores de dichos actos indignos, sus nefastas ideologías extremistas eran la raíz del mal que los catequizaba a actuar de forma barbárica y violar las leyes de la Naturaleza.
A pesar de tener la capacidad de razonar como cualquier criatura normal, los impuros deseos de conquistar el mundo los animalizaban, dándoles el indeseado título de Raza Destructora.
Desasnarlos ya no era posible.
Para Drafur, que se encontraba a unos cuantos metros de ellos, la interminable perorata era inaguantable, no tenía deseos de seguir perdiendo el tiempo.
De forma poco afable, se dirigió al oráculo y le pidió que siguieran con el viaje siendo que, dialogando en ese sitio, no iban a conseguir nada.
Drex le hizo caso, ni cuenta se había dado del tiempo que había perdido charlando con Izkerus.
Los dos viajantes tuvieron la maravillosa suerte de poder viajar en grupo, bajo guía y dirección de un oráculo de la Orden Real a quien se le había asignado la tarea de mantener informados a los demás sobre posibles suspensiones y/o abdicaciones.
Como tenía un amplio conocimiento de geografía, sabía en qué dirección ir y por dónde cruzar para evitar desvíos innecesarios.
Amén de ofrecerles protección a los protagonistas, les brindaba seguridad.
Tener a alguien como él era de gran ayuda, cualquier enemigo poderoso podía sucumbir ante su poder sin necesidad de exponerse al peligro.
Drafur prefirió mantenerse en la retaguardia por si a algún desgraciado se le ocurría acometer por atrás.
Izkerus escoltó al oráculo, los felinos de pelaje oscuro circularon en los laterales como siempre.
Drex adelantó al grupo, atento como un águila en vuelo.
Una vez que llegaron a un viejo templo cuyas paredes estaban en pésimo estado, descansaron para poder continuar al día siguiente.
Compartieron una singular escena de armonía y serenidad mientras el silencio azotaba los oscuros alrededores.
Los felinos dormían menos que los demás, con seis horas de sueño por día les bastaba.
Siempre se turnaban para vigilar mientras Drex dormía.
Todos ellos sentían punzadas de apetencia, no habían ingerido alimentos desde hacía varios días, sus estómagos crujían con intensidad como forma de reclamar lo que les correspondía.
Al día siguiente, iban a salir a buscar algo de comer, no podían viajar lejos si no estaban en condiciones idóneas.
El hambre es cosa seria.
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