Kompendium - Capítulo 32
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32: XXXII 32: XXXII Habiendo transcurrido siete meses y medio desde aquel impensado encuentro, el oráculo al fin se despidió de los foráneos y tomó un camino pedregoso marcado con rocas picudas que formaban un atípico sendero lítico, el cual se encontraba entre las mesetas que separaban Kåshlexiëv de los límites de Bretsovïe.
Varias agrupaciones de rocas ovaladas, que parecían apachetas, se podían ver en la parte más alta de la grisácea pampa.
La poca cantidad de árboles presentes creaba una especie de cabalístico parque luctuoso, macizos pedruscos estorbaban el paso, secas raíces y plantas muertas decoraban un funesto jardín que daba mala espina.
No muy lejos del centro de esa área fuera de lo común, un extenso río de lava ardiente atravesaba la zona.
Drafur prefirió alejarse del grifo y dejarlo comer con parquedad para adentrarse en un territorio desconocido que no dejaba de parecerle estrambótico.
Caminando con pies de plomo, con la mente siendo azotada por muchísimos recuerdos del pasado, su experiencia más triste salió a la luz y casi perdió el control.
Tuvo una clara imagen de sus padres por un momento, acto seguido, los vio caer ante figuras difusas de color rojizo que no dejaban de producir guturales sonidos, más que desagradables, haciéndolo creer que su mente estaba intentando advertirle de algo.
Varias cosas de la infancia recordó, pocas pudo divisar con diafanidad, la mayoría eran imágenes borrosas que confundían.
Creía que estaba perdiendo la cordura, sacudió la cabeza y se sentó sobre una lisa roca que estaba a casi veinte metros del río de lava.
Con gran esfuerzo trataba de volver a la realidad, mucho le costaba concentrarse.
Tan abstraído estaba que apenas podía distinguir el entorno de lo que su mente producía de forma insistente.
Ruidosas pisadas provenientes del costado alcanzó a oír, giró la cabeza y el yatagán preparó.
En menos de un minuto, notó cinco figuras de gigantescos reptiles que se desplazaban, añangotándose entre las cilíndricas rocas de los laterales, una pequeña lagartija habían visto y querían cazarla, estaban muertos de hambre.
Lo que hizo el kitsune fue acuclillarse detrás de unos arbustos rojizos.
Cuando se sintió listo para actuar, saltó sobre ellos y los perforó con la espada.
Izkerus le había enseñado que tenía que introducir la hoja en la membrana que conectaba los anillos dorados con las escamas rojas para una mejor penetración.
Su espada pronto se manchó con la oscura sangre que los monstruos largaban, a sus gargantas el yatagán dirigió, a su sueño eterno los condujo.
Escupió luego de verlos caer frente a sus pies.
Una segunda horda vio a lo lejos y no dudó en ir por ellos.
Listo estaba para luchar sin la ayuda de nadie.
El peor error de su vida había acabado de cometer al meterse en un recinto desconocido.
Setenta y tres dragones cuadrúpedos de escamas rojizas se reunieron alrededor de un cadáver descompuesto, ansiosos por devorar cada uno una parte.
El kitsune irrumpió de forma poco profesional, lo que provocó una reacción violenta.
Todos ellos, asaz famélicos, cambiaron de parecer al ver al vulpino entrometerse en su almuerzo.
No tardaron ni un segundo en arremeter contra él y tratar de morderle la carne con desesperación.
La agilidad del entrenado zorro de tres colas se había pulido, su velocidad de reacción no era la misma que al principio, su fuerza había incrementado y sus reflejos se habían agudizado.
Al dejarse llevar por la inexcusable ira de la que tanto presumía, un aura rojiza rodeó su cuerpo, inició la matanza empalando a los enemigos uno por uno con su brillante espada.
Cada vez que les agujereaba la piel, lanzaban un iracundo grito estentóreo que advertía a los demás dragones del peligro, dando a entender que el lancinante dolor producido no era un memo juego.
Girando y agachándose con ligereza, el kitsune siguió adelante con la provocativa maniobra de ataque y corrió de una punta a la otra hasta llegar a un cul-de-sac, al borde de un precipicio que conducía a una catarata mortal por donde circulaba un voluminoso torrente de lava.
Pronto, casi doscientos dragones rojos lo rodearon y se aproximaron a él, sus flagrantes miradas fijas, las que azaraban a medio mundo, estaban en el recién llegado que nada podía hacer para salvarse del imperioso asalto.
Sin ponerse a pensar en el tremendo riesgo que corría al enfrentarse a tantos enemigos al mismo tiempo, dirigió la rabia hacia ellos y se dispuso a luchar con total encarnizamiento.
La impertinente astenia, que tanto fastidio le producía cuando era un jovenzuelo sin experiencia en batallas, pasó a ser un impuro recuerdo del apocado pasado inconexo con el ávido presente.
Lieffen había salido del refugio en el que tantos meses había estado, su hermano mayor lo siguió porque no podía dejar que se metiera en problemas.
A pesar de no haber planificado la arriesgada huida, los zorros corrieron varios kilómetros hasta llegar a las afueras de Bretsovïe, al oráculo Drex encontraron y se sintieron a salvo.
Ante sus pies se echaron y con ahínco se postraron, creyendo que él podía ofrecerles protección.
—Ustedes deben ser los que andaban buscando Izkerus y Drafur —se acordó Drex—.
No pensé que me los iba a cruzar.
—¿Quién es Izkerus?
—Belgreth le preguntó y se puso de pie.
—Un grifo que se amistó con el kitsune.
Los dos han estado viajando desde hace años —les explicó el oráculo—.
Los zorros tienen pensado migrar al Sur para estar a salvo.
Su aldea ya fue deshabitada.
Ellos vinieron por ustedes.
—¡Qué tontería cometieron!
—Lieffen se puso de pie—.
Esta región está atestada de dragones.
Los matarán si los encuentran.
—Son conscientes de eso.
No les preocupa morir.
—Tenemos que ir por Drafur —asintió Belgreth, sin ponerse a pensar con detenimiento.
—Lo mejor será que vayan con los demás zorros.
No pierdan el tiempo aquí.
—Nos tomará años llegar al Sur.
Dudo que podamos retornar —le dijo a su hermano.
—Es un riesgo que tenemos que correr queramos o no.
—Bueno, tampoco es para agüitarse.
Yo puedo acortarles el camino para que no tengan que esperar tanto tiempo.
—¿Usted puede llevarnos al Sur?
—Belgreth le preguntó, anhelaba una respuesta sincera de su parte.
—Puedo dejarlos cerca de Braften.
Tendrán que caminar un poco igualmente.
—¿A Braften se fueron?
—Es un sitio seguro.
Frexiah ya fue marcada por los minotauros.
Los invasores estarán en esa aldea en menos de lo que piensan.
—Debí suponer que esto pasaría.
No debimos habernos ido tan lejos —Belgreth se lamentaba por la decisión que había tomado—.
Espero que nuestro querido padre siga con vida.
—Tomen mis manos.
—Extendió los brazos para que lo agarraran, ambos se agacharon y lo tomaron de las manos—.
Será un viaje relámpago.
De esa manera, el oráculo los teletransportó hasta las afueras de Braften, donde aparecieron en un abrir y cerrar de ojos.
Se despidió de ellos y regresó al mismo lugar donde lo habían encontrado.
Hacer esos viajes veloces consumía muchísima energía, por eso casi nunca lo hacía.
Los zorros no perdieron el tiempo y se dirigieron al que iba a ser su nuevo refugio, esperanzados en hallar paz.
Antes de alejarse demasiado, figuras aladas de aspecto desconocido aterrizaron en la cercanía, ambos se pusieron en guardia puesto que no sabían si eran aliados o enemigos.
Al acercarse a ellos, notaron que se trataba de hipogrifos provenientes de Ashura.
Cinco criaturas de casi cuatro metros, plumaje marrón, ojos amarillos y piernas de caballo, tapados con túnicas biliosas, surgieron detrás de la densa cortina de humo que obnubilaba la visión.
Con gusto los recibieron, interesados por saber qué hacían en ese tórrido infierno.
Ellos les dijeron que tenían pensado llevarse a algunos refugiados a Ashura, era más seguro y tenían alimento de sobra, cosa que en Xeón escaseaba.
Pensándolo bien, los zorros llegaron a la conclusión de que eso era lo mejor para ellos y su aldea.
Habiéndose puesto de acuerdo con los aliados, prometieron cambiar de planes y realizar un viaje náutico que los llevase a un lugar lejano donde todos pudiesen estar resguardados.
Eso sí, tenían que cerciorarse de hacerlo con prontitud, los invasores no iban a tardar mucho en aparecer en las regiones meridionales.
Mientras más pronto abandonaban Xeón, mejor iba a ser para la especie.
Los zorros de fuego ya no podían seguir padeciendo sin necesidad en ese fosco continente plagado de monstruos horripilantes que no los dejaban vivir tranquilos.
Las inquietas orejas de Izkerus reaccionaron al oír los roncos rugidos producidos por dragones arrebatados.
Las espadas, que apoyadas sobre un tronco había dejado, cogió y aprisa se dirigió al sitio de donde provenían los molestos ruidos que lo ponían nervioso.
Haciendo uso de sus alas, con un revoltoso y desprolijo vuelo, aterrizó detrás de una muchedumbre que no dejaba de tambalearse.
Sucinta fue su presentación y álgida fue su reacción, contra los fastidiosos dragones rojos acometió.
Evadió las embestidas y tarascadas, el fuego esquivó dando volteretas en el suelo, ensuciándose la ropa, a sus golletes dirigió las espadas, que con gran entusiasmo hundió para darles muerte.
Su nombre escuchó gritar con impaciencia y no dudó en alzar vuelo.
Aun teniendo varios dragones detrás, se entrometió en la multitud, la que generaba gran apretura, y divisó a su compañero que en aprietos se encontraba.
Incapaz de ayudarlo, le pidió que se fuera, que él iba a encargarse de eliminar a los enemigos por su propia cuenta.
Drafur retomó la posición defensiva.
Casi toda la energía había perdido, su aura se había desvanecido y pocas oportunidades tenía de salir con vida de la azarosa tremolina que él mismo había creado, por no haber pensado dos veces antes de actuar.
A su insensato instinto salvaje había hecho caso, en una circunstancia exasperante estaba, y lo peor de todo era que no podía escabullirse por más que lo intentara.
A pesar de los pesares, continuó agrediendo a los dragones mientras los llenaba de insultos y le daba pábulo a su ilimitado orgullo.
Las flamantes bocanadas de fuego lo obligaron a echarse para atrás, la hilera de enfrente tosió una amplia fumarada, nublándole el campo visual.
Un repentino coletazo lo tiró al suelo y el yatagán soltó, arrastrándose como un gusano se aproximó al borde del precipicio.
La ingente roca lisa en la que estaba comenzaba a inclinarse hacia abajo debido a la cantidad de peso que ejercían todos los dragones sobre ella.
Exhaló sus últimos resuellos y observó el inmenso mar de lava que estaba a casi quinientos metros de profundidad.
Izkerus hacía todo lo que podía para llamar la atención de los rivales, los pateaba en el vientre y se los sacaba de encima, las alas les cortaba con el propósito de que cayeran, los bruscos mordiscos esquivaba.
Lo que al comienzo había sido un encuentro casual pasó a ser una verdadera cacería, cuyo objetivo era deshacerse de los dos ineptos que no dejaban de fastidiar.
Decenas de dragones rojos descendían, todos ellos percibieron el caótico escollo que había iniciado hacía casi media hora.
Al ver que eran demasiados, se apercibió de la imposibilidad de llevarse la victoria, defraudado con el vejatorio fatum que lo había conducido hacia una circunstancia tan peliaguda.
No sabía que era por culpa de su compañero, un evitable traspié lo había condenado.
Amedrentado por su desgraciado infortunio, decepcionado con sus primorosas habilidades de guerrero, avergonzado por su importuna metida de pata, el kitsune sonrió por última vez antes de tomar la decisión más importante de su vida.
Recordó muchas cosas del pasado, agradecido estaba por todo lo que Izkerus había hecho por él, el significado de una rígida amistad conoció, de la verdadera felicidad gozó, satisfecho estaba de haber llegado tan lejos, la hora de decir adiós por fin había llegado.
A tan sólo unos cuantos metros de distancia de su compañero de viaje, alzó los brazos y se lanzó de lleno para caer en las oscuras garras de Tánatos.
Varios dragones cayeron con él al desprenderse la roca que formaba una plataforma de duelo donde se habían enfrentado.
El zorro de tres colas al que todos los zorros de fuego respetaban, acabó hundiéndose en la lava, su cuerpo se calcinó al instante.
Los dragones cayeron justo después de él y se ahogaron.
La enorme roca aterrizó sobre la ardiente sustancia rojiza, no se derritió, flotó como un bote.
Casi atragantado con el acíbar más amargo de su vida, Izkerus gritó el nombre del kitsune y voló hacia el borde del acantilado.
Decepcionado estaba al ver que ya nada podía hacer para salvarle la vida.
Había perdido a su leal camarada, motivo por el cual seguir viviendo ya no era lo mismo.
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