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Kompendium - Capítulo 33

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  4. Capítulo 33 - 33 XXXIII
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33: XXXIII 33: XXXIII Tras haber sido arrebatada la vida de su honorable aliado, una furia hercúlea dominó al grifo que tan adolorido había quedado.

Las amargas lágrimas secó, la zozobra ignoró, el instinto asesino lo encegueció, una misteriosa energía nunca antes vista en ninguno de sus congéneres liberó.

Su aura azulada se tornó más brillante que antes, sus ojos se tornaron celestes, sus plumas destellaron, sus incandescentes espadas hirvieron hasta convertirse en planchas de acero ardiente.

A una velocidad casi imperceptible, se lanzó al ataque y produjo los cortes más agonizantes con sus achicharrantes espadas que no sólo perforaban la resistente carne de los dragones, sino que también la derretían.

El indescriptible sufrimiento que los hacía sentir era el mismo que ellos les otorgaban a las criaturas inocentes cuando las atacaban con sus infernales llamaradas.

Uno por uno, asesinó con máxima brutalidad y desplegó las alas en busca de una zona más amplia en la que podía luchar hasta el hartazgo.

Arrumándose como moscas al detectar una fuente de aroma fétido, los embravecidos dragones rojos formaron una muralla de más de setecientos integrantes.

Pese a la hartura de oponentes, el grifo no se sintió atemorizado en ningún momento, las piernas mantuvo quietas y con los ojos estudió a cada uno de los enemigos, viendo a cuál de ellos podía asesinar primero.

Antes de que abrieran sus fauces y lanzaran llamas, los sorprendió con una serie de ataques sincronizados con los que les rebanaba el pescuezo.

Las agresiones se daban por arrobas, ninguna de ellas funcionaba para lastimarlo.

El cuerpo de Izkerus estaba caliente y la poderosa energía que irradiaba era nociva para sus rivales que tanto esfuerzo hacían por herirlo.

Incapaces de tocarlo, no les quedaba otra opción más que escupir fuego, que, por cierto, tenía un efecto nulo en el enardecido guerrero de Gaulkurmoh.

Soliviantado como nunca antes, les dio muerte de forma rápida al perforarles el tórax.

Los golpes y cornadas no servían de nada, cada intento por lastimarlo era fútil.

Con el correr de los minutos, la cantidad de dragones salvajes iba disminuyendo hasta que ya no quedó ninguno con vida.

El terreno se llenó de cuerpos calcinados que humeaban.

El exaltado grifo obtuvo la victoria tras arrobar a causa de la muerte de su mejor amigo, quien había perecido de manera injusta.

La llameante aura azulina se disipó y volvió a la normalidad, agitado quedó y cayó de rodillas.

Respirar le costaba, mover las pesadas extremidades le era difícil, ver con claridad era imposible.

Casi veinte minutos después, de pie se puso y observó con detenimiento la asombrosa masacre que había llevado a cabo.

Habiendo consumado la ensalzable rabia, salió del agónico estado de abatimiento y oró por la salvación de su compañero que, a pesar de no ser un grifo como él, merecía la vida eterna y el más maravilloso trato en el otro mundo donde las almas eran juzgadas.

Su salvífica plegaria era un ardite, sólo servía para hacerlo sentir mejor consigo mismo, no tenía ningún efecto sobre alguien perteneciente a otra especie, según lo dictaminado por el Iobismo.

Aquella llamativa demostración hiperbólica fue lo suficientemente escandalosa para atraer a dos viajeros que habían acabado de pisar tierra.

Si bien se habían dirigido al refugio donde se encontraban Melgorth y unas cuantas criaturas exiliadas, cambiaron de rumbo tan pronto como vieron las hordas de Picks Pocks volando hacia la misma dirección, como si algo las hubiera convocado.

Confiados en hallar algo de interés, se toparon con una poderosa presencia que nunca antes habían percibido.

Al ver que un grifo común y corriente poseía semejante habilidad, no dudaron ni un segundo en ir por él.

Matarlo era algo que ansiaban, no sin antes poner a prueba su valentía en el campo de batalla.

A casi diez metros de él aterrizaron, los ojos no podían quitarle de encima, deseosos estaban por verlo luchar.

—¿Quiénes son ustedes?

—Se volteó y los vio.

Sus macabras sonrisas denotaban un toque de perversidad inherente a dragones de clase superior.

—¡Vaya, vaya!

—Quiler extendió los brazos hacia los laterales en señal de fascinación—, pero si este es el grifo que estábamos buscando.

Es la primera vez que sentí un poder tan elevado proveniente de un pajarraco mugroso de tu clase —lo zahirió—.

Supongo que debiste haber entrenado mucho para adquirir ese nivel.

—Parece más fuerte que los que matamos la otra vez en Ganfarmen —mencionó Yerek con cierta petulancia—.

Esos eran unos buenos para nada que ni defenderse sabían.

Durante las contiendas y riñas, a los dragones les encantaba subestimar a sus rivales y burlarse de ellos tanto como les era posible.

La soberbia siempre resaltaba al momento de luchar.

—Ah, ustedes deben ser hijos de ese bastardo al que llaman Dégmon.

No sé cómo es que no los reconocí a primera vista.

Son los únicos merluzos que andan por estos lares.

—¿Qué acabas de decir?

—Quiler creyó haber escuchado mal.

—Miren a sus siervos —señaló a los dragones salvajes que yacían moribundos—, acabaron así por hacerme enojar.

¿Acaso ustedes quieren terminar como ellos?

—¿Eso es una amenaza?

—Yerek se rio.

—Sólo eres otro patán sin agallas que quiere llamar la atención.

Si eres tan bueno como dices, enfréntame en un duelo —Quiler lo provocó para que lo enfrentara—.

Muéstrame lo que sabes hacer, pajarraco inmundo.

Con aplomo, sin ningún apuro, el grifo retomó la posición de ataque y se preparó para combatir aun sabiendo que no tenía posibilidades de ganarle al cuarto hijo de Dégmon, cuyo poder se encontraba en un nivel superior.

Acomidiéndose al pedido de su hermano menor, Quiler adoptó una postura defensiva y se mostró remiso a ser piadoso.

La extravagante ampulosidad de su discurso reflejaba esa querellante actitud de verdugo inclemente, al que no le importaba nada, a excepción del sufrimiento ajeno.

Izkerus, aun sin poder liberar la furia como antes debido a la escasez de energía en su cuerpo, arremetió contra Quiler, buscó la forma de partirlo por la mitad con las espadas.

Con los brazos cruzados y las alas quietas, el dragón daba saltos evasivos, bostezaba como forma de burla.

Ese grifo era lentísimo para alguien como él.

Le dio una patada en el esternón y lo hizo comer polvo.

Siguió provocándolo a fin de que luchara con todo su potencial.

Izkerus se puso de pie, reacio a hacerle caso a un mequetrefe que buscaba atosigarlo con exigentes peticiones.

Atufarse era algo a lo que se negaba, ya ni ganas tenía de seguir luchando.

Estaba al borde de caer rendido ante el cansancio excesivo.

Un simple golpe en el diafragma lo puso de rodillas ante él, ambas espadas soltó y sintió que se ahogaba.

De las plumas de su cabeza Quiler lo cogió y lo arrastró, lo soltó al ver que no reaccionaba.

Le escupió encima y lo insultó de la forma más grosera posible, faltarle el respeto a su madre fue lo que tocó la parte más sensible de su orgullo y lo obligó a reaccionar.

Izkerus, del tobillo izquierdo lo tomó y presionó con fuerza, las filosas garras en su carne hundió y lo hizo sangrar.

Quiler se le tiró encima y lo golpeó tan fuerte como pudo, haciéndole crujir la mandíbula.

La gruesa cola prensil del dragón, que parecía un áspid, lo tomó del cuello y apretó con una fuerza bestial que jamás había sentido en su vida.

Izkerus le rasguñó los antebrazos y trató de zafarse, nada podía lograr para hacer que dejara de asfixiarlo.

La estrangulación continuó por varios segundos hasta que al fin sucedió lo que Quiler quería, la furia del grifo se desencadenó.

De nuevo, la destellante aura azulada rodeó su cuerpo y recobró la misma fuerza de antes, con sus manos se quitó la cola de encima y le dio un puñetazo en el vientre al rival tan fuerte que lo hizo escupir.

El dragón lo alejó de una patada y se puso firme.

Sus raudos ataques el grifo esquivó, le quitó el arma, le dio una patada en el vientre y lo empujó.

Partió la alabarda por la mitad con la rodilla derecha y le advirtió que no estaba jugando.

Una peculiar risa burlona emitió el dragón estando en el suelo.

A su verdadero poder recurrió.

Un fuertísimo temblor sacudió la región, todo el suelo se rajó, las ráfagas de viento crearon un remolino que producía un chillón silbido.

Tal y como había acontecido anteriormente, Quiler agudizó sus reflejos y se volvió mucho más fuerte que su rival.

Dirigió un golpe recto al pecho y lo empujó casi un kilómetro, haciendo que se golpeara con varias rocas en el camino.

El grifo, más adolorido que nunca, se puso de pie, sintiendo cómo sus fuerzas lo abandonaban.

No obstante, se negaba a aceptar la derrota.

Era incapaz de reconocer la inferioridad ante un dragón.

Su aura azulada ya no brillaba con la misma intensidad de antes, esa energía irradiada le succionaba la vitalidad como una sanguijuela que chupa la sangre de su víctima.

Con varios huesos rotos, se dirigió al frente y esperó a que el rival apareciera para contratacar.

Quiler apareció, lo tomó de la cola, la jaló, lo llevó lejos del acantilado, lo golpeó contra una colina rocosa del costado, luego contra otra, luego contra el suelo y lo lanzó a más de treinta metros de distancia.

El costalazo que Izkerus se dio fue de lo más doloroso, aun así, no se daba por vencido.

Con dificultad, el grifo se puso de pie y esperó a ver qué sucedía.

Una resplandeciente bola de energía naranja lo tomó por sorpresa y lo arrastró casi seiscientos metros, culminado su tiempo de vida estalló como una estrella y produjo una inmensa onda expansiva que hizo temblar la zona.

Calcinado quedó el cuerpo del grifo, las llamas le derretían la carne y le producían el peor suplicio.

Requemado por la dureza presentada, Quiler cogió la alabarda y la unió para que quedara como antes.

Reapareció justo frente al grifo que suplicaba la muerte en silencio mientras el peor tormento estaba viviendo.

Sin decir nada, el dragón le hundió la afilada hoja en el pecho y le dio muerte.

Izkerus pereció al instante, su cuerpo siguió quemándose hasta convertirse en cenizas, tal y como había ocurrido con el kitsune.

Los dos protagonistas principales murieron en circunstancias similares, compartieron el mismo sufrimiento, las mismas ganas de luchar, el mismo coraje, las mismas habilidades, el mismo orgullo.

A fin de cuentas, hallaron paz en sus vidas.

Haberse conocido fue lo mejor que les pudo haber pasado, y aunque el tiempo que pasaron juntos fue corto, fue suficiente para conocer lo que es el lazo de una amistad imperecedera.

Ambos habían sido infelices la mayor parte de sus vidas, el destino los unió, les enseñó que la felicidad no requería de riquezas, placeres carnales ni lujosos hogares, era posible mediante una buena compañía que duraría por toda la eternidad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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