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Kompendium - Capítulo 34

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  4. Capítulo 34 - 34 XXXIV
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34: XXXIV 34: XXXIV Una vez que todos los aldeanos de Frexiah llegaron a Braften, hallaron un cartel en medio de dos gigantescas torres de piedra que creaban un arco torcido, el cual indicaba la entrada del refugio al que se dirigían.

Skel, quien caminaba gracias a un resistente bastón, observó símbolos grabados en la tablilla de enfrente, no alcanzaba a leerlos debido a una avanzada miopía que le impedía ver de lejos.

Los dos coyotes que lo acompañaban, los mismos que habían aparecido al principio, se aproximaron a leer el mensaje.

Gracias a la iluminación generada por las antorchas que llevaban podían leer las oraciones escritas.

—¿Qué es lo que dice?

—preguntó el viejo zorro con su afónica voz.

—Los hipogrifos nos llevarán a Ashura en sus embarcaciones.

Ya hemos hecho todos los preparativos para irnos.

No pierdan el tiempo en Braften, no vale la pena quedarse.

Vengan a Uriatco Koishio Alegurt —leyó el coyote de pelaje azabache que estaba a la izquierda—.

Tiene dos firmas.

No logro entender qué dicen.

—¿Cómo son las firmas?

—Una tiene una estrella y otra tiene una cruz.

Skel se puso loco de contento al saber que sus dos hijos seguían con vida y que los iba a ver pronto.

Belgreth ponía una estrella en su firma y Lieffen una cruz, ambos símbolos representaban figuras simbólicas que su esposa había llevado en un collar de plata durante la segunda mitad de su vida.

Shatsriah, la esposa de Belgreth, se alejó de los demás para acercarse a los coyotes y ver de cerca el mensaje escrito.

Lloró de alegría al enterarse de la buena nueva.

Volver a ver a su amado esposo era algo que había estado esperando desde hacía muchos años.

Secó las lágrimas con una pañoleta morada y se acercó a su suegro, quien estaba casi tan alborozado como ella.

La zorra había sufrido mucho sin la presencia de su querido zorro, había soñado tantas veces con verlo que ya había perdido la cuenta.

—Al parecer nuestro viaje será más largo de lo que pensábamos —dijo el coyote que estaba a la derecha—.

Nos tomará unas cuantas semanas llegar a Uriatco Koishio Alegurt.

—Tendremos que ir.

Si mis hijos nos esperan en la costa, pues allá iremos.

Habiendo cambiado de parecer respecto al nuevo refugio, el éxodo prosiguió quince semanas más.

Skel confiaba en la palabra de sus hijos y sabía que lo mejor que podía hacer era apartarse de su tierra natal.

Fue durante una mañana calurosa que la gavilla de zorros de fuego llegó a la bella playa que formaba parte de la costa meridional del ingente continente volcánico.

El cielo celeste, libre de nubes, parecía un reflejo del océano, el sol a lo lejos parecía un ente desconocido, un ojo refulgente que los espiaba desde millones de kilómetros.

Las palmeras y la vegetación emperejilaban el paisaje, dándole un toque natural y pacífico, algo poco común para una raza de caninos acostumbrada a vivir entre las tinieblas del averno.

Una gran variedad de insectos inofensivos y animales pequeños moraban en las arenas de la región.

Detrás de unas rocas con forma de cono aparecieron dos figuras reconocidas, los dos quedaron boquiabiertos cuando las vieron aproximarse, parecía un sueño hecho realidad.

Shatsriah corrió hacia la figura de la derecha y se aferró a su cuerpo.

Estaba contentísima de ver a Belgreth sano y salvo.

No pudo evitar derramar lágrimas al verlo, escuchar su voz, sentir su calor.

Lieffen se dirigió a Skel y clavó las rodillas en la arena, lo saludó con cortesía como acostumbraba, se aproximó a él y le dio un abrazo.

Ver a su padre con vida le producía un regocijo tremendo que no podía pasar por alto.

Le daba un poco de lástima ver el estado en el que se encontraba, la avanzada edad lo mantenía en condiciones deplorables.

Allende su frágil salud, estaba agradecido de tenerlo.

—Casi pensé que no iba a volver a verlos.

No sabes lo feliz que estoy —le dijo Skel.

Belgreth se sumó a la junta familiar y recibió a su padre con gusto.

Le producía un inmenso júbilo verlo de nuevo después de haber estado tanto tiempo ausente.

—Para nosotros es un honor tenerlo con nosotros —Belgreth le dijo.

—Ver a la familia unida me llena el corazón de felicidad —aseveró Skel—.

Por cierto, ¿Drafur está con ustedes?

—Un oráculo nos trajo hasta aquí.

Nos dijo que Drafur y un grifo habían ido a buscarnos.

No vimos a ninguno de los dos —respondió Lieffen.

—Lo más probable es que hayan quedado atrás —murmuró Belgreth.

—Drafur es parte de nuestra familia, por más que no tenga ningún lazo directo con nosotros —insistía Skel.

—El problema es que…

la región donde nos encontrábamos estaba repleta de dragones.

No creo que Drafur haya escapado —añadió Lieffen—.

Lo más probable es que haya muerto.

—Quiero pensar que eso no sucedió.

Me dolería mucho saber que uno de nuestros aliados más valiosos cayó en batalla.

—El viejo zorro se negaba a aceptar la triste realidad que había condenado al kitsune.

Los zorros de fuego se pusieron contentos de ver a los hijos del líder de la aldea, todos se hacinaron en la playa con el afán de deleitar el agraciado momento de paz que tanta satisfacción les producía.

Todos ellos le tenían un gran aprecio a Belgreth y a Lieffen, ellos eran fieles defensores y ávidos cazadores de renombre que merecían ser tratados como héroes.

Los dos coyotes negros que habían acompañado a los aldeanos abandonaron el grupo tan pronto como llegaron a los límites de la playa, supusieron que lo mejor era retornar a su tierra natal antes de que los invasores apareciesen.

Hacer el viaje de regreso les iba a tomar un buen par de años.

—Tuvimos la maravillosa suerte de toparnos con hipogrifos que vinieron de lejos para llevarnos a Ashura.

Sé que es un lugar desconocido para nosotros, pero estoy seguro de que nos adaptaremos en poco tiempo.

Es mucho más seguro que Frexiah.

Tiene un suelo fértil, muchos ríos, incontables pomares y aldeas donde resguardarse —aportó Lieffen.

—¿Hay espacio suficiente para todos?

—preguntó Skel—.

Somos muchos los que viajaremos.

—Tienen siete barcos en total, cinco aquí y dos en Toustankum.

Yo creo que hay espacio para todos nosotros y algunas otras especies más —contestó Belgreth.

—¿Piensan seguir esperando o partirán pronto?

—Si se lo pedimos al capitán, partirá esta misma noche.

Ellos suelen ir y venir con cierta frecuencia así que no habrá ningún problema.

Hace una semana llegó el séptimo barco que había llevado una buena cantidad de grifos al Norte de Ashura.

—Las aldeas de ese continente tienen nombres bastante complicados.

A mí me cuesta pronunciarlos sin morderme la lengua —asintió Lieffen.

—Eso es lo de menos.

Lo importante es saber que estaremos a salvo de los dragones —dijo Skel.

—Nos preguntó si no queríamos ir a Mitriaria.

Allá estaremos a salvo de todo peligro.

Es mucho más pequeño que Ashura, pero posee muchos bosques y sitios de resguardo —adicionó Lieffen.

—Siempre quise conocer Mitriaria.

Dicen que tiene paisajes hermosos —dijo Shatsriah.

—Primero hay que ver qué podemos sacar de provechoso de Ashura.

Si no nos convence, les pediremos a los hipogrifos que nos lleven a Mitriaria —dijo Skel, teniendo en cuenta que los integrantes de su aldea merecían el mejor trato.

—Bueno, en Ashura no hay dragones rojos, hay otras razas de dragones salvajes que fastidian a los nativos con cierta frecuencia según nos contaron los viajeros —contó Belgreth.

—En Mitriaria hay muchísimas aldeas, hay menos posibilidades de toparnos con dragones negros.

Además, los nativos tienen muchas alianzas y murallas para protegerse de los invasores.

Creo que es la mejor opción para nosotros, aunque todavía no estamos del todo seguros sobre los territorios y sus respectivas distribuciones —añadió Lieffen.

—A mí ya no me preocupa mi vida, lo único que me atañe es el bienestar de mis aldeanos y el de mis hijos —pronunció Skel con plena franqueza—.

Cuando ya no esté, ustedes serán los encargados de dar las órdenes.

Ambos son igual de capaces para guiar esta aldea a un futuro próspero.

Sea cual sea la decisión que tomen, todos los apoyarán.

Habiendo dado por finalizada la extensa charla, los zorros de fuego se despidieron de su tierra, oraron por el bienestar de sus vecinos que habían decidido permanecer en el mismo infierno a pesar de las dificultades cotidianas, y se dirigieron a la costa con el propósito de encontrarse con los hipogrifos que iban a llevarlos hasta Ashura en el más emocionante viaje de sus vidas.

Una vez que hablaron con los encargados de los barcos, se pusieron de acuerdo en partir al día siguiente, antes de la próxima tempestad.

Antes de abandonar la playa, Belgreth y Lieffen construyeron una lápida con arena mojada, colocaron un palito en la parte de arriba, escribieron el nombre del kitsune, al que tanto admiraban, y con una antorcha encendieron la punta del palo colocado como símbolo de su inmortalidad.

La llama visible iba a apagarse en cualquier momento, su verdadera valentía jamás iba a extinguirse.

Aunque a él pocos lo conocían, merecía algo de estimación por lo que había hecho.

A Izkerus no lo homenajeó nadie, él sí pasó al olvido sin nadie que lo recordara.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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