Kompendium - Capítulo 37
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37: XXXVII 37: XXXVII Una especialísima bendición ha caído sobre la tierra de los grifos, una estrella fugaz ha marcado el destino de los perdidos, un milagro se ha hecho presente ante todos los lugareños, dende los norteños hasta los sureños.
Hete aquí el mensaje con el que al mundo ha llegado, en aras de todo allegado, de sabio os ha tocado y de tenaz ha sido brindado.
En el bautismo ha sido dado a conocer como Camus, hijo primogénito de un terrateniente que renace como el sol naciente, el heraldo de Arus, de pureza máxima y viveza ataráxica.
Agestado, abigarrado, solapado, dende su nacimiento el bienestar social ha sembrado.
Dél nada más se puede pretender que no sea magnificencia, sólo obra por beneficencia.
Dél sólo bondad se puede esperar, amén de una buena voluntad.
Cual dardo se ablenta, ante el primer rival que amedrenta.
Firme como adárabe, flagrante como mocárabe.
Aliende la cara acuosa del mundo, espera por él otro errabundo.
Se dice que es su otra meitad, la que posee plena lealtad.
Camus, hijo primogénito de un terrateniente que renace como el sol naciente, aparece por bendición de Ioba o por equivocación del destino, en la tierra de los tanukis, lejos de toda mar, cerca de un pomar.
Ha de aquilatar su valor el aclamado guerrillero, para conseguirlo han de esparcirse los de corazón noble como semillero.
Enaltecido de gloria, carente de toda fobia, incapaz de dexarse domeñar por la disforia, destinado a la victoria.
La ridiculosa rivalidad nada puede hacer para detenerlo, mucho menos someterlo.
Tras arrojarse a la mar, Camus, hijo primogénito de un terrateniente que renace como el sol naciente, agora como soldado voluntario, se embarca en una nueva aventura en solitario.
Es osado, si los hay; es temerario, si los hay; es bondadoso, si los hay; es habilidoso, si los hay.
Cuenta con la fuerza de un búfalo, la agilidad de un jaguar, la reciedumbre de un oso, la velocidad de un halcón.
Es hijo de Dios, dicen las voces de la región, del Altísimo Padre Celestial que todo lo ve y todo lo sabe.
No puede haber dello con dello, ni culpable con inocente, ni víctima con victimario, ni depredador con presa.
Draknes y grevrens, en las antípodas de la guerra, siempre en conflicto, siempre en combates.
Más que haya alguna forma de frenar la conflagración, los estrategas permanecen en función, incapaces de presentar rendición, exaltados por la emoción.
Los combatientes tienen que habérselas con los invasores y los invasores tienen que habérselas con los combatientes.
No hay más que pedir, Camus, hijo primogénito de un terrateniente que renace como el sol naciente, es el combatiente de combatientes, el rebelde con corazón de hierro que puede y debe volcar la balanza en favor de los nativos, no en favor de los altivos.
Bendecido por Ioba Todopoderoso, en nombre de Arus, no hay grevren que lo iguale o que lo compare, ni en mar ni en enclave.
La fastidiosa soledad dexa atrás para unirse a otros.
Hacia el ponto se dirige la tropa castrense de Terraninfe, firme como terracota, el teniente de brigada delimita el viaje marítimo por mar en leche, sin que el sendero de la embarcación se estreche, a fin de evitar caer en un brete, sin que nadie las ganas deseche.
Unidos en son de paz, grevrens y quempkes, viajan juntos en el Arca de la Alianza, ameritan que todo salga bien y que el inminente enfrentamiento no sea a ultranza.
Lo que les depara el viaje es, fuera de toda reticencia, el tan esperado sino.
Las esculcas de tierras paganas en batel lo persiguen, hacia él todas las saetas se dirigen, mas ninguna dañarlo puede, ni aun cuando los ojos del frente despegue.
En naos zorreras se enfrascan las más feroces grescas, entre bajeles y corsarios, bajo bandadas de petreles y sobre cuerpos con sudarios.
A muerte bregan, justicieros y peleoneros, de suso los primeros, de abaxo los segundos.
Una vez llegado a la isla, Camus, hijo primogénito de un terrateniente que renace como el sol naciente, con su valioso compañero se encuentra.
Sishurus, hijo legítimo de un soberano escudero que se alza como ave de buen agüero, reza por el bienestar de sus camaradas, aprisionado entre las encrucijadas.
El capitán del bajel hacia los nuevos aliados recurre, a ellos nuevas obligaciones instruye, sin que nadie más del peligro adyacente razone.
Los “cola de caballo” y los “cola de león”, agora unidos en sagrada fraternidad, se preparan para marchar de regreso a casa, no para rehuir de sus responsabilidades, sino para organizar nuevas hostilidades.
A Camus, hijo primogénito de un terrateniente que renace como el sol naciente, y a Sishurus, hijo legítimo de un soberano escudero que se alza como ave de buen agüero, lo que les preocupa es cómo convertirse en un grifo de sangre pura.
Lo que más anhelan, agora que el enemigo los espera, es sacar a relucir sus habilidades innatas que tanto los delata.
En las mangas más obscuras del mundo se esconden los dragones, a espera de los nuevos navegantes y polizones.
En la negregura del abismo, dende las profundidades del averno, monstruos escamosos esperan por ellos.
Atentados, arrojados, asegurados, los grifos han de saber que nada malo les puede pasar si se quedan en el hogar, empero deciden viajar a despecho de que pueden sucumbir en el intentar.
Con o sin viento a favor, no hay lugar para el pavor.
Doquiera que tengan que ir, del sufrimiento no pueden rehuir.
Si tienen que padecer por ejercer su libertad, más que dispuestos están a perder la dignidad.
Ni de día ni de noche, ni en batalla ni en descanso, ni en estío ni en el frío, dispuestos a rendirse están.
Juran ante Ioba Todopoderoso que, si caer en el camino es parte del destino, derecho irán a parar a los pies de la muerte.
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