Kompendium - Capítulo 39
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39: XXXIX 39: XXXIX El maléfico rey Dáikron, dende Korozina ha jurado vengarse de quienes a sus poderosas legiones han ridiculizado.
Entre amenazas y advertencias, como un fénix que resurge de sus cenizas, el protervo dragón negro sus más valiosas promesas ha hecho trizas.
“¡Es un traidor!”, exclaman voces de todas partes.
“¡Debe morir!”, prosiguen las voces de todas partes.
Mitriaria se ve sumergida de nuevo, entre el fuego y la sangre, bajo los ataques más agresivos y los daños más incisivos.
Son ellos, los dragones negros que dende el mismísimo infierno salieron, quienes dende el cielo abajaron y las aldeas destruyeron, los que agora reclaman la cabeza de los rebeldes.
¡A punta de lanza hay que hacer riza!
En plena contienda nos hemos sumergido cual peces en un río.
“¡No estamos perdidos!”, asegura el cabecilla de legión.
Con él corremos hacia la gloria, los pasos de los enemigos nos conducen a la euforia.
Enceguecidos por la ira, nos arrojamos de lleno a la tirria.
Volvemos a cruzarnos con los invasores y los invasores vuelven a cruzarse con nosotros.
Camus, hijo primogénito de un terrateniente que renace como el sol naciente, reaparece en escena para sacar a relucir sus dotes castrenses.
Sishurus, hijo legítimo de un soberano escudero que se alza como ave de buen agüero, reaparece en escena para sacar a relucir sus dotes circenses.
Son como un sorche y un fautor, uno aniquila y el otro entretiene, el primero brega y el segundo azuza.
No cabe lugar para pánfilos entre las filas justicieras, las que agreden y desparraman a las fieras.
Se abalanzan sobre nosotros, se nos tiran encima, son muchísimos.
Hacia ellos nos lanzamos de lleno, hacia ellos corremos y arremetemos, son durísimos.
Por mor de tanta confrontación, de rojo hemos teñido el suelo, de ayes hemos aturdido el cielo.
“¡Aymé!”, vocifera el cabecilla de legión antes de dar la vuelta.
La pestilencial reyerta en tierra nuestra ha dado lugar al peor suplicio.
Entre quexidos y suspiros, se desploman nuestras legiones de aliados, nuestros capataces refugiados.
Cabe un lago negruzco, alígeras bestias caen en picada mientras los animales terrestres contratacan con estocada.
“Voacé ha dado en el blanco”, me indica un lancero.
“Proseguid con vuestra lucha”.
La puaperísima demostración ha tocado fondo, los rivales ya comienzan a dar marcha atrás, mucho antes de que decidamos retractarnos.
Como el terral que barloventea contra una flota, intentamos desollarlos como a una focha.
El ventó a favor de nosotros nos empuja hacia la victoria, al menos eso es lo que pensamos.
“Vuestra tierra no terná paz hasta que nos acabar con todos los invasores”, pronuncia el cabecilla de legión.
Incontables cuadrillas de cornúpetas amenazan con liquidarnos, son ellos, los minotauros de las montañas, los que nos afrentan dende lejos.
Tomando ora la delantera, ora la vanguardia, ay de ellos cuando lleguemos a tocarlos, de ellos no dexaremos ni una mota de polvo.
¡Qué Ioba se apiade de sus contaminadas almas antes de que los enviemos al más allá!
No habrá suplicación que sirva.
Pero los minotauros no vienen solos, perros tricéfalos y bestias emplumadas se suman a la revuelta, serpientes gigantescas y esperpentos abominables se aproximan dende el delta.
No vamos a doblar la cerviz ante ninguno de los atacantes, ni los aliados ni los errantes.
Dende el orto hasta el ocaso del sol hemos decidido guerrear, y hasta tanto, no vamos a flaquear.
Nuestra resistencia numantina nos impide darnos por vencido.
No es motivo para parar el que seamos menos ni que vayamos a sangrar.
No es motivo para rendirse aun cuando seamos bisoños ni que vayamos a sufrir.
Amamos a nuestros enemigos con el mismo odio que los detestamos.
El frígido fuego de nuestros corazones hace que nuestra sangre se evapore y se congele al mismo tiempo.
Al ser seres carentes de empatía, no podemos esperar nada de ellos más que un golpe bajo.
Las agitadas olas del occéano son producidas por nuestros estridentes graznidos.
Los vendavales de la región son producidos por nuestros incesantes aleteos.
Los temblores del terreno son producidos por nuestros ágiles saltos y caídas.
Todo el caos del mundo se origina en nuestras disensiones.
Son los arreos de nuestras reconquistas a mano limpia.
Quempkes, se unen a nosotros en son de finalizar la batalla.
Vienen armados con armas pesadas, lanzas y alabardas, se inmiscuyen en las más sangrientas jaranas.
No queda lugar para la lástima, no queda lugar para la hesitación.
O bien nos dexamos pasar por arriba o bien nosotros les pasamos por arriba a ellos.
¡Ah, qué suerte tienen de poder escapar antes de que los atrapemos!
No hay soldado, ni caído ni fatigado, que se niegue a participar, todos estamos sumidos en el mismo cantar.
De nos dicho está, o perecemos ante las adversidades o nos aventamos a las calamidades.
La gesta militar canta al son de un harpa angelical; la rudeza animal se hace sentir al son de un bramido bestial.
Nos enredamos entre las marimorenas más descabelladas, nos enfrentamos en las disputas más extasiadas.
A la excelencia apuntamos, a la malevolencia combatimos, en la decadencia acabamos.
Recién finalizada la extensa batalla podemos decir que hemos bregado con honor y gloria.
A decir verdad, nada malo hemos hecho para estar en aqueste enredo, que os aseguro, sólo traerá desasosiego.
Mis compañeros y yo hemos sido socorridos por los mismos seres que alguna vez vimos afligidos.
La hecatombe ha terminado, un nuevo día ha llegado.
Agora que todo está en manos de Ioba, vayamos a por él, a que nos guíe de nuevo hacia el fin de la historia.
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