Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Kompendium - Capítulo 4

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Kompendium
  4. Capítulo 4 - 4 IV
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

4: IV 4: IV Contrario a lo alguna vez sostenido, los dragones púrpuras no eran descendientes producidos por la unión de dragones de color azul y rojo.

Hasta la fecha, se desconocían los orígenes de dichas variedades, lo que sí se sabía era que nacía un dragón púrpura cada diez generaciones aproximadamente.

Pertenecían a una raza especial de dragones cuadrúpedos no-salvajes capaces de controlar los cuatro elementos: fuego, agua, aire, electricidad.

Algunos de ellos, por si no fuera suficiente con superar con creces a los demás, también sabían escupir veneno u otro elemento.

El promedio de vida de susodichos seres no existía, eran biológicamente inmortales, sólo podían ser asesinados por otro animal, no envejecían ni se debilitaban con los años.

En definitiva, eran lo más cercano a un dragón perfecto.

Fue de gran trascendencia histórica, sobre todo en culturas anteriores a los semidragones de clase media o baja (Zemhi e Infhe en los grifos), la aparición de dragones púrpuras ya que, al ser distintos al resto, en vez de ser discriminados, fueron considerados semidioses por tribus zoólatras de tiempos pretéritos.

Ellos se convirtieron en protectores locales, lucharon con garras y colmillos contra semigrifos y semihipogrifos, así como también contra monstruos salvajes de tamaños titánicos.

El primer dragón púrpura del que se tenía registro era Syrex, instructor y consejero de los primeros dragones cuadrúpedos no-salvajes llamados drakens, cuyo significado era una mezcla de “dragón” y “dócil”, distinto de drakshens que hacía referencia a los salvajes.

Los primeros monumentos erguidos en honor de los dragones púrpuras fueron los dreikanters, figuras estatuarias con forma piramidal.

Dentro de los vetustos templos de adoración, chamanes y pitonisos colocaban escamas sobre un amuleto repleto de plumas de semigrifos muertos.

Se derramaba sangre de algún animal salvaje, procedimiento expiatorio similar a la costumbre de Kaparot, en el que se solía revolear un cadáver de pájaro con la finalidad de maldecir a los enemigos que los acosaban.

La historia, como todo el mundo bien lo sabe, poseía dos versiones, la de los conquistadores y la de los pueblos conquistados, lo peculiar era que la mayoría de los escribas y cronistas, por no decir casi todos, narraban una sola versión, la que más les convenía.

Cientos de semidragones fenecieron a merced de cipayos y mercenarios, entre ellos semigrifos, semihipogrifos, híbridos y dragones emplumados, aunque de los últimos se sabía más bien nada.

Los ancestros olvidados de los grifos fueron los primeros en sacudir el avispero, para sorpresa de nadie, fueron los primeros en iniciar disputas territoriales y hacer escándalo entre diferentes especies.

A cambio de alimento, los dragones púrpuras protegieron a los semidragones de animales agresivos que atacaban sin razón aparente, hasta donde se sabe.

La aparición de híbridos mitad grifo y mitad dragón, la cual derivó en el nombre “grifón”, fue para los semidragones la peor maldición.

El poder de un grifón era superior al de un grifo de clase superior e inferior al de un dragón de raza especial.

La primera confrontación, ya olvidada en el tiempo, entre grifos y dragones se dio mucho antes de lo que los historiadores aseguraban.

En parte, al ser los semigrifos y sus parientes omnívoros, masacraban semidragones para comérselos, eso sí, gozaban matándolos.

Algunas hembras, víctimas de violaciones espantosas, quedaban preñadas, luego parían engendros que no eran ni semigrifos ni semidragones.

La genética monstruosa daba lugar a auténticos esperpentos.

Una dragona púrpura, una de las poquísimas que hubo, también fue violada en bandada y obligada a dar a luz una cría amorfa.

De su vientre salió, qué más, un semicríptido con características reptilianas, aviares y mamíferas.

Al igual que el ornitorrinco, fue un ejemplar excepcional, raro en gran medida, de extremidades escamosas, torso velludo, alas emplumadas, pico dentudo, cuernos puntiagudos y lengua bífida.

Algunos autores lo consideraban el primer caso legítimo de grifón, quien tuvo la pésima idea de esparcir sus genes por doquier con impudencia.

Otra de las hermosas cualidades de los semigrifos era la satiriasis que los convertía, en qué más, en obsesos sexuales, animales salaces en grados preocupantes.

Los semigrifos no sólo mataban por placer, también violaban por placer.

Ya en aquellos periodos remotos el grifo macho era conocido por pensar con la verga, no veía el sexo como una necesidad biológica, lo veía como una obligación a cumplir a pies juntillas.

Tal y como atestiguaban algunos comentaristas, el incesto entre semigrifos empezó a practicarse de manera masiva, una endogamia fuera de control que provocó enfermedades terribles en los descendientes, al menos en la mayoría de ellos.

La especie estuvo en peligro de extinción por voluntad propia, por haberse cagado en la moral.

¿Sirvió eso para disminuir la lascivia descontrolada?

Poco y nada.

En lugar de aceptar el craso error, culparon a los semidragones por sus desgracias, desde aquel entonces volcaron el odio sobre ellos con más intensidad que nunca.

Los dragones púrpuras descubrieron lo acontecido entre sus enemigos, de modo que se calmaron al saber que por un buen tiempo no volverían a luchar para defender a los semidragones.

Al no ser necesitados los dragones púrpuras para la prosperidad de la especie, dejaron de deificarlos y mitificarlos, quedaron en el olvido, pasaron a ser ejemplares comunes de la especie todavía en ciernes de expandirse por el mundo.

Para poner las cosas todavía peores, hubo amoríos voluntarios, absurdos desde cualquier punto de vista, entre semidragones y semigrifos que no anhelaban la guerra.

Todos esos ejemplares fueron pasados a garrote, lapidados y mutilados.

Los líderes de los clanes ya se apercibían a la sazón de que un semigrifo jamás podía ni debía entablar relación amorosa con un semidragón, era el mayor acto de traición.

Las especies semiantropomórficas aparecieron muchos años después, accedieron a los encantos de las hembras con el propósito de tener sexo.

Introdujeron, de vuelta, semillas extrañas en el árbol genealógico tan complicado que unía a tantas especies diversas.

La antropomorfización de los semidragones y los semigrifos produjo cambios notables en cada grupo.

Los dragones antropomorfos comenzaron a llenarse de pelos; los grifos antropomorfos comenzaron a llenarse de pelos y plumas, quedándose sólo con escamas en los antebrazos.

Los dragones salvajes y los no-salvajes se mantuvieron cuadrúpedos, escamosos y reptilianos.

Los púrpuras, pese a estar por encima de los demás dragones comunes, nunca tuvieron deseos de apoderarse del mundo, cuando bien que podrían haberlo hecho.

En cambio, una lejana leyenda contaba que los dragones emplumados, a veces confundidos con los grifones, quisieron llevar a cabo una conquista universal, de un punto cardinal al otro.

Fracaso tras fracaso, la especie se vio sumergida en la peor adversidad el día que se toparon con grifos de clase superior semiantropomorfos, de a ratos andaban en dos patas, de a ratos en cuatro.

Fueron aquellos grifos los que persuadieron a los dragones emplumados, según la creencia, para que se rebelaran y atacaran a los dragones no-salvajes dado que, acorde a los datos obtenidos, los dragones se estaban convirtiendo, aunque no parecía, en los verdugos del mundo.

Los pocos semidragones que quedaron con vida fueron exterminados por dragones emplumados, no así los dragones comunes.

Lo bueno era que los púrpuras ya no se entrometían, poco y nada les importaba lo que otras bestias hicieran en sus territorios.

Los dragones emplumados, aun cuando fuesen un grupo minoritario, hicieron el suficiente escándalo como para llamar la atención de los dragones antropomorfos, quienes, ya adaptados a las nuevas exigencias del entorno, los vieron con malos ojos.

Peor aún fue cuando descubrieron que los emplumados no actuaban por voluntad propia, sino que eran marionetas de los grifos.

Como los registros eran nulos, ninguno de esos acontecimientos quedó grabado en ningún documento, ni en piedra, ni en hueso, ni en caparazón, ni en papel, ni en pieles, ni en nada.

Por lo que se sabía, los grifos eran genuinos buscarruidos a los que, por hache o por be, se la pasaban metiendo las narices donde no les llamaban.

Era verdad, en efecto, que representaron una amenaza para los dragones más débiles, no para los salvajes que los superaban en fuerza y resistencia.

Instaurado todo el chisme en el inconsciente colectivo, a los dragones se les ocurrió que, a lo mejor, demonizar a los grifos sería una buena forma, por qué no, de hacer que se ganaran el odio de los futuros descendientes.

Ese odio irracional por los grifos no existió hasta la llegada de la religión monsista, la culpable de acrecentar el aborrecimiento más que cualquier otra ideología dogmática.

Impulsados por una nueva fe que lo prometía todo a cambio de sacrificarse, los fervorosos neófitos emprendieron el recorrido de peregrinación en busca de cambiar el mundo, de hacer que las demás especies viesen a los dragones como los héroes y a los grifos como los malos de la película.

Por mucho que se intentase, la demonización por medio de adoctrinamiento fracasaba en todos los rincones del planeta debido a que los grifos, para con las demás especies, representaban cualquier cosa menos la maldad.

Algo no andaba bien, o bien los grifos fingían ser buenos samaritanos o bien sólo se llevaban mal con los dragones.

Para sacarse las dudas, los monjes recurrieron a los ejemplares, hasta entonces, más poderosos, los dragones púrpuras.

Fragma y Ablaguer fueron consultados para saber qué era lo que acaecía entre grifos y dragones.

Los detallados análisis demostraban que los grifos detestaban a los dragones, sí, no porque los consideraran una amenaza para ellos, desde luego, el problema residía en que los envidiaban por poseer habilidades que no fueron heredadas en el proceso evolutivo.

Mientras que los dragones podían escupir un sinfín de cosas para defenderse, ellos apenas se podían defender con picotazos y zarpazos.

No era justo, gran obviedad, que unos fuesen más fuertes que otros.

Ganarse a las demás especies a cambio de promesas insulsas y simplonas no servía, había que cambiar de táctica.

Fue entonces cuando dio un paso al frente un tal Draco, quien aprovechó la circunstancia desventajosa para sacarle el jugo a la fruta.

Fue el principal promotor de una nueva forma de conquista, una que no sólo se esparciría como reguero de pólvora, también se haría sentir de rincón a rincón.

Derramar sangre no era un problema para ellos sabiendo lo poderosos que eran en comparación con las demás especies.

Aquella arcana religión de paz, como se estableció en principio, dejó de ser una cuestión de palabras bonitas y sermones latosos, se fue modificando, moldeando a conveniencia, hasta convertirse en un arma letal.

El Monsismo se institucionalizó, se empleó no sólo para lavarles el cerebro a millones de dragones, también para hacerles creer a las demás criaturas que ellos eran los amos indiscutibles del mundo y que su visión era la única verdad absoluta, acrítica e incuestionable.

Al igual que la política, la religión era una excelente herramienta de manipulación, sostenida en una ciega fe cuyos cimientos eran la ignorancia voluntaria, la flagrante ingenuidad y un miedo cerval.

La tanatofobia producía tanto temor entre los pobres mortales que una promesa de vida post mortem representaba, en el mejor de los casos, una segunda oportunidad de gozar la existencia.

Inventar profecías después de sucedidos los acontecimientos, vaticinium ex eventu, fue más que necesario para hacer parecer que los profetas le habían atinado, cuando en realidad lo único que hicieron fue mencionar algo ya ocurrido.

Sofisticadas técnicas de engaño, desde la imposición a la brava hasta horrendos métodos de tortura, constituían la normativa institucional de la nueva religión.

Como hubo animales incapaces de decir que no, pasaron a ser míseros esclavos de los dragones, siempre bajo la vigilancia de un superior que inspeccionase el comportamiento de cada siervo.

Ante la primera señal de subversión, el esclavo se autocondenaba a morir de la peor forma.

Los dragones púrpuras, los no-salvajes y los salvajes fueron los únicos que nunca se unieron a la religión de turno, como apateístas que eran les importaba un bledo y medio meterse en el barro.

El avasallamiento era absoluto, todo dragón que no profesase el Monsismo era un hereje, y como la herejía era un crimen aborrecible, el castigo por ello era igual de aborrecible.

Si bien los salvajes eran analfabetos e instintivos, los antropomorfos los sometían por la fuerza, eran como los perros de los humanos, mascotas usadas para beneficio propio.

Entre los dragones salvajes hubo grupos que se autoaislaron para no tener que aguantar a los fanáticos religiosos de los antropomorfos, los azules, los dorados, los verdes, los de hielo, entre otros.

Nótese que los cristalinos, del grupo de no-salvajes, fueron los únicos que nunca quisieron saber nada con la Trinidad de los Dragones ni con la religión monsista, se distanciaron de sus coetáneos por una cuestión de practicidad.

Entre estar rodeados de orates con delirios de supremacía, preferían mil veces irse a vivir a otra parte.

Dicho sea de paso, los dragones púrpuras fueron los únicos que se percataron de que el Monsismo no traería prosperidad a la especie, más bien lo contrario.

En las antípodas, los grifos, los eternos enemigos de los dragones, también fabricaron una religión, el Iobismo, con la misma finalidad.

Si los dragones podían usar la religión para someter a una especie entera, los grifos podían hacer lo mismo.

La diferencia radicaba en que, para los segundos, la guerra no era una obligación, sólo luchaban cuando sus líderes se lo pedían, a diferencia de los dragones que imponían sus ideas adondequiera que pisasen el suelo.

El Monsismo contaba con un sistema de proselitismo mucho más rígido; el Iobismo se limitaba a representar a los grifos e hipogrifos antropomorfos.

La creencia en deidades, como todo el mundo sabe, fue inofensiva hasta que se empezó a imponer por la fuerza.

Al ser forzada, la expansión de la religión penetraba muchísimo más e incidía con mucha mayor amplitud en el pensamiento de los animales supersticiosos.

Eso los dragones púrpuras lo notaron en pocos siglos, a ellos se los veneró como protectores locales, a Mön, el dios de los dioses, no sólo se lo adoraba, también se lo servía ofreciéndole sacrificios.

Y qué mejor ofrenda que un grifo.

Como integrantes de la Raza Pacifista, los grifos siguieron adelante con la misión asignada a los dragones emplumados, deshacerse de los dragones malévolos.

Las revueltas y guerrillas escalaron en un conflicto mayor, uno que nadie había predicho.

La Guerra de las Razas tomó más fuerza que nunca, fue el momento culminante en el que grifos y dragones entraron en acción.

La balanza, por desgracia, se inclinó del lado menos querido.

Los dragones ganaron terreno en el primer intento, los grifos perdieron cancha, se tuvieron que retirar con la cabeza gacha, pero en ningún momento se rindieron.

Algunos animales hablaban de que el conflicto beligerante, originalmente por una cuestión territorial, no cesaría hasta que el mundo acabase siendo un desierto desolado.

Los grifos estaban al tanto de que les quedaba poco tiempo de vida, los rivales no se dejarían vencer bajo ninguna circunstancia.

La primera piedra ya había sido lanzada, la sanguinaria guerra estaba en puertas.

Hasta tanto, sólo se podía rezar para que nada se saliese de control.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo