Kompendium - Capítulo 41
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41: XLI 41: XLI Camus, hijo primogénito de un terrateniente que renace como el sol naciente, ha decidido escribir una carta.
Dende el más allá le han advertido del inminente peligro que debe afrontar.
A sus allegados más lejanos decide informar, a quienes pretende arengar.
Ya ha esperado demasiado, ya no puede esperar más.
Algo tiene que hacer si quiere que el mundo se salve de tamaño menester.
Dende la costa hemos partido, hacia Mitaria hemos ido.
Nos volvemos a encontrar con los quempkes, aquesta vez son más que la primera vez.
Con ellos nos reunimos y discutimos.
Estamos agobiados de tantos problemas, sólo queremos irnos y olvidarnos de los dilemas.
Los caudillos y los combatientes, unidos en son de paz, nos advierten de los nuevos desafíos una vez descendidos de los navíos.
Poco o más bien nada podemos hacer contra tantos rivales juntos, mucho o todo podemos intentar con tal de provocar difuntos.
Somos nosotros, un montón de desquiciados, contra los usurpadores de nuestra libertad.
¡Ay de nosotros si no nos tomamos las cosas en serio!
Cuando naveguemos, con baxíos podremos toparnos, con monstruos milenarios y fieras de las profundidades.
No hay leviatanes ni tritones que puedan detenernos de ningún modo, convencidos estamos de que somos almirantes y comodoros.
Lo último que queremos es que alguien después diga: “Se los sorbió la mar”.
Ningún deseo tenemos de ser sepultados en las profundidades acuíferas del báratro.
En medio de la nada misma, el silencio sepulcral nos guía hacia una marisma.
Con ayuda de las velas, zarpamos dende las praderas, cual típico viaje en carabela, hasta los límites de la frontera.
Una vez puesto en marcha el vaso, con subrepción y repaso, nos hundimos en las concavidades del piélago, en aquel colosal lago, distanciados agora de los reptiles con alas de murciélago, dexamos atrás todo ápice de ruego.
En el transcurso del viaje, luego de haber dado el viraje, el casco que se zangolotea con el zozobrar del recorrido parece que a espuertas produce un alarido.
“Es el bramido de la mar”, me cuenta el capitán de la tripulación.
El teniente, a quien le sobraba lo pertinaz y lo elocuente, manda llamar al guardiamarina, el que sabía trisar como golondrina, a que eche un vistazo al lenguaje del ponto.
Por su oleaje y su espumosidad, concluyen que está enfadado y que de nosotros no quiere saber nada.
Mi compañero de viaje me dice que hemos cometido el garrafal error de haber partido en la peor temporada del año, cuando el tumbazón y la tromba se reúnen a danzar sobre las aguas del occéano.
Son una pareja peligrosa, como el tifón y el huracán, deudos de nacimiento y artífices de padecimiento.
Si llega a soplar con demasiada fuerza, los alisios pueden llegar a ocasionar que la nave se retuerza.
Hacer un viaje tan largo es imposible usando las alas, todos lo sabemos, la única forma de llegar a Ashura es atravesando el Occéano Meridional.
Los días que nos ha tocado recorrer el mar, hemos sido víctimas del extravío, ansiosos y crispados sobre el navío.
Blasona mi alma, a modo de suplicación, que me he metido en el sitio incorrecto y que mi vida agora está en aprietos.
La hambruna pronto nos azota cual amo a su esclavo, la sed y el mareo de nosotros se apodera.
Llegamos a pensar que nos hemos desviado y del camino nos hemos alejado.
Empero, el capitán de la tripulación insiste en que todo está bien, le pide al teniente, a quien le sobraba lo pertinaz y lo elocuente, que satisfaga nuestras necesidades básicas.
Abrimos unos barriles y cofres, del interior tomamos los alimentos y el agua, como desesperados tragamos todo lo que está a nuestro alcance hasta que el apetito desaparece como una plaga.
En ese ínterin, me susurra mi compañero que, por las dudas, aunque poco discreto, me aconseja que pida ayuda.
Escribo otra carta, un llamado de auxilio, que nos sirva habiendo al fin dexado el exilio.
Nuestro éxodo, tal y como lo narro, resulta ser un infernal descaro.
La mar se ríe en nuestra cara, lo hace de forma poco disimulada.
Y es el momento que la tormenta se avecina, que el pico me rechina y el plumaje se me eriza cuando caigo en la cuenta de lo desdichados que hemos sido.
“¡Nos atacan!”, vocifera el capitán de la tripulación bajo plena tempestad.
El guardiamarina, el que sabía trisar como golondrina, coge la carta que le doy y se la lleva para dexarnos atrás.
Me uno a mi compañero, junto con él y un lancero, hacia el monstruoso dragón acuático nos abalanzamos.
La carne se la perforamos, dolor de producimos.
Como un ciclón se nos arroja encima el guardián anfitrión.
No tengo palabras para describir lo que veo, es una fiera en carne y hueso, de la que nadie puede sentir apego, sí mucho miedo.
Por suerte, la tormenta abonanza a tiempo, de la bestia escapamos, del barco caemos y al agua nos tiramos.
Náufragos, agora que nuestra embarcación ha sido destruida, quedamos a merced de la retahíla.
Opresos por el temor a morir, nadamos como podemos entre las poderosas olas que nos empujan para atrás con violencia.
Opilados nuestros senderos, el observador de una fragata de nosotros se percata y se arrima a la escabechina.
Gracias al llamado de auxilio podemos sobrevivir, el guardiamarina, el que sabía trisar como golondrina, nos ha salvado el pellejo.
¡Bendito sea en nombre de Ioba Todopoderoso!
Se ha recurrido al sabio consejo de Gailessen, un integrante de la Orden Real, en un intento desesperado por entablar diálogos de paz con el maléfico Bork, el rey de Ashura.
Nos ponemos de acuerdo en ir por él, en tratar de razonar una última vez, antes de que todo se torne un mar de sangre.
Es de esperar, como dice mi compañero de viaje, que los dragones blancos nos traicionen.
Son seres pérfidos que ni juicio tienen.
De nosotros se apodera la desazón hasta que el tiempo nos da la razón.
Ya no hay nada que podamos hacer para resolver aqueste conflicto, la guerra es la única opción.
Bork, el rey de Ashura, nos dexa en claro que nada pretende prometer para que sus malvadas tropas dejen de acometer.
A por ellos, a por la gloria, en nombre de Ioba.
Serán ellos o seremos nosotros quienes se lleven la victoria.
De cierto os cuento que, entre ellos y nosotros, nada ya puede arreglarse con palabras.
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