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Kompendium - Capítulo 42

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  4. Capítulo 42 - 42 XLII
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42: XLII 42: XLII Dende las selvas más ingentes, dende las montañas más refulgentes, dende los periodos más inclementes, dende los pasadizos más divergentes, la gran contienda en Ashura ha iniciado.

Dos comandantes del Ejército Rojo han intervenido, a Bork han recurrido, un nuevo plan de sabotaje han armado, a los rebeldes han apuntado, y pronto a todos nosotros habrán afectado.

El comandante Exégenus promete bregar contra Arrexus; el comandante Fujiroh promete bregar contra Gléberus.

En el campo de batalla nos rencontramos con Ulisurus, caudillo honorable al que nadie puede tratar de cobarde, con el propósito de poner fin a la conflagración.

¡Maldita sea ella en nombre de Ioba Todopoderoso!

Hemos de intervenir, hemos de pelear, en honor a todos nuestros allegados que de nosotros esperan una respuesta.

Quempkes, de a montones se aglutinan en infinitas filas de combatientes, hacia el Norte marchan.

Sus fuertes cascos resuenan, lo que provoca que el terreno truene.

Nos sumergimos de lleno en otro conflicto contra dragones salvajes de todo tipo.

De todos los colores y tamaños, nos atacan seres de antaño.

Rugen como los mismísimos demonios que son, hacen todo lo posible para que nuestra cuadrilla se estruje.

Miedo no tenemos, para nada.

No es la primera vez que guerreamos, ni la última tampoco.

Camus, hijo primogénito de un terrateniente que renace como el sol naciente, avanza hacia la más escandalosa confrontación, entre aliados y deudos, batalla con todo el potencial de un militar.

El discrimen de haber llegado tan lejos se vuelve un enfrentamiento parejo.

Grevrens y quempkes, unidos en sagrada fraternidad, contra los peores enemigos se enfrentan.

Boquiabiertos nos dexan los rivales, de quienes no podemos dudar, ni mucho menos confiar.

Son ellos, los invasores de tierras lejanas, los que provocan que bajemos la guardia para zaherirnos.

Sishurus, hijo legítimo de un soberano escudero que se alza como ave de buen agüero, se une a mí, me pide que por favor no me impaciente, que pronto todo acabará como lo pactado, aunque de nosotros nada haya quedado.

“Has de saber que todo está arreglado”, me dice.

«¿Para qué?», me pregunto a mí mismo.

Él ya lo sabe, siempre lo supo, ya sabe que moriremos en batalla, que nada podremos hacer para eliminar a Bork, ese canalla.

No obstante, como advierten los oráculos, los dragones salvajes no son ni los primeros ni los últimos enemigos que veremos, existen seres más peligrosos que moran en los alrededores, de ellos debemos tener más cuidado.

¿Cómo es posible que existan tales seres?

Nadie lo sabe.

Y en verdad que los draknes no son el único problema, entre sus esbirros conviven bestias que son mártires de la diatriba, esclavos de la invectiva, siervos de la decadencia.

Son muchos, demasiados, y son fuertes como diablos.

Han de ser ellos los que tanto han diezmado, los causantes de tanta desgracia.

Dragones rojos, millones y millones, se reagrupan en el Norte, por nosotros vienen.

Vaya a saberse cuántos son.

Lo único que sabemos es que vienen para acá.

Ulisurus, caudillo honorable al que nadie puede tratar de cobarde, jura lealtad por última vez al soberano Arrexus.

Con los quempkes hacemos otro viaje en volandas, sobre colinas y montañas pasamos, con nuestros acérrimos archienemigos nos topamos.

Sí que son muchos agora que los veo.

El maléfico rey Bork, canalla a más no poder, ha recapitulado que no piensa dar tregua, de nosotros se ha de cargar toda la tragedia.

En plena reyerta, a plena luz del día, en plena cruzada, intervienen para darnos una mano, los oráculos que prometimos proteger.

Son varios de ellos, hacia los dragones apuntan, entre groserías y amenazas, con certeza señalan que, ante la más mínima injuria, procederán a entrometerse.

El protervo Dégmon ya lo sabe, oráculo que se meta es oráculo que muere.

¡¿Quién es ese malnacido que se cree dueño del mundo para decirnos qué hacer y qué no hacer?!

Son ellos, los dragones, nuestros enemigos por excelencia los que merecen ser condenados por crímenes de lesa animalidad.

Hemos estado combatiendo dende quién sabe cuántos años, ni un respiro podemos tomarnos, ni hablar de retirarnos.

La guerra prosigue y prosigue, hasta que el tiempo a todos nos liquide.

No hay marcha atrás, no hay posibilidad de escape, el primero en amainar será puesto en jaque.

Caemos rendidos ante el agotamiento, en pleno enfrentamiento.

Nos vemos obligados a bajar la guardia para poder alejarnos del corazón de la batalla, pero los rivales no aflojan el avance y cruzan la raya.

Agora que han sobrepasado los límites del territorio, todo depende de nosotros y vuestra merced.

Hasta aquí hemos llegado, con sudor y sangre hemos encarado, a los más obstinados contendientes hemos enfrentado.

Sin embargo, la ofensiva no resulta como lo esperado y los dragones se ven obligados a retirarse por enésima vez.

Hemos ganado terreno, hemos recuperado lo perdido, hemos sido bendecidos.

¿Agora qué?

¡Un momento!

¡Es una trampa!

Ulisurus, caudillo honorable al que nadie puede tratar de cobarde, es salvado por Deimakuse, valioso aliado y virtuoso estratega de tierra anónima.

Un flechazo de advertencia antes de ponernos en penitencia, ante la gran dolencia, hemos perdido a uno de los nuestros por mor de un desatino.

Los oráculos, con el correr del tiempo, nos hacen entender que de nada sirve arrepentirse por lo acaecido, más bien sería lo contrario, conformarse con no haber sucumbido.

En sí, la guerra siempre nos ha parecido innecesaria, pero los dragones nos han convencido de lo contrario, de que no sólo es necesaria, también es perentoria.

Hemos tenido la desdicha de ver morir a varios de los nuestros, en el peor enfrentamiento posible.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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