Kompendium - Capítulo 43
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43: XLIII 43: XLIII Una vez más rumbo a la batalla deben marchar quienes han prometido poner el honor en juego tras haber partido.
¿Qué será de nosotros agora que Ioba nos ha abandonado?
Me rehúso a creer que nuestro Padre Celestial de nosotros se haya olvidado, siempre ha estado con nosotros, dende el principio hasta el final.
Cada que marchamos junto a las tropas se encuentra, por nosotros vela dende su Trono Celestial.
Dragones aquí, dragones allá, dragones acullá.
Dragones, dragones por todas partes vemos volando.
Frente a nuestras narices aterrizan, en amplias bandadas llegan, en grupos numerosos atacan.
¿Cuántos son?
Nadie lo sabe.
¿A qué vienen?
Todos lo sabemos.
Me han asegurado mis compañeros de viaje que de esos monstruos no debo fiarme, ni con sus llamas envalentonarme.
Una simple bocanada de fuego, más que suficiente, para acabar con el guerrillero más resistente.
Camus, hijo primogénito de un terrateniente que renace como el sol naciente, toma la delantera, por la derecha y por la izquierda se arma una polvareda.
El derrotero que tomamos, con los caporales y milicianos, nos conduce al lúgubre pantano, hacia la boca del lobo vamos.
Sishurus, hijo legítimo de un soberano escudero que se alza como ave de buen agüero, se adentra en la frondosa selva que alguna vez estuvo en silencio, entre árboles y plantas corre por su vida, desviando hoyos y esquivando embestidas.
Ni con la fuertísima lluvia podemos parar.
Si no recuerdo mal, quedo atrapado en medio de un pantanal.
Exijo que me den una mano y me saquen del fango, angustiado estoy de no poder salir volando.
Me sacudo el yugo como puedo, hasta un escondite ruedo.
Salgo corriendo tan rápido como puedo y en medio de una liza me enredo.
Debo admitir que no soy un animal de batalla, los viles rivales no son de mi talla, a quienes trato de mantener a raya.
Retorno por el mismo sitio, regreso a la punta del precipicio.
Entre la espada y la pared me encuentro atrapado, con los ojos cerrados y el plumaje encrespado.
Sé bien que aún no es tiempo de bajar los brazos, mis compañeros y yo lo sabemos, por eso del peligro rehuimos.
Es la paradoja de la existencia, rechazamos el miedo a conveniencia, cuando ya no podemos dexar de temblar.
Estoy agora más solo que nunca, apenas puedo decir que vivo.
¿Cuán bajo he llegado para pensar que estoy en el límite de lo pensado?
No me preocupa el morir en plena brega, ni tampoco sufrir porque nadie me escucha.
En verdad, ha llegado un punto en mi vida que no sé ni para qué escribo, atemorizado estoy de ser devorado.
Al oír las voces de mis compañeros, vuelvo a la realidad, y me encuentro de vuelta con otra adversidad.
“¡Ay de mí!”, expreso con zozobra.
Un dragón intenta cercenarme y con sus filosas garras eliminarme.
Salto a tiempo, claro que sí, y evito ser cortado y mutilado.
Tal y como se cuenta en Hipondria del Este, dragones de escamas azules han aniquilado todo rastro de figura ecuestre, por mucho que creer os cueste.
Me lo ha contado el mismo Ulisurus, caudillo honorable al que nadie puede tratar de cobarde, que, de hecho, aliende la costa, dragones salvajes a nuestros allegados han exterminado aposta.
No por orden del maléfico rey Bork, el canalla, dende luego que no, sí por cuestiones territoriales.
Agora que sé lo peligrosos que son esos demonios, de ellos me mantengo lo más lejos que puedo.
Mis compañeros ya lo saben, con ellos no se juega ni de broma.
Vamos perdiendo terreno, lo noto, al irme por pies me tropiezo y el tobillo me tuerzo.
No puedo seguir bregando con la misma intensidad de antes, me advierten que me haga a un lado y que deje guerrear a los caudillos.
Ellos son vigorosos y poderosos, con total brutalidad pueden hacerles frente a todos los seres monstruosos.
Dejo atrás a mis compañeros para poder salvarme y en un lugar seguro refugiarme.
Soy transportado, hacia otro sector del ingente continente soy llevado.
Me piden que guarde silencio y que no pierda la cordura, pues más allá de la espesura deambula la fiera más tozuda.
Me refiero al maléfico rey, el supuesto dueño de Ashura, a poca distancia de nosotros se encuentra.
Los comandantes del Ejército Rojo reaparecen en escena, hacia mis compañeros se dirigen y de ellos ni una pizca de lástima muestran.
Fuera de toda duda, dan la orden de avanzar y explorar toda la jungla, y los soldados no deben regresar hasta no haber limpiado toda la zona.
Me entero de todo el embrollo gracias al atrevimiento de un emisario que, al ser descubierto, es brutalmente asesinado.
Me alejo de la región para poder ver de lejos, nervioso y turbado de no poder a mis compañeros salvarles los pelos.
Me veo en la penosa obligación de convertirme en observador, en nada más que un penoso espectador.
Los dragones se las arreglan para cruzar la selva por completo, hacia el pelotón con el que vine, se dirigen con el ceño firme.
Grevrens y quempkes, de rodillas ante los traidores, caen de a montones.
Aína me muero al ver tremebunda crueldad para con mis compañeros y aliados que tanto han hecho por cumplir sus promesas con lealtad.
Rezo por última vez antes de escapar del infierno, tras ver a mis compañeros fenecer en el averno.
Ulisurus, caudillo honorable al que nadie puede tratar de cobarde, es el único que queda con vida, sobre los más recios soldados pone la mira.
La contienda con los dragones dexa tantos heridos como difuntos, ríos de sangre provocan que los supervivientes bajen la cabeza y admitan la derrota.
Ante la superioridad de los rivales, mis honorables compañeros se dexan llevar por los arrabales.
El maléfico rey Bork ha llegado, la cabeza de mis compañeros ha exigido, a los soldados del Ejército Rojo un último deseo ha pedido: “Rebelde que permanezca con vida será juzgado con pena de muerte”.
Ya es demasiado tarde para hacer algo.
Lo único que me resta es borrarme del mapa antes de que en gravísimos aprietos me meta.
Con todo el esfuerzo del mundo, de la peor escena me esfumo.
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