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Kompendium - Capítulo 44

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  4. Capítulo 44 - 44 XLIV
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44: XLIV 44: XLIV Llegado al límite de lo prometido, Ulisurus, caudillo honorable al que nadie puede tratar de cobarde, ya no puede seguir adelante por una cuestión de salud.

Decide, muy a su pesar, presentar rendición ante los dragones.

Al maléfico rey Bork informa de su sabia decisión, es juzgado por ello y ejecutado con una espada al cuello.

¡Ay del pobre que ha sido muerto por rebelde!

Ulisurus, caudillo honorable al que nadie puede tratar de cobarde, ha hecho lo correcto, nadie lo puede difamar por ello, ha hecho todo lo que ha podido para llegar tan lejos.

A fin de cuentas, ni todo el esfuerzo del mundo le ha servido para triunfar, con las peores plagas ha tenido que remar.

Ha sido, a mi entender, más que un guerrero entusiasta, ha sido lo mejor que he visto en mi corta estadía en Rifastia, tierra que, por cierto, ya no queda ni rastro.

De Hipondria me he ido para resguardarme en Sierbemia, y el cenotafio de mi estimado Deimakuse, valioso aliado y virtuoso estratega de tierra anónima, he decidido grabar en piedra.

Camus, hijo primogénito de un terrateniente que renace como el sol naciente, y su más valioso aliado, Sishurus, hijo legítimo de un soberano escudero que se alza como ave de buen agüero, también han sucumbido, ante el peor enemigo han caído.

¿A qué precio?

Eso sólo el tiempo lo dirá.

Hemos caído en el hondo pozo de la decepción, sí, y qué profundo ha resultado ser nuestro desasosiego.

Al despertar del sueño eterno, la muerte, nuestros preciados héroes se encuentran en el Cielo, en el paraíso que alguna vez fue nuestro hermoso mundo.

Al verse de frente, quedan perplejos, no saben qué pensar, todo es tan confuso que les da la impresión de que están soñando.

Hete aquí el problema de haber rencarnado en lo que siempre debieron ser: ángeles.

—¿Qué ha sucedido, mi estimado compatriota?

¿Acaso hemos sobrevivido?

—No lo creo, compañero.

Al parecer ya hemos muerto, nuestros cuerpos se han desvanecido junto con todas nuestras esperanzas.

Ahora somos fantasmas, reminiscencias olvidadas.

—Pero… ¡¡¡cómo va a ser eso!!!

Si hemos dado nuestras vidas para salvar a nuestros compatriotas de los invasores.

¿Acaso hemos hecho algo malo?

—Malo no, acaso, pero hemos fallado en triunfar, por lo que es de esperar que no podamos volver a intentarlo.

Ya hemos vivido lo suficiente para saber que no merecemos la vida eterna.

—Vuestra merced, disculpad mi forma de dirigiros ante voacé, pero que quede claro, como os he dicho antes, mi estimado compatriota, no hubimos pecado en vano, mas sí cometimos el error de rendirnos.

¿Para qué?

Para evitar más sufrimiento.

—Voacé sabréis mejor que yo, mi estimado, que de nada os servirá lamentarnos de vuestra desdicha, ni aquí ni en ningún lugar.

¡Ay de nos que hemos venido!

¡Ay de nos que hemos partido!

De ahora en más, como mínimo, seremos recordados como los que alguna vez partieron de Mitriaria para morir en Ashura.

O acaso… —Vuestra merced, haceros un grandísimo favor y cerrad ese pico vuestro que intranquiliza mis oídos.

Nada hubimos hechos nos como para merecer pasar al olvido; todo lo contrario, todo lo hemos dado para ser recordados.

Si os vamos a tener en cuenta que la vida hemos perdido por nada, de nada os servirá permanecer conscientes.

Suficiente ya hemos hecho, como os dije antes, así que no mostréis señales de arrepentimiento ni emitid palabras de remordimiento, pues hemos jurado, y en nombre de Ioba hemos bregado, por que nuestra especie vea la luz tras nuestra partida.

¿No es eso, acaso, suficiente?

—Que de hecho os he proferido Plegaria de Salvación antes de morir… una despedida, eh, que quizá os parezca una necedad, por qué no, pero tuve el valor suficiente para aceptar mi finitud.

No hablo por voacé, mi estimado, cuando digo que por todo lo hemos pasado y a nada hemos llegado.

Es más, voacé lo sabe bien, como ha de suponer, que morimos por causa justa en el momento justo.

¿Os dirá, acaso, que eso es una necedad mía que voacé rechaza aceptar por temor a ser juzgado?

—Vuestra merced, mucho ya ha hablado y poco ha dicho, como os he observado con anterioridad a nuestra partida.

Nuestras tumbas yacen ante nuestros ojos, ¿nos hemos de sentir mal por ello?

¿Por qué habría de?

Mirad y observad bien hasta dónde hemos llegado y lo lejos que hemos acabado.

Dirá voacé, más bien, lo errado que estoy, si se me permite, reconocer que de nada me arrepiento ni rencor alguno le guardo para con voacé.

No, mi estimado compatriota, para bien o para mal, hemos hecho lo que se suponía que debíamos hacer, ¿o me dirá que me equivoco?

—Eso lo sabrá Ioba que nos juzgará por nuestras acciones en vida terrenal.

Hasta tanto he de nos un legado, que voacé ha dejado, para que el mundo de nos sepa que hemos logrado en mostrar que, incluso un par de orates, han llegado tan lejos.

—Antes que nada, os he encargado a un amigo mío, queridísimo de mi parte, que ha prometido, escribir de nos todo el embrollo por el que hemos pasado desde el principio.

Él sabrá bien, os sospecho que sí, cómo inmortalizar nuestros nombres, porque hemos dado lo mejor de nos en batalla, a pesar de haber perdido ante semejante canalla.

Ese mismo desgraciado que nos ha traicionado, mal intencionado, sin duda alguna, hijo del dragón que nos ha condenado a vivir en la miseria.

Sabrá voacé de quién hablo.

—Sí, lo sé muy bien.

Acompañadme ahora, amigo mío, seréis voacé mi única compañía por toda la eternidad que en mi corazón siempre llevaré la marca de haber compartido la vida con un héroe que siempre admiré.

Sed mi otra mitad, la que con fervor me acompañará hasta el fin del mundo.

Seremos lo que Arus quiera… Mis estimados amigos se han ido, sí, pero lo que han dexado como recuerdo es imborrable, inexplicable, inefable.

Tanto han hecho por nosotros, sus allegados más cercanos, que no hay manera de agradecérselos.

Han sido ellos, mis queridos amigos de la vida, los que dexaron impresa en mí la huella de la bravura por siempre jamás… Hay quienes dicen que ambos murieron en Hiëthra, hay quienes dicen que ambos murieron en Pricha, lo cierto es que nadie lo sabe con certeza, lo que sí se sabe es que los dos murieron con el honor en alto, siempre con la frente firme y la mirada fixa.

De ellos sólo podemos decir: ¡Gracias Ioba por habernos bendecido con tremendos guerrilleros!

¡De ellos jamás nos olvidaremos!

¡Benditos sean sus caminos do sea que estén agora!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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