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Kompendium - Capítulo 47

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  4. Capítulo 47 - 47 XLVII
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47: XLVII 47: XLVII Nublado estaba el cielo matutino con sus variopintos tonos beatíficos, una típica y refrescante brisa otoñal agitaba de manera serena y afable las plantas y los árboles de los lívidos alrededores sin parar, en lo que parecía una extravagante danza de hojas secas y ramitas partidas, los polvorientos senderos regionales estaban adornados con piedritas sueltas y algunas plantitas con flores coloridas cuyo polen flotaba con plena libertad, la temperatura se mantenía agradable, ideal para salir.

En el horizonte, se podían ver figuras de grifos antropomorfos de casi cuatro metros de altura aproximándose a paso de tortuga con herramientas agrícolas.

Sus túnicas estaban maltratadas y con cascarrias en la parte inferior, sus manos estaban raspadas de tanta fricción con los materiales que empleaban, las almohadillas de sus pies estaban cubiertas con una gruesa capa de lodo, sus cuerpos tenían plumas torcidas y rotas, aun sin estar en época de muda de plumaje.

Divisarlos era fácil, lo difícil era distinguirlos.

Poco a poco, lo que al principio pareció un confuso amontonamiento de criaturas difusas, comenzaba a tomar forma y la diafanidad natural servía para identificar a los caminantes.

Todos ellos eran de plumaje castaño, con leves diferencias de matices, piernas de león, penachos de cacatúa ninfa, orejas de burro, extremidades turgentes y garras prominentes.

El color de los ojos variaba de verde, celeste, lila, naranja, amarillo y azul.

Padres, en su mayoría, tíos y hermanos por otro lado, todos ellos ansiaban, más que nada en el mundo, rencontrarse con sus familias luego del inevitable suplicio vivido en las afueras.

Desde el interior de una pequeña morada con paredes de barro y argamasa, una ventana en mal estado, un techo de paja y troncos pelados, salió una joven grifa de añiles ojos y llamativo plumaje.

Su cuello era como de Acryllium vulturinum con largas plumas negras y blancas, sus sensuales piernas de leona eran más claras de lo normal, una expresión envuelta en regocijo le iluminaba el pálido rostro repleto de plumas níveas que terminaban en la parte alta del cuello, sus alas tenían rémiges partidas, tanto la piel porosa de sus brazos como las placas escamosas que iban desde el antebrazo hasta los dedos eran de color ceniza, sus garras eran cortas y poco filosas, su prensil cola no podía permanecer estática, sus pies eran más pequeños que los de las demás grifas, llevaba puesta una larga túnica palidecida.

Se puso contentísima al ver a su esposo acercándose desde lejos, llamó a sus dos hijos a fin de que salieran de la vivienda, tenían que darle la merecida bienllegada a su queridísimo padre, que les había brindado un esencial calor paterno cuando eran embriones que estaban atrapados dentro de los huevos, turnándose con su pareja de nido para empollarlos.

Los dos polluelos de cuatro años, mellizos por bendición, doble martirio para la madre que los había aovado, eran idénticos a su untuoso progenitor.

Tenían plumaje café, ojos azures, orejas largas, pico redondeado, lengua puntiaguda, garras prominentes, alas extensas, cola corta y piernas bien desarrolladas.

Cada uno llevaba una gargantilla, amuletos de identificación, con plumas de colores distintos: Sizerus era el de la derecha, el de la pluma celeste; Rómurus era el de la izquierda, el de la pluma verde.

Era difícil diferenciarlos porque usaban la misma ropa deshilada.

Respecto a la forma de ser, cada uno tenía sus cualidades y preferencias.

—Vengan conmigo —les pidió y se puso en cuclillas para acomodar a sus vástagos a los costados.

Tenía pensado tenerlos quietos hasta que llegase el momento oportuno de soltarlos para que saliesen corriendo—.

Quiero que reciban a su padre como se lo merece.

¡No hagan mucho escándalo!

—les pidió de todo corazón.

Sabía que era difícil controlarlos cuando los dominaba el entusiasmo—.

Él siempre llega cansado del viaje.

—Prometió que jugaría con nosotros —farfulló Rómurus, casi atascándose con la lengua.

Era atropellado para hablar, a su madre le costaba corregirle esa monserga, parecía que sufría de dispraxia verbal.

Manipular el lenguaje, en su caso el Serfi antiguo, le costaba un montón.

—Espero que nos haya traído algo —masculló Sizerus, deseoso por recibir algo apetitoso para saborear.

Era un auténtico zampabollos.

De todas las figuras andantes que iban ingresando a la aldea, la última en aparecer fue la de Jarkarus, cuyo rostro cambió de repente al ver a su familia esperándolo con ansias.

Acompañada con una elogiosa sonrisa, de esas que quedan grabadas para toda la vida, el grifo de clase superior extendió los brazos en señal de recibimiento, los grifitos se dirigieron a él con aprontamiento, los estrujó con sus fuertes brazos, ciñéndolos contra el cuerpo.

Sentir esas cálidas manos le devolvió la felicidad de la que había estado privado durante los últimos meses de trabajo.

Los doscientos ochenta y cinco kilómetros que hizo para volver a su hogar valieron la pena.

Ver a sus polluelos le producía la mayor satisfacción del mundo.

Inefable era el desahogo cuando lo recibían, la catarsis existencial se volcaba de lleno como un vaso de agua sobre una desnivelada mesa, todas las penurias se borraban como por arte de magia, los ecos de la injusta realidad pasaban a ser superfluos susurros del pasado, reminiscencias que no valían ni un ápice.

—Papá, qué bueno que regresaste.

Te extrañamos mucho —pronunciaron los polluelos en simultáneo.

—Y yo los extrañé a ustedes, mis adorables monstruitos emplumados —les clavó las uñas en la cerviz sin intención de lastimarlos.

Cuidadoso era al tocarlos—.

Se portaron bien en mi ausencia ¿no cierto?

—Los miró con recelo por un momento.

—Claro que sí —contestaron al unísono, las expresiones faciales de ambos denotaban sinceridad en estado puro.

—Eso me gusta.

—Les rascó la azotea a ambos, cuidando de no arrancarles plumitas—.

Así debe ser siempre.

—¿Nos trajiste algo?

—Rómurus balbuceó, mantenía el pico abierto como un cocodrilo salvaje al acecho.

—Les traje una bolsa con espárragos.

—Les enseñó el costal de tela con los tallos verdosos—.

Eso sí, coman despacio.

No quiero que se atraganten.

Con el simple hecho de ver los sabrosos bocadillos, los polluelos reventaron de alegría, cogieron el costal y metieron la mano para sacarse cada uno una merecida ración.

Acostumbrados estaban a masticar sin saborear, como animales irracionales, algo que a su madre le disgustaba, consideraba que no apreciaban el alimento como debían.

Las coles eran su perdición, les fascinaba masticar todo tipo de hortaliza crucífera, la que se llevaba el primer lugar en cuanto a apreciación era la raspuña.

Eran forofos del vegetarianismo.

—Saben rico —musitó Sizerus al momento que masticaba los espárragos.

—A ustedes nunca les debe faltar comida —susurró Jarkarus.

Una gentil sonrisa emperifollaba su demacrado rostro invadido de soledad, azotado como el de un eccehomo sin esperanzas—.

Merecen lo mejor de la cosecha.

Los llevó de regreso con la grifa, sobre quien se abalanzó tan pronto como la vio, la tomó entre sus brazos y le susurró que la había echado mucho de menos, sentía el corazón tieso al no haberla tenido cerca durante tanto tiempo, como si se tratase de eones transcurridos.

Ella era la sublime farola que le brindaba luz a su miserable existencia, haberle dado dos preciosos polluelos era un obsequio beato que jamás podría terminar de agradecerle.

—Ansiaba volver a verlo de nuevo.

—Ella accedió a su encantadora bienvenida con una sonrisa angelical de esas que enamoran a primera vista—.

Espero que pueda quedarse más que la última vez.

—¡Que sea la voluntad de Ioba Todopoderoso que tanto me ha bendecido a mí y a mi familia hasta ahora!

—imploró con mansedumbre.

—Que así sea.

La feliz familia, reunida en son de paz, ingresó a la morada para disfrutar la calidez de la majestuosa armonía presente.

Para Jarkarus no había nada más importante que la seguridad y felicidad del grupo familiar, su bienestar dependía de él, de sus esfuerzos laborales, de sus correctas decisiones, sobre todo de su incomparable zalamería, un rasgo distintivo de su personalidad.

Él era el héroe de sus polluelos, lo veían como un modelo a seguir; su esposa lo veía como la compañía ideal, un amor platónico del que jamás podría desprenderse.

Belara era, si se puede decir, una de las grifas más afortunadas del mundo, se había enamorado de un ser honorable, digno de su recalcitrante cariño.

Sentado en la honorable cama, siempre cálida y sedosa, Jarkarus acomodó a los polluelos para contarles algunas anécdotas que había vivido mientras estaba fuera de casa, algunas eran desopilantes y otras eran pesarosas.

La inescrutable curiosidad de los pequeños, siempre presente, la alimentaba con mucha información veraz que todavía les costaba digerir, pero que más adelante lo comprenderían y lo tomarían como algo natural.

A ellos les fascinaba que les llenaran la cabeza de ideas, que les contasen relatos que no fuesen soporíferos, que pusiesen a prueba la capacidad de imaginar.

El pábulo que les brindaba su padre era para que, como futuros adultos independientes, pudiesen saber cómo arreglárselas cuando se topasen con una circunstancia similar.

Ambos se mantenían en absoluto silencio cuando él narraba las historias, con el estilo dramatúrgico propio de un rapsoda.

Ellos sólo hacían preguntas cuando él dejaba de hablar a fin de hacer una pausa intermedia, tomarse un respiro, y cambiar de tema, con la respectiva justificación.

Las demás familias pasaban el día en grupo, celebraban el fin de la temporada de agricultura intensiva, justo a finales del otoño.

El invierno era un período complicado para las plantaciones, el frío evitaba la proliferación de vegetales frescos como en estío.

La forzosa jornada de trabajo agrario quedaba en suspenso hasta los inicios de la esplendorosa primavera, donde se reiniciaba el proceso de siembra en campos especiales divididos en hectáreas marcadas, cada una con sus respectivos cauces y afluentes.

Justo después del mediodía, luego de haber almorzado, la campana de aviso que estaba en el centro de la aldea sonó, provocando el conocido eco retumbante que exigía la presencia obligatoria de los lugareños, los adultos emancipados tenían el deber de asistir.

Jarkarus y Belara les pidieron a los pequeños que se quedaran en casa hasta que regresasen, iban a echar un vistazo para ver qué sucedía.

Todos los aldeanos citados, dos mil trescientos ochenta y siete en total, se hacinaron frente al área de encuentro, una especie de ágora donde se reunían para llevar a cabo rituales litúrgicos y exponer mensajes de índole crucial.

En el centro yacía erguida la figura del líder, el sesudo Broguiurus, junto al viejo Yargakus, el jovial mensajero al que todos conocían como el cometa plumífero por lo alígero que se desplazaba en volandas.

Él sabía cómo dar la barrila con el fin de que aceptasen sus recados.

Ambos eran de plumaje ceniciento, ojos marrones, orejas cortas y pico ganchudo.

Se diferenciaban por la altura, casi medio metro, y la vestimenta.

El mensajero llevaba túnica blanca con mangas destejidas mientras que el líder de la aldea usaba túnica negra y toga rojiza con tríxodes bordados en cada lado.

El señor Broguiurus era el grifo de mayor altura que había en esa región, superaba por poco los cuatro metros.

—Compatriotas míos —introdujo el líder de la aldea con una pulcra voz de liróforo—, les agradezco por haber venido.

Lamento tener que molestarles, pero la acuciante situación amerita nuestra intervención.

Sean ustedes tan amables de recibir el valioso mensaje de mi agraciado emisario.

—Levantó el brazo para darle la palabra.

—Eh, bueno, no sé cómo decirlo sin que se alboroten —carraspeó antes de seguir.

No se sentía preparado para dar a conocer el mensaje—.

Esto que les voy a contar fue escrito por puño del mismísimo Camus, con una de sus plumas supongo.

—Divagaba entre pensamientos engarzados.

Trataba de recrear una imagen lo más clara posible para dar a entender lo que acontecía.

—Por favor, no se detenga en anécdotas y vaya al grano, señor Yargakus —le pidió—.

No queremos que los pueblerinos se aburran.

—Lo que pasa es que… —musitó y tragó saliva antes de iniciar— los dragones han vuelto a cruzar la línea.

Esta vez son muchos más que antes, tienen aliados por todas partes.

Han derrocado a Theofros VII y al oráculo que lo acompañaba, bueno, ya se lo imaginarán ustedes —pausó el discurso ante las preocupantes miradas de los presentes que no podían quitarle los ojos de encima ni de guasa—.

La tregua que Dáikron había firmado no era más que una farsa para engañarnos, nos tomaron por tontos.

Ahora están haciendo de las suyas en las tierras septentrionales de nuestros vecinos —informó, recurriendo a un tono precipitado.

»Esto que está sucediendo es una falta de respeto a nuestros principios, a nuestra ética como especie.

Habíamos quedado en no derramar más sangre por cuestiones ideológicas, ya ven que de nada sirvió jurar en nombre del rey.

Y fue justamente el señor Camus, merecedor de mis más gratas bendiciones y las de todos sus congéneres, que ha intervenido para evitar una catástrofe.

Según lo que ha escrito, de cierto nos cuenta que, como integrante de la Raza Pacifista, absorto está al enterarse de lo que ha ocurrido.

Nuestra ayuda necesita.

Sus más osadas legiones han abandonado el continente para ir a luchar junto a los hipogrifos, nuestros más preciados allegados, que luchan contra los esbirros de Bork.

El caudillo Sishurus, bendito sea en nombre de Ioba Todopoderoso, se lo ha llevado consigo para salvar la vida de los zánkiros, fieles aliados del magnánimo Sausukurus, que mi corazón tanto alaba.

Esta no es, ni será, la única vez que seremos convocados.

La guerra ha sido reanudada, al campo de batalla tenemos que ir, sangrar en nombre de nuestra especie, aniquilar a los traidores debemos, en aras de nuestro sagrado pacto hemos de sufrir —parafraseó el contenido de la carta remitida.

Theofros VII era el escrupuloso monarca de Traoquentum, que en ese momento poseía una extensión que gobernaba Zorzokobia, Narmadia, Saodelkeptur, Antrasaria, Hoilanckia y Gruashajanske.

Él era un respetado esmilodonte de clase superior cuyas hordas de homoterios astados habían sido burladas por sanguinarios nativos de Korozina, que no mostraban otra cosa que no fuese una abrasiva impiedad en el campo de batalla.

Su único descendiente, futuro heredero al trono, había sido raptado por los minotauros que conformaban la decimocuarta legión, bajo el mando del protervo comandante Gargax, el de las orejas devanadas.

Tenían pensado llevarlo ante el infame rey con el objetivo de que presenciara su sacrificio, mediante la espantosa flagelación pública, similar al método chino de ejecución llamado muerte por mil cortes, que sus maliciosos ojos tanto disfrutaban ver, seguido de los concomitantes rituales de purificación que llevaban a cabo los nárikos.

El oráculo Garlec, el de ojos dorados, cabello negro y pelaje fucsia, había prometido proteger al líder de los esmilodontes ante cualquier violación del decreto de paz firmado por él mismo hacía cincuenta años atrás, no por el aborrecible rey de Korozina y sus representantes legales, los odiosos comandantes del Ejército Negro.

Dada la infraestructura de su vasto castillo amurallado, era un sitio ideal para resguardarse de los invasores y los rufianes que acechaban en los bosques norteños.

El susodicho oráculo nunca había abandonado la Orden Real, sí había sido suspendido un corto lapso de tiempo al no haber asistido a una reunión convocada por el mismísimo Arkadius en el castillo de Markhonni, en el corazón de Nefiria, donde solían llevarse a cabo simposios en los que se debatían cuestiones importantes.

El bienquisto adalid Sausukurus, devoto seguidor de las enseñanzas proféticas, en especial las del benévolo profeta Marustkus, (el agorero predicador que advertía sobre catástrofes incontrolables), se había ganado el elogio de todos los grifos de Ashura, tanto de clase superior como de clase Alfha, debido a la hercúlea entereza y al ingenioso método faccioso que tenía, poco común en los combatientes de su calaña.

Azogarse era lo único que podían hacer los atentos oyentes ante el apabullante, desmotivador a más no poder, mensaje emitido por el conocido interlocutor.

La reacción, distante de lo esperado, no resultó en zarabanda, por zalema al líder de la aldea o por cuestiones personales el común barullo no se dio; lo que sí hubo, que de hecho hubo de sobra, fueron caras largas, rostros mustios a punto de plañir, piernas temblorosas, corazones agitados, mentes enajenadas, almas partidas, sueños destrozados y mucha desazón.

En vano era quejarse o lloriquear por lo acontecido.

Si querían hacerle frente al intermitente problema, tenían que afrontarlo al estilo militar.

—Queridos aldeanos —interrumpió Broguiurus antes de que se voltearan y se fueran—, no quiero que pierdan las esperanzas.

Recuerden que Ioba Todopoderoso está con nosotros, sus hijos verdaderos.

Cualquiera sea el obstáculo que debamos enfrentar lo haremos en su nombre, bajo su guía y protección, fervientes a su palabra, libres de mostrarnos osados.

Sé bien lo que muchos piensan en situaciones como estas.

No hay que temer.

Es ahora cuando hay que alzar la vista y mirar al frente.

¡Que la gloria de nuestro Padre Celestial guíe a nuestros valientes para que, expuestos en pleno campo de batalla, consigan la victoria, en honor a su mentor que desde el Cielo les derrama sus más gratas bendiciones!

—¿Cree que sea correcto anunciarlo ahora, señor?

—el mensajero le susurró al oído, sin que nadie más lo oyera.

—Es mejor ahora que después —le contestó al instante.

El siguiente anuncio en dar, muy a su pesar, tuvo que darlo él mismo para ahorrarles un disgusto, otro más de la interminable lista de tragedias, a los compungidos lugareños.

Fue entonces que, de forma clara y concisa, el líder de la aldea conocida como Shuasankaltria, explicó la modalidad de trabajo que se iba a llevar a cabo el día siguiente.

Por orden y petición del majestuoso Camus, debían dirigirse a la zona limítrofe de Altalasia, casi setenta y nueve kilómetros de ahí, ir a la guarida secreta donde se reunían los nativos para mantenerse a salvo mientras concretaban planes y hacían sus actividades.

Allá, en presencia de celadores originarios de Quievemia y algunos vigilantes originarios de Saosikel, los iba a recibir uno de los sátiros que estaba a cargo de la región central, la que dividía el continente en dos mitades.

El problema era que, una vez cruzada la mitad, las hordas invasoras iban a hacer estragos a troche y moche, reino por reino, prado por prado, aldea por aldea, casa por casa, sin detenerse.

Frenar la imperiosa ofensiva era fundamental si querían que sus vecinos y familiares estuviesen a salvo.

A la sazón, los ogros de Miadicia, los sáklios de Brumeria, los sátiros de Arkoitenia, las chacales de Quievemia, los marrukos de Saodelkeptur, los sétrekes de Klevisemia, los camaleones de Aosositrenia, los yacos de Duarselencia, los dingos de Sumeseria, las zarigüeyas de Arlagadia, los armadillos de Marsopria, los elefantes de Yomibia, los suricatos de Sietensia, los osos perezosos de Dinamia, los topos de Manquetria, los pelícanos de Croansithe, los pangolines de Amaosuquiseria, los koalas de Nisteria, los okapis de Listamia, los caribúes de Guyamenkia, las alpacas de Dainronsia, las vicuñas de Yoarlisia, los megaterios de Zorzokobia, las cabras de Goutania, los gorilas de Ahulashiria, los pegasos de Suprasepia, los camellos de Riumiacia, los onagros de Unsadernandia, los fenecos de Raxania, los bisontes de Itrolanclia, los linces de Antrasaria, los venados de Clavitamia, los halcones de Fialconia, los tapires de Krishef, los burros de Gräfnia, los clamidosaurios de Frimia, los dromedarios de Odraglia, las ardillas de Hoilanckia, los osos hormigueros de Gruashajanske, los conejos de Argredia, los elks de Umasapua, los zorros vinagre de Kinstuke, los ñúes de Vadomeksia, los lobos de crin de Aielevenia y los órices de Cucurimia no estaban en las mejores condiciones para defender sus tierras ni tenían el armamento necesario para salir a combatir.

En cambio, los integrantes de la Raza Pacifista, los grifos, cargaban en sus lomos con la pesada gabela de proteger a los demás de los malévolos usurpadores.

Su paraíso otrora se iba convirtiendo, con cuentagotas, en un infierno.

El flagrante deseo de dominar todo era algo que habían soñado los dragones ab aeterno.

En el sagrado Bashí se narraba la historia de un supuesto salvador, un rebelde de corazón noble, un Grifo Justiciero que debía llevar a cabo una misión importante, una que ninguno de sus coetáneos podía concretar jamás sin importar el esfuerzo que hiciese.

El objetivo de la misión no era claro siendo que no se especificaba a qué se refería en realidad; debido a ello, surgían miles de interpretaciones, aunque la más acertada, por obviedad, era nada más y nada menos que la derrota absoluta de la Hermandad Trinitaria y la aniquilación de todos sus esbirros.

Esa era una misión imposible de llevar a cabo para cualquier mortal.

Envueltos en turbador desasosiego, los grifos retornaron a sus moradas, desmotivados estaban por el último anuncio.

Jarkarus y Belara, incapaces de intercambiar miradas mientras caminaban de regreso a casa, se detuvieron a pocos metros de la zahúrda en la que vivían.

Fue en ese mismo lugar, con los nervios un poco menos intensos, que hablaron en voz baja.

—De verdad no sé qué decir —musitó Jarkarus.

Trataba de no lanzar un inane circunloquio—.

Esto que ha sucedido es grave.

Tendré que ir con mis allegados adonde sea que tenga que luchar.

—¿Qué les dirá a sus queridos hijos?

—le preguntó la grifa, con rostro preocupado, lleno de aridez—.

Los hará llorar si les dice la verdad y los lastimará si les miente.

Esto es algo muy complicado de entender para ellos.

—Mis polluelos merecen saber la verdad —insistió el grifo—.

Sé que les dolerá saber que no podrán jugar con su padre como en años anteriores, se les romperá el corazón al enterarse de la noticia, sufrirán como nunca.

—Era consciente del asunto y la reacción, ineludible, de sus susceptibles vástagos—.

Honestamente, creo que será lo mejor para ellos.

Este tipo de cosas, entre otras tantas, están fuera de mi alcance.

Tengo que ir con los demás quiera o no, son los deseos de Camus.

—Todo es culpa de esos malditos dragones —refunfuñó la grifa a punto de perder los estribos—.

No sabe cuánto los detesto.

—Atufarse por eso es fútil, dejarse dominar por la ira es pecado —le recordó con la intención de que no se dejase someter por la sensación del momento, quería que fuese más reflexiva—.

Rómurus y Sizerus tendrán la oportunidad de pasar el día más feliz de sus vidas antes de que me vaya —prometió darles el cariño que se merecían—.

En cuanto a usted, amada mía, le pediré que les dé el doble de atención en mi ausencia.

No sea cicatera con su amor maternal, ámelos tal y como ellos me aman a mí.

Sufrirán mucho al principio, sí, pero se acostumbrarán en poco tiempo.

Yo pensaré en ellos cada día, con la ilusión de volver a verlos en el futuro.

Quizá cuando regrese ya no los reconozca.

Claro, si es que regreso.

—Por favor, no diga esas cosas horribles —le suplicó—.

Estoy segura de que regresará por ellos.

Si rompe esa promesa, no lo verán más como un héroe.

No quiero que vean a su padre como un simple mortal.

—Ioba decidirá qué hacer conmigo, en tanto, dejo en sus sabias manos mi responsabilidad.

—Le tomó las temblorosas manos y la miró de frente como queriéndole meter confianza—.

Nuestros polluelos merecen lo mejor del mundo.

Con o sin mí, siguen siendo especiales —confesó desde lo más hondo de su ser.

—Estoy nerviosa.

No sé si podré con esto.

—Venga, yo la sostendré para que no pierda la calma.

Ellos lo entenderán a su debido tiempo.

Cuando el momento decisivo llegó, ingresaron a la casa, retomaron sus lugares en el comedor, se apoyaron sobre la rústica mesa de patas roídas por insectos xilófagos, intercambiaron una álgida mirada y se dispusieron a informarles a los pequeños lo que había acontecido.

Apropiadas palabras, oraciones bien elaboradas, estructuras gramaticales poco complejas y vocabulario reducido fue lo que empleó Jarkarus para anunciar el funesto embrollo, una verdadera tragedia imposible de pasar por alto, a fin de que los grifitos estuviesen al tanto.

Una vez sacados de la inopia, ambos se sintieron tristes.

Fue en ese momento que la grifa intervino para evitar que rompieran en llanto y se pusiesen a berrear.

El padre de familia era la figura más importante, su presencia traía alegría, su ausencia lo contrario.

El hecho de saber que no iban a tenerlo a su lado por quién sabe cuánto tiempo generaba, en los dos, una inenarrable vacuidad que les afligía más que ninguna otra cosa.

Antes de que cayesen en lo más hondo de la abismal consternación, Jarkarus aportó su granito de arena.

En un desesperado intento por verlos felices de nuevo, les prometió salir a divertirse con ellos durante el día.

La reacción apesadumbrada de los polluelos cambió al instante, pasó de ser un sollozo descorazonador a una plétora de júbilo.

Prendidos como garrapatas de las piernas de su padre, le dieron las gracias y le dijeron todas las cosas que querían hacer con él.

Aun sabiendo que iba a cansarse, aceptó el reto de mantenerlos entretenidos por el resto del día.

Una vez fuera de la morada, les dijo que los iba a llevar al parque, el que quedaba a pasos de una cristalina laguna, para jugar con ellos.

Luego, compartiría un baño con los dos; eso era algo que les encantaba hacer, en especial durante el día.

Habiendo organizado la rutina para el día, se fueron al sitio de encuentro.

Belara se quedó en la casa, tenía pensado ponerse a cocinar el banquete de la noche.

Esa podía ser la última cena que le preparaba a su esposo.

El itinerante grifo tuvo un agotador, no por ello menos emocionante, día junto a sus enternecedores polluelos que no quedaban quietos ni un segundo.

La exaltación de los dos parecía no tener límite, se veían tan felices que era envidiable, habían olvidado por completo la escena anterior en la que casi derramaron lágrimas de angustia.

Arrastraban a su amado padre como si fuese una cometa, de un lado a otro, sin parar.

Discurrían por las colinas pastosas, se apostaban a jugar en zonas áridas en las que tenían que brincar para evadir los hoyos del camino, se mimetizaban entre la arboleda de los pomares para coger frutos, recorrían los límites de la región en busca de supuestos tesoros ocultos, saltaban sobre las picudas piedras en lo que parecía un reto de destreza y equilibrio, perseguían a su padre en una exigente carrera por la pradera, al final caían rendidos ante sus brazos y se dejaban apretujar como esponjas.

Él se encargó de quitarles la mugre con el agua de la laguna que visitaron por último.

Al atardecer, antes de que todo se tornara opaco y silencioso, Jarkarus regresó a casa con los polluelos entre los brazos, los tres caminantes estaban igual de exhaustos, ninguno de ellos tenía ganas de seguir jugando.

La grifa recibió un merecido aplauso por la cena que había preparado, una deliciosa sopa de verduras acompañada de varios tipos de ensalada.

Tras una plegaria de agradecimiento, la familia disfrutó un magnífico festín hasta quedar con el estómago lleno.

Fue una escena memorable que iba a quedar grabada de por vida.

Fue casi una hora después, al momento de dirigirse a la cama, que Jarkarus dejó a Belara a solas para acurrucarse con sus polluelos en el cálido nido que compartían en época invernal.

Durmió con ellos para brindarles calor y protección, sin saber que ese maravilloso recuerdo se volvería imborrable.

La parte más dolorosa fue a la madrugada, antes de que saliera el sol.

La hora de irse había llegado, de su hogar y de su familia Jarkarus tenía que despedirse.

Con lentitud y calma, a cada uno de ellos besó en la frente, escribió una carta con una pluma entintada en la que expresaba lo mucho que le dolía irse, y al mismo tiempo, lo ansioso que estaba por volver a verlos.

Sin hacer ruido, con pasos cuidadosos, abandonó la morada para dirigirse a la salida de la aldea, donde se iba a encontrar con todos sus acompañantes en el extenso viaje que lo conduciría hacia el destino, uno del que no esperaba nada bueno pese a ser alguien optimista y de buen pensar.

El líder de la aldea tenía el agrado de despedir a los compatriotas y darles sus más gratas bendiciones con la finalidad de que hallasen paz adondequiera que fuesen.

Él y su mensajero eran los únicos adultos independientes que tenían la posibilidad de quedarse, todos los demás tenían que irse, debían dejar a las hembras a cargo de sus hijos y familiares.

Ellos tenían, bajo hierático juramento, el deber de ir a luchar por sus vecinos, defender sus tierras, rendirle honor a su especie, demostrarles a los dragones que ellos no eran unos cobardes, dejar en claro quiénes eran los famosos integrantes de la Raza Pacifista de la que tanto se hablaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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