Kompendium - Capítulo 48
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48: XLVIII 48: XLVIII Apiñados como ganado en corral, los aldeanos de Shuasankaltria se despidieron de su hogar para dirigirse a la guarida secreta donde se encontrarían con el impávido emisario Jayamak, el sátiro de vestimenta plateada y larga cabellera azabache, con rasgos más animalescos que humanos, cuyo amplio conocimiento en geografía le permitía ubicar cada sector del continente con exactitud, incluso calcular distancias conmensurables.
Los grifos extendieron las alas, volaron todos juntos hacia el sitio de encuentro.
Mantenían pocos metros de distancia entre cada uno para no rozarse, su aleteo era mucho más ruidoso que el de una bandada de aves comunes, casi parecía una azarada horda de rifontes.
Al pisar las afueras de Altalasia, cinco chacales armados los recibieron con los brazos abiertos, agradecidos estaban de ver que podían contar con el apoyo de más aliados.
La cantidad de rebeldes corajudos sí que escaseaba, y más en vísperas de guerra.
Hacia el refugio los condujeron, ingresaron en pequeños grupos, gárrulas nutrias los agasajaron con la cortesía que se merecían.
Les decían: “Banarikoh le sare”, una forma respetuosa de otorgarles sus bendiciones.
En la parte del fondo, a casi medio kilómetro de la entrada, se encontraba el emisario de Arkoitenia que tanto anhelaban conocer en persona.
Éste se presentó ante la congregación, recurría a prolegómenos y circunloquios de toda clase, pronunciaba con claridad cada fonema emitido, entonaba bien a la hora de poner énfasis en las oraciones.
Les explicó qué era lo que se había planeado en Miadicia, donde los ogros planificaban las tácticas militares.
Jarkarus sintió una sequedad terrible en su interior, hacia el exterior se dirigió para beber un poco de agua.
Se aproximó a una fuente que poseía suficiente líquido para saciar la sed de todos los presentes.
Se acuclilló para coger una jarra metálica de la cual bebió hasta el hartazgo.
Las orejas del grifo reaccionaron al oír los pasos de alguien a sus espaldas.
Al voltearse, sus ojos se enfocaron de lleno en la figura que se iba acercando con parsimonia, como queriendo sumársele.
Aquella profunda y delicada voz lo persuadió al instante de que no se trataba de alguien con malas intenciones, era, para su sorpresa, alguien en la misma situación que él, sólo que provenía de otra región.
Respecto al plumaje, era parecido al de él, sólo que sus ojos eran verdes y sus rémiges poseían matices obscuros en las puntas.
La túnica oscura que llevaba y la pañoleta rojiza que tenía atada al cuello estaban en pésimas condiciones, llenas de agujeros y cortes, parecían andrajos a simple vista.
—¿A usted también se le secó la boca?
—le preguntó con tono sentencioso.
—Un poco.
—Tome —le ofreció la jarra a medio llenar.
—Agradezco su amabilidad.
—Tomó la jarra y bebió toda el agua ofrecida—.
Vine desde lejos, nueve días de vuelo me dejaron las alas en la miseria.
—¿De dónde viene?
—Se puso de pie y lo miró de frente.
—Dudurguemen, al Sudeste de Saosikel.
Vivo alejado de todo el mundo, como un ermitaño.
—¿Vino solo?
—Uno de los sáklios que montaba un pegaso me avisó lo que sucedía y vine tan pronto como pude —le informó y se tomó un respiro—.
El señor Camus ha pedido nuestra reagrupación para que vayamos a combatir en su honor.
—¿Tiene usted familiares allá?
—El último lazo familiar que quedaba se cortó hace más de quince años.
Desde entonces, he vivido en absoluta soledad.
—¿A qué se dedica?
—Herrería.
—Ya veo —musitó con un leve suspiro—.
Supongo que no tiene nada que perder.
—¿A qué se refiere?
—le preguntó.
No entendía qué quería decir con eso.
—Todos los que vinimos tenemos una familia que sustentamos con nuestro trabajo.
Usted…, bueno, no tiene de quién preocuparse.
—En cierto sentido es una ventaja.
¿No le parece?
—Yo nunca pude estar solo.
Soy sociable y hogareño, por eso me cuesta despegarme de mi familia y de mis tierras —admitió la debilidad que tenía por acaserarse.
—¿Tiene hijos?
—Dos hermosos polluelos que le dan sentido a mi lesa existencia —confesó con la mano en el corazón.
—Qué suerte tiene —se lo dijo con máxima franqueza—.
Ya ve que no todos tenemos la misma oportunidad.
—¿Por qué vive solo?
¿Nunca se buscó compañía?
En Shuasankaltria hay doncellas que podrían tomar ese lugar vacío.
¿No le apetece ninguna?
—No, un sujeto como yo no merece eso —negó con la cabeza, sin sentir acholamiento—.
Amo mi trabajo y todo lo que me rodea.
No necesito nada más.
—¿Es feliz estando solo?
—Lo suficiente para estar agradecido.
—No sé cómo hará para arreglárselas por cuenta propia, pero si es feliz así, entonces lo respeto.
En su mirada había una atípica sinceridad que se desprendía como el emético hedor de un cadáver pútrido, una encomiástica serenidad jamás antes vista en un grifo de su clase.
Él era demasiado amable y sensible para ser un soldado raso como los que tenían que ir a pelear al Norte.
Dentro de aquella inocente mente yacía la personalidad oculta de un guerrero impertérrito que se negaba a dar marcha atrás aun en una circunstancia de vida o muerte.
—Por cierto, no me he presentado aún.
Mi nombre es Jeryerus Hipórimus Asales Derkesoi Vildictum Ganzuru —le dijo su nombre completo, el cual era muy extenso para recordarlo—.
Para hacerlo más fácil me puede llamar Aljokerus, pseudónimo que escogió mi padrastro.
Es Jesare.
Desconozco su verdadero significado.
Aljok era una apócope de aljokremys (danza de aves) con una mezcla de erus, proveniente de la palabra erusmah (estruendo) o (ruido ensordecedor).
Se suponía que la danza de aves era bella y apacible; en cambio, el estruendo estaba conectado a su lado oscuro que denotaba de todo excepto moderación.
Enardecido de furia, Aljokerus era capaz de cualquier cosa.
Jarkarus le estrechó la mano y le dijo cómo se llamaba.
Su amabilidad fue recibida de manera positiva y gozosa.
El contacto directo con él le trajo recuerdos de un viejo amigo, el cuentista Oporius, quien había fenecido de neumonía hacía más de una década.
Era una amistad cercana valiosísima, desprenderse de ella sería un acto desleal.
El nombre completo de Jarkarus era Raimakus Gangalashkle Delgran Abarus Jairus Desolem y el de su esposa era Biezatsia Zaruksia Ashmacarus Janaquet.
En aquella época se acostumbraba poner nombres largos y difíciles a efectos de identificar mejor a cada grifo.
Los apodos eran repetidos en muchos casos, los nombres completos no.
No había dos grifos en el mundo que se llamaran igual.
—¿No le molestaría acompañarme hasta el fondo?
—le preguntó.
Él no podía estar solo mucho tiempo, su compañía le venía como anillo al dedo—.
No quiero sonar descortés, no se lo tome como una obligación —tartamudeó como si bajo presión estuviese.
—No hay ningún problema.
Regresaron al recinto donde Jayamak aclaró lo que iban a hacer para ir ahorrando tiempo.
Tenían que partir con prontitud a fin de llegar a Miadicia, sitio donde recibirían instrucción militar durante cuatrocientos días, antes de dirigirse hacia el destino final.
Los ogros tenían todo listo para improvisar el adiestramiento y la reorganización castrense, a ellos no les costaba nada invertir el tiempo preparando foráneos para la conflagración.
Les tenían un considerable aprecio a los grifos, en especial a los de clase superior, conocían de cerca sus habilidades y capacidades para hacerles frente a las hordas enemigas que tanto molestaban.
Ellos eran casi como los ibis para los antiguos egipcios.
La tesitura actual requería, de forma imperativa, actuar manu militari en pos de las valiosas pérdidas refractadas en las ingentes catacumbas donde la luz no penetraba ni para iluminar las fosas de los interfectos combatientes.
Con un mapa desplegado frente a todos, el acomedido sátiro señaló la vía aérea que tenían que seguir para llegar más rápido.
De todas formas, un sáklio montado en un pegaso los iba a adelantar con el deseo de que no se perdieran.
El viaje tenía que ser pronto para evitar las álgidas lluvias invernales que convertían los alrededores en prados escarchados.
Los grifos se prepararon para partir una vez más, ante merídiem.
Agitaron las alas e inhalaron una buena dosis de oxígeno antes de agazaparse y lanzarse de lleno al aire.
Una vez afuera, guiados por sus deseos, se aunaron delante de la entrada con las alas listas para batir.
Las escandalosas pisadas hípicas del pegaso dorado aparecieron de repente.
Un delgaducho felino astado, de ojos ambarinos, tapado con sobretodo y sombrero negro, parecido a un sepulturero regional, se presentó bajo el nombre de Bilencruth, un fiel heraldo del escuadrón especial de Brumeria, respetado entre sus pares.
Les dijo que los iba a guiar durante el viaje: un periplo etéreo de veinte días que los iba a dejar baldados.
Tan pronto como llegasen al reino de los ogros, podían darse el lujo de comer todo lo que quisiesen, hasta entonces, iban a estar en ayuno.
—No sé si podré resistir tanto tiempo en el aire.
Esto es demasiado exigente para nosotros —se quejó Jarkarus, con la mirada puesta en la movediza figura de enfrente.
—Es un buen ejercicio para mantener las alas en forma —interrumpió Aljokerus, con las manos en la cintura.
—¿No dijo que tenía las alas en la miseria de tanto volar?
—Las agité con mucha fuerza para acelerar —le explicó el porqué de la afirmación anterior—.
Si volamos despacio, aguantaremos más.
—Tenemos suerte de tener alas grandes, caso contrario no podríamos ni planear.
—Hay polluelos a los que no se les desarrollan bien las alas y de grandes se les dificulta el vuelo.
—Los míos crecerán sanos y fuertes, aunque yo no esté con ellos.
—Imagino que debe ser difícil para usted hacer esto —supuso con tono preocupado—.
Dejar a su familia atrás para meterse en este lío.
—Lo hago por el bien de nuestra especie.
—Admiro su valor, señor Jarkarus.
Ojalá hubiese más como usted.
La junta de grifos despegó como una bandada de aves atemorizadas y siguió de cerca al sáklio, que desde su alífero equino de crin esplendorosa surcaba los cielos con excelsa presteza.
En sublime revoloteo, todas las figuras aladas formaron una uve que seguía a Bilencruth, para recrear un sendero más aerodinámico que les ayudase a ahorrar energía y poder repeler la fuerza del viento que los empujaba.
La interminable senda del desgraciado sino, una menesterosa travesía que daba como resultado una lasitud tremebunda, obligó a los viajeros a descender en picada, algunos con el estómago crujiendo con punzadas de hambre y otros con mareos y jaquecas, todos ellos compartían la misma fatiga que les impedía seguir adelante.
La agraciada fortuna de toparse con un gaudeamus de vegetales frescos tuvieron, a los refectorios se dirigieron para llenar sus vacías bolsas gástricas, dejarlas como mollejas infladas era el único deseo que tenían.
Jarkarus y Aljokerus se sentaron juntos, frente a una fuente llena de jugo de manzana, con sabor a calvados, bebieron un poco y cogieron las haminas ofrecidas en la extensa mesa.
Era la primera vez que comían tanta variedad de frutas y verduras al mismo tiempo.
Gozaban cada picotazo y mordisco que daban, no se limitaban a saborear los alimentos, tragaban cuan rápido podían, sin sentirse avergonzados de yantar como unos desesperados muertos de hambre, a dos carrillos.
Habiendo saciado la hambruna, la junta de ahítos grifos se reunió en la plazoleta principal de Miadicia, donde los ogros a cargo de las milicias pasaban revista para chequear que todos los recién llegados estuviesen presentes, al momento de anunciar el principio del épico calvario que les esperaba.
Con rimbombante premura, los nativos contaron a todos los reclutas que tanto ansiaban iniciar el entrenamiento que el sátiro había mencionado.
El denodado comandante de la zona se presentó a los pocos minutos, se diferenciaba de los demás ogros por poseer panoplia de platino, túnica blanca, costurones en el rostro y medallas doradas en su chaleco metálico.
Todos allí lo conocían como Zienzui, mientras que en las afueras lo conocían como el “lancero atroz” por su gran habilidad para manipular lanzas pesadas.
Para poder preparar tantos soldados en tan poco tiempo era necesario contar con el apoyo de profesionales, entre ellos se encontraban algunos mamuts expertos en cinegética, marrukos mercenarios adaptados a climas extremos y leones negros especializados en combates cuerpo a cuerpo.
—Escúchenme bien, bisoños emplumados —voceó el comandante con las manos atrás—.
Si quieren ganarse mi respeto, tendrán que esforzarse.
El hecho de que sean grifos no les otorgará inmunidad de críticas.
Yo aquí soy el que da las órdenes así que más les vale adaptarse a mis exigencias —aclaró, no quería que nadie cuestionara su autoridad—.
Tendremos una jornada intensiva en la que deberán demostrar su verdadero potencial en todo lo que se les pida.
En el campo de batalla no hay reglas, los débiles perecen y los fuertes ganan.
—Tragó saliva antes de seguir.
»Tengan en cuenta que sus allegados de Ashura han estado en guerra desde hace años, allá nadie les ayuda, la cantidad de dragones que tienen que enfrentar es excesiva, se tienen que romper los cuernos para poder ganarles.
Temo pensar que habrá un zoocidio masivo que dejará secuelas como siempre.
Por eso, para evitar que suceda lo mismo acá, me he ofrecido a entrenarlos para que vayan a defender sus tierras con orgullo, como soldados honorables.
Camus y Sishurus esperan que den lo mejor de ustedes para complacerlos, ellos no tienen pensado volver a Mitriaria hasta que haya cesado la beligerancia en Ashura.
Los grifos sabían que sus adversarios no iban, por más ofensiva que pusiesen, a darse por vencido.
Los dragones y sus esbirros estaban obligados a limpiar cuantas regiones pudiesen, sin importar qué métodos emplear para conseguirlo, o qué medios fulleros utilizar para sacar ventaja.
Mientras los más débiles se enfrentaban en sanguinaria batalla, los Hermanos Trinitarios, desde sus cómodos tronos, daban órdenes y exigían más derramamiento de sangre impura.
Condenados al anatema, los rebeldes debían pagar el precio de la sublevación con la muerte.
Inocentes o culpables, jóvenes o adultos, a todos les deparaba el mismo trágico fatum.
En Xeón, a miles de kilómetros, la población de grifos había sido reducida en un sesenta por ciento en menos de un siglo, en un alarmante conteo de ochocientos millones de muertos por intervención del rey Cen-Dam, apoyado por el Mesías, su profeta y los integrantes del patriarcado.
Desde el surgimiento de la Raza Pacifista y su clara postura antagónica, a los dragones no les quedaba otra opción más que actuar con rapidez a fin de evitar ataques sorpresivos.
Fue entonces que, habiendo acordado los horarios y las actividades a llevar a cabo, los novísimos reclutas se dispusieron a ser entrenados por un experimentado cazarrecompensas que había aprendido más por experiencia propia que por instrucción militar.
Zienzui era de todo menos simpático.
Su exigencia siempre estaba presente, quería ver resultados óptimos en todo momento, apuntaba a la excelencia, desprestigiaba la veleidad, deshonraba la falta de ánimo, buscaba la mejor actuación castrense aun teniendo un tiempo limitado de cuatrocientos días.
Para él, no importaba tanto la cantidad de tiempo que entrenasen los reclutas, sino la cantidad de conocimientos que adquiriesen.
Herramientas básicas iba a brindarles, lo demás lo aprenderían por cuenta propia en la liza una vez expuestos.
Era difícil creer que, en especial para los que mantenían atrincheramiento basado en percepciones innatas, un montón de trabajadores comunes y corrientes que habían dedicado la mayor parte de sus vidas a la agricultura y a la ganadería, podían convertirse en reacios soldados temerarios.
Pasar de ser un pacifista a un asesino serial era una brecha anchurosa, factible por otro lado, según atestiguaban los ogros que, por hache o por be, habían dejado de ser sumisos para volverse guerrilleros.
Jarkarus no tenía pretensiones de recurrir a sus instintos primitivos para convertirse en una máquina de matar como sus salvajes ancestros, otra opción no le quedaba si quería cumplir con su meta.
Su pico y sus garras tuvieron que ser afilados para que recobrasen forma de cuchillas naturales.
Los picotazos y los zarpazos, a diferencia de lo esperado de un aldeano decente, tenían que ser letales.
Su cuerpo tenía que aclimatarse y adaptarse en los camaleónicos enfrentamientos, con el objeto de poder entremezclarse en la guerra, tornarse una brutal bestia más del grupo, ser capaz de dar la puntilla, zangolotear de un extremo a otro como los rivales.
Día tras día, dentro del indecible suplicio marcial, los grifos reclutados en nombre de Camus sufrían todo tipo de dolencias, pesares y vaivenes.
Esas sensaciones iban puliendo lo que más adelante serían los honorables defensores de Mitriaria, que en efímera plenitud existencial, harían de sus nuevas habilidades adquiridas un anárquico juego deletéreo, cuyo punto culminante era ofrecerles sueño eterno a los premiosos invasores.
En lo que parecía una danza armamentista al estilo draconiano, los zarandillos soldados se esmeraban por demostrar máximo ímpetu, sui géneris esfuerzo en palpitante locomoción, ensalzados de asaz emoción, atiborrados de azoramiento, o perpetrados en crasos traspiés tachados como errores irremisibles.
Todos hacían su parte para contentar al pertinaz Zienzui, quien, desde su postura absorbente, evaluaba cada rocambolesco movimiento que hacían en la estentórea zaragata diaria.
Con picudas lanzas o con afiladas espadas, la aguzada destreza debía existir a pesar de los pesares.
Con ex profeso desenvolvimiento, querellante práctica y tenaz sabiduría, los adiestrados guerreros no podían fallar.
Atosigarlos era sine qua non si en augustos insurrectos belicosos quería verlos convertidos.
Sin querer parecer nefelibata, soñaba con ver cuán fuertes podían llegar a ser sus arrojados alumnos.
Por primera vez en la vida, Aljokerus puso en práctica lo que su padrastro le había enseñado cuando era adolescente, pero que por capricho propio jamás le interesó perfeccionar.
Se trataba del arte del combate, necesario para defenderse en caso de ser atacado ex abrupto por un malhechor o un rufián, no recrear un típico pugilato, sino defenderse como un recatado luchador.
Fue durante la exasperante preparación en Miadicia que el modesto herrero de perfil bajo añoró los tiempos en los que tenía a sus familiares con vida, algo que no disfrutó como debería haber hecho.
Bilencruth iba y venía desde su aldea hasta Miadicia, visitaba aldeas cercanas para cerciorarse de que los alrededores siguiesen despejados.
Para cuando hubo retornado, a posteriori un extenuante recorrido de más de seiscientas horas, la apabullante preparatoria ya había dado por finalizada, siendo merecedores de agraciados tributos los insurgentes sureños capacitados para salir a batallar.
Lo primero que hizo el montaraz sáklio fue recurrir al ogro a cargo de la instrucción militar para darle las gracias por lo que había hecho, lo segundo fue informarle que los alrededores eran seguros para andar, ergo, el viaje definitivo seguía en pie.
A los antípodas tenían que ir a visitar.
Los ahora portentosos grifos se rencontraron con Zienzui y Bilencruth durante la mañana del cuadringentésimo primer día en las afueras de Miadicia, a pocos kilómetros de Manquetria, para anunciar la despedida final y el bien haya que fortificaba la alianza con ellos.
Al estar de enhorabuena, los presentes no dudaron ni un instante en acompañar al emisario en otro extenso viaje aéreo hasta Karnumia, desde donde se dividirían en subgrupos con el objetivo de recorrer los alrededores en busca de usurpadores.
Lanzados de lleno a su suerte, las luchas tenían el mismo fin para todos: o mataban a sus rivales o se dejaban matar por ellos.
—No puedo creer lo rápido que ha pasado el tiempo.
Ni cuenta me di —musitó Jarkarus, que estaba en la hilera del fondo.
—Pero la mejor parte todavía no llegó, señor Jarkarus —contestó su fiel acompañante—.
Esto acaba de empezar para nosotros.
—Ah, sí, es verdad.
No sé en qué estaba pensando —se sintió como un completo idiota al olvidarse de la verdadera misión postentrenamiento—.
Este es sólo el principio del interminable tormento.
No sé cómo logré sobrevivir después de todo lo sucedido.
—Hemos cumplimentado con lo pactado, ahora será a cuenta de cada uno sacrificarse en nombre de Camus —adicionó Aljokerus con tono indecoroso.
—¿Sacrificarse?
—Lo miró de reojo—.
¿Acaso cree usted que esto será un derramamiento masivo de sangre como en Ashura?
—Esto que está ocurriendo ahora ya se lo veía venir.
Nuestra especie se va acercando a su extinción cada día que transcurre —declaró, escorando la cabeza hacia la izquierda.
Tenía una terrible tortícolis que no aguantaba—.
No es que quiera sonar pesimista ni nada por el estilo, sólo digo lo que presiento.
—Pero en nosotros está cambiar el rumbo de la guerra.
Vehementes por enredarse en sangrientas confrontaciones, el mismo esotérico deseo de Deimakuse Deseorin Amarus, los soldados partieron en pos del emisario Bilencruth.
Ese tercer viaje podía ser el último.
Allende los límites de la aldea de los canguros, cualquier cosa podía acontecer sin previo aviso.
Sus vidas estaban expuestas al cruzar a la mitad septentrional en la que los dragones ya habían penetrado.
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