Kompendium - Capítulo 49
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49: XLIX 49: XLIX Como feroces trombas sobre el quieto mar sin oleaje, la eterna pleitesía entre los dos bandos opuestos no daba tregua, el rey Bork su declamación ya había preconizado, su endevotado ordenamiento soberano ya había sido revelado tras haber anatematizado a los rebeldes que en sangrienta reyerta cercenaban, tronchaban, mutilaban, destripaban, desjarretaban, descalabraban, laceraban y estrazaban a sus más queridos soldados.
Envueltos en funestas contiendas, bañados en la sangre enemiga, desanimados al ver lo deleznable que era la ofensiva contraria, los integrantes de la Raza Pacifista seguían adelante con la misión.
El hermano menor de Dáikron, por necesidad, tuvo que recurrir a apoyo externo.
A la extorsiva colaboración de los comandantes más respetados de Xeón acudió con el propósito de que le dieran una mano con el asunto a resolver.
En la plaza principal de Árshia, frente a un dragante de mármol con aspecto de guiverno, Fujiroh y Exégenus, bien vestidos como siempre, negociaron con Bork para establecer un vínculo confiable entre sus revoltosos ejércitos.
Más que claro estaba que las hordas del Ejército Blanco eran inadecuadas para las exigencias que el rey anhelaba, ninguna de ellas estaba preparada para meterse en la conflagración contra millones de especies subversivas, que se organizaban en pequeños grupos para contratacar desde distintos puntos.
Por una buena suma de dinero, monedas de oro en su mayoría, se llegó a un acuerdo definitivo.
A sus puestos retornaron los dos extranjeros para apelotonar a las innumerables tropas en las costas de Toustankum.
Preparados para limpiar las aldeas de Ashura, las incontables hordas de cuadrúpedos dragones rojos cruzaron desde su tierra natal hasta llegar a Prickosenclum, sitio espacioso donde se resguardaban algunos sediciosos, a quienes tomaron desprevenidos y los asesinaron a sangre fría.
Las voraces legiones de quinientos millones de dragones rojos arrasaron desde la costa hasta el centro del continente en los siguientes meses, hasta reducir la población a un porcentaje preocupante de casi diez por ciento.
La laberíntica selva que todos conocían por ser rica en diversidad pasó a ser un lamentable desierto chamuscado.
Animales antropomorfos, cuadrúpedos y salvajes fueron exterminados de igual manera, muchos de ellos sirvieron como alimento para los famélicos monstruos ígneos que incineraban y devoraban todo a su paso.
Pricha e Higáragah, dos puntos de encuentro fundamental para los rebeldes, fueron tomados al poco tiempo, dando como resultado la retirada de tropas subversivas.
Los grifos y los hipogrifos que habían salido a luchar acabaron pereciendo en batalla.
Camus y Sishurus, incluido el pelotón que tenían a cargo, fueron borrados del mapa.
El exterminio de estas figuras no significó la rendición de la Raza Pacifista ni la suspensión de los ataques; todo lo contrario, engendró más odio del ya existente en las mentes de los rebeldes, en especial en los grifos.
Los pocos sobrevivientes juraron vengarse de los dragones, no iban a detenerse hasta haberlos liquidado a todos.
Para desgracia del rey, los maravillosos planes no estaban funcionando tan bien como esperaba.
Sus más confiables generales y comandantes no hacían lo que él les pedía dado que ya se habían enterado de las cosas deshonrosas que él hacía con sus fieles seguidores, en especial con sus cónyuges, a quienes sometía a sus deseos voluptuosos en desenfrenadas orgías en las que incluso participaban doncellas raptadas que ni siquiera eran núbiles.
Similar a los ciento veinte días de Sodoma, el rey de Ashura había aprovechado la distracción ocasionada por la guerra para saciar sus más perversas ambiciones, en un repugnante sinfín de parafilias y fetichismos que sus dos hermanos mayores conocían bien, pero que rara vez ponían en práctica por temor a ser descubiertos.
Haberse follado a las generalas fue inaudito, motivo de queja y bronca, algo imposible de perdonar.
Pero como él era la autoridad máxima del continente, poco le importaba que sus seguidores lo odiasen por los abusos cometidos.
El clero, al enterarse de esos repudiables actos de vileza, se reunió en el castillo para intervenir.
Sus propios clérigos, los que tanto respetaba, le amenazaron con informárselo a Dégmon y a Vishne, dos figuras que estaban por encima de su potestad, para ponerle fin a la incontrolable concupiscencia.
Tan pronto como mencionaron eso, Bork accedió a su debido arrepentimiento y buscó la forma de tapar lo que había hecho señalando a sus libertinos acompañantes, que in fraganti uno de los clérigos había hallado, con el fin de que los ejecutasen por lo que habían hecho.
Los sacerdotes no estaban satisfechos con lo prometido, por tanto, les dijo que les pagaría una buena suma de dinero, equipolente a un juicio por desobediencia.
Colocaría impuestos más elevados en los bienes ya gravados y pondría en la cárcel a inocentes tildados de culpables que nada tenían que ver con lo acontecido.
Siendo el colmo de lo corrupto, propuso robarles dinero a los que más tenían, es decir, a los de alto cargo en las fuerzas armadas.
Y para evitar que los aldeanos se fugaran, estableció una nueva ley que prohibía a los dragones blancos abandonar el continente sin su autorización.
Todo eso era hecho para sacarse de encima un peso que no quería cargar: tener que ser juzgado por los superiores.
No pasó mucho tiempo hasta que la revuelta tocó fondo, los soldados ya no siguieron con las misiones, abandonaron sus puestos, dejaron a las criaturas en paz de modo que pudiesen retornar a sus tierras.
Dos de las figuras más destacadas del Ejército Blanco, Benshir y Talhos, firmaron declaraciones oficiales de apostasía y se desvincularon para siempre de la autoridad del rey en pleno apogeo de su victoria como gobernante sobre los nativos.
Ambos se independizaron y crearon sus propios reinos, a los cuales acudieron muchos dragones que querían sacudirse el yugo del despótico reyezuelo, quien era incapaz de cohibir sus propios deseos.
Fue así como, sin haberlo esperado, surgieron los autónomos reinos de Thaleshia y Püeli-acúnteker, cada uno árbitro de la Hermandad Trinitaria y la opresión divina de Dégmon, aunque seguían adorando al mismo dios que ellos.
Se parecía a lo acaecido en el Renacimiento con el surgimiento de la Iglesia Protestante en desacuerdo con la improcedente Iglesia Católica, creadora de todas sus arraigadas creencias y la manipulación de todos los manuscritos que los cristianos devotos consideraban sagrados.
Como si fuera poco, al rey se le ocurrió deshacerse de los dragones rojos que seguían en su continente, a varios dragones púrpuras contrató con el designio de que los eliminaran.
Aquel avieso acto de traición fue mal visto por los comandantes del Ejército Rojo que tanto esfuerzo habían hecho para preparar a sus hordas.
Desde ese entonces, se rehusaron a brindarle ayuda, todo lo que pasase en Ashura iba a ser problema de él.
Cuando Cen-Dam se enteró de lo que había hecho su hermano menor, se puso furioso.
Como no podía declararle la guerra a su propio hermano debido al Tratado de Paz Fraternal, optó por atacarlo de forma discreta.
Propuso robarle las riquezas de sus tierras por medio de ágiles cazadores de tesoros que sabían dónde ubicar los centros más ricos en minerales valiosos.
Como una colmena de avispas, cientos de dragones rojos, esclavos inclusive, comenzaron a viajar hacia el Norte de Ashura para tomar lo que el rey de Xeón apetecía.
Tras haberse enterado de los planes de su hermano mayor, Bork ordenó matar a todos los forasteros que pisasen su continente.
Fue así como les dio muerte a decenas de dragones rojos, tanto antropomorfos como cuadrúpedos, en lo que parecía el inicio de un conflicto mayor del que ninguno de los dos saldría ganando.
Como las legiones de rebeldes no desistían con sus amenazas, Bork tuvo que reunirse, por enésima vez, con los oráculos de Ashura para acordar un nuevo tratado de paz que sí tuviese validez.
Lo que él jamás esperó fue que sus propios esbirros creasen una conspiración en su contra para ensuciar su imagen, ya hecha trizas para muchos.
Arrepentido estaba de no haber pensado bien antes de lanzarse de lleno al abismo infernal del que ya no podía salir.
Las supuestas aldeas que ya no iban a ser invadidas fueron atacadas por miembros del Ejército Blanco al poco tiempo.
El rey quedó visto como un maldito traidor incluso para los oráculos que se mantenían al ras de sus ideales pacifistas.
La sensación de incertidumbre e impotencia obligó al rey a recurrir a sus dos hermanos mayores.
Ambos lo ignoraron, sabían que no iba a durar mucho tiempo en el trono, en cualquier momento lo destronarían sus propios esbirros, aquellos que explotaba sin lástima.
Para los hipogrifos, era cuestión de tiempo para que se tomase la decisión definitiva de conquistar Árshia y exterminar a todos los integrantes de dicha ciudad, y luego, si el buen clima lo permitía, ir a los reinos emancipados.
Thaleshia y Püeli-acúnteker eran reinos impenetrables a los que no se podía acceder sin permiso.
Si querían penetrar en ellos, tenían que contar con viento a favor y un plan de ataque muy bien elaborado.
A diferencia del impaciente rey que se pasaba todo por la entrepierna, ellos eran precavidos con sus tácticas.
En aquel tiempo, el joven Nait, de personalidad indescifrable, ya había iniciado un poema titulado “Las vicisitudes de un tozudo reyezuelo”, que representaba, de manera satírica, las evitables fallas que cometía su padre una y otra vez.
A vuelapluma escribía en sus papiros, como si un escriba experimentado fuese, las malandanzas de Bork y los traspiés que cometía sin darse cuenta.
Cada día que transcurría se generaba más discordia entre los tres hermanos.
Él mismo se apercibía de ello.
La desesperación y la paranoia habían domeñado a su padre hasta el punto de hacerlo sentirse incapaz de seguir gobernando Ashura.
El mismo error de Kara Mustafá Bork había cometido.
Su deseo de expandir y preservar su reinado ad vitam aeternam ya no era factible por mucho esfuerzo que hiciese, su única opción era emplumárselas antes de que lo mataran.
Había probado, en carne propia, lo injusta que podía ser la realidad y lo inane que era rezarle a Mön para que lo ayudase a cumplir sus sueños.
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