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Kompendium - Capítulo 5

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5: V 5: V Como en toda relación fraternal de la época, el conflicto siempre había existido entre los tres vástagos de Draco.

Ya desde temprana edad, sus padres notaron que se llevaban como perros y gatos, se peleaban con frecuencia, se mordían, se uñaban, se daban golpes… Los tres dragoncillos no tenían una unión amistosa como sí lo tenían los polluelos de los grifos.

A los dragones se los educaba teniendo como meta un adulto marimandón, autoritario, dominante.

Lo malo era que, con frecuencia, ese tipo de educación no daba buenos resultados.

Draco había sido demasiado permisivo, tal era el caso que no hacía nada cuando sus hijos se peleaban entre sí, esperaba paciente hasta que se cansaran de hacer rabietas, dejaba que se lastimaran unos a otros.

Cen-Dam, el primogénito, siempre fue el más grande y robusto, se hacía respetar, no sentía lástima por sus dos hermanos pequeños, los intimidaba cuando quería.

Dáikron era el más listo de los tres, el primero en todo y el más atento, siempre hallaba la forma de salirse con la suya.

Bork, el más joven, era el retraído del grupo, el menos agresivo y el más manso.

Sufría los peores maltratos a costilla de sus hermanos.

La madre era igual de atenta que el padre, prefería dejar que sus hijos se mataran a golpes a tener que intervenir, así ponía a prueba la paciencia de cada uno.

Se hacían daño, claro está, algunas veces más, algunas veces menos.

Y como los hijos no son más que el reflejo de sus padres, adoptaron la misma metodología pedagógica el día que crecieron y alcanzaron la adultez.

De grandes ya no intercambiaban cates, de vez en cuando discutían por tonterías, los insultos estaban a la orden del día como así también los comentarios sarcásticos y las burlas.

Qué tiempos difíciles fueron aquellos, y como los tiempos difíciles crean individuos fuertes, los tres hermanos adultos reprimieron aquel visceral odio que de pequeños los hacía rabiar de bronca hasta convertirlo en resentimiento.

En suma, el cohibir los intensos deseos de matarse entre sí fue lo que les condujo a distanciarse.

El momento que podían atacarse lo aprovechaban para hacerlo, lo hacían con más cortesía que de jóvenes, pero lo hacían.

Eso ni al padre ni a la madre les molestaba, no veían esa rivalidad como algo malo que les podía llegar a provocar problemas a la larga.

La fraternidad, deleznable como un pétalo de rosa, estaba en un tris, podía desmantelarse en cualquier momento.

Las cosas siguieron más o menos iguales hasta el día que Draco envejeció, llegó a una edad en la que perdió vitalidad, contrajo una enfermedad terminal que lo dejó tetrapléjico.

Postrado en una cama, en la yacija que lo vería exhalar el último suspiro, le pidió a su esposa un último favor antes de que partiera al otro mundo: conversar con sus hijos.

Los tres dragones acudieron al llamado de su padre, uno al frente y los otros dos en cada lado se acomodaron.

Ansiaban oír la última proposición del dragón más poderoso y respetado del mundo.

Sabían que no le quedaba mucha cuerda por lo que supusieron que daría el último discurso.

Inhaló cuanto oxígeno le fue posible, carraspeó y pronunció lo siguiente: —Han de saber, hijos míos, que me queda poco tiempo de vida, muy poco tiempo en realidad —hizo una brevísima pausa antes de proseguir—.

Siento que me voy muriendo cada día que pasa, olfateo la muerte con la nariz.

Por eso he decidido hablarles sobre un tema importante que sé que os interesará saber.

Al aseverar eso, los tres hijos dedujeron que había llegado el momento de repartir la herencia tan valiosa que le pertenecía al dragón más puro de todos.

Tan importante era Draco que recibía el trato de un emperador, aun sin serlo.

Amén de inventarse una religión que cambió para siempre la historia de la especie y del mundo entero, fundó los cimientos de una trinidad fraternal, más conocida como la Trinidad de los Dragones, una especie de tríada compuesta por los tres descendientes que tenía.

Al haber sido él el dragón más puro, sus hijos estaban obligados a llevar adelante la misión que él se propuso cumplir a rajatabla: hacer que el mundo fuese conquistado por los dragones.

Draco no había contado con el suficiente poder y la suficiente influencia como para apoderarse del mundo; en cambio, los tres hijos que había engendrado eran los más indicados para hacer que la trinidad se convirtiera en más que un símbolo de unión y superioridad, en un imperio inquebrantable.

Cada hijo merecía el puesto de rey siempre que jurase lealtad a Mön, prometiese hacerse cargo del territorio asignado y llevase a cabo la tarea de limpiar el planeta de seres fastidiosos que les ocasionasen problemas.

»Tendréis el honor de honrar vuestros nombres adondequiera que vayan, a cada lugar que osen visitar.

Seréis vosotros, hijos míos, los responsables de hacer que el mundo sea un paraíso de nuevo.

Aniquilad a todos aquellos que os hagan frente.

No tengáis piedad de los enemigos, a ellos destruid hasta que ya no quede ninguno con vida.

Os daré el beneplácito de la realeza, el que os convertirá en los reyes de este mundo siempre jamás.

Aclarado ese punto, los hijos de Draco ya saboreaban el gusto más dulce de la miel divina.

Les correspondía, por decisión voluntaria, una parte del gigantesco poderío del progenitor, uno que se extendía desde un punto al otro del mundo.

El beneplácito de la realeza no era más que una oferta imposible de rechazar, consistía en, qué más, el otorgamiento de poderes descomunales, aparte de los bienes de abolengo.

Al recibir los hijos semejante poderío, pasarían a ser los señoríos indiscutibles del mundo.

»Cen-Dam, por ser el primero, os legaré Xeón y todo lo que en él habite estará a vuestro servicio.

Dáikron, por ser el más perspicaz, os legaré Mitriaria y todo lo que en él habite estará a vuestro servicio.

Bork, por ser el más dócil, os legaré Ashura y todo lo que en él habite estará a vuestro servicio.

—Tosió como un fumador empedernido—.

Decidle a vuestra queridísima madre que la esperaré en el otro lado, para cuando quiera venir a verme.

Claro que la reacción de parte de los hijos no fue del todo satisfactoria, lo pensaron con detenimiento, algo les hacía ruido en la cabeza.

Por lo poco que sabían, los tres continentes asignados para tomar no eran del mismo tamaño ni contaban con las mismas comodidades.

Xeón era una gigantesca isla volcánica con muchísimas playas y un paisaje grisáceo, humo aquí y humo allá; Mitriaria era pequeño, más monte y yuyal que otra cosa, con bellos paisajes, plenitud de lagos y un sinfín de aldeas independientes; Ashura era de tamaño mediano, con selvas tropicales y junglas tupidas en abundancia, amplia variedad de riquezas naturales y especies endémicas.

¿Qué era en realidad lo que más preocupaba a los tres herederos?

No era el tamaño de la tierra asignada, ni el clima regional, ni la cantidad de alimento disponible, claro que no, lo que les molestaba era saber que en cada uno de esos tres continentes moraban ejemplares de la Raza Pacifista, llámese rebeldes, herejes, blasfemos, apóstatas, subversivos, insurrectos, etcétera.

De todos ellos, por supuesto, los peores eran los grifos, los hipogrifos y los híbridos.

De los primeros dos había en grandes cantidades, los híbridos eran contados con los dedos de la mano.

Al haber enemigos poderosos en cada territorio, lo esperable era que se desatase un conflicto armado en cada continente, una continuación de la interminable Guerra de las Razas.

Ellos se encontraban en el Norte de Xeón, en un sitio llamado Verrauten, considerado un territorio sagrado por ser el lugar que vio nacer a Draco y a sus tres hijos.

Cen-Dam se quedaría en el mismo continente, sus dos hermanos tenían que mudarse para siempre, dejar todo atrás, iniciar una nueva vida como reyes.

Ninguno de los tres tenía la más remota idea de qué hacer una vez que tomasen el trono.

Supusieron que el deber que les atañía por ser las autoridades máximas de cada continente era el de salvaguardar la hegemonía de la especie, representar la pureza en su estado pleno, luchar por la búsqueda del poder absoluto a sabiendas de que ello no era fácil de conseguir.

Draco fue dejado en su lecho de muerte, merecía descansar en paz luego de haber padecido tanto en soledad.

Se despidió como un emperador, con el honor invicto y el orgullo en su máximo esplendor.

Feneció feliz sabiendo que sus herederos seguirían sus pasos, tenía más fe en ellos que los aldeanos en Mön.

La Familia Real era la única que sabía que el Monsismo era más falso que promesa de político, no podía decir nada al respecto, no le convenía hacerlo.

Utilizaban la religión como mecanismo de control de masas, sin ella jamás podrían salir adelante, era imprescindible que la defendieran.

El día de la coronación llegó pronto, la esposa de Draco y madre de los nuevos reyes, de quien nunca se supo el nombre, participó en la ceremonia más importante de la historia, a la que acudieron tanto dragones antropomórficos como cuadrúpedos.

Los descendientes de Draco eran ahora los dueños legítimos del mundo, por mandamiento divino, los nuevos representantes del Todopoderoso, los soberanos a cargo de todo lo existente.

Con el cetro en mano y un sueño por cumplir, Bork y Dáikron partieron, se llevaron consigo a los dragones que escogieron servirles.

Los dragones rojos se quedaron en Xeón, los negros se fueron con Dáikron y los blancos siguieron a Bork.

Cada uno contaba con un ejército poderoso, representado por el color correspondiente.

En Xeón se quedó una mayoría, a Mitriaria fueron unos cuantos y a Ashura se dirigieron unos pocos ejemplares.

El objetivo era repoblar la tierra asignada, convertir el continente heredado en la nueva Tierra Prometida, la que Draco con tanto ahínco había soñado conocer.

Ni bien las demás criaturas se enteraron de que sus pueblos serían tomados por dragones del extranjero, entraron en pánico y sufrieron los efectos de la desesperación, sabían que eso no era algo bueno conociendo la mala fama de los dragones.

Lo mejor que podían hacer era aliarse entre especies, formar una ofensiva que protegiese sus aldeas por mar, aire y tierra.

Habiendo ejemplares de la Raza Pacifista con vida, a ellos les convenía recurrir cuando la existencia en riesgo lo pidiese a gritos.

La envidia, los celos y el rencor no desaparecieron incluso después de haberse alejado, los Hermanos Trinitarios seguían odiándose con la misma intensidad que derechistas e izquierdistas.

Al descubrir la paupérrima, por no usar otro término más ramplón, decisión tomada por Draco, les molestó que la herencia no fuese optativa.

Cen-Dam tenía la mayor cobertura en cuanto a espacio geográfico y cantidad de sirvientes, no se podía quejar más que del clima bochornoso; Dáikron estaba sumergido en un monte húmedo y neblinoso, en medio de la nada misma; Bork no estaba contento con un terreno tan grande y arenoso, con tantas regiones selváticas.

Cada quien tenía motivos para quejarse.

Bork anhelaba matar a sus hermanos mayores del mismo modo que Dáikron y Cen-Dam deseaban hacerlo con él, no les convenía destruirse el uno al otro porque eso les daría cabida a las especies rebeldes a arrebatarles el puesto, destronarlos sería lo peor que les podría pasar.

Los verdugos que sucedieron a Draco planeaban desquitarse en algún momento, entretanto, se entretendrían con las pobres criaturas que tenían dentro de sus áreas de control.

Los demás animales eran corderos atados de pies y manos en un bosque repleto de lobos famélicos.

Una buena manera de demostrar grandeza era diezmando pueblos y masacrando lugareños a tutiplén.

Un rey autoritario, despótico y dictatorial siempre ganaba más fama que un líder bondadoso.

La fama, la riqueza y el poder eran aquellos objetos simbólicos que todo tirano deseaba conquistar, a raíz de un anhelo enfermizo por el prestigio, producto de una carencia de virtudes.

Aspirar a cualquiera de esas tres cosas conllevaba a la perdición espiritual, tal y como lo afirmaba la religión, no aplicable para los reyes quienes se pasaban todo por el orto.

La aplicabilidad universal de la moral divina se limitada a los teístas convencidos, los clérigos y los reyes que la pasaban bárbaro a costa de los pobres diablos no estaban sujetos a ningún mandamiento divino, pues hacían lo que se les pegaba la regalada gana.

Eran, en efecto, los libertinos más hipócritas y cínicos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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