Kompendium - Capítulo 50
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50: L 50: L Umasapua era la aldea a la que habían llegado los intempestivos trotamundos después de haber estado viajando sin parar durante tantos grisáceos días.
La imprevista tormenta eléctrica, típica de la temporada, los obligó a refugiarse en un túrgido socavón con pasajes subterráneos que los elks habían construido para guardar sus más preciadas posesiones y sus armas de guerra.
Bilencruth fue el único que no se quedó, se despidió de las tropas y les deseó mucha suerte en la misión de reversibilidad.
Él no podía quedarse con ellos porque tenía otras tareas que cumplir en su tierra natal.
Todos los grifos se metieron por una estrecha entrada hasta sumergirse, de cabo a rabo, en un recóndito recinto protegido con imponentes muros sáxeos, adornados con abstractas pinturas y símbolos arcaicos, que conformaban la estructura interna de un área de encuentro en tiempos de destemplanza.
Las puntiagudas lanzas, todas ellas enumeradas con una etiqueta en la base de la cuchilla, las dejaron apoyadas sobre un extenso muro poroso con dibujos de flechas que marcaban el sitio exacto en el que se debían acomodar las armas.
Alejarse del grupo fue lo que hizo Aljokerus para buscar un cubículo en el que pudiese estar solo un rato.
Jarkarus siguió sus pasos sin que lo notara, creía que existía un buen motivo para aquel repentino deseo de apartarse.
Por un sendero de pocos metros de longitud se metieron, se adentraron en un sitio especial que poseía una fuente de agua con la figura pétrea de una especie de ajolote de gran tamaño.
Frente a dicha fuente, se agacharon para presenciar la insospechada calma a priori la iracunda tormenta.
Pocos centímetros de distancia separaban a los indiscretos recién llegados que en absoluto silencio se encontraban.
Cavilar era lo único que podían hacer.
—No es necesario que me siga a todas partes, señor Jarkarus.
—¿Es acaso mi presencia indigna de sus deseos?
—Lo miró con un poco de desconfianza.
—Para nada.
—¿Entonces cuál es el problema?
—Esta podría ser la última visita que hacemos a esta tierra desconocida.
No sé qué es lo que me sucede, pero desde anoche no he dejado de sentir esta inmensa sensación de incertidumbre que me consume por dentro como si fuera un parásito metido en lo más hondo de mi ser —narró Aljokerus, con tono sereno—.
¿Cree que esté perdiendo la cordura?
—Eso es ansiedad.
No es el único del grupo que se siente así.
—¿Acaso usted no se siente amenazado por lo que vendrá?
Jarkarus suspiró, se sentó frente a la fuente y respiró hondo.
Pregonaba el inadvertido advenimiento de un atroz zoocidio masivo, un pogromo que marcaría la historia de su especie a perpetuidad, mas no se sentía amilanado por ello.
La única preocupación, en ese momento, era el bienestar de su amada familia que despojada de su coalescencia se hallaba.
Como un pez fuera del agua se sentía, apenas podía decir que aguantaba la abrupta desolación al abdicar de su rol como padre y esposo.
Los débiles latidos de su corazón denotaban un opulento deseo de regresar a casa y, al mismo tiempo, un inentendible y paradójico deseo de luchar en honor a sus pares.
In absentia de sus nidífugos polluelos y de su media naranja, prevalecían la morriña y la disconformidad.
La única compañía que le inspiraba confianza a buen seguro era un saturnino anacoreta que apenas hablaba de sí mismo.
—Yo sufro cada segundo que pasa.
No tiene idea de lo incómodo que me siento al estar lejos de mi hogar y de mis seres queridos.
Quizá no tenga la familia perfecta ni un palacio lujoso, pero tengo todo lo necesario para ser feliz.
—A veces no sé para qué existimos.
Da la impresión de que nacemos para sufrir.
Nos enfrentamos a la muerte cada día de nuestras vidas, corremos a través de una pista limitada en la que tenemos que saltar obstáculos una y otra vez sin saber siquiera para qué corremos si al final caeremos ante los pies de la expiración —comentó Aljokerus, recurriendo a la función poética—.
Nuestra existencia inicia sin nuestro consentimiento, luchamos con capricho y orgullo, algunas veces con uñas y dientes, contra algo que nosotros no podemos evitar.
¿Es acaso nuestra vana existencia útil en la Naturaleza?
¿De verdad hemos sido creados por Ioba para vivir en un mundo repleto de calamidades y desgracias?
¿Para qué hacer un viaje cuyo final ya todos conocemos?
—Creo que se lo está tomando a pecho sin necesidad.
—¿Usted lo cree?
—Lo miró de frente, como queriendo averiguar a qué se refería con esa última oración.
—La vida es el mayor milagro que puede haber.
Nuestra existencia y todas las maravillas de la Naturaleza son prueba fehaciente de que un ser todopoderoso nos trajo a este mundo.
¿De qué otra manera explicaría todo?
—¿Considera usted maravillas las enfermedades mortales, las catástrofes naturales, las evitables muertes de inocentes, la clarísima maldad de nuestros enemigos, la escasez de recursos en tiempos de sequía, el exceso de agua en tiempos pletóricos?
—Todo lo que sucede en el mundo sucede por una razón.
Nosotros no somos aptos para cuestionar los acontecimientos del mundo real.
¿De qué otra forma reconoceríamos lo bueno de lo malo si no tuviésemos experiencias positivas y negativas?
¿Cómo sabríamos hacia dónde caminar si no tuviésemos una guía de por medio?
—¿Me está diciendo que el excesivo sufrimiento de inocentes sirve de algo?
—El sufrimiento nos hace más fuertes.
—No a todos.
No hay equidad en el mundo.
Ciento cincuenta y seis años de vida observando y analizando acreditan lo que afirmo.
—¿Acaso usted menosprecia lo que se le ha otorgado?
—Usted me está diciendo que sufrir es necesario, lo está justificando con sofismas y argumentos paupérrimos.
Acepta que nacemos para sufrir, pero se queja de su infortunio.
Cae en una posición vulnerable de la que reniega y defiende.
¿No ve lo absurdo que suena al decirme eso?
—Mi verdadera fe sostiene lo que sus dudas no pueden sostener, y es la cruda realidad de las cosas.
La retahíla de sucesos naturales puede parecer inapropiada dependiendo de cada perspectiva y sus características vicisitudes.
Nada de lo que usted diga podrá cambiar las cosas.
—¿No son los clérigos, los arúspices, los bréstimos, los rapsodas, los purificadores, los acólitos, los ushur, los correligionarios los que afirman que todo ocurre en base a un plan divino ya establecido?
De ser así, ¿cuál sería el sentido de que haya sufrimiento de inocentes o extinción masiva de especies en periodos de destemplanza y caos?
Pues son ellos mismos, los afirmantes de dicho plan prestablecido quienes rezan por su salud, por el bienestar de sus allegados, por la paz mundial, por la prosperidad y por la inhibición de pasiones alteradas propias de nuestra esencia animal.
¿No le parece eso un poco paradójico?
—Sabe bien usted que blasfemar es un pecado.
Ioba es amoroso y cuestionar su sabiduría es una falta de respeto a su sublimidad.
—Si es tan amoroso como usted afirma ¿perdonaría a alguien que ha decidido no creer en él, o alguien que no ha vivido lo suficiente para conocerlo, o alguien que no ha tenido la oportunidad en toda su vida de conocerlo?
—¿A qué quiere llegar con tanto palabrerío y tanta invectiva profana?
—¿No es acaso claro lo que quiero expresar?
Nuestra vana existencia es una prueba para llegar al Cielo, un cruel experimento innecesario para obtener el obsequio de la inmortalidad y así vivir bajo el mandato de un ser indetectable que jamás hemos tenido la oportunidad de conocer en el mundo real.
—Ioba no necesita manifestarse en el mundo real para saber que existe.
Lo sentimos en el corazón y lo llevamos con nosotros para que nos proteja en tiempos de confusión y desorden.
—¿Cómo diferenciamos entonces un dios real de un dios falso si no tenemos la oportunidad de contemplar su existencia con nuestros sentidos?
¿Por qué razón se ocultaría de nosotros?
¿A qué le teme?
—Ioba no puede sentir el miedo cerval que sentimos nosotros cuando nos enfrentamos al mundo.
Él es incapaz de temer.
—Pero si es capaz de amar ¿por qué sería incapaz de temer?
¿Qué le impide sentir miedo o incertidumbre como nosotros?
¿No dicen acaso que fuimos creados según su imagen y semejanza?
—Sentir miedo es propio de un mortal como nosotros.
—Sentir amor también.
—Al ser un ser perfecto, no puede dejarse dominar por impulsos instintivos.
Al ser todopoderoso, no puede sentirse amenazado por nada ni nadie.
Al ser ubicuo, puede manifestarse en todas partes cuando lo desee.
Al ser bondadoso, nos ama a todos por igual.
Al ser misericordioso, nos da la oportunidad de redimirnos de nuestros pecados para darnos la bienvenida a su agraciado paraíso.
Al ser omnisciente, conoce todo lo que existe y ha existido desde que lo creó.
Al ser inmutable, no puede cambiar lo que es, siempre es y será el auténtico hacedor del universo.
—Ninguna de sus afirmaciones tiene ni pies ni cabeza.
Se lo digo sin intenciones de ofenderlo —le respondió al instante—.
Si es perfecto, no puede sentir lo que sentimos nosotros que somos imperfectos.
Si es todopoderoso, ya se habría librado de todo el mal existente y de todas nuestras fuentes de penurias.
Si fuese ubicuo, debería poder manifestarse de un rincón al otro del cosmos con algún método más convincente que simple fe ciega.
Si fuese bondadoso, no tendría necesidad de perdonarnos por un error que ni siquiera cometimos.
Si fuese misericordioso, no sería necesario hacernos rogar por su clemencia.
Si fuese omnisciente, no necesitaría plegarias, templos, manuscritos, representantes, apologetas, glosadores, rapsodas, exégetas, defensores ni mártires, pues ya sabría desde un principio todo lo que sucedería con nuestra especie, motivo por el cual de nada sirve hacerles caso a las palabras de pobres mortales que interpretan las Sagradas Escrituras a su conveniencia.
Al ser inmutable, no podría cambiar de parecer respecto a nuestro destino después de la muerte, por lo cual hacer el bien o hacer el mal sería igual.
No podría pasar de ser bondadoso a ser totalitario ni viceversa.
Es la idea de un castigo por desobediencia lo que nunca me entró en la cabeza.
¿Cómo puedo yo, que nada malo he hecho en mi vida, cargar con la culpa de lo que hizo un completo desconocido que le gustaba curiosear?
¿Sería acaso correcto juzgar a todos los descendientes de una especie por un delito perpetrado por uno de sus ancestros?
—Es una cuestión de fe, señor Aljokerus.
Recurrir a planteos nomotéticos no hará que los fieles devotos dejen de creer en su creador.
—No busco que dejen de creer, busco que razonen, que cuestionen lo que les enseñan.
Se supone que somos más civilizados que nuestros ancestros salvajes.
¿Por qué seguimos manteniendo las mismas creencias irracionales que ellos?
—Es la raigambre de nuestra especie.
La fe sirve para ofrecerles esperanzas a los necesitados.
—Yo lo veo más como un intento desesperado por justificar su desconocimiento del mundo real con ideas absurdas y contradictorias que se caen por su propio peso.
—Es su punto de vista y es respetable.
—Desearía que todos los defensores de la fe fueran más racionales.
Siempre se estancan en los mismos abismos superfluos de los cuales no hallan salida.
Fingen saber hacia dónde ir.
Expuesta de manera palmaria la incredulidad, Aljokerus dejó en claro que nada de lo que creían los demás compañeros del grupo le satisfacía en lo más mínimo.
Él, a despecho de su notable ignorancia, no daba brazo a torcer si de estulticias se trataba.
No por capricho se negaba a aceptar la religión oficial de su especie, lo hacía por falta de argumentos convincentes y evidencia empírica.
Uno de los oráculos con el que había compartido refugio había plantado en él la habilidad de dudar y cuestionar todo lo que los demás afirmaban.
Como influyentes filósofos de la época, ellos debían mantener a raya toda superstición y superchería que no respondiese a parámetros lógicos.
Jarkarus se había criado en un entorno religioso.
Era nieto de un sacerdote de amplio reconocimiento.
Mantenía la misma creencia arraigada que sus padres y que sus abuelos.
No se apercibía del patetismo implícito escondido en lo más profundo de su mente.
Dominado por sesgos cognitivos, se negaba a darle lugar a la duda.
No obstante, el hecho de no compartir la fe con su amigo no cortaba el grueso nudo de amistad que habían atado en el pasado.
Las diferencias entre ellos eran anodinas, someros ardites intrascendentales que no acarreaban problemas de alta discordancia.
Pasaron el resto del día sin abrir el pico para escupir palabras.
Gozaban de la pureza idílica atinente a la soledad perimetral, al no poder salir del refugio a causa de la intemperante tormenta eléctrica, cuyos resonantes truenos se hacían escuchar de una punta a la otra de la zona.
Los dos estaban al loro de las posibles dificultades que iban a tener que afrontar en el campo de batalla.
Ninguno de ellos tenía la certeza ni la osadía de aseverar un hado agradable para las tropas.
Expuestos en el área enemiga, los insurgentes grifos estaban a merced de emboscadas y confrontaciones desiguales de las que podían salir incólumes, como también acabar lisiados o interfectos.
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