Kompendium - Capítulo 51
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51: LI 51: LI Finalizada la imperecedera tempestad, los caudillos principales habían preparado a las tropas para salir del refugio en el que se habían espetado.
Pasaron revista y chequearon que todos los aventureros estuviesen listos para el brutal combate.
Salieron para someterse a las calamidades exteriores que les esperaban in situ.
Uno tras otro, arrumbaron el refugio temporal y se adueñaron de los cielos para poder surcar con salvoconducto, estando ojo avizor en caso de una acometida imprevista.
Casi una hora después del sincrónico despliegue de soldados, Jarkarus abrió los ojos y estiró las extremidades como siempre hacía cuando despertaba.
Su compañero dormía plácidamente a su lado, sin ningún deseo de levantarse.
Al echar un vistazo al interior del cubículo, todo estaba desolado como si hubiese sido vaciado.
La total ausencia de camaradas convenció al recién levantado que ya había amanecido y que todos se habían marchado sin avisar.
Retornó al mismo sitio de antes para despertar a Aljokerus e informarle de los hechos.
Con celeridad, ambos cogieron las lanzas y salieron en tropel.
Al aire libre, los ojos de los protagonistas casi ardieron con los refulgentes haces de luz que impactaron contra sus cuerpos, como meteoritos chocando contra un planeta desprovisto de atmósfera.
Les fue difícil adaptarse a la extrema luminosidad luego de haber estado en absoluta penumbra durante tantas horas.
Les costaba vislumbrar entre tanta claridad y variedad de colores.
—¿Por qué nadie nos avisó que iban a salir?
¿Acaso no somos parte del grupo?
—Aljokerus preguntó con tono quejumbroso.
—Fue un error mío —respondió Jarkarus incontinenti—.
No le avisé a nadie que me había distanciado para seguirlo a usted.
No podemos echarles la culpa por habernos dejado atrás.
—¿Qué se supone que haremos nosotros?
No sabemos hacia dónde se dirigieron nuestros camaradas.
Ni siquiera podemos suponer que marcharon todos en la misma dirección.
—Algo me dice que se esparcieron por diferentes sectores.
Mardikus había mencionado que tenía pensado llevar a cabo la fragmentación una vez que estuviésemos fuera de la línea.
Mardikus era uno de los que estaba a cargo de gestionar las misiones de las tropas.
Él, junto con Ekrerius, Sandraquius, Yelferus, Somatorius, Adayius, Exekius, Arcurus, Vibremius, Pólcrius, Gríndius, Revernus e Izkerus eran los cabecillas que debían estar al mando durante las acometidas y los viajes de exploración.
Los días de raid en la preparatoria, aquellos en los que los soldados se despertaban antes de la diana, habían aprendido la astuta habilidad de fragmentar las tropas por sectores específicos en los que pudiesen simular escenas de batalla, maniquíes con figura de dragón y de minotauro era lo que habían utilizado para ensayar.
Bajo la guía de los sargentos, los reclutas demostraron fiereza como si estuviesen en un combate real.
—¿Cómo se le ocurre llevar a cabo algo tan descuidado en un territorio que ni conocemos?
¿Acaso está mal de la cabeza?
—farfulló con algo de precipitación.
El tono de voz lo delataba.
—Fue el señor Zienzui el que se lo recomendó.
No fue por capricho.
—Estamos en aprietos.
—Se cruzó de brazos y agachó la cabeza—.
Tendremos que desplazarnos con rapidez si queremos hallar a los demás.
—Alzó la vista y se rascó el cuello con la mano derecha—.
Lo ideal será volar hasta la parte más alta del cielo y ver si podemos detectar rastros de los soldados.
—Espero que no sea demasiado tarde para actuar.
Si lo que nos dijeron en Miadicia es verdad, estamos en graves aprietos.
—De que hay dragones por doquier no lo dudo —musitó sin hesitación—.
Lo que más me preocupa es la distribución de las tropas.
No somos muchos.
Nuestros enemigos nos superan en número y pueden atacarnos por sorpresa.
Los acomedidos soldados se metieron por el sempervirente bosque atiborrado de malezas y con el suelo todavía húmedo.
Trotaron como dos jaguares encrespados hasta penetrar en un lodazal desde el cual alcanzaron a ver piernas moteadas en movimiento.
La corrida de hienas se había dispersado tan pronto como uno de los grifos había hecho una escandalosa entrada, zangoloteando una lanza y agitando las alas.
A los centauros, los artífices de la inmoderada oleada de flechazos, dejaron atrás para inmiscuirse en territorios más alejados que, bajo orden de Dáikron, deberían haber sido tomados por los recios minotauros que Gargax había estado entrenando los últimos meses.
Una de las hienas más jóvenes, que portaba nada más que arco y flecha, fue interceptada por Jarkarus, quien no tardó ni un segundo en darle muerte.
Le atravesó el tórax, la condujo hacia su perdición en un plis plas.
Más adelante, agazapado como una famélica bestia al aguaite, Aljokerus tomó desprevenida a dos hienas de pelaje rayado que apaleó para derribarlas.
Tras el impertinente costalazo, les clavó en el bandullo, les hizo sentir el dolor más intenso de sus vidas, les perforó las entrañas y entintó la punta de la lanza con sangre.
Siguió adelante con la otra hiena que buscaba mimetizarse entre el follaje amarillento.
La tomó desde una pierna y le perforó la pantorrilla, le quebró el fémur para dejarla renga, le clavó desde atrás, logró agujerearle los órganos internos.
El sonido característico de un turullo siendo soplado atrajo la atención inmediata de los recién llegados, que en recíproca vesania habían caído para ofrecerles finitud a los fanfarrones rivales.
La reagrupación de minotauros, los que causaban estrepitoso ruido con cada pisotón que daban, significó un retroceso en la decimoséptima legión a cargo de sitiar el recinto en su totalidad.
Como un rebaño de ovejas atemorizadas, crearon un círculo frente a un viejo templo carcomido por la humedad.
Un minotauro de piel azabache se posó en el medio, señaló con una lanza de tres picos el sitio al que tenían que dirigirse los soldados presentes, para resguardarse mientras los dragones negros hacían el trabajo sucio en las cercanías.
Absente el anhelante deseo de constreñir a los grifos que se habían esparcido como avispas asesinas en localización del blanco, los taurinos pasotas marcharon por enésima vez en dirección a Amaosuquiseria, donde las manadas de quimeras y jaspeches les ofrecían protección en caso de emboscada.
Los guturales gritos y desagradables quejidos de los dragones retumbaron la región tras haber aterrizado en manada sobre terreno llano, a metros de un aljibe que conducía a un escondite subterráneo.
Los casi novecientos ejemplares se desplazaron en cuatro patas por el ingente follaje a efectos de localizar a los problemáticos grifos a los que tanto odio les tenían.
Tras un traqueteo de obsesivas tajadas, cortes, desmembramiento y mutilación de hienas, decenas de grifos armados con extensas lanzas y espadas curvas embistieron a los cuadrúpedos reptiles de piel oscura con toda la brutalidad del mundo.
Cada atroz movimiento cegado por una sagaz euforia, como si se tratase de una desjarretadera en funcionamiento, hizo chorrear litros y litros de sangre sobre tierra pagana.
Ensimismados en sanguinario objetivo, los emplumados combatientes dieron su mejor esfuerzo en la carnicería más mitigativa de todas.
Raudos zarpazos y letales tarascadas debían evitar si querían consumar la insaciable sed de venganza infundada por sus combativos entrenadores.
Las infernales llamaradas, los mortales escupitajos electrificados y la expulsión de gas deletéreo formaron una especie de neblinoso cementerio en el que, como sacos de plomo, cayeron asfixiados los soldados que se habían metido en el obscuro terreno ignoto.
En pocos minutos, arqueros voladores rodearon la zona y dispararon a quemarropa a todos los dragones que vieron.
En un sinfín de saetazos inundaron la tierra amarillenta, a todo furor arrojaron las lanzas con las que perforaron la carne enemiga.
Los dragones, más encolerizados que nunca, alzaron vuelo para encargarse de los fatídicos asaetadores.
Hacia sus piernas se lanzaron, sus miembros inferiores pretendían desgarrar para hacerlos caer.
Fue entonces que, desde los costados, Aljokerus y Jarkarus surgieron de sopetón.
Las lanzas fueron clavadas en el abdomen de los dragones que se dirigían a sus compañeros de pelotón, que estaba bajo el mando del sargento Izkerus.
Envueltos con el manto rojizo del resarcimiento, los protagonistas principales dieron una demostración de su incontrolable saña.
Los raudos giros de trompo y las subsiguientes dolorosas penetraciones forzaron a que la horda de atacantes cambiara de blanco.
Retorciéndose de agonía, las feroces bestias persiguieron a los dos entrometidos que les habían hincado sin previo aviso.
En un tubo eólico, uno de varios metros de extensión, volaron en línea recta, graznaron al unísono para separarse y dar un majestuoso giro de contrataque, con el fin de lacerar las membranas y escápulas de los depredadores.
Como dos rayos interconectados, con un odio visceral, desgarraron y perforaron los cuerpos heridos de los rivales en lo que parecía un juego de punzones.
Fuera de sí, el soldado Aljokerus se lanzó en picada y aterrizó en medio de un océano de cadáveres chamuscados y miembros destrozados.
Un sinnúmero de plumas quemadas y ensangrentadas volaban con la forzosa ventolera, haciendo que los pelados cálamos se desplazaran por el aire con ingravidez, como si fuesen pétalos marchitos en estival tempestad.
En contacto directo con los cuerpos achicharrados de sus compañeros de viaje, sus afelpados pies con uñas retráctiles se sintieron como si estuviesen en la escena de putrescencia más abominable.
Los filosos colmillos salientes de los perpetradores a su alrededor creaban una especie de prisión de la que no podía salir por más esfuerzo que hiciese.
Desolado en la indemne concavidad existencial, sus sucias manos temblaron de nervios, la respiración se le aceleró como un toro bravo en plena exhibición de tauromaquia, sus ojos rutilaron con intensidad, sus pupilas se encogieron hasta convertirse en puntitos apenas visibles, su sed de venganza se elevó al máximo.
La apremiante masacre iba a determinar, de forma definitiva, el potencial de un conscripto enfurecido hasta la nuca.
La latente tensión desató la bestial confrontación entre decenas de rabiosos reptiles alados y un grifo con agallas de kamikaze.
A la velocidad del sonido, el empalamiento en masa fue exhaustividad castrense y abnegación de temores en pro de los caídos camaradas.
De manera profesional esquivó cada una de las embestidas, tarascadas y zarpazos para ajusticiar a sus oponentes en la cruzada más exigente de toda su vida.
Pulcritud y diafanidad no sobraron en la hostilidad.
La forma más sucia y ruin de enfrentarse era lo que entorpecía las estrategias de ataque de los salvajes monstruos, a diferencia de Aljokerus que calculaba con vasta exactitud cada uno de los movimientos que ejecutaba.
Inaceptable fue para Jarkarus que su compañero tuviese que hacer el mayor esfuerzo motu proprio mientras los demás se dispersaban por las nubes de regreso a los puntos de encuentro.
Al aterrizar en el suelo polvoroso, provocó una distracción con el anhelo por que los dragones fuesen por él.
Los atrajo hacia él, como la luz a los insectos, y los condujo hacia un lodazal rodeado de helechos y malezas.
Enfocados en el nuevo blanco, los feroces críptidos se metieron por la parte lujuriante, a la zaga del fastidioso fisgón que corría a gran velocidad de un lado a otro.
Los enormes cuerpos escamosos no tenían la misma agilidad en un recinto estrecho.
No era posible extender las alas ni dar coletazos.
—Los tengo justo donde los quiero —masculló Jarkarus al momento que tomaba una piedra de más de cien kilogramos para lanzarla al fango.
Al dejarla caer sobre el pantanoso terreno, salpicó con lodo a los once dragones que conformaban la primera hilera.
Descendió aprisa y los tomó desprevenidos—.
¡Sorpresa!
—gritó al momento que les clavaba la cuchilla de la lanza en los ojos.
Dejarlos tuertos implicó la facilitación del siguiente ataque que consistió en rodar entre las gruesas patas de los reptiles para espetarles en el vientre anillado.
Como un armadillo en constante movimiento rotatorio de caparazón, el empedernido grifo de penacho picudo retomó la delantera, acribilló a la segunda hilera de dragones y se desplazó en volandas rumbo al corazón del soto.
Empachado de adrenalina, se incrustó en un colosal árbol de corteza pinchuda que utilizó como escudo para evitar que los dragones lo incineraran.
A pesar de las hercúleas sacudidas y los mordiscos que hacían salir savia a borbotones, se mantuvo inmóvil en el ahuecado interior.
Esperó el momento preciso para dar estocadas en las fauces de los adversarios.
A varios les perforó la mandíbula desde el escondite.
El pobre árbol no pudo soportar tantos sacudones y llamaradas, acabó partiéndose por la mitad, las tostadas ramas y la corteza al rojo vivo cayeron al suelo.
Fuera del chiribitil, con las alas desplegadas en su totalidad, Jarkarus bajó y se perdió en el área tupida de nuevo.
Los seis descontentos dragones lo persiguieron, quedaron atrapados entre tanta hierba silvestre y enredaderas.
Antes de lanzar las conocidas bocanadas, los sorprendió con un deslizamiento eficaz que sirvió para rasgarles el pecho y partirles las costillas.
Las siguientes perforaciones fueron laterales e inferiores, las hacía a medida que se movía entre los yuyos, las lianas y los matojos.
El cepo improvisado acabó siendo el sepulcro de los atacantes que, tras minutos de agitación y meneo, se desangraron.
De vuelta en las afueras, Jarkarus y Aljokerus se rencontraron.
Una amplia sonrisa descarada intercambiaron y sus posaderas en el suelo se vieron forzados a colocar puesto que el cansancio, resultado de la ferocidad marcial, imposibilitaba un diálogo de pie como el que habían tenido antes.
Lo que habían mostrado en ese corto lapso de tiempo fue la pizca de una fiereza pulida.
Era gracias al ingrato de Zienzui que aprehendieron semejantes habilidades en tan poco tiempo.
»Debo admitir que me sorprendió el día de hoy —exhaló mostrando señales de estar baldado—.
No esperaba verlo lucirse de esa forma tan fenomenal.
En verdad me ha dejado asombrado.
Extraña y llamativa era la admiración y el orgullo que sentía Jarkarus por su compañero de viaje.
Por primera vez en la vida sentía que estaba al lado de un ser honorable que había nacido para la guerra, predestinado para la indescifrable conflagración de especies, una réplica fiel del reverenciado Camus que tanto había hecho por sus congéneres.
Parecía que llevaba el inconfundible espíritu de un partisano en la sangre, al igual que los rígidos combatientes de Hipondria.
—Mire usted nada más lo que han hecho esos bastardos con nuestros camaradas —suspiró Aljokerus aún con dificultad para hablar a ritmo normal—.
Me dejé llevar por la ira y arremetí contra ellos sin imaginar la dificultad que implicaría vencerlos —admitió.
Dadivoso era su tono de voz—.
Sentí temor por un instante, un temor que nunca antes había sentido.
Supongo que me falta seguridad.
—¿Sintió temor?
—Puso cara de asombro—.
¿Temor de qué?
—De defraudarlo a usted y a mis compañeros.
Caer rendido en ciernes de la misión es, y lo digo sin intenciones de parecer un fachendoso hipócrita, un acto vergonzoso —respondió casi al instante—.
Recuerde que nosotros existimos para ofrecerles protección a los demás lugareños.
Nuestro objetivo es mantenerlos a salvo de los dragones.
—Su sinceridad me agrada.
A su lado me siento atesorado —expresó con absoluta lealtad.
Al cabo de quince minutos, una figura conocida apareció del cielo.
Su ala izquierda tenía plumas quemadas y su brazo derecho estaba manchado con la sangre de uno de los adversarios.
El plumaje ceniciento, el copete en forma de uve, las orejas dobladas, los ojos verdosos, el pico pequeño, la barriga hundida, las piernas enjutas, la cola en forma de gancho y los pies oscuros no lo distinguían del resto; lo que sí lo distinguía era la vestimenta prolija marcada con una equis, con puntas de flecha, y una lanza con múltiples picos cortantes.
Su pseudónimo lo pronunciaron a la par y hacia él se abalanzaron.
Mantuvieron distancia al ser alguien que estaba un rango más arriba que ellos.
»Señor Izkerus, qué bueno volver a verlo —introdujo—.
Tenemos la obligación de pronunciar una disculpa al no haber dado aviso de nuestro parade… —No es necesaria ninguna disculpa —le interrumpió antes de que finalizara el diálogo—.
Agradezcan que están sanos y salvos —les dijo y arrojó un suspiro.
Una mirada bobalicona acompañaba su desazón.
—¿Ha sucedido algo malo?
—Aljokerus le preguntó.
A fin de evitar que la desinformación confundiese a los protagonistas, les contó con plenitud de detalles todo lo que había acontecido desde el inicio de la jornada hasta el escape.
Había sido una decisión que lo hacía sentirse avergonzado, y lo desalentaba a la vez, porque las estrategias militares de las legiones enemigas barrieron en su totalidad al grupo que tenía bajo su mando.
Como cabecilla y representante, se sentía como un completo bueno para nada; como luchador y defensor, se sentía torpe y cobarde.
El temor a morir en batalla lo obligó a recurrir a la huida, algo que no debía hacer por más escueto que fuese el plan de ataque y desventajosa la circunstancia de lucha.
Era el señor Izkerus poseedor de las habilidades del gran Dédalo, un mago de las bellas artes y la arquitectura, un amante de la poesía y la filosofía oracular, un simpatizante de la alquimia y el arte de narrar la historia tal y como transcurría.
Era un mísero escriba para algunos y un encomiable historiador para otros.
Sin importar los juicios de valor y las críticas negativas, él era un artista polifacético con amplio conocimiento en casi todo.
Desde joven se había preguntado cómo sería un mundo donde reinase la paz y no el caos.
Desde que tenía uso de razón, las políticas gubernamentales del exterior le parecían aborrecibles.
Se distinguía de sus familiares por tener memoria fotográfica, es decir, todo lo que veía quedaba guardado de por vida en su depósito de recuerdos.
»Todo indica que la fragmentación fue un fracaso —masculló.
—Un flagelo que se cobró la vida de nuestros compatriotas y vecinos —Izkerus musitó cabizbajo.
Le rompía el corazón el hecho de que muchos de sus allegados habían caído con tanta prontitud.
Se le había caído el alma a los pies.
—¿Qué sugiere que hagamos ahora?
—Dudo que haya algo que podamos hacer nosotros tres —aportó con pasotismo—.
Estamos solos contra un imperio controlador de un supernumerario ejército de fieras.
Enfrentar a los dragones ya es una misión perdida.
—No puedo creer que diga eso alguien que ha llegado al grado de sargento —Jarkarus lo enfrentó.
Sus palabras denotaban disgusto—.
¿Acaso piensa tirar la toalla tan pronto?
—No soy digno de respeto como Zienzui proclamó.
Ahora soy un patán sin ninguna distinción.
Sean ustedes libres de tratarme como el miserable que soy —pidió que no actuaran como sus subordinados, no era el más indicado para guiarlos—.
Fui un tonto al creer que la guerra sería fácil.
Aquí no hay limitaciones, reglas u horarios establecidos.
Todo es una lucha por la supervivencia —sacó a relucir su enervado valor con palabras sinceras—.
Es por ello que, al no poder hacerle frente a mi postración ante el peligro, merezco pasar a ser un pusilánime más de la multitud.
—Me niego rotundamente a permitir que se deje languidecer por una mala experiencia.
Este apenas es el comienzo de una larga misión que marcará la historia de nuestra especie así que hay que ser fuertes y perseverantes —abanderó Jarkarus, recurriendo al mismo valor de Camus cuando daba sus cortos discursos a priori una confrontación sin precedente—.
Jamás de los jamases volcaré mi flaqueza en la tierra que me vio nacer.
Seremos nosotros, aunque seamos tres, los artífices de la victoria.
»¡Qué importa que nuestros compañeros hayan caído o que tengamos millares de enemigos en contra!
—resaltó de manera tersa y sincera—.
Lo importante aquí es que muramos con honor, el mismo honor que el señor Zienzui nos transmitió en los campos de entrenamiento, el mismo honor con el que el poderoso Camus ha estado luchando en defensa de nuestra postura.
No pienso presentar rendición cuando tengo una familia que reza por mí cada día, por mi bienestar, por el cumplimiento de mi promesa y por la prosperidad de todos los combatientes, dignos o indignos.
No fue sino gracias a la actitud sin igual de Aljokerus que Jarkarus acrecentó su enjundia.
No anhelaba que su compañero pensara que era un debilucho sin retorno.
Envalentonado por un inequívoco desmantelamiento, prosiguió a adoptar una postura idealista, sesgada por un implacable optimismo y un insoslayable talente de vivir.
—Creo que usted no se ha tomado esto en serio —Aljokerus le dijo—, por eso es que está indeciso.
Mi compañero y yo podremos seguir adelante con la misión.
No pensamos volver a casa, a no ser que haya una buena justificación para ello.
—Si tienen pensado hacer historia, yo soy el más indicado para tomar nota.
Díganme a dónde quieren ir y los seguiré.
Si quieren usarme como carnada, siéntanse libres de escogerme.
—Nadie será carnada —resaltó Jarkarus con el ceño fruncido—.
Haremos esto juntos, como un equipo de auxiliares.
Adondequiera que vayamos, nuestras huellas quedarán marcadas.
La tríada se había puesto de acuerdo en salir a explorar las aldeas restantes.
Debían hallar a los doce cabecillas de las demás tropas para poder llevar a cabo la segunda estratagema que desbarataría las legiones de Dáikron en un lapso no menor a tres décadas.
Desestructurar toda la táctica rival conllevaba, por diversas razones, un esfuerzo impensado que nadie se animaría a hacer, a menos que, desde luego, se tratase de rebeldes contumaces incapaces de aceptar las limitaciones físicas.
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