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Kompendium - Capítulo 52

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52: LII 52: LII De lleno en terrenos desconocidos, los tres curiosos andadores se desplazaban por tierra con total precaución, enfocados en el objetivo, incapaces de pestañear.

Con cautelosos pasos extensos y saltos bien calculados, atravesaron una ciénaga y llegaron a un descampado en el que vieron, sin ningún deseo, la debacle del siglo.

Desparramados por doquier como un montón de costales de granos, los cientos de cuerpos desmembrados de soldados creaban un mar de sangre y vísceras revueltas.

Imposible era identificar a las víctimas fatales.

El estado post mortem mostraba que eran todos grifos de clase superior como ellos.

Izkerus casi se desmayó al ver la intolerable masacre más horrorosa de su vida.

De rodillas cayó ante la presencia de los cuerpos destrozados que tanta disconformidad infundían.

Se había percatado de que los enemigos expurgaban de verdad, sin la más mínima pizca de lástima, sin el más mínimo remordimiento.

La descomunal iniquidad de los invasores no tenía límites.

Ellos eran simples mortales que seguían órdenes como las ciegas ovejas que eran de un réprobo pastor disfrazado que, con temor y amenazas, las avasallaba.

El arduo desempeño del atroz somatén del que había hablado Zienzui en una situación anterior cobró sentido.

Presenciaban la sutil barbarie de criaturas malhadadas, incapaces de sentir empatía.

Inhábil para aceptar la cruda realidad, el observador arrodillado rompió en llanto y maldijo a los perpetradores por lo que habían hecho.

Tenía el corazón hecho trizas y la mente llena de emociones negativas que sólo servían para hacer que se sintiera peor.

—Izkerus —susurró Aljokerus, se acuclilló a su lado y le colocó la palma de la mano en la cerviz para atemperar el agónico dolor que sentía—, no pierda las esperanzas.

A mí también me desagrada lo que ha acontecido, pero no pienso doblegarme.

Ahora más que nunca, tenemos la oportunidad de hacer lo que por tanto tiempo hemos estado esperando —le dijo para dorar la píldora—: luchar en nombre de Camus.

—No es eso lo que más me preocupa —aclaró Izkerus tras secarse las amargas lágrimas de rencor—.

Tengo una cualidad que ninguno de ustedes tiene: nunca olvido lo que veo.

Esta escena quedará grabada en mis recuerdos hasta el día de mi muerte, y estoy seguro de que me torturará de aquí en más.

Esa última frase había dejado pensando a Jarkarus.

Ensimismado en sus más hondos recuerdos, él apenas podía divisar efigies y reminiscencias que alguna vez fueron parte de su existencia.

Recordar tenía ventajas y desventajas.

En el caso del pobre de Izkerus, iba a ser un tormento inconsciente al cual su mente acudiría cuando se encontrase en estado de ensoñación.

Por más que desease que la sangrienta escena fuese una entelequia, no había forma de borrarla de la realidad.

—Hay que seguir adelante antes de que anochezca —profirió Jarkarus, sin percatarse de que había quedado un sobreviviente oculto entre el desparrame de cadáveres—.

Vengan, no hay nada que hacer aquí.

—Se lanzó hacia el frente y circuló entre los cuerpos sin vida.

Pisó vomitivos fluidos corporales mezclados con sangre enemiga.

—¿Hay alguna forma de borrar esta escena de sus recuerdos, señor Izkerus?

—Aljokerus le preguntó.

—No hay forma.

Estoy condenado a vivir con eternos recuerdos de la vida, como si fuese una maldición arrojada sobre mi alma.

—Más bien parece una ventaja.

Con usted acompañándonos, podremos grabar todo lo que hagamos durante el viaje.

¿No es eso grandioso?

—No para mí.

Por obligación tuvieron que seguir los apresurados pasos de Jarkarus, quien no tenía ningún deseo de perder el tiempo en tierras desconocidas, y mucho menos en lugares donde se había producido una carnicería de grifos.

Las orejas de Aljokerus reaccionaron al momento de oír un extraño sonido proveniente del costado.

Cambió de dirección sin que los demás se dieran cuenta, se aproximó a la multitud de cadáveres y se agachó para ver qué había más allá.

Las manos ensangrentadas de un sobreviviente aparecieron.

Éste se arrastraba como podía, tenía graves heridas que le impedían campar a sus anchas.

A su predisposición, lo socorrió y le ayudó a sacarse a sus compañeros muertos de encima.

Dio parte de inmediato con vistas a que sus acompañantes se reunieran con él.

En un periquete, los dos grifos estuvieron presentes ante el moribundo soldado que exhalaba sus últimos suspiros.

Había hecho la mortecina para mimetizarse entre los cuerpos descuartizados; fingir la tanatosis era una excelente técnica empleada en tiempos de guerra.

—Será mejor que regresen o los dragones los atraparán —susurró el grifo bañado en sangre—.

Hemos cometido un gravísimo error.

No hay forma… de que obtengamos la victoria —farfulló e hizo una corta pausa—.

No estamos preparados para esto.

—¿Sabe usted en dónde podemos encontrar a los cabecillas?

—Jarkarus le preguntó, entelerido al verlo en ese deplorable estado.

—Dudo que sigan con vida.

Fueron ellos los que optaron por la fragmentación.

Separarnos fue un error fatal.

Los enemigos… nos tomaron por sorpresa.

Ya sabían que veníamos por ellos.

—Eso es imposible —musitó Aljokerus.

—Ellos no sabían que íbamos a venir.

No se pudieron haber enterado de nuestro plan —Jarkarus se negaba a creer lo que el soldado caído había acabado de decir.

—Sea alguno de ustedes tan amable de otorgarme la bendición final —pidió antes de partir hacia el otro mundo.

Sus sangrantes heridas le iban quitando vitalidad.

Jarkarus le bendijo en nombre de Ioba Todopoderoso y pronunció la Plegaria de Partida que servía para conducir a los pobres desahuciados hacia las puertas del Paraíso, en donde sería recibido por los agraciados ángeles de la Eterna Comunión.

Puesto bajo tela de juicio, la Sagrada Balanza correspondiente a los juicios divinos daría el beneplácito para que el muerto tuviese la opción de recuperar el cuerpo físico y volverse un ser inmortal, para poder acceder al prometido recinto que mencionaba el Bashí.

De ser denegado el permiso, el alma del difunto sería condenada a la perdición eterna en el Mundo de las Sombras, donde no había más que silencio y tinieblas.

Por aquellos tiempos, se acostumbraba inhumar los cuerpos y acompañar el entierro con un Ritual de Comitiva, en el que se colocaban objetos especiales que adornaban el sitio.

Plumas del fallecido y velas creaban la típica atmósfera de un enterramiento.

Algunos creían que el alma no abandonaba su prisión hasta haberse consumido las velas por completo, otros creían que el alma abandonaba su prisión durante el rigor mortis.

En cualquiera de los antedichos casos, las almas sí o sí debían pasar por un proceso de juicio que definía el destino final: el obsequio divino o el aprisionamiento terrenal.

Toda la parafernalia ontológica atinente al Iobismo carecía de comprobación empírica, razón por que Jarkarus se negaba a aceptar las enseñanzas eclesiásticas de sus semejantes.

Los grifos poseedores de Órdenes Sagradas no eran, para él, más que un montón de parásitos que se escondían bajo la máscara de la hipocresía y el cinismo.

Muchos de ellos ni siquiera creían en las cosas que su religión enseñaba, sólo acataban órdenes de los superiores por temor a ser rechazados.

Admitir el acrítico dogma impuesto mediante adoctrinamiento temprano era inaceptable para todos los incrédulos que, desde temprana edad, solían dudar y cuestionar todo lo que decían los líderes espirituales.

—Que en paz descanse —cuchicheó Izkerus con cabeza gacha.

La partida del desconocido soldado les mostró el lado oscuro de la guerra, el suplicio substancial en el que se hallaban inmersos.

Ellos también podían acabar así si no se cuidaban como debían.

Ser parte de ese horroroso mar rojo era una posibilidad, retornar a Miadicia no.

Cualesquiera que fuesen las dificultades para avanzar, más que dispuestos estaban a correr el mayor riesgo de sus vidas.

—Es hora de irnos —susurró Jarkarus y tomó la delantera.

Justo antes de alejarse demasiado, su compañero lo detuvo.

—¿Tiene usted algún plan para salir de este territorio sin meternos en escaramuzas?

—le preguntó Aljokerus—.

Le pregunto porque el intenso olor a sangre me da náuseas —confesó y casi vomitó del disgusto.

—Eh —dijo y se volteó—, sí tengo.

Retomaremos la ruta aérea.

Nos perderemos en las nubes para pasar desapercibidos.

Bajaremos cuando sea el momento adecuado.

—Que la suerte esté de nuestro lado entonces.

—Síganme —les pidió y extendió las alas—.

Hay un risco del que podremos partir sin problema.

Ambos lo siguieron hacia el supuesto lugar de despegue desde el cual podían alzar vuelo.

A gran altura, era difícil que los merodeadores los hallasen, aun cuando patrullasen en las alturas.

Volando junto a las águilas doradas, los grifos podían ahorrarse muchos problemas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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