Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Kompendium - Capítulo 53

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Kompendium
  4. Capítulo 53 - 53 LIII
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

53: LIII 53: LIII Tras varios días de vuelo y exploración, la tríada se había asomado a las afueras de Hoilanckia, un sitio lúgubre y desolado.

Las pobres ardillitas que allí moraban tuvieron que ocultarse en un sitio subterráneo de casi cincuenta metros de profundidad que tenía una única salida, por una extensa escalera de madera tenían que desplazarse para poder ingresar y egresar.

La impensada llegada de invasores las obligó a resguardarse hasta que pasase la peor parte de la conflagración, todavía se encontraban en el ojo del huracán.

Uno de los oráculos les había dado una mano al crear un campo de fuerza que podía mantener a salvo la aldea, empero su efectividad había durado poco tiempo.

Tan pronto como quedaron desprotegidas, las ardillas abandonaron la aldea.

De ese oráculo y sus ayudantes no se volvió a saber más nada.

El inmenso calvero estaba rodeado de gigantescos árboles de corteza blanda, pequeñas casitas coloridas en las alturas, una alfombra de broza, policromos jardines cercados, grandes cantidades de frutos secos, escaleras horizontales y verticales, hamacas de red, columpios seguros, rocas lisas que delimitaban territorios, altares arcaicos con estatuillas de mármol, postes con faroles y angostas calles de tierra.

Bajo la tenue luz del vespertino sol, Izkerus divisó varias plumas blancas que cogió sin pensarlo.

Al examinarlas, se apercibió de que le pertenecían a uno de sus congéneres.

El fuerte aroma perfumado que desprendían lo magnetizaba.

No había duda de que esas eran las plumas de una grifa de clase superior.

Su antigua compañera de habitación poseía un perfume muy similar que se ponía durante las noches de verano.

El olor era tan fuerte que impregnaba toda la casa.

Incluso después de morir, el olfato de Izkerus seguía detectando su imaginaria presencia.

Luego de tantos años de viudedad, creía que jamás iba a hallar un remplazo para tapar la sensación de vacuidad que generaba la ausencia de su exesposa.

Las sensibles orejas de Aljokerus reaccionaron al oír la presencia de pisadas enemigas acercándose desde el Este.

El notable ruido iba in crescendo a medida que los forasteros, con antorchas en mano, se iban aproximando.

Los soldados tuvieron que ocultarse detrás de unos arbustos para ver quiénes aparecían.

A los pocos minutos, una abrasiva horda de minotauros apareció, iba acompañada por hienas que caminaban con la cabeza inclinada, como si fuesen a recibir un castigo por sus errores.

Los taurinos de piel grisácea se separaron en cuatro grupos, dejaron en paz al minotauro negro, de miembros morrocotudos, con su acompañante.

Él ya no daba más de tanta satiriasis, tenía que satisfacer el ardoroso deseo antes de perder la cordura.

Ya entrada la noche, el cabecilla llevó a la hiena a un sitio más amplio, tomó una cuerda, la ató a un árbol de tronco grueso, la inclinó hacia adelante para que mantuviera la cabeza gacha, le separó las piernas, le palpó las nalgas, le estiró la cola y admiró el orificio anal oculto entre los pelos.

Era un agujero ideal para dilatar.

Se quitó la pesada panoplia, se sacó la ropa, escupió en sus manos para obtener lubricación.

Se tocaba con la mano derecha mientras la mano izquierda hurgaba en la cavidad expuesta, una que le tentaba mucho agrandar.

Una vez empalmado, le susurró que la iba a gozar hasta quedar satisfecho y que bajo ninguna circunstancia se detendría.

Como toda horrorosa escena de abuso sexual, debía dejar al sayón extasiado.

Insertó el extenso miembro, con forma de tentáculo, en su ventana trasera y la sodomizó durante casi una hora.

Cada gloriosa corrida que se pegaba era una señal de suplicio concentrado para la pobre víctima del castigo, que sufría más de lo que parecía a simple vista.

Tras haber exprimido sus gónadas hasta el límite, retiró el miembro, se colocó la vestimenta y la armadura, la dejó en paz y retornó con sus compañeros, quienes también disfrutaban reconfortantes escenas de sexo salvaje con las dúctiles presas.

Fue en ese instante que los fortuitos espías aparecieron en escena, ambos estaban listos para actuar.

La hiena se pegó un buen susto al verlos, pensó que iban a hacerle lo mismo, o algo incluso peor.

Sabía que los grifos eran agresivos y rencorosos, en especial los de clase superior.

—¡No, por favor!

¡No quiero más!

¡Ya no quiero más!

—les suplicaba entre lágrimas.

Estaba arrepentida de lo que había hecho.

El desmedido castigo empleado para atormentarla había sido suficiente.

Era una admonición más de todas las que había recibido en el pasado.

—¡Cállate!

—Aljokerus le siseó y le colocó las manos en el hocico para mantenerla enmudecida—.

No vinimos a violarte.

Sólo queremos información.

—Queremos saber si hay algún grifo por aquí —Izkerus le habló—.

Y de ser así, queremos que nos digas si hay dragones en los alrededores.

La hiena, todavía adolorida por la arrebatada violación, masculló entre lágrimas de cocodrilo y mucosidad nasal todo lo que sabía al respecto.

Les dijo que se habían juntado minotauros comunes y minotauros gélidos en un recinto escondido, que habían capturado una grifa y que la tenían amarrada a un tronco para luego hacer de ella cosas que es mejor no decirlas.

—¿Capturaron una grifa?

—Jarkarus se entrometió—.

¿Acaso pretenden comérsela?

—Yo creo que quieren hacerle otra cosa —supuso Aljokerus—.

Después de lo que vimos aquí, no me extraña que quieran torturarla como hicieron con esta hiena.

Al ver la desesperante situación en la que la cautiva se encontraba, los grifos sintieron lástima por ella, no podían permitir que siguiese sufriendo por culpa de unos malnacidos incapaces de controlar sus perdularios deseos.

—Sólo hay una forma de librar a esta hiena de su dolor y es arrebatándole el alma —sugirió Jarkarus.

—Démosle una muerte rápida —aprobó Aljokerus.

Haciendo uso de las poderosas garras afiladas, los dos soldados le abrieron la garganta e hicieron que se desangrara en un pestañeo.

Dejaron el cadáver ensangrentado en el suelo y fueron a buscar a los minotauros y a la supuesta grifa que habían secuestrado.

Izkerus estaba ansioso por saber quién era la desafortunada que habían agarrado.

Antes de meterse en territorio enemigo, los protagonistas escucharon gritos estridentes provenientes del Oeste.

El sonar de los tamboriles, flautines y panderetas los detuvo por un instante.

Supusieron que nuevos rivales se acercaban en malones.

Ese tipo de sonidos eran una advertencia que emitían los nativos de Antrasaria cuando ingresaban a su territorio.

El cocear de equinos de gran tamaño acompañó la sonata y puso intranquilos a los oyentes.

—¿Qué es lo que está pasando?

—Izkerus preguntó en voz baja.

—Vayamos a ver.

—Jarkarus se desplazó agazapado y se acomodó detrás de un árbol—.

Estén listos para el ataque.

Los dos marcharon a gatas en pos de Jarkarus, que estaba más atento que nunca.

Las orejas las mantenía sincronizadas como un par de antenas que detectaban hasta la más mínima anormalidad sonora.

Aunque ver en la espesa penumbra no era una habilidad propia de la especie, los tres se metieron entre los arbustos y la broza.

Cuerpos mutilados y ensangrentados vieron volar por los aires.

Diligentes y fúricos, los pegasos blancos se encabritaban y abrían las fauces para expeler un rayo violáceo que derretía todo lo que tocaba.

Detrás de los equinos alados, también poseídos de furia, los linces de pelaje azabache se aproximaron al área y lanzaron flechas envenenadas para deshacerse de los fastidiosos invasores que allí se ocultaban.

Desde el Nordeste, entre gritos de batalla y pasos apresurados, una tribu de humanos cara pintada se sumó al batallón y acometió contra los minotauros.

Todos ellos fueron despedazados.

No podían hacerles frente a criaturas tan recias como esas.

Las cosas cambiaron cuando, de la nada, apareció un brujo vestido con sobretodo y sombrero picudo.

Se trataba de un glotón de ojos ambarinos y extremidades cortas que había aprendido magia negra y piromancia.

El pequeño mustélido de pelaje oscuro recitó un cántico nigromántico y levantó del suelo cadáveres en descomposición de osos negros que habían muerto por intoxicación.

Los diez lanudos plantígrados atufaban y emitían rugidos guturales.

Una ardilla con casco metálico y una espadita oxidada se puso de pie junto al glotón.

Ambos se dirigieron al frente y arremetieron contra una horda de minotauros grises.

Los cadáveres danzaron alrededor de una fogata y consiguieron que de las llamas saliera un espíritu maligno de zorro ígneo.

La figura traslúcida de cuatro patas acometió contra los enemigos, los atravesaba de lado a lado, produciéndoles muerte súbita.

El aleteo de una criatura de gran tamaño empezó a sentirse, las poderosas ráfagas de viento huracanado alzaron los cadáveres caídos y los hicieron volar por los aires en una vorágine sin fin.

Los cuerpos pútridos y mefíticos bailaron al son de la orquesta de tambores y panderetas, mientras la hilera de linces despejaba la primera línea de ataque.

—¿De dónde sale ese viento?

—preguntó Izkerus, cubriéndose el rostro con los antebrazos.

—Deben ser graseles —respondió Aljokerus.

Aun sin poder ver quiénes estaban peleando, imaginaban una trapisonda brutal entre lugareños y foráneos.

Por un lado, estaban los dueños de aquellas tierras que no querían saber más nada de los invasores; y, por otro lado, estaban los aliados de tierras lejanas que inspeccionaban los alrededores en busca de sobrevivientes.

Todos detestaban a los esbirros de Dáikron por igual.

La batalla se volvió más peligrosa con la llegada de minotauros de hielo que congelaban el suelo con cada golpe que daban.

Las espadas serradas que poseían, originarias de Lozaminkia, eran armas elementales efectivas para la guerra.

Tuvieron un encontronazo con los pegasos, se enfrentaron en sangrienta reyerta territorial hasta matarse unos a otros.

Los minotauros de la segunda línea batallaron a muerte contra los linces, desmembrándose con total brutalidad y salvajismo.

Los graseles se reagruparon formando un círculo de ocho ejemplares, los cuales graznaron a grito limpio, creando así una onda expansiva que, aparte de reventarles los tímpanos a los enemigos, provocó un desastre tremendo en la región.

Árboles, plantas, rocas, troncos, armas, panoplias y cuerpos volaron por los aires como si fuesen migajas.

El tifón artificial fue tan potente que hasta empujó a los tres grifos que estaban a varios metros de distancia del campo de batalla.

Pero la cosa no acabó.

Los dragones negros fueron los siguientes en aparecer en escena.

Atacaron a los graseles con llamaradas y rayos mortales, los eliminaron en menos de un minuto a los ocho.

Fue entonces que la ardilla, la única que no había quedado sorda porque tenía tapones en los oídos, saltó frente a los dragones y los desafió en un duelo a muerte.

Los diez reptiles alados se abalanzaron sobre ella y la persiguieron a toda hostia.

Al cruzar entre dos árboles gigantescos, una red cayó encima de los dragones y fueron electrocutados.

La electricidad los achicharró por completo.

Quedaron más negros que antes y con la piel humeante.

La ardilla tropezó con una rama caída y se dio un morrón contra el suelo.

El glotón se aproximó a ella para ayudarla a ponerse de pie.

Una tortuga morrocoyo apareció de una zanja, se quitó la tierra de encima y se acercó a los valientes combatientes.

Era una anciana que se había separado de su familia que vivía en la isla de Kielma, a ciento cincuenta y ocho kilómetros de la costa de Ahulashiria.

Había viajado sobre uno de los graseles que lucharon ese día.

Se distinguía de las tortugas comunes por tener extremidades rojizas, un caparazón oscuro con pinchos en la parte alta y ojos anaranjados.

La piel la tenía arrugada y áspera como todo reptil añoso.

—Vitélekåshipöshi dada üleme —pronunció el glotón haciendo que los cadáveres quedaran inmóviles y el espíritu de zorro ígneo desapareciera.

—¡Demonios, Ropus!

¡Qué suerte tuvimos!

—le habló la ardilla y sacudió la cola para quitarse el polvo de encima—.

Fue buena idea colgar esa red.

Ropus era el nombre de aquel glotón meticuloso; Daguemi era el nombre de la ardilla inquieta.

Ya se conocían desde hacía mucho tiempo y luchaban juntos en todas las confrontaciones que había en los alrededores.

Era un dúo inseparable.

—Yo no colgué esa red —respondió Ropus.

—Yo lo hice —pronunció con su afónica voz la tortuga y se posó frente a ellos—.

Bueno, en realidad fue con ayuda de los graseles.

Yo fui la que consiguió la red y le di el toque electrizante.

—¿Y usted quién es?

—le preguntó Daguemi.

En su mirada resaltaba la desconfianza.

—Mis disculpas por no presentarme.

Yo soy Yupachi.

—Oiga, señora, dígame cómo hizo para armar esa red.

Electrocutó a esos malnacidos en un soplo.

¿Acaso estaba encantada?

—No, joven.

Para ello usé Vielkatske, un arma especial que arrojé a la fosa de las talvendras.

Es muy valiosa y no quería que los invasores la tomaran.

Las talvendras eran tarántulas gigantes que llegaban a pesar hasta cien kilogramos.

Eran una versión mutante de la especie Theraphosa blondi, con ocho patas gruesas y peludas, colmillos enormes que segregaban neurotoxinas, cuernos duros en el lomo y una docena de ojos monstruosos capaces de ver en la oscuridad más espesa.

Como eran alérgicas a la luz del sol, sólo podían vivir en las profundidades de la tierra.

Se reproducían por partenogénesis.

Se decía que todas las criaturas que ingresaban a la guarida de las talvendras no salían más.

Ropus, que no tenía ni un pelo de tonto, pensó que sería buena idea ir a buscar esa arma en las profundidades de la tierra.

El inconveniente era que no conocía el subsuelo ni sabía cómo hacerles frente a las monstruosas arañas.

Usar la magia y la fuerza no era suficiente para meterse en un sitio tan peligroso.

Fue en ese instante que aparecieron los tres entrometidos.

Los grifos se presentaron ante los desconocidos y les dijeron que estaban interesados en esa supuesta espada que servía para electrocutar dragones.

Izkerus fue el interlocutor en hacer mención de las plumas de la grifa que le llamaban mucho la atención, era el único que quería saber el paradero de aquella hembra desconocida.

Yupachi les contó dónde había hallado la famosa espada elemental, los poderes que ésta poseía y en qué parte la había dejado.

Ropus les contó que había visto una grifa adulta, hacía más de veinte días, cruzar por los alrededores.

Dos tigres dorados armados hasta los colmillos, quienes trabajaban como quintos para un guepardo rey, la escoltaban mientras viajaba en dirección al Noroeste.

Por mor de una emboscada, fueron muertos en jarana, no así en el caso de la grifa que, por sugerencia de uno de los cabecillas, fue tomada como prisionera de guerra.

A ella la podían utilizar como carnada para atrapar grifos.

—Aguarden un segundo, ¿son ustedes los aliados del señor Camus?

—lanzó la pregunta Daguemi a la espera de que le respondieran con un sí rotundo.

—Fuimos convocados por él, pero no pertenecemos a su bandada —contestó al toque Jarkarus—.

Estamos aquí por él.

—Digamos que somos como las alianzas externas —adicionó Aljokerus, sin intenciones de sonar impertinente o descortés—.

Fue Camus el que dio aviso de las invasiones.

—A nosotros nos viene de maravilla su ayuda, señores grifos —admitió la ardillita y reacomodó el casco para ver mejor—.

No saben lo difícil que ha sido la vida para nosotros estos últimos años —hacía referencia a todas las especies que vivían en la zona septentrional—.

A propósito, escuché por ahí que los dragones tienen aliados muy poderosos.

¿Qué tan cierto es eso?

—No sabemos mucho de ellos —reconoció Aljokerus a pesar de que le disgustaba desilusionar a los demás—, lo que sí sabemos es que debemos detenerlos antes de que lleguen al Sur.

Nuestras tierras corren grave peligro.

—Ioba quiera que no lleguen nunca esos demonios a nuestras tierras —susurró Jarkarus.

Es menester recalcar que la colosal osadía de los grifos, máxime cuando de guerras sangrientas se trataba, nunca debía ser opacada por el temor ni de una forma ni de otra.

La liza siempre estaba lista para que los grifos y los dragones se enfrentasen en sanguinolenta reyerta por el poder y la gloria.

A veces de rondón, a veces de improviso, a veces con planificación, a veces de perdidos al río, en cualquier caso, la batalla era inevitable, como así también el deseo por derramar sangre a mansalva.

Jarkarus era negacionista por excelencia, se negaba a aceptar la verdad por sobre sus creencias personales.

Jamás de los jamases aceptaría que Camus y Sishurus, ya fundidos en la derrota, hubieron encallado por encrespado ponto, ennegrecido con las abominables criaturas de ultramar, antes de perderse en las infinidades selváticas de Ashura, donde tanto dragones rojos como blancos les ofrecieron el rápido camino a la tumba.

En ese sentido, es cierto que lo preferible era rechazar la realidad, frígida como se manifestaba a sí misma, para no caer en la desolación existencial.

A no ser que se tratase de un pobre diablo sin deseos de vivir, las malas noticias como esa siempre llegaban para empeorar el panorama que ya de por sí era la mar de delicado.

Tal y como hubo señalado Aljokerus con anterioridad a la salida, Jarkarus, irredento en toda la extensión de la palabra, acataba sin chistar las órdenes eclesiásticas, al mismo estilo agustiniano de la Alta Edad Media, cual si fuese un acérrimo defensor de la bula unam sanctam de Bonifacio VIII, la cual proclamaba la superioridad de lo espiritual por sobre lo material.

Incluso, desde su propio pico había proferido que estaba dispuesto a tomar la tonsura en caso de que se lo pidiesen.

En pocas palabras, estaba dispuesto a verse como un Meleagris gallopavo domesticus con tal de satisfacer los deseos de los guías espirituales.

Los árboles, sus propios sesgos, no le permitían ver el bosque, la realidad a secas.

A efectos de saber cómo finalizar el conflicto armado en el que estaban inmersos tanto aliados como esclavos, nativos como foráneos, los grifos pretendían idear un plan integral que les ayudase, si se puede decir, a poner un alto en grande con la finalidad de, por qué más va a ser, echar por tierra los planes maléficos de Dáikron, quien a raíz de ciertos augurios provenientes de fuentes de dudosa fiabilidad, ya tenía entre las manos la lista de pogromos que anhelaba ejecutar antes de tiempo.

Supersticioso era el dragón negro, tal vez sí, tal vez no, mandar a que se derramara sangre inocente en su honor era lo mejor que sabía hacer.

El rey de Korozina lo último que quería era que su reinado fuese desastroso como el de Cómodo, conque debía, por las buenas o por las malas, convencer a los esbirros de que esparciesen sangre, millones de litros de ella por todo el continente, con el sueño de establecer la paz armoniosa deseada.

Algo sospechaba Aljokerus de los planes del otro bando, le daba mala espina, sentía un piquete en la cerviz, se le erizaban las plumas del penacho al pensar en ello.

Era de suponer que los dragones negros no iban a jugar limpio, ni de día ni de noche.

Los supuestos aliados poderosos mencionados por Daguemi, aunque no del todo eficientes, eran, fuera de broma, enemigos a los que debían prestar especial atención.

No sólo se trataba de dragones, eso era una obviedad, allá afuera había un poco de todo y de todo un poco.

En la guerra, no ganaba el más fuerte, ganaba el que estaba mejor preparado para ganar.

Izkerus, el de la cabeza en la luna, interrumpió para adquirir más información sobre la ubicación de la grifa, a ella quería hallar primero, antes que a los demás cabecillas extraviados.

Sabía por experiencia propia lo valiosas que eran las hembras en tiempos de conflagración, ellas no sólo servían a los soldados dándoles de comer y curándoles las heridas, en algunos casos hasta les ofrecían sus más gratos tratos a cambio de amor.

Nada mal le vendría.

»Bien, pongámonos de acuerdo —Jarkarus se interpuso por sobre los demás—: organicemos el viaje para no perder el ritmo.

Acuérdense de que estamos en un viaje contrarreloj; cuanto más tiempo esperemos, más pronto fracasaremos.

Para evitar más contratiempos, enfoquémonos en lo importante —explicó—.

Primero, iremos a buscar esa espada que perdieron; segundo, iremos por la grifa que se esfumó, tercero, retomaremos el viaje en busca de nuestros compañeros.

A final de cuentas, dependerá exclusivamente de nosotros el futuro de la especie.

—Señores grifos, tengan ustedes la amabilidad de dejarnos darles una mano —habló Ropus, quien con todo el corazón anhelaba servir de algo—.

Se lo merecen por todo lo que han hecho por nosotros.

—Ustedes son débiles, y lo digo sin intenciones de parecer poco educado —añadió Aljokerus—.

A lo sumo, nos pueden ayudar manteniéndonos al tanto de lo que suceda en los alrededores, nada más que eso.

No les pediremos que se entrometan en la batalla.

Hallarán la muerte antes que nosotros si lo hacen.

—Cuenten con nosotros para lo que deseen —aseguró Daguemi y les hizo el saludo militar clásico—.

A sus órdenes… —Vale, a mover el rabo que no tenemos todo el santo día —interrumpió Ropus y condujo a la ardilla y a la tortuga al corazón del bosque más próximo.

Izkerus se los quedó mirando como un idiota, no comprendía qué era lo que los motivaba para meterse a jugar a los soldaditos, ni que fuera un divertimento.

Cuán miserable, se preguntaba a sí mismo, tenía que ser la vida de esas pobres criaturas para creer que sus aportes, insignificantes en niveles excedentarios, podían ser de ayuda.

Hacían lo que podían, claro está, lo que tenían al alcance, mas poco y nada era lo que, en última instancia, podrían llegar a aportar.

Apartadas las dudas respecto a la misión, Jarkarus dirigió al grupo hacia el nuevo destino.

Tal y como había armado, debían seguir los pasos establecidos, por un lado, para ganar tiempo, y, por otro lado, para facilitar las cosas.

Con una espada elemental en las manos correctas, la balanza se podía inclinar del lado de los protagonistas, caso contrario, los antagonistas tendrían otro punto a su favor.

Era la primera misión en grupo, no esperaban que las cosas resultasen fáciles ni sencillas.

Aun con todo el cansancio del mundo, no había razón para descuajaringarse ni flaquear.

A diferencia de los animales comunes que carecían de preparación, ellos contaban con un buen estado físico, una óptima compostura, una personalidad fuerte, y lo más importante, fe en sí mismos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo