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Kompendium - Capítulo 54

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  4. Capítulo 54 - 54 LIV
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54: LIV 54: LIV El viaje por vía aérea empujó a los grifos hacia la parte externa de Antrasaria, el área limítrofe que se pegaba a Saodelkeptur.

Ya los bosques de esa zona no eran tan verdosos y frondosos, sino más bien amarillentos, de hojas secas y raíces prominentes.

El ambiente era un poco más cálido, con mayor humedad y menos ventoso.

Fue fácil hallar el camino que conducía a la cárcava que estaban buscando, habría que ser tonto o ciego para no verla.

Una caverna gigantesca cuya profundidad era indescifrable, quizá más grande que cualquier caverna registrada alguna vez por los espeleólogos, estaba a pasos de los recién llegados.

La entrada de dicha gruta, llamativa en proporción, se parecía a la cueva de Utroba, perfumada con el aroma más extraño, una mezcla de putrefacción y preticor, o verdín y encierro.

Sea como fuese, aquella abertura natural era la puerta de entrada a la famosa fosa de las talvendras.

En lugar de una alfombra delante de la puerta, lo que aparecía al frente era una marca hecha con algún instrumento punzocortante.

La parte de adentro contaba con millones de telarañas, al estilo de una casa abandonada como las que aparecen en las películas de terror, los huecos estrechos por donde se ingresaba daban más miedo que la mismísima parca, sumado al silencio sepulcral presente solamente en cementerios ubicados en el quinto pino.

En el interior, como cualquiera lo esperaría, había tantas arañas que era imposible contarlas, algunas fuentes hablaban de miles, otras de decenas de miles.

Lo cierto era que los metiches no eran bienvenidos, al menú iban a parar.

Menos mal que ninguno de los caminantes tenía aracnofobia, de ser así, ya habrían salido pitando a todo tren.

Las porosas paredes sáxeas, rasgadas con las garras de las poderosas tempestades, daban la sensación de que podían oír los gritos agonizantes de todos los que alguna vez quedaron atrapados en el averno por no poder salir a tiempo.

De hecho, un simple paso en falso podía conducir a cualquiera a su peor pesadilla.

Lo único bueno, digámoslo así, era que las talvendras, a diferencia de otros monstruos aterradores, mataban con rapidez, con una picadura bastaba para asesinar a la presa, fuese del tamaño que fuese.

Humedad, por todas partes; tufo a cadáver descompuesto, en abundancia.

Los agrietados senderos que llevaban a la parte honda no presentaban tanta resistencia como parecía, los agujeros que hacían de ventanas se asemejaban a los zulos de los topos, taguanes o zorreras.

El tragadero, bien al frente, daba contra el centro de aquella inmensa y espaciosa cueva de vaya a saberse cuántos milenios de antigüedad.

No podían faltar las clásicas enredaderas con amplia capacidad de higroscopicidad, aquellas que se alimentaban del agua que ingresaba durante los periodos de lluvia.

Catear era necesario, los resabidos inspectores de cuevas lo tenían en cuenta.

Cuán lejos podían llegar no tenían ni pálida idea, lo que sí sabían era que, en la parte interna de aquella infinita área escondida entre las tinieblas y la humedad, todo era factible de acaecer, desde lo más insólito hasta lo más bizarro.

La única fuente de luz provenía de un hueco de la parte superior, un haz de luz ofrecía poco y nada de iluminación, alguito nomás, como para decir que no se hallaban en la oscuridad absoluta.

A los laterales, las ingentes aberturas por las que se podía descender, nada lindas, mantenían separada la entrada del resto del refugio, por ellas había que pasar para llegar al fondo.

Las pegajosas telarañas eran más y más abundosas a medida que exploraban, paso a paso, en la nigérrima penumbra.

Lo esperable era que apareciesen las tarántulas tan pronto como agitasen sus telares, por instinto saltarían al ataque.

Ante la más mínima vibración, la araña se manifiesta de cuerpo presente para atrapar a su presa, clavarle los quelíceros, introducirle el veneno paralizante, sujetarla con los pedipalpos y devorársela de a poco, como una mantis religiosa al macho durante la copulación.

Los grifos no eran insectos, desde luego, aunque bien podrían servir para ser sumados a la cena.

Toda criatura que ingresaba a susodicha fosa, o bien acababa muriéndose de hambre al quedar atrapada en una red de seda, o bien perecía a las patas de un arácnido titánico.

El destino que le tocase a dicha criatura, cualquiera fuese, no resultaba reconfortante, la muerte aparecía, en ambos casos, de forma lenta y dolorosa, como en una sesión de tortura.

Huellas asimétricas, olor a pis de gato, pelos sueltos, Izkerus percibió todo eso con sus desarrollados sentidos.

Se detuvo un momento para analizar los datos, todo indicaba que un animal perteneciente a la familia Felidae había ingresado a la caverna hacía no mucho tiempo.

Se lo hizo saber a los demás, que ya se le habían adelantado.

Jarkarus y Aljokerus fueron los siguientes en apercibirse de las pistas dejadas por el último visitante.

Saltaban a la luz, dejaban en claro que no estaban solos, alguien más se encontraba en el interior de aquel abismo.

Bajaron por las aberturas de los laterales, a vuelo lento, con aleteo cauteloso, con los ojos inutilizables debido a la oscuridad intensísima del subsuelo.

El olor a félido se hizo más notable al bajar unos metros, era obvio que allá abajo había gato encerrado, literalmente hablando.

Nadie más en el mundo tenía mejor visión nocturna que los felinos, incluso en la oscuridad más plena veían con diafanidad, un rasgo que los distinguía de las demás especies, no era raro que un ejemplar de ese tipo apareciese, la pregunta era: ¿por qué razón?

Estaban a nada de descubrirlo.

En la zona más fría de la fosa, los huecos estrechos en los que se ocultaban las talvendras se veían, al menos durante el día.

Una tenue luz producida por una antorcha generaba la suficiente iluminación para divisarla desde una gran distancia.

Parecía un faro en medio del océano, perdido entre la inmensidad nocturna, deseoso por que una embarcación lo hallase.

Izkerus había acertado, tenía razón en suponer que en la profundidad yacía con vida un felino de sexo masculino.

Impactante fue el hallazgo, hasta cierto punto, al momento de enterarse de que un animal indefenso permanecía a salvo de las arañas.

Y era gracias a una pequeña antorcha, débil como un cerillo, que podía mantenerlas a raya; la fotofobia evitaba que dieran un paso adelante.

Los tres grifos, de pie sobre un área llena de agua sucia, rodearon al animal que se encontraba a la espera de auxilio, para él aquellos tres seres eran, qué otra cosa, ángeles enviados por una deidad.

Apenas visible con la poca luz, vieron de cerca un mamífero peludo, con la mitad del cuerpo en negro y la otra mitad marrón claro, ojos amarillos, orejas de caracal, bigotes de tigre, rabo de lince, pelaje de jaguar, garras con poco filo y unos andrajos mugrosos que sería incorrecto considerar ropa.

En un momento dado, el gato quimera habló, lo hizo en un idioma que ellos desconocían, por lo que le pidieron que hablara en Serfi.

Prosiguió así: —Vaya suerte mía que me hallasen ustedes —balbuceó con una voz gangosa que no parecía nacer en sus cuerdas vocales—.

Desde ayer que no hallo la forma de salir, verán, por error caído he en esta cueva.

Aun presentándoles una sintaxis defectuosa, comprendían que había quedado atrapado en aquella fosa sin posibilidades de volver a subir.

El primero en abrir el pico para preguntarle por qué se había metido en esa fosa fue Izkerus, la jerigonza que recibió como respuesta fue razonable.

La presencia de dragones negros había obligado al pobre michino a esconderse dentro de ese sitio de pesadilla, a cuyo centro cayó por un resbalón que se dio luego de marcar el territorio, tuvo suerte de aterrizar sobre el agua.

La antorcha se le estaba apagando, tal y como atestiguaban los alrededores cada vez más oscuros, de modo que la vida de los intrusos pendía de un delgadísimo hilo.

Ninguno podía hacerse el cucho, todos sabían el peligro al que se estaban exponiendo, a la representación gráfica de la muerte en ocho patas, ni más ni menos.

El gato, presentado bajo el nombre de Tunek Van Port, enseñó algo que tenía oculto en la espalda, una espada común y corriente que le ponía los pelos de punta cada que tocaba la empuñadura.

Era, en efecto, la estática lo que producía aquella reacción.

Sabiendo eso, los grifos intuyeron que se trataba del arma elemental que planeaban tomar: Vielkatske.

Fue Izkerus el que la tomó prestada, por lo que parecía, con el objeto de echarle un ojo.

Al acercar la hoja de la espada a la antorcha se manifestaba, de forma explícita, el efecto Joule.

La hoja se calentaba como una resistencia térmica y se iba volviendo rojiza, el voltaje aumentaba a medida que la resistencia disminuía, aparecía una corriente continua que se iba tornando más notable cuanta más excitación recibía.

Como si se tratara de un miembro viril, una espada elemental debía, primero que nada, ser expuesta a un estado de excitación que la estimulase para que liberase su energía interior; acto seguido, debía ser agitada o sacudida para adaptarse a las manos del empuñador.

Al ser un arma electrificada, era común que diese electrochoques, en ocasiones en forma de cosquilleo.

—¿Has visto alguna araña desde que llegaste?

—Aljokerus le preguntó.

—En este preciso momento nos están observando —afirmó Tunek y señaló con los ojos los alrededores espeluznantes.

Al voltearse, hicieron un esfuerzo por ver entre la negrura interminable, percibieron, como pudieron, patas peludas que hacían ruido al tocar la superficie.

Era obvio que los estaban cercando, dentro de su campo visual, con unas ganas tremendas de yantárselos a dos carrillos.

El arma elemental poseía la suficiente energía como para repelerlas, algo que Izkerus descubrió al aproximarse a una de ellas.

Las descargas eléctricas que la hoja producía no sólo iluminaban el entorno, también ahuyentaban a las fieras.

Era la oportunidad ideal para tomar el olivo.

El gato quimera les comentó que se había salvado de milagro, y que de no ser por la espada que le permitió encender la antorcha, no estaría vivo para contarlo.

Les hizo saber que contaba con una familia exiliada, una hija que aún moraba en Grándia, refugiada junto con otros ejemplares de la especie en el subsuelo de un monasterio.

Las herrerías y armerías que tenían en la aldea eran de suma importancia, por ese motivo los inicuos invasores siempre tenían dicho reino en la mira, de vez en cuando aparecían para hacer riza.

Lo importante, en ese momento tan tenso, era encontrar la manera de salir.

A tenor de lo narrado por el gato, salir por la entrada no era lo ideal, se podía buscar un atajo al cruzar por el lago que conectaba dicha fosa con una mina abandonada.

Si lograban alejarse de la fosa por vía acuífera, podían librarse de ellas.

El problema era que allende la fosa, por si no fuera suficiente con la presencia de las tarántulas mutantes, subyacía la tumba de un guardián que, en ocasiones excepcionales, revivía para defender el territorio asignado.

Izkerus, el más cobarde de todos, fue el encargado de guiar al grupo a través de un camino pantanoso y mugriento, debía permanecer en calma y atento a lo que ocurriese en el entorno.

La espada sujetó con fuerza para lanzar el primer rayo que provocó una fuerte sacudida en el muro del fondo.

Las talvendras se le vinieron al humo como una jauría de lobos salvajes, momento exacto en el que Jarkarus y Aljokerus saltaron con las lanzas preparadas y les dieron estocadas en la cabeza, les perforaron los ojos.

El gato andaba erizado, con el rabo entre las patas, detrás del guía, cual desplazamiento turístico, con la antorcha firme entre los dedos.

Bufaba cada vez que una talvendra se le arrimaba, le provocaban repelús.

La meta era no perder patada, como fuese, había que seguir adelante.

La espada electrificada se comportaba igual que el cuerno de un unicornio, emitía luz como una lumbrera y servía para despedir rayos letales.

Al pisar las telarañas, se sentían como peces en una red de pesca, la pegajosa tela era difícil de sacársela, lo mejor era quemarla o rasgarla de un zarpazo.

Los grifos que estaban en la retaguardia no dejaban de lanzar cates y estocadas aquí, allá, acullá.

En ese ínterin, una talvendra abrió las fauces para lanzar un escupitajo ponzoñoso, Tunek barrió a Izkerus y lo hizo caer, con eso evitó que recibiera un ataque mortal.

La toxicidad del veneno habría sido suficiente para matarlo en menos de un minuto.

Jarkarus halló una piedra pesada que arrojó al frente para despejar el área, le aplastó la pata delantera a una talvendra, luego prosiguió con otra al clavarle la lanza en la frente, con herirlas de gravedad bastaba para continuar.

Aljokerus, siempre alerta como debía ser, empujó a su compañero con una patada frontal, evitó que recibiese una picadura mortífera, acto seguido, se desplazó debajo de la criatura horripilante y le abrió los intestinos con la lanza.

Hasta del epigino le salió sangre.

Tunek, con una agilidad admirable, daba saltos de cuando en cuando para esquivar las picaduras, brincó sobre el lomo de Izkerus y se prendió a él con las cuatro extremidades.

El grifo se acuclilló para alzar vuelo, desde el aire agitó la espada y lanzó un sinfín de rayos enceguecedores y estentóreos.

Tuvieron que, aunque no querían, meterse por uno de los nichos donde se refugiaban las talvendras en familias numerosas.

Despejado el camino lóbrego de telarañas y desechos deletéreos, ingresaron a un sector mucho más húmedo que antes, desde allí sacudieron la cola y se zambulleron rumbo hacia otro sitio menos sombrío y peligroso.

El agua iba de un punto a otro, interconectada a través de un pasaje subterráneo de más de cien metros de largo.

El gato apenas podía mantener la respiración, los grifos, en cambio, eran nadadores prodigiosos.

Una vez que asomaron el pico a la superficie, salieron a flote, el gato fue el primero en lanzarse a la tierra.

Tanta agua había tragado que tenía la sensación de que se iba a morir en ese mismo momento, por cuenta propia jamás habría podido nadar tan lejos.

Izkerus le dio golpecitos en el lomo, realizó la maniobra de Heimlich, presionó con fuerza el diafragma, así le ayudó a escupir el agua que había tragado de más.

Como último intento, lo colocó en cuadrupedia y le puso un pie encima, que ejercía presión sobre los pulmones, con un simple golpe le sacó toda el agua acumulada.

Con todo eso, Tunek se sentía al fin a salvo.

Era la primera vez en la vida que tanta cantidad de agua ingresaba a sus órganos internos.

El estómago y los pulmones eran siempre los que más sufrían las consecuencias del exceso de agua.

Fuera de peligro, les dio las gracias por haberlo sacado del tártaro.

Se podía decir, en rigor, que ya habían pasado lo peor.

Aljokerus se ladeó, apoyó la cabeza sobre una roca y estiró la oreja izquierda con el propósito de que saliera toda el agua que se le había metido en el oído.

Medio sordo estaba luego de haberse metido a nadar.

Era común que ingresase agua por los orificios, a veces más que otras, ello incomodaba, en demasía, a cualquier animal nadador.

Jarkarus, por otro lado, sólo se sentía agitado tras haber hecho tanto esfuerzo con los brazos y las piernas, de salud se encontraba de diez.

Con la ayuda de la espada, se recobró un poco de iluminación artificial, fue entonces que los cuatro exploradores pudieron verse de nuevo.

Cabe recordar que estaban a ciegas, en la oscuridad más plena que podría existir.

Izkerus clavó la espada en el suelo, produciendo así un leve estruendo que hizo correr corriente por todo el recinto rocoso, repleto de estalagmitas, huecos y rendijas.

Lograron salir por uno de los tantos puntos de desemboque.

—¿Están todos bien?

—Jarkarus hizo la pregunta infaltable, tenía que cerciorarse de que todos estuviesen sanos y salvos.

—Supongo que sí —asintió Aljokerus.

—Empapado pero ileso —contestó Izkerus.

—Yo sigo aturdido —respondió el gato, lo que causó extrañeza en los presentes—.

Pensé que iba a quedar atrapado para siempre en esa cueva interminable.

—Bueno, ya no estamos en la guarida de las arañas, pero seguimos estando bajo tierra —pronunció Jarkarus—.

Quién sabe a qué profundidad nos encontramos ahora.

—¿Eso importa?

—Izkerus hizo la pregunta.

—Por supuesto —le aseguró Jarkarus y prosiguió—, como importar importa.

Si estamos muy abajo, las alas no nos servirán de nada, tendremos que hacer el camino a pie.

En último caso, hasta puede que tengamos que escalar por las paredes.

—Ojalá estuviesen aquí nuestros amigos los topos para ayudarnos a cavar —aportó Aljokerus—.

Ellos saben más que cualquiera cómo salir de las entrañas de la tierra.

—Te recuerdo que Manquetria queda medio lejos —Izkerus le dijo.

—Era un comentario nomás —aclaró.

Lo llamativo de aquel sitio oscuro y fresco era la poca cantidad de oxígeno, parecían estar en la cima de una montaña y no en el interior de una caverna.

Respirar les resultaba difícil, sentían como si las vías respiratorias las tuviesen taponadas.

Lo bueno era que ya se habían deshecho de las telarañas y los bichos horrendos.

El gato, que parecía mitad pantera por su marcado melanismo, les contó que conocía un punto de escape, pero que llegar hasta dicho extremo les tomaría más tiempo de lo deseado.

Era, en síntesis, una salida de emergencia por la que podían salir sin necesidad de andar arrastrándose como minero por las tripas del suelo.

Con tal de poder salir sin tener que romperse los cuernos, los grifos estaban dispuestos a seguirle las instrucciones.

El tramo que les quedaba por explorar estaba ubicado a más de cinco kilómetros de distancia, desde aquel agujero podían salir, con la única desventaja de que aterrizarían sobre los pies de un cañón, es decir, tenían que lanzarse hacia abajo.

Jarkarus presentía que el viaje sería ligero, empero no riesgoso.

El nimio error cometido por Izkerus al clavar la espada en el suelo los llevaría a conocer a una criatura enterrada en el olvido, entre el polvo y las rocas.

De hecho, ante la más mínima exaltación, aquella cosa hecha de piedra y raíces de árboles se podía poner de pie y moverse con libertad.

Un oráculo le había otorgado la capacidad de recobrar vida con su magia.

Estaban a nada de conocer al golem de las profundidades.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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