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Kompendium - Capítulo 55

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55: LV 55: LV En el interior de aquella ingente caverna resaltaban algunas pinturas rupestres, los primeros documentos de la historia.

Figuras antropomórficas y zoomórficas de diversas culturas primitivas fundidas en la memoria formaban parte de las visiones más trascendentales de los primeros seres semiconscientes, algunos humanoides, otros tetrapoides.

Se trataba de imágenes grabadas en piedra cuya trascendencia histórica superaba con creces los límites de la creatividad.

Era imposible no preguntarse qué era lo que veían aquellos seres incultos, carentes de raciocinio, más allá del horizonte.

La fabricación de deidades era tan común que muchos de ellos se inventaban miles de dioses a lo largo de sus vidas, claro, siempre a imagen y semejanza de cada uno.

“Si los bueyes, los caballos y los leones tuviesen manos y pudiesen pintar y producir obras de arte como los hombres, los caballos reproducirían la forma de sus dioses como su propia figura, los bueyes según la suya y cada uno haría los cuerpos de acuerdo con su especie” (Biografía de la humanidad – José Antonio Marina y Javier Rambaud).

Tunek fue el primero en olfatear el peligro, su sexto sentido animal se lo advertía.

Presentía que algo en alguna parte hipaba conocerlo, a lo mejor con buenas intenciones.

Lo que sí es que la intuición no le fallaba nunca, a todo le pegaba, menos mal que no apostaba, de lo contrario, ya sería rico.

Husmeando entre las tinieblas, detectó huellas fuera de lo común, nunca antes vistas.

Conducían hacia la parte más profunda de un laberinto pétreo, uno que finiquitaba en un recinto sagrado, cuyo centro había sido un altar de sacrificios otrora.

Los grifos caminaron a la zaga del gato, que mejor desarrollados tenía los sentidos.

Con vistas a toparse con un nuevo desafío que pusiese a prueba sus habilidades, se estaban preparando.

Huelga mencionar que, de todas las experiencias vividas, andar explorando el interior de la tierra era de a deveras peculiar.

Una travesía de antología, estrafalaria a su vez, los iba empujando como críos jugando a las escondidas.

Entre paso y paso, se iban aproximando al sitio de encuentro que tanta fascinación les hubo ocasionado a los provectos ermitaños que solían morar en sitios arcanos como ese.

Atravesados los senderos más estrechos, llegaron a una parte más amplia con pasajes que iban de un punto a otro, una especie de galería de quién sabe cuántos metros de extensión.

Batiburrillos de símbolos desconocidos en las paredes indicaban, si es correcto suponer, mensajes sobre lo que yacía allende los pasillos.

Milenios atrás hubieron existido tribus prehistóricas antes de que apareciesen los primeros registros arqueológicos, veneratores lapidus, quienes veían entre las estructuras roqueras algo más que beldad natural, vida en su máximo esplendor.

En el anteúltimo mes del año, equivalente al Blōtmōnaþ del ancestral calendario anglosajón, se celebraba la pasión del vidente Petruf, uno que fue muerto por causas naturales, pero cuyo espíritu quedó atrapado, según una leyenda local, en una figura de piedra, un golem.

El nahual especializado en petropicto pasó a mejor vida con la esperanza de rencarnar algún día en aquello que más amaba: las figuras de roca.

En su honor se hicieron sacrificios de animales salvajes, con la sangre derramada se pintaron las rocas.

Al orillarse un poco más, los observadores lograron divisar más claramente la colosal estructura que les hacía pensar que se trataba de un adorno estatuario, tal vez un sarcófago, un artilugio subrepticio.

Lo que se asemejaba al obelisco de Ashurnasirpal I, en realidad era una parte del golem que yacía inactivo.

Aquellos deseos miméticos de obtener la vida eterna como los dioses habían quedado en agua de borrajas, o sea, en nada.

Al hacer contacto con la espada elemental, la caverna volvió a sacudirse cual si fuese un titán de la mitología griega.

El dormido guardián abrió los ojos, se puso de pie, hizo tambalear a los presentes, los lanzó al suelo.

Al erguirse, superaba los tres metros de altura, imponía respeto, más bien, se movía como un androide, con movimientos lentos y poco naturales.

De extremidades macizas y pintarrajeadas, la figura pétrea se presentó.

Pareció persignarse al ver a los grifos, sabía que ellos simbolizaban, en teoría, la valentía, la protección y la paz.

Al ser un oráculo el encargado en otorgarle vitalidad, sabía diferenciar entre aliados y enemigos, integrantes de la Raza Pacifista e integrantes de la Raza Destructora.

Antes de que Tunek pidiese que dieran la vuelta y se fueran pitando, el golem se comunicó por medio de lenguaje de señas, algo que ninguno de ellos comprendía del todo.

Les mostró, cual discente de monje, la forma de identificar la salida ya que sólo quienes se perdían se metían por aquellos lares.

El sedicente guardián regional los condujo, pisando huevos, al hueco por el que se podía derrelinquir la infinita caverna que estaba bajo su cuidado.

Con un percutiente, aparte de resonante, golpeteo en una de las paredes marcadas, hizo que se abriera paso ante el mismo una abertura que servía de atajo.

Sólo quienes allí abajo hubieron morado en tiempos pretéritos sabían cómo entrar y salir sin tener que dar tantas vueltas.

El viaje subterráneo de los protagonistas, quienes se desplazaban con pies de plomo, tomó un buen rato hasta que se halló la última abertura, un tanto estrecha, que conducía a la parte externa.

Con cachaza se asomaron al último trecho del lúgubre sendero, a paso parsimonioso sacaron la cabeza.

El agujero por el que debían salir era pequeño, los grifos apenas cabían por él.

El gato fue el primero en arrumbar la gruta, se dio de bruces al tropezar con una piedra que sobresalía del suelo, una especie de estalagmita.

Los tres grifos salieron luego, se despidieron del golem que quedó atrás y retornó a su yacija para seguir descansando.

El trabajo de aquel ser de piedra era ese, proteger la catacumba en la que había sido sepultado el alma de su portador.

Condenado estaba a vivir alejado de todo el mundo.

Las profundidades del planeta eran húmedas, oscuras, tenebrosas, jediondas… Por eso nadie, salvo los topos que se ocultaban bajo tierra, vivía en el subsuelo.

No era el sitio más cómodo para resguardarse, ni mucho menos para residir de forma permanente como los ya olvidados habitantes del mundo subterráneo.

Aquellos que vivieron debajo de la capa terrestre solían ver a los seres del exterior como sombras imaginarias, como los hombres del mito de la caverna, entelequias carentes de vitalidad.

De los dragones sólo conocían relatos de violencia, de ellos nunca tuvieron experiencias directas al no hacer contacto con ningún ejemplar.

Habían aprendido de los invasores con base en lo que los habitantes de arriba contaban, veían a los dragones como los demás los describían: como animales etéreos, afanosos por infligir males, ajenos a la rectitud, llenos de orgullo, pálidos de envidia, sutiles en el engaño (Libro VIII, La ciudad de Dios – San Agustín).

Animal que salía al aire libre se exponía a ser cazado a plena luz del día.

Los cazadores eran despiadados, mataban por matar, muy pocas veces lo hacían por necesidad.

El temor que infundían los dragones, tal y como ya se explicó a lo largo de la historia, evitaba que los seres tímidos saliesen a flote.

Era mil veces mejor vivir resguardado que ser capturado.

De lo más lamentable era la realidad por la que debían pasar los que más querían conocer el mundo exterior, los demonios de afuera no dejaban que los de adentro fuesen libres, hacían hasta lo imposible para evitar que hiciesen uso de su libertad.

Eran ellos, tal y como los juglares de “La odisea de Camus” aseveraban, los que desde el mismísimo infierno salieron, quienes desde el cielo bajaron y las aldeas destruyeron, los que ahora reclamaban la cabeza de los rebeldes.

En el interior de un cañón seco, el intestino de Mitriaria, aparecieron los andariegos, fueron conducidos por el viento hacia la parte más amplia, en la que, sin pensarlo, vieron sombras moviéndose, creyeron que se trataba de dragones negros que andaban en aguaite.

Vaya que se dieron un buen susto al ver esas efigies en movimiento.

Por suerte, no eran dragones los que yacían más allá de la hendidura terrestre, se trataba, en cambio, de foráneos vehementes por robarse algo que valiese la pena poseer.

Jarkarus marchó al frente junto a Aljokerus, pidieron a Izkerus que se mantuviese en la retaguardia, presentían que iban a tener que desenfundar las lanzas, batallar una vez más.

Tunek fue el único que no los siguió, tenía un mal presentimiento, no anhelaba meterse en combates de los que podía salir perjudicado u occiso.

Los grifos, los únicos que contaban con instrucción militar, eran los más indicados para plantar cara e hincar el diente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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