Kompendium - Capítulo 56
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56: LVI 56: LVI Una criatura asaz estrafalaria, ni linda ni fea, se presentó ante los caminantes como el pirata intercontinental de los seis océanos, un tal Canyelum Gashufexu Galebaus Dirmitsen, legendario cazarrecompensas y ladrón de tesoros, acechador y opresor, timador y embaucador.
Se trataba de uno de los últimos ejemplares de una especie no registrada en ningún manual de biología, un híbrido con aspecto de sergal, con cola de tiburón envuelta en pelaje de lobizón, púas que le salían de la columna vertebral, cuernos cortos en la cabeza, hocico amplio, colmillos salientes, ojos grandes, bigotes largos, brazos extensos, piernas enjutas y flexibles, digitígrado como un primagen, un ejemplo de animal zooantropomórfico, ni muy animalesco ni muy humanoide.
Contaba con la capacidad de hablar y también de producir sonidos de animal silvestre, aunque no comprendía el protolenguaje de las especies salvajes.
Junto a una runfla de cuates disfrazados de piratas, le había hecho frente a la Gran Serpiente de Bazaa’hal, una especie hermafrodita que se creía era la reina de las güishas.
Canyelum, quien llevaba la batuta, no era un ladrón de guante blanco, claro que no, emplear la violencia era más que necesario si quería ganarse el respeto de los demás.
Representaba al malvado pirata Bigote Negro, un angelón de retablo, fundador de la Orden Negra de ultramar, último ejemplar con vida del popolo grasso.
Tan audaz era aquel animal que hubo inventado un esquema Ponzi con el que se había estado beneficiando a costilla de pobres diablos que decían representarlo en el extranjero.
Parecía ser que ni Canyelum, quien profería de modo introspectivo la lógica sic semper tyrannis, ni los piratas (aquellos loquillos buenos para nada) con los que operaba tenían interés por aliarse a los integrantes de la Raza Destructora, preferían ser parte de una tercera fuerza, un grupo neutral que no asesinaba ni ayudaba a los animales inocentes.
El odio larvado hacia los que poseían riquezas era evidente como una catedral, mas no así para con los que de verdad hacían daño.
El hurto, el engaño, la codicia, la envidia, el rencor y demás virtudes formaban parte de la personalidad de todo pirata.
Canyelum era eso, un ejemplo gráfico del complejo del zorro y las uvas, la versión explícita de lo que no debía de imitarse.
El dinero contante y sonante era la droga de los ladrones, aquello por lo cual estaban dispuestos a matar, y no les importaba un rábano los medios empleados para cumplir dicha misión.
A empellones, el líder de los piratas se dirigió a los tres grifos que yacían de pie a pocos metros de él.
Percibió en ellos audacia, pura y clara, no se podía lucir frente a la tríada de plumíferos.
Sin embargo, al no poder hacer a un lado el orgullo que tanto lo identificaba, se dispuso a desafiarlos en un duelo a ultranza, anhelaba descubrir cuán lejos podía llegar, qué tan fuerte podía resultar.
Bajo la premisa de que no existía nadie más poderoso que él, pidió que se le diera una oportunidad de luchar por diversión.
Eso sí, al perdedor le tocaría una prenda, un castigo, el cual consistía en obsequiarle las armas poseídas al ganador.
—No tenemos tiempo para tonterías —resaltó Jarkarus.
—¿Tonterías?
¡¡¡Pajarraco merdoso!!!
—chilló Canyelum encabronado—.
Has de saber que soy la encarnación de la maldad.
De mis desafíos no se te ocurra hablar mal o te cortaré esa babosa lengua que tienes dentro de ese deforme pico tuyo.
—Qué lindo vocabulario —ironizó Aljokerus—.
Yendo al punto central, es cierto lo que dice mi compañero.
No tenemos tiempo para jugar contigo así que esfúmate.
—No les estoy pidiendo por favor —insistió Canyelum—.
O se unen al desafío o yo mismo los desplumo a ustedes.
Más pesado que un camión con un acoplado repleto de yunques, Canyelum no estaba dispuesto a irse sin divertirse.
Jamás aceptaba un no como respuesta, intimidaba a cualquiera que se negase a cooperar.
Al ver que no había manera de sacárselo de encima por las buenas, Izkerus se interpuso, aceptó el desafío impuesto con la única condición de que no hubiese posibilidad de presentar rendición.
Si debía morir ahí mismo, lo haría con gusto.
Desenvainó Vielkatske y se dispuso a enfrentarse al foráneo.
Jarkarus y Aljokerus se apartaron, los demás piratas, dieciocho para ser exacto, formaron un círculo alrededor para ver mejor lo que sucedería a continuación.
Canyelum mostró la filosa espada de hoja gruesa que tenía oculta, con ella había cortado tantas cabezas que era absurdo hacer el cálculo.
Danzó al compás de la ventisca, siempre bailaba al son que le tocaba, fuese el que fuese.
Conocía de oídas a los grifos, presentía que sería fácil derrotar a uno de clase superior.
Hizo un saludo antes de lanzarse de lleno sobre el contrincante, al que tenía pensado humillar en público.
No se percató de que se encontraba ante un grifo con excelente memoria, alguien que podía aprender con muchísima facilidad cada truco que hacía.
Las dos espadas chocaron en el encuentro del siglo, hicieron crujir las paredes rocosas del cañón en el que se encontraban atrapados.
Canyelum, un zopenco a primera vista, no era tan débil como muchos pensarían, sabía defenderse.
Se desplazaba como un espadachín profesional sobre la polvorosa palestra, dando giros y volteretas en el aire.
La celeridad era flagrante en él, se movía como un felino enfadado.
Aquellos raudos pasos constituían un auténtico reto para Izkerus, que no bajaba la guardia en ningún momento.
La excitada espada elemental pronto se hizo notar, comenzó a disparar rayos que hacían pedazos al público, los demás piratas no sabían qué era lo que sucedía, fenecían en un periquete sin siquiera saber por qué.
Canyelum se enfureció, exclamó que eso era trampa, que la audiencia no tenía por qué verse involucrada, cosa que era inevitable tratándose de una espada que no obedecía las leyes de la lógica marcial.
Izkerus mostró de qué estaba hecho, se abalanzó como una fiera sobre el enemigo, le produjo cortes superficiales en la piel, descubrió que era más duro de lo que aparentaba ser.
La furia de Canyelum desencadenó en un sismo, hizo temblar la región por completo.
Un aura violácea lo rodeó y comenzó a despedir desde sus fauces el más fétido gas que podía existir.
El grito de cólera fue acompañado de una serie de alígeros cates bien sincronizados.
Al clavar la espada en el suelo, generó una grieta dentro de la abertura en la que yacía.
El cañón de Egtenbard pasó a rajarse más de lo que ya estaba.
Los pocos piratas que quedaban con vida se sumaron al ataque, fueron por Izkerus con espada en mano.
El grifo pateó a cada uno de ellos, los lanzó por el aire y los dejó desparramados.
Canyelum saltó y se posicionó sobre el trasdós de un muro de piedra que él mismo había acabado de generar.
La espada que constreñía hizo brillar, de ella expulsó un rayo luminoso que lanzó al rival para atrás.
Izkerus sobrevivió gracias a que Vielkatske lo protegió del impacto recibido.
Jarkarus y Aljokerus se sumaron a la contienda, arrojaron las lanzas sobre Canyelum, con un campo de fuerza logró quitárselas de encima y lanzarlas a los laterales.
La tríada se las veía negras ante un oponente que, pese a parecer un enajenado mental, sabía cómo lucirse en el cuadrilátero.
Enervado por sus propios ataques de ira, el pirata quedó sulfurado y se arrojó sobre los grifos cual desquiciado en acción.
Alcanzó a producirles cortes en las túnicas y en los bordes de las remeras, empero no logró lastimarlos.
Ambos sabían cómo desplazarse bajo ataque a efectos de evitar heridas.
Los piratas que Izkerus había lanzado al suelo retornaron por más, esta vez buscaron la forma de mutilar a Jarkarus y a Aljokerus.
La dupla desplegó las alas y se elevó por los aires, desde arriba contratacaron, les dieron una patada frontal tan fuerte que les hicieron crujir el esternón y las costillas.
De un coletazo, les robaron las espadas que sostenían con las dos manos y las usaron para hacer rodar cabezas.
Ante la matanza de piratas, Canyelum perdió la poca cordura que le quedaba y se entrometió de vuelta.
Izkerus lo sorprendió con una patada giratoria, lo hizo desplazarse cuesta abajo, como una pelota rodó por el suelo.
Adolorido quedó tras el golpazo recibido.
Antes de ponerse de pie, una pata de león ejerció presión contra su pecho, fue entonces que cayó en la cuenta de que el contendiente que él mismo había desafiado lo estaba pisoteando, en sentido literal y figurado.
»Me rindo.
Me rindo —escupió ante el lancinante dolor sentido.
—Quedamos en que no habría rendición —Izkerus le recordó—.
Dejaré que digas tus últimas plegarias antes de que te envíe al más allá.
—Llévensela si quieren, pero no me maten —rogó entre gimoteos y sollozos—.
La atamos junto al mástil.
—¿De quién hablas?
—La grifa.
—¿Cuál grifa?
—La que atrapamos.
Al ver que Canyelum conocía el paradero de la grifa extraviada, Izkerus le quitó el pie de encima y lo dejó hablar.
Confiado en que le diría la verdad, guardó la espada.
El pirata arrepentido explicó en qué lugar se hallaba la grifa y cómo podían rescatarla.
La llave del candado yacía oculta en un cofre dentro del sollado, debajo del primer puente del barco.
¿Dónde se encontraba la embarcación?
En la costa de Yoarlisia, a cientos de kilómetros de distancia.
Lo malo era que hacer un viaje tan largo les iba a tomar muchos días.
Antes de precipitarse, Canyelum le explicó que podía llegar allá con premura.
Le enseñó un cristal especial que le había robado a un dragón púrpura.
Con él se podían recorrer largas distancia sin problema, sólo había que saber cómo manejarlo.
Con el nuevo ítem en mano, Izkerus se comunicó con los demás con el propósito de dirigirse a la otra punta del continente en el menor lapso de tiempo posible.
Con un cristal de semejante poder, se las iban a arreglar muy bien.
Jarkarus y Aljokerus recogieron sus lanzas y luego buscaron a Tunek, a quien Izkerus acomodó a caballito cuando se le acercó.
Entre los grifos, apretaron el cristal purpúreo y desearon llegar hasta la aldea de los guanacos.
Como por arte de magia, desaparecieron de vista.
Canyelum, al que le perdonaron la vida de milagro, rezó por no volver nunca más a toparse con un grifo.
Desde ese día en adelante, les tendría respeto.
Después de tremebunda paliza, ya no quería volver a pasarse de listo con ninguno de ellos, no le convenía arriesgar el pellejo de nuevo.
Tuvo la suerte de enfrentarse a una tríada piadosa.
De no ser por la grifa capturada, el plan de salvación no habría resultado.
A sus compañeros de viaje no les tuvieron tanta lástima.
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