Kompendium - Capítulo 59
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59: LIX 59: LIX Los últimos diecisiete días habían pasado volando, los malhadados guerrilleros que habían ido a luchar en nombre de Camus se toparon con una misión difícil con la que apenas podían lidiar, los que podían, muchos quedaban atrás al cometer errores o al confiarse demasiado de sus propias habilidades.
Los acérrimos invasores, una cantidad bastante difícil de calcular, habían aprendido a luchar con total destreza y salvajismo.
Equivocarse en el campo de batalla, cometer el más ínfimo error, les podía jugar en contra, en el peor de los casos, les podía adelantar una muerte violenta, sin posibilidad de recibir yacija siquiera; los carroñeros se encargaban de limpiar los cuerpos exánimes.
Para Jarkarus, la lejanía que lo mantenía apartado del círculo familiar lo desgarraba por dentro, con cuentagotas, mientras que para Aljokerus, su fiel acompañante, andar viajando con otros, visitar nuevas tierras, le producía aspaviento y lo mantenía despreocupado.
Si bien ambos se llevaban requetebién, eran tan distintos por dentro que apenas se podría decir que eran cercanos.
El sacrificio del primer grifo de clase superior le había dado un nuevo color a la historia del continente, cual si fuese Imam Hussein en la batalla de Karbala.
Antes de irse a dormir, Jarkarus formaba una ronda junto a Izkerus y Deshamaria, entre los tres rezaban al unísono, suplicaban por el fin de la guerra y la restauración de la paz.
Desde lo más hondo de sus entrañas, rogaban por que el nigrum draconis de Korozina se diese por vencido, o, en su defecto, que se fuese de Mitriaria para siempre.
Aljokerus, el único ateo, se desentendía de aquel ritual que veía como una pérdida de tiempo.
Por más que se rezase cinco veces al día y se implorase con todo el fervor del mundo, la realidad seguiría siendo una pesadilla encarnada.
En efecto, orar no servía de nada.
Día tras día, cada que un nuevo reto se hacía presente, Jarkarus dejaba salir un altruismo admirable.
Entre los viajeros, no sólo buscaron por todas partes el paradero del oráculo Spailet, también asistieron a los damnificados que perdieron todo por derrelinquir sus tierras antes de que los invasores llegaran.
Tunek se quedó con la espada elemental para defenderse en caso de emboscada.
Solía tomar atajos con los demás aliados para dejar a los grifos hacer el trabajo sucio.
No les convenía quedarse con ellos cuando aparecían hordas enteras de siniestros dragones con la intención de hacer quilombo.
En simbiosis con las crónicas de los lugareños, la poderosa cuadrilla del Ejército Negro, la decimocuarta legión, había hecho un excelente trabajo de limpieza.
Los protagonistas no supieron nada de dicha legión hasta que se toparon con un desagradable trofeo en medio de un descampado.
Deshamaria fue la primera en detectar el emético olor a podrido que le produjo náuseas, notificó a los demás del repugnante tufo.
Al rencontrarse con ella, los tres grifos se desplazaron con parsimonia hasta llegar a un pozo de gran profundidad.
En él encontraron, qué más, lo que con tanto esmero habían estado buscando las últimas semanas.
Izkerus, como la vez anterior, fue el primero en retorcerse de agonía.
Tanto asco le produjo la macabra escena que casi vomitó.
¿De qué se trataba el asunto?
Por fin se halló a los doce cabecillas, sólo que, contrario a lo esperado, lo que se halló fue una docena de desgarbadas cabezas atravesadas por una estaca.
Al descender, Aljokerus fue el primero en identificar los cráneos podridos de los excamaradas.
Mardikus, Revernus, Ekrerius, Pólcrius, Somatorius, Arcurus, Adayius, Exekius, Vibremius, Gríndius, Yelferus y Sandraquius fueron asesinados como insectos por los minotauros negros.
Lo único que quedó de ellos fueron sus cabezas en una estaca de vaya a saberse cuantos metros de longitud.
Jarkarus, estupefacto, no supo cómo expresar lo que sentía.
Trató de hacer todo lo posible para no perder la cordura, no hubo caso, fue dominado por la ira, esa que él mismo decía que había que domeñar para no pecar.
Estaba que trinaba, largaba espuma por la boca, tal era su enojo que estaba dispuesto a masacrar millones de dragones para serenarse.
No le hacía caso a los demás, quería tomar represalias como fuese.
Aljokerus e Izkerus lo sujetaron con el deseo de que no perdiera los estribos y se mandara una macana de la que luego se podría arrepentir.
Deshamaria era la única que estaba horrorizada, y atemorizada al mismo tiempo, pues temía que los asesinos de grifos apareciesen para reclamar por sus cabezas también.
Con sus lanzas en mano, marcharon al Norte, kilómetros y kilómetros, en busca de los culpables de tamaño zoocidio.
No se detuvieron hasta olfatear la nauseabunda fetidez taurina.
Descubrieron que los esbirros de Dáikron andaban cerca.
Alcanzaron a ver minotauros negros a lo lejos.
Por orden de Jarkarus, esperaron el momento justo para salir a acometer.
Deshamaria fue la única que se quedó atrás, no tenía con qué defenderse y tampoco le atañía participar en la guerra.
El que salió a dar la cara fue, quién más iba a ser, el mismísimo Gargax que ya llevaba años dando cátedra a los nativos de cómo apoderarse de terrenos ajenos.
La liza en la que se llevó a cabo la batalla más brutal de la historia se hizo presente.
El morrocotudo minotauro negro de nervios de acero se dio un encontronazo con los tres impertinentes grifos que lo desafiaron en un duelo a ultranza.
El bestial deseo por apoderarse de todo empujó al prodigioso comandante del Ejército Negro a desparramar cadáveres y derramar sangre a cascoporro.
La lucha con Gargax fue tan extrema que los tres combatientes casi perdieron la vida, por mucho que anhelaban desquitarse, no lograron hacerlo.
Los tres fueron apaleados y zaheridos, lograron escapar de milagro.
Retornaron al corazón del bosque con el rabo entre las patas.
A Deshamaria casi le dio un soponcio cuando los vio arrastrándose de regreso.
Tan heridos estaban que parecía imposible asistirlos.
No dudó en recurrir a su conocimiento médico para aplicarles torniquetes y sellarles las heridas sangrantes.
Se fue volando en busca de los aliados, a quienes, por suerte, halló pronto para avisarles que los necesitaba ya mismo.
Tunek, Yupachi, Ropus y Daguemi se espantaron al ver lo maltrechos que quedaron los tres grifos, Gargax los había dejado irreconocibles de tantos golpes que les hubo encestado, por poco no los hizo picadillo.
El minotauro negro también recibió una linda dosis de ataques, tuvieron que rescatarlo sus propios ayudantes.
Aquel encontronazo impensado le dejó en claro que los grifos de clase superior no eran rivales comunes, subestimarlos le podía salir caro.
Deshamaria se la pasó sufriendo y derramando lágrimas, como una madre con un hijo en coma, pensaba que los machos fenecerían luego de aquel brutal asalto que casi les costó la vida.
Les tenía muchísimo aprecio por todo lo que habían hecho, y seguían haciendo, por los demás.
Como honoríficos integrantes de la Raza Pacifista, lo mínimo que les correspondía era estimación y respeto de parte de los lugareños.
Siempre con la frente en alto y el honor intacto, los tres sobrevivientes de la agrupación de Zienzui merecían ser tratados como superhéroes, si no semidioses.
El haberse enfrentado a un enemigo como Gargax y haber sobrevivido era motivo suficiente para venerarlos.
Nadie jamás en la historia había sobrevivido en una pelea contra aquel minotauro de dotes marciales excepcionales.
Recién cuando el estado de salud de los tres combatientes mejoró, Deshamaria les dio el alta.
Tantos días pasaron privados de moverse con libertad que casi se sintieron como un montón de tetrapléjicos.
Les tomó un buen tiempo recuperarse siendo que recibieron múltiples fracturas.
Para Jarkarus, sobrevivir después de haberse topado con un antagonista de semejante fuerza bruta era un milagro que Ioba le concedió por haber sido un fiel servidor de él.
Sin embargo, fue gracias al apoyo y asistencia de los aliados que los protagonistas lograron salir adelante.
Burlaron a la muerte como unos verdaderos temerarios.
La búsqueda del oráculo quedó en el olvido, pero como el clima álgido empezaba a hacer estragos en el entorno, no les quedó otra opción más que irse en busca de un refugio cálido.
Curados ya, los grifos retomaron el mando y sugirieron ir a la costa, la única zona más o menos tropical en la que podían estar a salvo del crudo invierno que congelaba el suelo.
No tenían en cuenta que incluso en la región costera el frío hacía tiritar hasta las piedras que ni vida tenían.
Y como todavía quedaban invasores por liquidar, no podían dormir tranquilos, debían deshacerse de ellos ni bien los encontrasen, aun cuando sus vidas pusiesen en riesgo.
Luego del combate con Gargax, ya nada les metía las cabras en el corral.
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