Kompendium - Capítulo 6
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6: VI 6: VI Los cronistas de la época no se ponían de acuerdo con respecto a la verdadera biografía de Dégmon, algunos defendían una versión, otros defendían otra, lo que sí estaba en común convenio era el desenlace de su segunda etapa, conocida como la consumación, posterior al martirio.
La vida de antedicho personaje era tan intrincada y abstrusa que hasta se pensaba que había más de un dragón al que se le confundía con el mismo pseudónimo.
Retomemos algunas ideas compartidas en totalidad antes de proseguir con los detalles.
Se daba por sentado que el salvador de los dragones, el supuesto descendiente de Mön, hubo existido en un tiempo muy anterior al de los registros históricos, en los periodos aún dominados por semidragones.
Aquel mártir al que tanto respeto y admiración se le tenía había luchado y caído ante los pies de una especie harto violenta, asaz peligrosa, la mar de belicosa.
Huelga decir que la especie a la que se hacía referencia era la misma que luego les dio más de un dolor de cabeza a los dragones, a saber, los grifos.
A tenor del sufrimiento vivido por culpa de los grifos, el enviado de Dios había sucumbido, siendo asesinado de forma truculenta en una batalla conocida como el último paso.
El Movimiento Mesiánico de Limpieza, acuñado en el futuro por Dégmon y Vishne y empleado como excusa para invadir territorios ajenos, en realidad había sido un añejo encontronazo entre fieles e infieles, monsistas y bárbaros.
A los primeros misioneros evangelizadores, como ellos mismos se hacían llamar, se los retrataba como seres sumisos y obedientes; a los oponentes, los integrantes del bando opuesto, se los retrataba como los demonios más ruines.
Las sangrientas cruzadas entre dragones y grifos, carentes de todo registro histórico, eran consideradas pruebas fehacientes de que los grifos eran el problema, los que inculcaban malos hábitos e imponían ideologías nocivas.
La victimización era de tal grado que los dragones se creían animalitos inocentes cuya fragilidad los exponía a todos los peligros del entorno.
Eran ellos los conflictivos, sólo que se negaban a aceptarlo, se quitaban la responsabilidad de encima y se la arrojaban a los contendientes que consideraban zoocidas en potencia.
Se sentían perseguidos a causa de que sufrían delirios persecutorios.
Las alegorías en los Textos Sagrados eran claras, los grifos eran los demonios que se debían extinguir por el bien de la especie y del mundo.
Los dragones se dejaron persuadir por patetismos, sucesos jamás sucedidos, profecías inventadas, mitos absurdos, milagros imposibles y, la cereza del pastel, promesas incumplidas.
Y como todo había quedado en un lapso de indeterminismo, lo apropiado era que llegase alguien con los cojones bien puestos y pusiese orden en la olla de grillos.
Desgañitarse de nada servía, el cambio significativo sólo era viable mediante la ejecución.
No concluida la etapa primordial de la expansión monsista, algunos autores tuvieron el descaro de dudar de todo aquello que Draco se había inventado cual lunático tras una buena dosis de hierba mágica.
La aparición en escena de Dégmon dejó una cosa en claro: nadie debía cuestionar ni una sola palabra del Libro Sagrado del que él se adueñó para escudarse de los recalcitrantes escépticos.
Mostraba la gigantesca superioridad tanto física como moral; aquel individuo era, fuera de toda duda, el rey de reyes.
En términos generales, la vida de Dégmon estaba dividida en tres grandes periodos: martirio, consumación y dominación.
El martirio vivido a temprana edad lo había marcado para siempre, fue el detonante de que naciera, más adelante, un nuevo líder capaz de cambiar el rumbo de la guerra; la consumación de los siglos era la amenaza apocalíptica que implicaba para los herejes y rebeldes el oponerse al Mesías del Monsismo, lo cual aplicaba para dragones como para no-dragones; la dominación territorial-espiritual aludía a la potestad de tener el mundo entero bajo el dedo pulgar, en una realidad sesgada y distorsionada a su medida, en donde los buenos eran los malos y los malos eran los buenos.
El propio nombre “Dégmon” se refería al “nuncio de Mön” en Serfi antiguo.
Su verdadero nombre era Degui, apócope de Deguizmeh, cuyo significado se desconocía.
Uno de los personajes que provocó el cambio de Degui a Dégmon, si no el principal, fue un gobernador despótico e ignominioso llamado Éxion.
Para algunos cronistas, se trataba de un representante temporal de Cen-Dam, un terrateniente acreditado, un encargado del virreinato o un emperador a la altura de Kromte I.
Nadie se ponía de acuerdo al momento de calificarlo, lo único que se sabía de él era que tenía un poder tan elevado que casi igualaba al de un dragón púrpura, y eso no era poca cosa.
Éxion, el típico político corrupto, antidiplomático, deshonroso, farsante, egocéntrico, narcisista y soberbio, había sido entre los dragones rojos uno de los más viles en haber sido parido.
Al estilo de Constantino I, mandó matar a uno de sus hijos, a un sobrino, a un cuñado y a su propia madre por sacar a relucir secretos que jamás deberían haber sido mencionados.
Un castigo similar al poena cullei se aplicaba como correctivo para los acusados de parricidio, a excepción de los líderes políticos que eran intocables.
Lo peor de todo era que, como Éxion era un cuate del rey de Xeón, tocarle un pelo o difamarlo de alguna forma ponía contra las cuerdas a cualquier dragón, fuese de la categoría que fuese y ocupase el cargo que ocupase.
Un libertino desenfrenado, adicto a las pasiones desordenadas, los rituales orgiásticos y las prácticas ilegales, se ensució tanto que no había manera de ocultar los hechos.
Poquísimos fueron los osados que lo denunciaron ante las autoridades por sus felonías, ignorados fueron y también encarcelados por ello.
Quien se atrevía a hablar mal de Éxion tenía dos destinos a elegir: el calabozo o la muerte.
El punto culminante que hizo explotar todo fue cuando Cen-Dam, el rey continental, lo designó como rey local de Verrauten, aun luego de haber asesinado, con astucia, al anterior candidato.
El puesto le debería haber sido asignado a Xelgur, latifundista de alto prestigio en Darksunuh.
Al Hermano Trinitario un carajo le importaba la causa de muerte del aspirante anterior, por cuña acomodó a su camarada, afanoso por verlo imponer su autoridad a filo de espada.
Siendo el sumun de la hipocresía, a Xelgur se lo acusó de sufrir de esquizofrenia paranoide (un trastorno equivalente con otro nombre), motivo por el que quedó justificada su eliminación.
A algunos teístas empedernidos, como era normal que sucediese, cuestionaron la autoridad implementada por el rey impostor, suplicaron a los líderes que lo condenasen por sus fechorías, sólo consiguieron que se los reconociera.
Revoltosos como jipis camuflados de independentistas, las fuerzas armadas apresaron a aquellos que se oponían al mandato del nuevo soberano regional.
No había un juez que implementase las condenas, las decisiones las tomaba un dragón de alto rango, o, en su defecto, el rey del continente.
Entre los tenaces litigantes se encontraban familias enteras, mayores y menores de edad, draggies y draknes.
El abnegado predecesor nunca descansaría en paz, según creían quienes lo defendían, hasta que no se quitase esa mancha oscura en la historia de la especie.
Éxion, quien desconocía la compasión, mandó que se persiguiera a todos los que se atrevían a levantar la voz en su contra.
La cacería de brujas inició tras la orden, al ataque salieron sus esbirros, en todas partes se metieron, un gran lío hicieron, a los acusados asieron.
No fue hasta pasados unos días que las voces de ultratumba fueron selladas, los hocicos con bozales no pronunciaban queja alguna.
Aprisionados los difamadores, nadie decía ni pío.
Por sugerencia de Cen-Dam, Éxion decidió que lo mejor sería deshacerse de los habitantes que se le oponían.
¿Cómo hacerlo?
Fácil.
Los tenía que asesinar de la forma más cruenta posible para que los demás, en el caso hipotético de que llegasen a hacerle frente, vieran lo maquiavélico que podía tornarse con sus opositores.
Las subterráneas cámaras de tortura fueron preparadas, métodos horripilantes se emplearon para callar a los detractores, amén de arrebatarles la vida.
A aquel sitio ubicado en las entrañas de la tierra se lo conocía como la Fosa, sitio que se haría conocido más adelante con la intervención de un nuevo líder espiritual.
Fue durante esa tanda de ejecuciones cuando aparecieron los padres de Degui, culpables de haber abierto la boca, sobre ellos la peor maldición cayó.
Éxion contrató a los mejores sayones con el fin de que los encadenaran, embadurnaran de aceite y les prendieran fuego.
El peor error cometido fue el haber obligado al dragoncito a verlos agonizar hasta la muerte, en esa infinita e indescriptible escena de sufrimiento inhumano.
Ver morir a sus padres es lo peor que puede presenciar un hijo, eso Degui lo descubrió en carne propia.
Plañó a moco tendido al verlos sucumbir ante él, entre las llamas del infierno.
No satisfechos con semejante salvajada, los verdugos lo arrastraron a otro habitáculo, donde aparte de despojarlo de su virginidad, lo torturaron rasgándole la carne con ganchos de carnicero, le produjeron quemaduras de tercer grado, le arrancaron uñas y dientes, le extirparon la lengua, le metieron agujas en los ojos, le partieron la mandíbula, le desgarraron el ano al introducirle una pera de la angustia, le derritieron el esófago al darle de beber lava ardiente, y un montón de cosas más.
Matarlo no era necesario, sólo lo hicieron para divertirse, les producía placer ver sufrir a otros.
La anhedonia del draggie durante el martirio fue lo que le produjo más dolor que ninguna otra experiencia antes vivida.
Le purificaron cuerpo y alma antes de dejarlo convertido en un trozo de carne.
Éxion, al que no se lo saltaba un galgo, pasó desapercibido el juicio injusto que ordenó efectuar en vistas de mantener incólume su imagen.
No sentía ni una pizca de culpa por haber cometido tamañas injusticias en detrimento de sus congéneres.
La prisión subterránea, en la que trabajaban minotauros y centauros como guardiacárceles y celadores, pronto vio nacer a un auténtico demonio con cuerpo físico.
Inofensivo lucía, a simple vista, mas tenía la suficiente fuerza y fiereza para matar a un mamut.
El dolor sentido lo canalizó hasta convertirlo en odio, y ese mismo odio lo convirtió en energía.
Dispuesto a tomar represalias a toda costa, se autorregeneró en pocos días, recobró el conocimiento, se dirigió al exterior en busca de los guardias de seguridad.
Desde ese momento en adelante, el deseo por matar era tan elevado que no se podía controlar de ninguna forma.
La matanza de guardias fue tan rápida que pareció acontecer en un pestañeo, la manera de desmembrar y desmenuzar la carne de los verdugos puso de manifiesto la identidad hiperviolenta de un nuevo asesino serial con nula empatía.
Abandonó la prisión recién cuando todo el sitio quedó hecho una carnicería.
No hubo tiempo de ahuecar el ala ni de pedir ayuda, todos los guardias fueron eliminados como parte de un juego macabro similar a los empleados por el asesino Jigsaw, con complejísimas trampas mortales.
El alcaide de ese entonces, un dragón rojo adicto a las peleas de salvajes, fue interceptado por último, se llevó una gran sorpresa el día que descubrió que un inofensivo dragoncito de poco más de un metro de altura había causado una masacre de ese nivel.
Bajo amenaza de muerte, le escribió una carta al traidor, a quien se la envió por medio de un emisario contratado recientemente.
Degui lo dejó vivir un poco más de tiempo, en lugar de asesinarlo a sangre fría, optó por encadenarlo a un poste, sellarle la boca y esperar hasta que muriera de hambre.
Ni bien Éxion se enteró de que sus lacayos habían dejado con vida a uno de los hijos de los perpetradores, pidió que se hiciera una inspección de la zona, a efectos de investigar qué era lo que, de verdad, había acaecido allá abajo.
Los inspectores que fueron en busca de respuestas hallaron un cadáver encadenado, lo identificaron enseguida, era el alcaide que Degui había dejado a merced del tiempo, el que lo consumió hasta dejarlo sin hálito de vida.
El jovenzuelo que ya contaba con un poco de experiencia en el mundo del crimen, los tomó desprevenidos, los decapitó con un hacha, con sus cabezas adornó la entrada del recinto, la sangre derramada se la untó en el cuerpo, quedando impregnada en él el aroma de la venganza.
A los siguientes en liquidar fueron los guerreros que el propio Éxion encargó que hicieran el trabajo sucio por él.
Un día los envió y nunca volvió a saber más nada de ellos.
Se rumoreaba por los lares que el dragoncillo acusado de zoocidio estaba endemoniado, poseído por el diablo, encolerizado como una fiera.
Incrédulo, Éxion marchó en persona junto con sus siervos hacia la prisión subterránea, se asombró al toparse con un descampado singular, un sitio repleto de estacas de varios metros, cuyas puntas tenían una peculiaridad: en ellas descansaban los cráneos pelados de sus enviados.
Los carroñeros ya habían pasado por allí, sólo dejaron huesos a la vista.
Los cuatro minotauros rojos que acompañaban a Éxion, para sorpresa de nadie, fueron ejecutados con una alabarda extremadamente filosa, los diez dragones rojos que cumplían el rol de protectores fueron apedazados de igual manera.
Degui se presentó como el vengador, el asesino de asesinos, el futuro sucesor de Verrauten.
Para Éxion, aquel encuentro decisivo lo dejó enmudecido, aterrado y consciente de que había cometido un traspié sin igual.
Intentó negociar con el asesino, le ofreció la oportunidad de perdonar y olvidar lo sucedido a cambio de una oferta interesante.
Por más que le ofreciera la vida eterna, Degui estaba convencido de que debía continuar con la misión de purificación.
Hacia el impostor caminó, lo apuñaló tantas veces que lo dejó hecho un colador, lo destripó, le arrebató todos los órganos internos, salpicó litros y litros de sangre por el suelo, le arrancó la cabeza y con ella se armó un nuevo tótem al que llamó la flecha ascendente, un símbolo religioso de la época que se refería a la guerra santa entre diversas ramas del Monsismo.
Si quería que la religión fuese una sola, sin ramificaciones sectarias, tenía que intervenir, tomar el lugar de un nuevo líder espiritual, pasar a ser lo que sus padres siempre quisieron que fuera: un elegido de Mön.
Desde ese momento en adelante, la vida de Degui estuvo fuera de todos los registros históricos, documentológicos y archivísticos.
Los cronistas nunca hicieron una puesta en común, algunos aseguraban que se había escapado, otros que había permanecido en Verrauten durante el transcurso de su vida.
Lo único que sí era cierto de él fue la insaciable sed de venganza que, en pocos años, lo distinguió del resto.
Cen-Dam, cuando cayó en la cuenta de que Éxion fue borrado del mapa a manos de un asesino mordaz, hizo como si nada hubiese ocurrido.
Se buscó un remplazo, tomó como sustituto a un pariente cercano, un tal Valker, un sujeto medio hosco que pocas ganas de hacer escándalo, si es que alguna, tenía.
Lo puso por ponerlo, no porque lo necesitara.
Fue otro de los tantos casos de nepotismo en Xeón.
Valker era tío político de otro dragón negro de suma importancia que luego sería tomado por Degui como vaticinador personal.
Kromte, Meicrevish, Delkraveht y Jaishod fueron figuras políticas de poca trascendencia para Xeón, se los conocía más como terratenientes que como líderes partidarios.
Los cronistas hablaban de ellos como los aliados estratégicos a cargo de la redacción de los salvoconductos en tiempos de crisis territorial.
Amnistiaban a los grandes felones cuando no se los podía enjuiciar, fueron ellos, como debía de ser, los que luego juraron a favor del nuevo dictador de turno.
De los cuatro interesados, Kromte fue el único que no sufrió destitución de parte de Cen-Dam, los demás fueron dados de baja por órdenes de Valker.
El hecho más importante, y también tajante, para los dragones fue el descubrir que un ser muchísimo más poderoso y despiadado que Cen-Dam existía.
Se presentó ante todos durante un evento patriótico, rodeado de clérigos y esclavos, ante el rey del continente caminó, a su castillo ingresó, pidió que lo dejaran solo para hablar con él.
Era la primera vez que un desconocido se metía al castillo sin una cita previa, algo que muchos considerarían fuera de lugar.
Ante un grupo reducido de guardias, el nuevo líder pronunció lo siguiente: —Cen-Dam, me da mucho gusto poder verlo en persona, pensé que sus guardias no me dejarían entrar —inició el diálogo y se le arrimó con la intención de persuadirlo, como fuese, a fin de que accediera a su petición—.
Déjeme decirle que estoy complacido de ver que ninguno de sus vasallos se me opuso.
Eso me agrada.
—¿Puedo saber quién carajo te invitó a mi morada?
—¡Cuidado con esa forma de dirigirse ante mí, mi estimado rey!
—le advirtió y lo miró de reojo—.
Sabe muy bien que mi poder supera el suyo y el de sus hermanos por mucho.
Incluso, puedo decir que supero a todos los dragones del mundo.
—Yo soy el rey aquí así que… Con un ligero chasquido de dedos el intruso hizo polvo a los guardias del rey, ni siquiera se esforzó en eliminarlos, fue un acto repentino.
Dejó salir su poder interior, rodeado de un aura rojiza, mostró los dientes cual perro irritado, sonrió con descaro, le hizo un ademán, lo obligó a postrarse ante él.
Caminó alrededor de Cen-Dam, clavado de rodillas en el suelo, le susurró que tenía planeado hacer unos pequeños ajustes en la gestión del continente, empezando por declararse el nuevo amo y señor del planeta.
—Me llamarán Dégmon, el Mesías, el descendiente de Mön, representante de la religión verdadera y fundador de la primera iglesia oficial —le explicó mientras circulaba a su alrededor—.
Mi profeta de confianza será Vishne, el que narrará las conquistas que llevaré a cabo de ahora en más con ayuda de usted y de sus dos hermanos.
A propósito, ya que lo mencioné, planeo hacer una ceremonia de apertura en la que me daré a conocer ante todos los dragones.
Quiero que ustedes tres estén presentes durante ese día, así como también los comandantes y generales de los tres ejércitos.
A todo aquel que no asista, sea por el motivo que sea, lo exterminaré.
El inmenso temor que sentía Cen-Dam al tener tan cerca a Dégmon era incomprensible, algo nunca antes sentido.
En verdad que aquel dragón rojo de dentadura impecable daba más miedo que la mismísima muerte.
El nivel en el que se encontraba no era cuantificable, era el nivel supremo, al que nadie jamás de los jamases había llegado.
Se lo consideraba de raza Akaruh, un invento sólo utilizado entre los dragones.
A diferencia de los de sangre azul, por sus venas corría la sangre divina, a veces confundida con sangre demoníaca.
De hecho, ciertos cronistas lo mencionaban como de raza Lejakuh cuando en realidad nunca se supo cuáles eran sus verdaderos orígenes.
En cualquiera de los casos, el sujeto era de clase superior y raza superior hasta donde se sabía.
Enceguecido por el temor y la incomodidad, Cen-Dam dio brazo a torcer, se comunicó con sus hermanos y los trajo de regreso a Xeón con la finalidad de presentarles al nuevo líder espiritual, la rencarnación de Mön, ese dios falso inventado por Draco para beneficio de los gobernantes.
Claro que Dégmon no sabía que Mön era una figura mitológica carente de existencia física, lo consideraba tan real como el aire que respiraba, una parte de su interminable árbol genealógico.
El día de la presentación, ante una agrupación que incluía a todos los dragones del mundo, a excepción de los salvajes, Dégmon se presentó como el nuevo soberano cuyo poderío se extendía como la luz por el horizonte.
Según él, Mön lo había contactado, telepáticamente, le pidió el favor de realizar la Gran Purificación de Razas o Seres Imperfectos, de ahí el nombre dominación, con la expectativa de crear el mundo ideal para la especie.
Dégmon era, por orden mayor, la autoridad máxima tanto en Xeón, en Ashura como en Mitriaria.
Los tres reyes continentales, cagados en las patas, juraron lealtad ante él y ante el pueblo que los vio hacer genuflexión ante un líder carismático y de gran astucia.
Lo que Draco había llamado la Guerra de las Razas pasó a ser la Gran Purificación de Razas, lo mismo, pero más brutal.
Socavado en lo más hondo del inconsciente colectivo, el nuevo enviado del Cielo pasó a ser el dragón de los dragones, pese a que dicho título le correspondía a Draco por ser el más puro de la especie.
La primera orden de Dégmon fue la de restablecer la paz usurpada, en aras de efectuar la mayor cruzada de todos los tiempos, la madre de las conquistas, el pogromo universal que incluía derramamiento de sangre pagana a manta.
El holocausto lo llevarían a cabo, principalmente, dragones salvajes al servicio de los reyes, la substracción de tierras enemigas la llevarían a cabo, en su mayoría, dragones antropomorfos.
Los esclavos de guerra, los que no valían una mierda, podían ser usados a gusto de los conquistadores, como mercancía o chivo expiatorio.
La ascensión de Dégmon implementó la creación de un nuevo grupo de inspectores de misiones, los patriarcas de Xeón: Berker, Belsemuth y Velsefor, una tríada igual de poderosa que la Trinidad de los Dragones establecida por Draco a beneficio de la Familia Real.
Los nuevos comandantes, los más indicados, fueron Vakum, Fujiroh y Exégenus.
El profeta era Vishne y su familia formaba parte de una casta de alto linaje que tenía la potestad de tomar decisiones administrativas en el marco regulatorio que podía, conforme al caso dado, eximir tanto a reyes como a clérigos.
El Gran Pacto hecho en aquella presentación significaba un antes y un después en la historia del mundo.
Asimismo, como la relación entre los tres hermanos no era del todo buena, Dégmon los obligó a firmar un acuerdo, el Tratado de Paz Fraternal, mediante el cual podía cerciorarse de que los reyes, bajo ninguna circunstancia, le declarase la guerra el uno al otro.
A él le convenía que ellos se llevasen bien siendo que los usaba como títeres, los que lo representaban en tierras lejanas y hacían el trabajo sucio por él a cambio de libertad.
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