Kompendium - Capítulo 60
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60: LX 60: LX Jarkarus y su legión habían aterrizado cerca de Metrasia.
Habían llegado en la época más fría de la temporada.
Buscaron un refugio que fuese tibio y espacioso para resguardarse de las bajas temperaturas.
Se reunió con su grupo alrededor de una fogata y le contó lo que planeaba hacer para desbaratar a las hordas enemigas con eficacia.
Los demás escucharon con atención mientras él les explicaba el plan que tenía en mente.
Les dijo que, como él era el dirigente de la legión, debían protegerlo como a sus propias vidas.
No debían rendirse bajo ninguna circunstancia y no mostrar lástima por las tropas enemigas.
Ante la interesante concatenación de ideas, Tunek le dijo que podía ser su escolta personal.
Él sentía una gran admiración por él, no hubo oposición por parte del líder.
Esa misma noche, después de que todos se fueron a dormir, Ropus se quedó a vigilar la parte de afuera.
Hacía tanto frío que le temblaban las piernas.
Tenía puesta una túnica, un chaleco hecho con piel de bélfi y un gorro de lana, y aun así sentía el frío.
Decidió salir a dar una vuelta para entibiar el cuerpo.
Al rato, dos hienas aparecieron y hallaron el refugio.
Vieron que había grifos de clase superior adentro y salieron corriendo.
Tenían que dar aviso a los demás.
Mientras Ropus caminaba por la espesa nieve, vio a las hienas corriendo hacia el interior de una cueva cercana.
Preparó la lanza y fue a investigar.
Si había hienas, había otros enemigos también.
Se metió a la cueva sin hacer ruido y buscó entre las oscuras grietas.
Caminó por un sendero con un techo repleto de estalagmitas y se introdujo en un lugar desconocido.
Tuvo que saltar entre las estructuras pétreas para no caer al vacío.
Oyó algunas voces, notó que no estaba solo.
Se dio un buen susto cuando vio la figura de un dragón a un costado.
Se preparó para atacar, lo bueno era que la figura estaba inmovilizada.
Al acercarse más, se fijó bien.
El dragón estaba congelado, parecía que alguien lo había dejado en ese estado.
Tomó otro camino y fue hacia una parte más húmeda.
Oyó gritos y se quedó quieto al lado del muro.
Dos hienas salieron corriendo hacia la parte del fondo, una criatura extraña los perseguía.
Ropus no alcanzó a ver qué era, imaginó que no se trataba de un ser amigable.
Siguió un estrecho camino húmedo rodeado de hielo y se detuvo cuando oyó otro grito.
Escuchó los ruidosos pasos en la parte de arriba y miró hacia todas partes.
La inquietud se apoderó de él y se quedó quieto un momento.
Sintió algo detrás de él y se dio vuelta.
Vio una figura acercándose de forma parsimoniosa.
Se trataba de una raza de mantícora nocturna que habitaba en las cuevas del Noroeste.
Eran seres salvajes con gran habilidad para atrapar criaturas desprevenidas.
Los aldeanos de Metrasia los llamaban deltrones y los mantenían aislados de sus hogares porque sabían que eran peligrosos.
Ropus preparó la lanza para atacar.
La mantícora lanzó un zarpazo y logró cortarle el chaleco.
Él le clavó la lanza en el cuello y la mantuvo quieta hasta que se desangró.
Supuso que ese lugar no era seguro para andar.
Salió por donde había entrado y vio que había decenas de minotauros y dragones en la parte de afuera que querían refugiarse en esa cueva.
Como él no podía salir y avisarles a sus compañeros, prefirió encargarse de los enemigos por su propia cuenta.
Se metió por un camino angosto y corrió hacia la parte del fondo.
Las rémoras eran varias: las hienas, las mantícoras, los minotauros y los dragones.
Se detuvo antes de meterse en una caverna.
Vio sangre en el suelo y algunas escamas negras.
Era obvio que había más dragones en los alrededores.
Escuchó el grito desesperado de unas hienas y se quedó mirando a ver qué pasaba.
Esperó a que aparecieran y las empaló cuando se le arrimaron.
Aljokerus estaba algo inquieto debido a una pesadilla que lo había estado atormentando desde hacía varias semanas.
Todas las noches soñaba lo mismo y se sentía bastante incómodo.
En sus sueños veía cómo se torturaba de manera atroz y horripilante a un gran número de criaturas y polluelos.
Había monstruos grotescos que empleaban horribles máquinas de tortura y hacían sufrir a un montón de seres inocentes.
Les perforaban las entrañas con gruesas agujas oxidadas y les metían agua hirviendo por la boca.
A los polluelos los desplumaban y luego les raspaban los huesos con ganchos.
Les inyectaban ácido por el ano y les arrancaban las uñas con pinzas.
Se despertó de manera brusca y notó que estaba en un refugio con sus aliados.
Salió a tomar un poco de aire fresco y vio que Ropus no estaba.
Despertó a los demás y les dijo que tenían que salir a buscar al glotón.
Como se encontraban en un lugar desconocido, no podían fiarse de nada.
Aun siendo Ropus un corajudo animal, no podían dejarlo a la deriva.
En un sitio como ese, podía haber cualquier clase de criatura al acecho.
La legión se desplazó en la oscura y fría noche y llegó hasta la cueva.
Se guiaron por las huellas que había dejado el mustélido.
Daguemi notó otras huellas sobre la nieve y supuso que los invasores habían pasado por allí.
Dio aviso y la legión se apresuró por ir a buscar al integrante faltante.
Seis dragones ingresaron en lo profundo de la cueva y se toparon con un shatóker solitario que estaba completamente tapado, sólo se le veían los ojos y las manos.
Se había separado de sus congéneres por cuestiones personales.
Vivía en lugares oscuros dado que los rayos del sol lo lastimaban.
Había adquirido la habilidad de congelar a los enemigos con magia.
Ropus estaba sobre un puente de piedra cuando vio al sujeto por primera vez.
Creyó que se trataba de un nativo de la zona que intentaba defender su hogar.
El shatóker extendió las manos y congeló a los dragones.
Los minotauros de piel blanca aparecieron desde atrás y lo maldijeron.
Como ellos eran inmunes al frío, la magia del hechicero no tenía ningún efecto sobre ellos.
Ropus descendió delante de la hilera de minotauros y les dio muerte antes de que pudieran atacarlo.
El hechicero le agradeció por haberle ayudado.
Una hiena se asomó al puente y vio al glotón con el shatóker, sopló un cuerno para llamar refuerzos.
Un flechazo sorpresivo le atravesó el cuello y pereció.
Daguemi era la que le había disparado.
Se reunió con el hechicero, le dijo que los alrededores estaban repletos de invasores y que enemigos poderosos se aproximaban desde el Norte.
Por suerte, la legión apareció pronto y se reunió con el glotón.
Tras ser informados sobre la inminente amenaza y la peligrosa tesitura, decidieron unir fuerzas para acabar con los enemigos.
Tunek, Yupachi, Ropus, Deshamaria y el shatóker ahora tenían protectores que los podían defender de los fastidiosos antagonistas.
Llegaron centauros y quimeras.
Detrás de ellos venían tres kratsukes.
Jarkarus dirigió la legión al frente y se enfrentaron a los rivales.
Acabaron con los centauros y formaron un círculo defensivo.
Entretanto, las quimeras luchaban contra los deltrones.
Se aseguraron de eliminar a todos a fin de que no siguieran molestando.
La tortuga y el shatóker se habían quedado cerca de una de las entradas del costado.
Un sonido extraño se oyó y apareció una figura oscura desde la parte de arriba.
Con el veloz movimiento de un hacha, el kratsuke, que había acabado de aparecer, partió por la mitad el cuerpo del shatóker.
Yupachi se asustó y corrió hacia la legión.
Jarkarus se puso firme y esperó a que el rival se acercara un poco más.
Los otros kratsukes aparecieron y se dispusieron a exterminar a la legión.
Los soldados tuvieron que dispersarse y atacar por separado.
Aljokerus e Izkerus fueron por uno de los kratsukes y lo atacaron reiteradas veces, por desgracia no lograron lastimarlo.
El minotauro tomó las lanzas y las rompió con sus monstruosas manos.
Jarkarus lo tomó de los cuernos y lo mantuvo distraído, Aljokerus usó la lanza para clavársela en el abdomen reiteradas veces, recibió un puñetazo y acabó incrustándose en la pared rocosa.
Jarkarus acabó arrancándole los cuernos, los usó para perforarle los ojos y clavárselos en la garganta.
Con eso lo doblegó.
Mientras tanto, Izkerus estaba luchando contra otro kratsuke, esquivaba los ataques y le hundía la lanza en el cuerpo para hacerlo enfadar.
Aljokerus recibió un golpe sorpresivo y fue empujado unos cuantos metros.
Antes de que el minotauro lo golpeara, Jarkarus se interpuso y lo protegió con una lámina pétrea, sirvió para defenderlo.
Izkerus le lanzó un hacha y le rompió el hombro, Aljokerus le atravesó el vientre y le saltó encima, sacó una navaja y le hizo un corte profundo en la garganta.
De esa manera, lo derrotó.
El último kratsuke atacó con una maza.
Los integrantes de la legión se separaron y rodearon al enemigo.
Su espalda fue perforada por tres lanzas, Jarkarus usó el hacha para cortarle una pierna y desestabilizarlo, Aljokerus e Izkerus le dieron muerte con sus lanzas al clavársela en el pecho.
Yupachi les avisó que las quimeras estaban de regreso y más enemigos venían en camino.
Tomaron las armas de los enemigos y salieron rajando.
Desde la parte de arriba, lanzaron flechas y frenaron el avance de una horda numerosa de minotauros y quimeras.
La tortuga fue por ellos y les dijo que debían abandonar la región, si se quedaban, los iban a sitiar.
Si bien eso sonaba como un desplante, tenía sentido.
La legión salió de la cueva.
Jarkarus decidió que lo mejor era mantenerse en grupo y marchar hacia Goutania antes de que apareciesen más tropas enemigas.
El problema se daba por una cuestión de visibilidad.
Luchar de noche era la mar de complicado, no se podía ver casi nada.
Si bien los soldados tenían una visión aguda, a veces les costaba distinguir las cosas cuando estaba demasiado oscuro.
El viaje nocturno se hizo por vía aérea para facilitar las cosas.
Debido a la fuerte tormenta de nieve, los soldados tuvieron que descender y meterse en una cueva subterránea.
Como Yupachi ya conocía la zona, depositaron la confianza en ella y la dejaron a cargo de la vigilia.
Los soldados se acostaron juntos para darse calor y se durmieron.
Debido a la fuerte ola polar, la temperatura descendió de manera estrepitosa.
Los siguientes días fueron álgidos, una gran parte de la zona Noroeste había quedado tapada por la nieve, los pocos caminos y lagos de la zona habían quedado congelados.
Fue una temporada dura para las criaturas y para los invasores.
El frío extremo no beneficiaba a nadie; todo lo contrario, les dificultaba la circulación a los caminantes.
Los soldados habían estado días enteros pasando frío y hambre.
Tenían ganas de volver al centro.
Pensaban que no iban a poder seguir adelante con ese horrendo clima.
Jarkarus se mantenía firme en la misión.
Como cabecilla, tenía que encargarse de proteger a sus soldados sin importar la situación que tuviese que afrontar.
Él tenía la capacidad de ser un buen líder y protector.
En un momento dado, se reunieron alrededor de una fogata.
El excesivo frío les hacía temblar las piernas, las gruesas plumas apenas servían para mantenerlos tibios.
Jarkarus estaba preocupado por la situación.
Si las cosas no mejoraban pronto, no iban a poder completar la misión.
Se acordó de su familia y de lo valiosa que era su vida.
Deseaba volver a verlos pronto.
Habían estado aislados desde hacía años.
Los echaba de menos, y más en esa circunstancia apremiante de la que no se podía esperar nada bueno.
Todos estaban cansados de estar luchando por nada.
Querían que la absurda guerra terminara pronto.
En realidad, y para desgracia de todos, las cosas recién estaban empezando a ponerse peliagudas.
Las contiendas todavía iban a seguir muchos años más, así lo deseaba el maléfico rey de Korozina.
Yupachi retornó con algunas cosas.
Había hallado vegetales, una olla y algunas mantas viejas.
El regreso de la tortuga puso contentos a los soldados, sus expectativas cambiaron al instante.
Ropus ayudó a la tortuga a preparar los vegetales para hervirlos.
Ese día, se dieron el gusto de comer algo caliente para recomponerse.
La sopa no era la misma que preparaban en Miadicia, mas servía para lidiar con el hambre.
Yupachi mencionó que había visto huellas de dragones en el camino.
Supusieron que los invasores andaban buscándolos, tomaron la decisión de salir de ese sitio antes de que los encontraran.
A la mañana siguiente, salieron con los aliados y viajaron hacia Goutania.
Llegaron a dicho reino al cabo de unas horas de caminata.
Un guardia miró por una de las ventanas del adarve y vio que se acercaban cuatro grifos que cargaban animalitos indefensos a cotenas.
Dio parte a los guardias que estaban dormitándose en las almenas con la finalidad de que abrieran la caseta de guarda.
Como el foso estaba congelado, no tuvieron problema alguno para ingresar.
Yupachi les había contado que el interior de la fortaleza era el lugar más seguro de la región.
Había comida y sitios cómodos para dormir.
Jarkarus se encontró con los habitantes de Goutania y les dijo que necesitaban resguardarse del molesto frío invernal.
Ellos les dieron permiso de quedarse en la fortaleza el tiempo que quisiesen.
De esa manera, la legión se quedó a pasar el invierno en el interior de la estructura.
A la mañana siguiente, tras haber descansado bien, se hicieron presentes dos zarigüeyas, Geljetraf y Apoxel, baldadas de tanto andar yendo y viniendo de un punto a otro.
Anhelaban regresar a Arlagadia, el tema es que no podían hacerlo por cuenta propia con tantos invasores rondando por doquier.
Los grifos tuvieron que hacer un trato con ellas: iban a acompañarlas hasta Miadicia, desde ese punto en adelante, ellas iban a tener que viajar hasta la región meridional.
Izkerus y Deshamaria propusieron hacer un viaje aéreo para cortar camino, una buena idea, aunque no del todo teniendo en cuenta que podían toparse con otros exiliados a mitad de camino.
Les convenía, más por altruismo que por otra cosa, hacer el viaje a pie.
Lo que no sabían era que allá afuera los senderos estaban infestados de invasores.
Las zarigüeyas no sabían cómo agradecerles por decirles que sí, se ponían de rodillas y les hacían reverencia, algo que Jarkarus rechazó siendo que consideraba que Ioba era el único ser que merecía tales tratos.
Los aliados también pensaban ir con ellos a despecho de que podía ser el último viaje que realizaban en grupo.
Como todo ya se había ido al abismo, daba igual si morían o no durante el transcurso de la guerra.
Al fin y al cabo, todos iban a sucumbir en algún momento.
Los preparativos hicieron esa misma tarde, antes de arrumbar Goutania.
Con panoplias prestadas y armas afiladas, los grifos y sus aliados se dispusieron a hacer un nuevo viaje de regreso al Sur.
Al saber que ya no contaban con las legiones auxiliares que alguna vez fueron parte del batallón entrenado por Zienzui, les daba lo mismo seguir contendiendo passim.
La parca, afanosa por conocerlos, esperaba pacientemente la llegada de los protagonistas para darles un cálido abrazo con el que les daría el beso de las buenas noches.
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