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Kompendium - Capítulo 65

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65: LXV 65: LXV Como al rey de Korozina le costaba hacer otra cosa aparte de estar sentado todo el día en su trono bebiendo vino, contaba con otros dragones negros (de raza intermedia y nivel inferior) que se ocupaban de calificar a los salvajes, a los que llamaban drakshen (del Serfi antiguo drak [dragón] y shen [salvaje/silvestre].

Asimismo, los dragones antropomórficos recibían las denominaciones draggie (drak + ggie = dragón joven/infértil) y drakne (drak + ne = dragón adulto/fértil).

La raza a la que pertenecían los de sangre azul era conocida como Lejakuh (raza demoníaca), los de sangre divina eran conocidos como Akaruh (raza suprema) y los de sangre roja eran conocidos como Blatakuh (raza inofensiva).

Los draknes que estaban al servicio del rey eran menos de nueve mil, cada uno se encargaba de labores que no requerían demasiado esfuerzo físico.

Para los trabajos pesados estaban los esclavos.

No obstante, los encargados de inspeccionar los puestos de trabajo eran ellos.

Si llegaban a encontrar esclavos perdiendo el tiempo o haciendo otra cosa que no fuese lo encargado, informaban al rey por medio de emisarios personales.

Como criar a los drakshens era una tarea complicada, se la encargaban a los minotauros negros o a los azules.

La crianza y domesticación de dragones cuadrúpedos nunca era algo sencillo, eran verdaderamente difíciles de controlar: mordían, arañaban, escupían fuego, corneaban… hacían todo lo posible por no obedecer órdenes.

Desde que nacían los sometían a duros entrenamientos, lo más difícil era ganarse la confianza del entrenador.

A veces, los salvajes herían al entrenador o se lo comían, eran gajes del oficio.

Decenas de minotauros negros ya habían muerto a manos de los dragones salvajes en una isla sin nombre ubicada en medio del océano Septentrional, a trescientos kilómetros de Korozina.

Como se trataba de una isla de gran tamaño, había espacio de sobra donde mantener a los machos y las hembras enjaulados.

En un extremo de la isla, se mantenían bajo siete llaves a las hembras cuadrúpedas (a veces llamadas drakshias) que se utilizaban para la procreación.

La hembra, contrario al macho, recibía un mejor trato puesto que era la encargada de parir cada año una cantidad determinada de huevos y empollarlos.

La época de apareamiento era en ciernes de la primavera, momento en el que se dejaban salir a las hembras para que machos fértiles las penetraran y las preñaran.

En una orgía bajo tierra, dragones y dragonas se cruzaban, hacían lo que tenían que hacer a fin de que se diera la gravidez.

Por lo general, era el único momento del año en el que los machos no se mostraban tan agresivos, cuando se trataba de encintar una hembra ninguno se portaba mal.

Quienes intervenían en la revisión del apareamiento siempre eran los menos afortunados, ligaban pisotones, coletazos, zarpazos o mordiscos por mirones.

Los coitos nunca duraban más de media hora, era suficiente para vaciar los depósitos espermáticos.

El macho tenía por costumbre montar a la hembra al estilo perrito, la penetraba con ferocidad hasta venirse.

Era común escuchar rugidos leves entre orgasmos.

Como las hembras eran siempre más pequeñas, no había problemas al momento de copular.

Una vez finalizada la etapa del ayuntamiento, el macho era retirado y la hembra devuelta a su celda.

En ese ínterin, lo más común era recibir un mordisco, a los machos no les gustaba nada que les interrumpieran en pleno acto ni que les tocaran mientras estaban teniendo ayuntamiento.

Por cuestiones de practicidad, siempre se usaban los mismos machos para la procreación, las hembras se las iba cambiando de acuerdo a la edad, las viejas dejaban de ser fértiles en algún momento, a esas las sacrificaban y sus restos iban a parar a la olla.

La hembra estaba condenada a ser una incubadora de por vida.

De cierta forma, sufrían menos que los machos escogidos para la guerra.

Aquellos que obtenían un buen rendimiento durante el periodo de entrenamiento eran seleccionados para formar parte del Ejército Negro.

Eran tan brutos y salvajes que en ocasiones atacaban a sus propios aliados (casi siempre hienas y centauros).

Como las especies aliadas pasaban más tiempo en contacto con dragones, adquirían un olor distinto que cualquier salvaje detectaba.

Otra de las cosas que se hacía era dejar a los salvajes días enteros sin comer, haciendo eso se lograba que incrementasen las ganas de matar inocentes.

Se decía que un dragón hambriento era más peligroso, con tal de saciar el apetito estaba dispuesto a hacer hasta lo imposible.

En casos extremos, los salvajes recurrían al canibalismo, se comían unos a otros cual si aplicasen la ley del más fuerte.

El consumo de ciertos compuestos químicos facilitaba el crecimiento de las glándulas intrasalivales, escondidas entre las fauces, con las cuales lanzaban una combinación de oxígeno, hidrógeno y nitrógeno que, al hacer contacto con el calor de la mandíbula se podía convertir en fuego.

Dichos órganos recibían el nombre de piróndulas (glándulas productoras de llamas).

Aprender a escupir fuego no era nada fácil, todo salvaje estaba obligado a hacerlo.

Algunos salvajes de escamas negras podían escupir gas tóxico, fuego violeta o rayos.

En el caso de los dragones que carecían de antedichos órganos, o bien no podían escupir nada, o escupían alguna otra cosa.

Los verdes escupían veneno, los azules rayos, los blancos aire congelante, los plateados aire cristalizante, etcétera.

Los dorados, por ejemplo, no escupían nada, pero llegado el límite de presión arterial, se autodestruían explotando como una bomba.

Los dragones también se podían quemar con su propio fuego, no cuando lo escupían, sólo cuando recibían el ataque de otro dragón.

Antes bien, el dragón rojo era el más peligroso ya que el fuego que expelía era mucho más abrasador que el de los negros.

Al vivir en un continente tórrido como lo era Xeón, los dragones salvajes se volvían inmunes al calor extremo (temperaturas ambientales por encima de los 100 °C).

Ello no significaba que no podían ahogarse si se caían en un mar de lava.

Tanto en Mitriaria como en Xeón, los criadores de bestias voraces se la pasaban quejándose de sus infortunios.

Amaestrar dragones nunca era algo que se disfrutaba, era una de las tareas más difíciles de llevar a cabo, ni hablar cuando había escasez de alimento, los entrenadores pasaban a ser parte del menú.

En el continente del Sudoeste, los minotauros negros solían ser los artífices del adiestramiento dragontino, hacían un buen trabajo, lograban ganarse la confianza de los salvajes a base de golpes y amenazas, si es que primero no los descamaban a hachazos.

Ante un eventual ataque, el entrenador podía recurrir a la violencia y darle muerte a la bestia que se sublevaba.

La idea era que los salvajes tenían que ser obedientes y dóciles, les gustase o no les gustase.

Dragón que se rebelaba era dragón condenado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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