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Kompendium - Capítulo 67

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  4. Capítulo 67 - 67 LXVII
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67: LXVII 67: LXVII Cuando el día tan esperado al fin llegó, los minotauros negros fueron convocados a una reunión especial en la última torre del castillo.

Sirvieron al rey el mejor vino y se quedaron quietos para oír lo que tenía pensado hacer.

Informó sobre un nuevo plan de ataque en las regiones meridionales bajo la condición de que, ante cualquier eventual pérdida, no se haría responsable de nada.

Como aquel día era especial, les dio permiso de divertirse y festejar en su honor a su manera.

El rey siempre hacía lo mismo todos los años, era el único día, si se puede decir, que estaba de buen humor.

Dejaba que los esclavos se regocijasen como si fuese un día de vacaciones.

Al ingresar a la sala principal, Gargax presenció uno de los actos de lujuria celebrado en honor al cumpleaños del rey; bien decían que los dragones eran los libertinos más desenfrenados del mundo.

El rey de Korozina, sentado en su trono, recibía los placeres de la felación practicada por sus propios esbirros y acompañantes.

Tomaba sólo dragones y dragonas cuyas edades oscilaban entre los cien y novecientos años, ni más ni menos.

Las hienas se llevaban la peor parte: los castigos más crueles y humillantes.

Entre los centauros y los minotauros, atrapaban a un dragón salvaje, lo encadenaban y lo inseminaban metiéndole un palo aceitado por la cloaca.

Lo empalmaban, lo estimulaban contra su voluntad, el fluido eyaculado lo juntaban en cubetas metálicas y luego obligaban a las hienas a bebérselo como si fuese agua.

Es más, había una cámara especial a la que acudían tanto minotauros como centauros para satisfacer sus deseos sicalípticos.

Allí dentro, como si de un burdel se tratase, a hienas de toda clase violaban y sodomizaban hasta el hartazgo.

Hembras y machos, jóvenes y ancianos, todos recibían cariño de los soldados de alto rango.

Algunas veces, la penetración era tan brutal que les perforaban el ano o la vagina.

Los desgarros internos eran esperables, como así también las infecciones y las enfermedades venéreas.

Era sabido que el sexo entre diferentes especies traía aparejada la posibilidad de contraer enfermedades contagiosas.

Los minotauros nunca se enfermaban, las hienas sí.

Finalizado el periodo de lascivia extrema, Gargax pidió que se le diera la oportunidad de reconsiderar un posible puesto de general de manera permanente, no de suplencia.

Dáikron le dio permiso de irse a entrenar con Deyevoh para ver cuán fuerte podía resultar.

Le pidió que se tomase los próximos novecientos días para desarrollar un mejor desempeño.

Si todo salía bien y obtenía una buena calificación, podía cumplir su deseo, o darle algo incluso mejor.

Entre los generales, se dispusieron a evaluar el desempeño de Gargax en los próximos días.

Presentían que se llevarían una gran sorpresa, conocían a aquel minotauro mejor que nadie, sabían que podía superar todos los obstáculos que se le pusiese.

Tenía todas las chances de obtener lo que quería, sólo necesitaba sudar sangre para ello.

Al salir del Muro Infernal, el general Tábura prometió realizar el trabajo de examinador durante los siguientes meses en la meseta exterior del castillo.

Trik y Tukêl iban a ser testigos oculares del nuevo entrenamiento que se llevaría a cabo dentro del territorio.

Iba a ser una gran oportunidad para chequear la fiereza y poderío de dos criaturas fortísimas.

Al momento de presentarse, el híbrido de corazón frío, como era de suponer, estaba contento de saber que podía divertirse con un aliado en una competencia de destreza física.

Deyevoh con Gargax se podía divertir de la misma forma que Zander con Oncina, ambos eran formidables si de explotar todo el potencial energético se trataba.

Al cruzarse de bruces, Deyevoh presenció la criatura más temeraria que podía existir.

Nada ni nadie acochinaba al malvado minotauro de negrura inigualable, ni Dáikron.

El grifón analizó con la mirada a su nuevo compañero de entrenamiento, le advirtió que no mostraría flaqueza en ningún instante, lo que le esperaba era la peor tortura de la vida.

En ese ínterin, los generales del Ejército Negro, cual si fuesen diádocos alejandrinos, tomaban nota de cada minúsculo detalle.

A fin de que Gargax obtuviese un ascenso, que era lo que más anhelaba, debía mostrar que podía soportar los peores suplicios bajo los peores climas.

Entrenar con Deyevoh implicaba exponerse al máximo peligro.

El único que solía entrenar con él era Dáikron, nadie más lo hacía, por eso era un acontecimiento merecedor de observación.

Desde el primer día que el minotauro y el híbrido se dispusieron a incrementar sus fuerzas, el reino entero lo sintió.

Las actividades extremas que llevaban a cabo rompían todos los límites establecidos, desde desplazarse entre minas de azufre, escalar montañas empinadas sin herramienta alguna hasta sumergirse en la zona vaporosa que parecía el interior de una sauna.

Los ejercicios realizados eran variados y también desgarradores.

Más de una vez se lastimaron por sobreexigirse, lo cual no evitó que siguieran adelante.

El cansancio, la visión borrosa (a veces acompañada de miodesopsias), la sed, el hambre, el sueño y la ansiedad formaban parte de las rutinas más severas.

Era esperable que las secuelas fuesen graves de cuando en cuando, mas no lo suficiente para decir basta.

Ni un hueso fracturado ni un músculo desgarrado eran excusa para no ir a entrenar; quienes se exponían al peligro conocían los riesgos de morir en el intento.

Deyevoh, a tenor de lo anotado por Tukêl, rompía todos los récords habidos y por haber, superaba todas las marcas que otros dragones de clase superior apenas podían lograr.

Es más, Trik llegó a pensar que el híbrido, con el correr de los años, se volvería tan poderoso que podría resultar incontrolable.

El colmo del delirio, llegó a conjeturar que podría rebelarse y atacar a Dáikron por la espalda cuando menos lo esperase.

No era fatalista, pero al ver en vivo y en directo semejante destreza en acción, no era tan descabellado pensar en un posible cambio de parecer a último momento.

Gargax también notó que Deyevoh era la mar de fuerte, no había forma de superarlo en nada, cada movimiento que ejecutaba lo hacía con una precisión inexplicable.

Quién diría que una bestia indómita como Gargax podría sentirse inferior ante el poder de un híbrido que apareció de la noche a la mañana y se convirtió en sirviente del reino.

De a poco fue descubriendo que aquel extraño espécimen le podía jugar una mala pasada si llegaba a hacer algo incorrecto.

Por otro lado, Deyevoh notó también que Gargax estaba muy por encima de lo esperado.

Enfrentarlo en un combate cuerpo a cuerpo no era coser y cantar, la rudeza y temeridad del minotauro no se comparaba con nada antes visto.

Se volvía más y más fuerte a medida que pasaban los días.

El cambio más notable en él era el aumento desmedido de musculatura, sus fibras musculares se rompían y crecían como por encanto.

Cuando Gargax retornaba a su habitáculo para descansar, Tukêl lo atendía, a la vez que le suplicaba que no hiciera nada indebido.

No quería que acabase cometiendo un craso error que lo condenase por pasarse de la raya.

El minotauro, increíblemente, no abusaba de la hospitalidad de su sirviente, escuchaba lo que le decía, prestaba atención a sus palabras, reflexionaba sobre lo que oía.

Tukêl era uno de los pocos hienos que tuvo la suerte de ver en persona al poderoso Deyevoh enfrentándose a las criaturas más feroces de Xeón.

Suponía que un monstruo protervo como ese jamás se dejaría vencer por nadie.

Lo que no sabía, porque no podía leer la mente de otros, era que aquel híbrido no tenía la misma imagen de sí mismo que los demás.

A Gargax lo veía como un oponente digno, incapaz de faltarle el respeto o zaherirlo de alguna manera.

Entre sus interminables colecciones de cadáveres podridos, Deyevoh se preguntaba si era posible asesinar a Gargax y quedarse con su cuerpo.

De ser posible, estaría encantado de apoderarse de aquel inmenso cuerpo repleto de fibra.

Tenía, entre sus pertenencias, cuerpos agusanados y malolientes de minotauros que él mismo había matado.

El olor a podrido que largaban lo excitaba, lo conducía al éxtasis carnal.

Vivía rodeado de cuerpos sin vida a los que consideraba sus posesiones más valiosas.

Y cuando los ataques de lujuria aparecían, con ellos degustaba de las más asquerosas orgías post mortem.

Ante la flagrante reticencia, Gargax hesitaba de si podría llegar a superar a Deyevoh con el tiempo.

Tenía la convicción de que podía lograr cualquier cosa que se propusiese alcanzar, aun cuando eso implicase desriñonarse como un hijo de puta.

Su mente estaba saturada de dudas y vacilaciones, no sabía qué pensar.

Estaba tan confundido que no entendía por qué existía una criatura tan poderosa como esa en Korozina.

¡No era justo!

Lo que ayudaría a que el minotauro se volviese invencible era, sin duda alguna, el deseo de superar a Deyevoh en el campo de entrenamiento.

Una vez superado dicho obstáculo, sólo le quedaría pendiente el pez gordo de la región, el mismísimo Dáikron.

Aunque sonara absurdo, con mucha preparación podía llegar a igualar el nivel elevadísimo del dragón negro.

Si conseguía volverse tan fuerte, ya no tendría que seguir las órdenes de nadie.

Creía en el antiguo proverbio que decía: “Si el alumno no supera al maestro, ni es bueno el alumno, ni es bueno el maestro”.

¿Superar a un dragón de clase superior?

Era una locura en toda la extensión de la palabra.

Por suerte, Gargax estaba más cerca de un loco que de un cuerdo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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