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Kompendium - Capítulo 68

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  4. Capítulo 68 - 68 LXVIII
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68: LXVIII 68: LXVIII Decenas de minotauros de sangre pura ya habían pasado por lo mismo, el ritual de ascensión que los declaraba aptos para comandar las tropas invasoras más poderosas del Ejército Negro.

El pasar de ser un acérrimo esclavo, un peón en un tablero de ajedrez, a ser un stratégos autokrátor era un título más que honorífico para un partisano.

El minotauro más truculento y sanguinario resultó ser el combatiente Gargax, una versión antropomorfizada del toro de Fálaris, en carne y hueso.

Quienes lo conocían de él mal jamás hablaban, pues temían que los desollase a plena luz del día o que se los comiera cual animal caníbal fuese.

Y hasta cierto punto eso era factible, teniendo en cuenta que ya venía de una familia militarizada, criado entre dragones, precoz al estilo de Mwindo.

Una cornada de aquel minotauro dolía más que la picadura de una tocantera y un pisotón de éste equivalía a la pisada de un mamut.

En la magna díptica de Dáikron, preparada por uno de los nárikos, el nombre de los minotauros más poderosos se resaltaba con escritura en mayúscula, los desmañados eran puestos más abajo y con letra minúscula.

Embelesar al rey de Korozina era más que una proeza, era una tarea casi imposible de lograr, pero al fin alguien de clase superior lo había logrado.

Según se rumoreaba, a las hienas Gargax no sólo violaba, les reventaba los orificios a fuerza de Sansón y luego se las devoraba como si fuesen un simple bocadillo.

Se decía por ahí que Gargax tenía tanta fuerza que podía levantar cien veces su peso corporal, o sea, mil quinientos y pico quilogramos multiplicado por cien.

Las calificaciones obtenidas en los últimos duelos contra quimeras y kratsukes habían hecho que un simple mortal dejara en claro que no estaba dispuesto a rendirse en el campo de batalla, ni aunque estuviese en desventaja.

Eso era lo que había acontecido con el minotauro de los nervios de acero.

Fue por eso que se ganó el apodo de “destructor”.

El propio Deyevoh, muy a su pesar, admitió que le tenía respeto y que prefería ser su aliado a ser su enemigo, dada la bravura de aquel guerrillero.

Nunca se animó a enfrentarlo en un combate real, no se animaba a hacerlo por temor a perder.

Era el único ser al que le temía el híbrido, motivo por el cual Dáikron se sintió contento de tenerlo bajo su dominio.

Un celador soplaba un cuerno desde una torre de vigía, como el muecín que llama a los fieles a la oración desde el alminar en la cultura islámica, con la finalidad de que minotauros de toda clase presenciasen la repartición de medallas honoríficas.

Entre medio de las filas de bovinos morrocotudos, se presentaron cuatro figuras oscuras que pronto fueron reconocidas por todos: Gargax, Rushmaj, Auselio y Kalishna.

El propio Dáikron se acomodó sobre una tarima pétrea, esperó a que los cuatro minotauros elegidos se le aproximaran con la intención de otorgarles el beneplácito de comandar a las futuras tropas devastadoras hacia los diferentes sectores del continente todavía sin explorar, de puertos allende.

Junto con Deyevoh, unos nárikos y otros dragones negros de menor rango, pidió que se guardara silencio para iniciar la arenga.

Al primero que llamó fue a Gargax, a él lo quería ver de cerca.

Ante la prolija multitud de rumiantes, el rey de Korozina propuso omitir la categoría de general para Gargax, prefería que se le fuese otorgado el cargo de comandante con la simple condición de que, ante la primera muestra de flaqueza en el campo de batalla, sería destituido sin más ni más.

Llegar a buen puerto no era fácil, ni mucho menos cuando el entorno parecía un hervidero de almas.

El protagonista sabía que no podía cometer ningún error desde ese momento en adelante, todo lo que hiciese debía estar bien premeditado de principio a fin.

Al fin y a la postre, Gargax recibió el mismo título honorífico que los tres minotauros recién ascendidos que lo acompañaban.

Era el más bravo de todos y el que menos ganas tenía de perder el tiempo en entrenamientos interminables.

Con ellos tres no tenía buena relación, es más, se puede decir que se llevaban como perros y gatos.

Rushmaj, Kalishna y Auselio eran más proclives al diálogo y a la planificación, Gargax, en cambio, quería llevarse todo por delante.

Cuando Dáikron le puso la medalla que lo condecoraba como comandante del Ejército Negro, se sintió vigoroso, más autoritario que nunca.

Acababa de alcanzar lo que muchos deseaban alcanzar: un puesto insigne.

Ahora que tenía a los minotauros comunes bajo su pulgar, con ellos podía hacer lo que quería, los podía mandar a la horca sin ninguna justificación de por medio, los podía maltratar bajo la excusa de que así les endurecería la actitud, los podía eliminar si no le hacían caso.

Tanto poder entre sus manos le producía un cosquilleo.

Los nuevos comandantes ya tenían una idea, más o menos clara, de lo que les esperaba más allá de la frontera.

A animales rebeldes de toda clase debían exterminar sin ninguna pizca de lástima, era lo que tenían que hacer con el fin de que la Raza Pacifista se rindiese.

Sólo iban a secuestrar a los vástagos de líderes importantes, a quienes extorsionarían con el deseo de que bajasen los brazos.

Si entre sus decisiones se interponía algún oráculo, tenían el deber de eliminarlo también.

Nadie podía interferir en la Gran Limpieza de especies sediciosas.

Deyevoh era el único aliado que no se ensuciaba las manos como los demás súbditos, prefería esperar a que apareciesen rivales decentes en los alrededores para salir a batallar.

Ya había luchado contra dragones rojos que se metieron sin permiso en las costas del Norte.

Estaba a la espera de algún compañero de exterminio con el que pudiese salir a divertirse, dicho de otra manera, salir a matar a lo loco.

Los nuevos comandantes fueron ovacionados y felicitados por haber logrado escalar a la cúspide de la montaña, ellos eran los mandamases que tenían a cargo millones de subordinados listos para salir a guerrear.

De ellos, de sus decisiones, buenas o malas, dependía la prosperidad de Korozina y el futuro de Mitriaria.

Si Dáikron quería que el Ejército Negro triunfase de la misma forma que lo había hecho el Ejército Rojo en Xeón, debía contar con excelentes capataces dispuestos a dar el do de pecho.

Asimismo, se sabía que entre los distintos sectores lejanos moraban especies rudas que no se dejaban domeñar por la fuerza.

Entre dichas especies se encontraban los acérrimos enemigos de los dragones: los grifos.

Gargax era el más indicado para cambiar la historia del continente, no le preocupaba morir en batalla, estaba tan chalado que hasta prefería ser asesinado a tener que ceder a los caprichos de su amo.

Ahora que tenía más poder que antes, podía darse el lujo de cagarse en el reglamento marcial, pasarse por el culo las normas de convivencia, abusar de su autoridad cuando quisiese.

El día de la ascensión significó un paso hacia lo más alto.

Los nativos aún no conocían el verdadero poder que podía desencadenar el Ejército Negro bajo el mando de un denostoso adalid como Gargax.

Todo era cuestión de tiempo para que el resto de la población cayese en la cuenta de lo peligroso que podía ser un minotauro negro de clase superior en acción.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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