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Kompendium - Capítulo 69

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69: LXIX 69: LXIX De tanto esperar con ansias el día de la salida, Gargax sufrió un síncope y se descompensó a mitad de la planificación, le pidió a Auselio que se encargara de completar la estratagema por él, algo que hizo de mala gana.

El destructor tenía pensado apoderarse de la mitad superior del continente, por eso había trazado en el mapa dos cuadros que marcaban el sector NO y el sector NE.

Quería hacer un recorrido de cientos de kilómetros en medio siglo, tiempo suficiente para visitar a los nativos de las regiones que estaban de Manquetria para arriba.

Rushmaj y Kalishna andaban dando vueltas desde temprano, buscando un papiro en el que pudiesen volcar sus ideas.

Al ver a Auselio en la sala de encuentro, le dijeron que podía echarles un cable.

Llegar y besar el santo no era fácil, los comandantes lo sabían mejor que nadie, por eso siempre se tomaban el tiempo para planificar cada ínfimo movimiento.

Los tres minotauros no veían con buenos ojos las ideas de Gargax, les parecía que se tomaba las cosas para la chacota, o bien porque no era consciente de los peligros existentes fuera de Korozina, o bien porque no le importaba perder a sus valiosas tropas en el camino.

Al dialogar con el general Tábura, finiquitaron que sería mejor dividirse cada uno una porción razonable de tierra a la cual conquistarían al cabo de unos años.

Tukêl se inmiscuyó entre los nervudos taurinos, les pidió que no se entrometieran en los planes del comandante Gargax a no ser que quisieran ser humillados en el intento.

El hieno, bajo la tutela del protagonista, se creía el centro del universo, como si tuviese poder alguno sobre los demás.

Los minotauros se lo quedaron mirando con ganas de desollarlo ahí mismo.

No aceptaban que un pobre enclenque les diese órdenes.

Rushmaj fue el que le advirtió sobre un posible plan de sabotaje que los enemigos tenían bajo las sombras, debían aportar su granito de arena a efectos de que Gargax no cayese en la trampa cual insecto en una telaraña.

Ahora que había grifos en los alrededores, lo más probable era que las confrontaciones fuesen más complicadas que de costumbre.

Ya conocían el poder de los execrables plumíferos.

Desde el generalato, ya habían pedido que se aglutinasen todas las legiones taurinas en las afueras del reino con el deseo de iniciar un nuevo desplazamiento, con vistas al inminente pogromo.

Los soldados sabían que meterse en terreno desconocido implicaba llevar en el pecado la penitencia, estaban al loro del alto riesgo de exposición, y más si había grifos en las afueras.

Todos los invasores estaban al tanto de las misiones fallidas del pasado que les costaron la vida a miles de conquistadores.

En el otro bando, los rebeldes no agachaban la cabeza, sino que se metían en sangrientas reyertas a sabiendas de que podían morir en combate.

Entre los rivales más odiados estaban, desde luego, los sáklios y los sétrekes, animales acostumbrados a la guerrilla que no se dejaban someter por nadie.

Klevisemia y Brumeria eran reinos que no podían atacar así como así, debían primero limpiar el resto de las regiones contiguas.

Gargax fue el único en sugerir que se realizara una fragmentación de tropas para así acometer desde distintos puntos al mismo tiempo.

Pese a que los demás comandantes no estaban del todo de acuerdo con sus ideas, las cuales ponían en riesgo al pelotón, tuvieron que dar luz verde.

Las estratagemas del comandante incluían contar con apoyo extra: hienas al frente, centauros en los flancos, dragones y rifontes en la retaguardia, centinelas y cíclopes en grupos separados.

Si la situación se ponía peliaguda, se podía soplar un cuerno con el cual se invocaban a los soldados más recios, a saber, los pesos pesados del batallón.

Cuando por fin se pudo avanzar, las hordas invasoras marcharon en pos del comandante Gargax y sus generales, elegidos por él mismo, en lo que sería conocida como “la travesía de los cincuenta años”.

Tukêl y Tábura siempre le seguían el paso, a pesar de que no les gustaba mucho la idea de andar metiéndose en quién sabe dónde.

El recorrido inició en Nefiria, desde allí se hizo una división de unidades y cuadrillas que se fueron abriendo de acuerdo a las órdenes dadas por cada general a cargo.

Entretanto, las legiones podían no sólo explorar sitios que desconocían, también podían ubicar recintos en los que podían construir casetas, atalayas, refugios y escondrijos.

Las hienas eran las encargadas de olfatear comida, los centauros de protegerles la espalda y los minotauros de acceder a cada aldea.

Por lo general, se tomaba como carnada una hiena que no estuviese en buen estado, ya sea por la edad o por alguna enfermedad, y se la mandaba a meterse entre los terrenos de los nativos a plena luz del día.

Si todo salía bien, otras hienas daban aviso y los demás exploradores se arrimaban de a poquito.

Los dragones y los rifontes andaban en lo alto de modo que nadie podía detectarlos desde el suelo.

Entre el follaje y la espesura de los bosques aledaños, los cíclopes, los kolosos y los centinelas esperaban con paciencia a que se los llamara desde algún sector.

Eran los más temidos debido al tamaño y la fuerza que poseían.

Raras veces eran acompañados por otros invasores (cancerberos, güishas, grashrenskes, etcétera.).

La línea de conquistas prosiguió como si se tratase de un simple viaje de exploración por los alrededores, diezmar las aldeas nórdicas no fue tan difícil como parecía, aunque bajas hubo bastantes.

Las hienas y los centauros eran los que más caían en batalla, los minotauros y los dragones se las arreglaban para sobrevivir en las grescas más violentas y caóticas.

Los opositores respondieron a las invasiones con un amplio arsenal de guerra, máxime catapultas y fundíbulos, con el que lograron frenar ofensivas y bajar atacantes aéreos.

Rifontes y dragones fueron los que peor la pasaron al ser golpeados con rocas de gran tamaño.

Desde los oteros y los cerros, sobre sus pegasos alados, sáklios de toda clase asaeteaban sin parar; por otro lado, chacales y sétrekes se unían para acometer en grupos numerosos.

La firmeza de Gargax se hacía notar de punta a punta, jamás bajaba la guardia, donde pisaba hacía estragos.

Atacantes de todas partes derrotaba con facilidad, nadie podía herirlo de gravedad, a lo mucho uno que otro rasguño le provocaban.

Con nada más que dos hachas cortas, degollaba a todos los nativos que veía, hacía rodar cabezas por el suelo como si estuviese practicando un deporte de salvajes.

De todos los demás minotauros negros, Gargax fue el primero en avanzar tanto con sus tropas de inquisidores terrenales.

En menos tiempo de lo estipulado, logró limpiar un 30% de la región que había jurado tomar al estilo de Alejandro Magno.

Incluso bajo los climas más extremos, se había metido a explorar.

Se había autoconvencido de que para superar a Deyevoh, debía primero lograr algo que nadie había logrado hasta el momento.

Sin importar el tiempo que transcurriese, el comandante de Korozina se las arreglaba para salir adelante.

Fue gracias a él que las tropas invasoras consiguieron establecer puntos estratégicos en distintos sectores del continente.

De todas las aldeas que visitaba, ninguna quedaba en pie, destruía hasta el último templo.

El fuego de los dragones convertía las moradas y los refugios en cenizas, los minotauros se apoderaban del alimento ajeno y los rifontes se divertían rompiendo todo a su paso.

Fueron cinco décadas destinadas a marcar un momento clave en la historia de Mitriaria, en el que no se podía desaprovechar la oportunidad de llevar a cabo una exploración completa hasta la mitad.

En ese periodo de tiempo, las legiones de Gargax, según se creía, habían asesinado a más nativos que todos los dragones negros que hubo desde el día que Dáikron decidió quedarse con el continente que su padre le había legado antes de fenecer.

Con semejante poder de penetración a favor, era obvio que al rey se le subiría el humo a la cabeza.

Gargax, como era de suponer, no estaba del todo satisfecho con el rendimiento de sus allegados.

Decidió juntar a los más fuertes para llevárselos hacia la parte más alejada del Norte.

Tenía pensado formar una nueva legión que lograse meterse en un reino impenetrable: Miadicia.

Bajo su ingente orgullo, nada podía impedirle correr tamaño riesgo, aun cuando las posibilidades de perder fuesen casi del 100%.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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