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Kompendium - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 VII
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7: VII 7: VII Centurias transcurrieron hasta que llegó a oídos de los dragones la noticia de que una aglomeración de vivérridos se había organizado para formar una especie de secta, la que otorgaron el nombre de Orden Real.

Las civetas autodenominadas oráculos, lo que incluía machos y hembras bajo el mismo sustantivo, no pergeñaban el arte de la violencia ni predicaban arengas, conforme a lo poco que se sabía de susodichos animales.

Eran filósofos estoicos que no se preocupaban por la opinión ajena, siempre tenían en mente alguna tarea que resultase beneficiosa para el grupo.

La existencia de dichos oráculos, al menos en gran parte, no representó una amenaza para los dragones hasta que aparecieron en escena híbridos partisanos de vaya a saberse dónde.

Los dragones antropomorfos de alas emplumadas (no deben confundirse con los híbridos cuadrúpedos que otrora habían guerreado contra los semidragones) aparecieron de la noche a la mañana con un solo objetivo: darse a conocer.

Abrieron el telón del teatro que pronto oscurecería cielos y mares por cuestiones ideológicas.

Los dragones rojos que andaban adoctrinando por todas partes tuvieron un intenso cruce de palabras con ellos, no aceptaban el Monsismo como la religión oficial de la especie ni la autoridad de Dégmon como la figura icónica de la misma.

Se llevaban mal con los salvajes, que con frecuencia les usurpaban porciones de tierra bajo consejo de los patriarcas que tenían bienes raíces a montones.

Puestos en discordia, la junta de híbridos entró en acción e hizo un viaje hasta el Norte de Xeón para informarle al profeta Vishne de que no tenían intenciones de agachar la cabeza en favor de nadie.

No hubo acuerdo de paz con ninguno de los líderes del Ejército Rojo, cuanto menos con Vishne, todo acabó en una acalorada discusión en la que afloraron tantos insultos como rocas en el suelo.

Las amenazas, bastante infantiles, no fueron tomadas en cuenta, los dragones más poderosos del mundo se lo tomaron para el lado de la chacota, decidieron deshacerse de aquellos fastidiosos ejemplares que nada aportaban a la grandeza de la especie.

Algunos animales ígneos, entre ellos lagartos, lobos, armadillos, búfalos, zorros y liebres se unieron a una nueva asonada territorial a la que acudieron en manadas numerosas jaguares rojos, perros rojos, osos rojos, tigres rojos, pumas rojos, turones rojos, linces rojos, alces rojos, leones rojos y kitsunes.

El color de pelaje identificaba a las especies autóctonas de tierras tórridas, mas no aseguraba que las mismas fuesen subordinadas del Ejército Rojo.

Entre animales antropomorfos se tuvieron que poner al día con las cuestiones administrativas pues de ellos dependía el futuro del continente en el que residían.

Si querían que sus hijos y nietos tuviesen paz, tenían la obligación de salir a batallar a como diera lugar.

Los principales cabecillas que comandaron las revueltas más caóticas fueron los híbridos, los únicos dragones a los que los nativos no consideraban peligrosos.

Por supuesto que hubo oráculos entrometidos que participaron en esas reuniones, sólo que no se sumaron a la guerra, nada más aportaron ideas para el inminente combate.

Los híbridos, dicho sea de paso, eran más fuertes que los dragones rojos de clase superior, eran los únicos seres vivos pertenecientes a la clase especial, estaban a la misma altura que los dragones púrpuras que hacían de sus vidas lo que se les cantaba el culo.

El proceso de clausura territorial más el empoderamiento de los límites regionales conllevaron a que los dragones rojos quedaran vetados de las tierras que anhelaban tomar por la fuerza.

Al no darse un diálogo pacífico, aparte de cruzarse la raya, otra confrontación comenzó.

Tanto dragones antropomorfos como cuadrúpedos fueron derrotados a plena luz del día, pisoteados y zaheridos como míseros insectos.

Los pocos sobrevivientes retornaron a Verrauten con el rabo entre las patas, cagados encima, atormentados por los espantosos tratos recibidos en la zona meridional.

A los patriarcas acudieron, a ellos suplicaron una pronta solución ya que habían fallado en conquistar las tierras asignadas.

Por sugerencia de Cen-Dam, se presentó una prórroga a fin de que la Gran Limpieza fuese frenada por un corto lapso de tiempo, lo suficiente para que los comandantes preparasen bien a las tropas militares que en pocos años marcharían rumbo hacia la gloria.

Fujiroh y Exégenus prometieron hacer un buen barrido que los llevaría a ganarse una medalla; Vakum, por su parte, les advirtió que no se confiaran, allá lejos los esperaba una agrupación la mar de sediciosa.

Tentar a la suerte no era lo más recomendable.

Todo parecía marchar bien hasta la revolución de Ejeriet, única aldea habitada por ratas pardas.

El oráculo de Férum había anticipado la llegada de grifos de clase superior a la costa, fueron ellos los causantes de la sublevación que se cobró la vida de más de setenta mil dragones rojos.

En armas se levantaron los antílopes de Crimazu Alkeshtenc el día que Dégmon ordenó hacer una visita guiada al Sudeste.

En consonancia con aliados estratégicos, kitsunes y grifos en su mayoría, los nativos se dieron el gusto de masacrar invasores con ganas.

Jaranas y zafarranchos sobraron, lo que no abundó fue el diálogo; a nadie le interesaba arreglar las cosas con palabras.

El Ejército Rojo cayó como granizo del cielo, saboreó el vencimiento con desazón.

Fueron años de verdad difíciles para los dragones, la buena organización y la detallada planificación entre los rebeldes hicieron que recularan y perdieran tierras que ya habían bautizado como suyas.

Entre los terroristas más perspicaces destacaban los lagartos ígneos de Danferden y los mapaches infernales de Jelsailet, amén de las panteras llamosas de Biblecter y los simios llamarones de Arthujaksöbren que hacían su parte distrayendo y quemando cuanto pudiesen.

Los caballos ígneos, indomesticables, fueron usados como escudos contra minotauros y centauros.

Las cabras infernales de Braften, junto con los puercoespines de las llamas de Xamperöc, pactaron armar una línea defensiva que protegiese una pequeña porción de tierra, a la vez que mantenía a salvo a los zorros de Frexiah y a los búfalos de Glacrant.

El mayor inconveniente entre nativos era la comunicación, cada aldea estaba a miles de kilómetros de distancia de la otra, contactarse por tierra era imposible, para ello recurrían a los grifos que volaban día y noche por todas las regiones, eran los que más conocían el continente.

Los oráculos, cómo olvidarse de ellos, dibujaban los mapas que luego los nativos empleaban para ubicar mejor las aldeas.

Hasta ese momento, lo poco que se sabía de geografía les jugaba en contra, apenas conocían una décima parte de todo el continente.

Xeón era gigantesco, mucho más que Mitriaria y Ashura.

Esa acción fue vista como traición por los dragones, quienes comenzaron a ver con malos ojos a los oráculos, a despecho de que aún no se habían entrometido en la conflagración.

En Shluacläc y Yâzerex, los rebeldes obtuvieron su última victoria antes de marchar en dirección al Norte, de donde, por desgracia, no lograron salir a tiempo.

Fue en la legendaria batalla de Apiøxi, aldea que fue testigo de una de las peores carnicerías de todos los tiempos, si no la peor, en la que sucumbieron a los pies de Dégmon miles de millones de subversivos con las hormonas alborotadas.

Aquella ocasión fue la primera en la que batallaron todos los dragones de clase superior que dominaban el mundo: los reyes, los patriarcas, los comandantes, los generales, el profeta y el Mesías.

Vakum, la única excepción, prefirió retirarse para irse a combatir a los grifos en Xueriep, sitio donde los jaguares rojos lo emboscaron, pero fallaron en amedrentarlo.

Los lagartos ígneos podrían haber logrado su cometido, empero los híbridos los abandonaron durante el ojo del huracán por temor a ser eliminados.

En cierto sentido, la cantidad de híbridos de sexo masculino que seguía con vida dificultaba la reproducción, las hembras solas no iban a poder procrear por cuenta propia, esa era la única excusa más o menos racional que justificaba el abandono.

Aparearse era más que necesario para poder proseguir con la guerra.

Los grifos de Xeón, los únicos que no se fiaban de los híbridos, fueron los que, más adelante, los acusaron de traidores, no traidores comunes, traidores imperdonables que no merecían respeto alguno.

Los oráculos sostenían la idea de que, aunque hubiesen seguido adelante con la rencilla, los dragones rojos habrían ganado igualmente.

Ningún animal, sin importar la cantidad de tropas que tuviese a favor, podía vencer a seres tan poderosos como los reyes, ni que hablar de Dégmon que destrozó la región por completo con sus inefables poderes.

Los representantes del Ejército Rojo supusieron que los oráculos, entre bastidores, habían planeado enviar a todas esas criaturas a la horca como un experimento macabro a fin de saber cuán fuertes eran los enemigos.

Dégmon, el que no se dejaba engatusar por nadie, poca importancia le daba al asunto, insistía, desde su postura, que los animales más peligrosos eran los híbridos, no los vivérridos.

Debían buscar el paradero de aquellos bastardos antes de que regresasen a causar más desastres de los que ya habían provocado en el pasado.

En aquel entonces, la autoridad oracular a cargo de la Orden Real aconsejaba a los demás no hacer nada indebido por temor a que los dragones cambiasen de blanco y fuesen por ellos.

Escogió a algunos coetáneos que puso en un puesto de privilegio, algo que no fue de agrado para todos los integrantes.

Arko, el que profería palabras de oráculo, no quería jugar a ver quién golpeaba más fuerte, consciente era del riesgo que implicaba meterse en los asuntos de los dragones.

Con pinzas había que tomar las promesas que hacían, nunca las cumplían, se las pasaban por la entrepierna.

El momento de brillar llegó para uno de los oráculos, un reconocido ejemplar identificado por su afición al color violeta y los soles, de nombre Zenatske, de mala fama y actitud altiva.

El único orate lo suficientemente chalado como para continuar una guerra que ya estaba perdida, de un día para otro, se puso en contacto con los híbridos, a quienes ofreció una gran oportunidad de desquitarse y recuperar el honor perdido.

Les contó que no planeaba involucrarse en las misiones de los dragones salvajes, aspiraba a algo más alto: un descendiente de Dégmon.

Así es, al matar a sus hijos lograría provocarlo lo suficiente para que saliera a luchar de nuevo.

Enfrentarlo era, definitivamente, una locura que Zenatske planeaba llevar a cabo.

Está de sobra decir que le faltaba un tornillo.

Zenatske fue el oráculo que, en vez de poner los paños en frío, embarró más el campo de batalla.

Los descabellados planes que armó en soledad le sirvieron, sí, también hicieron enfadar a los enemigos de modo sorprendente.

Lo peor no vino hasta pasados los puntos esenciales del plan de desquite, fue por Grabur y por Mitus Depoir, los dos primeros hijos de Dégmon, a los que tenía en la mira.

A ellos asesinó así como así, sin sentir remordimiento.

Detonó, en ambos casos, la furia de Dégmon, quien no dudó ni un instante en tomar represalias.

Los siguientes años fueron sumamente caóticos, se diezmaron aldeas como nunca, se masacraron criaturas en exceso, se usurparon territorios a punta de pala.

Los híbridos y algunos otros aliados de gran trascendencia ayudaron a que Zenatske preparara el plan más absurdo de todos los tiempos: absorber el poder de un dragón púrpura.

Fue Syrex el que se ofreció para ser sacrificado y utilizado como fuente de alimentación.

Dejó que se lo expusiera a un experimento macabro, como prisionero en el laboratorio de Josef Mengele.

Al principio, creyó que lograría sobrevivir si aguantaba la técnica de absorción, Zenatske poco interés tenía en mantenerlo vivo.

El día tan ansiado llegó y Zenatske se apoderó de toda la energía de Syrex para convertirse en un monstruo de tamaño considerable.

Elevó tanto su poder que llegó a la cúspide del nivel cuantificable, a nada de pisarle los talones a Vishne.

Fue el primer ser viviente, no dragón, que alcanzó semejante nivel.

Representante de la rebeldía y portador de la llama de la venganza, fue retado a un duelo con tres de los animales más poderosos del mundo, de los cuales uno de ellos se atrevió a bajarle los humos y quedarse con la victoria.

Aquel singular incidente con el oráculo rebelde hizo que Arko recibiese un castigo por no haberlo detenido.

Dégmon se encargó de borrar al fundador de la Orden Real, además de que prometió no dejar cabos sueltos en el asunto de las conquistas.

Desde ese día en adelante, declaró que mandaría matar a cualquier oráculo que se opusiese al mandato divino de la Raza Destructora.

Con respecto a los híbridos que tanto escándalo habían hecho, ordenó que se los ejecutara a todos.

Los obligó a migrar a otros continentes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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