Kompendium - Capítulo 70
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
70: LXX 70: LXX Dada la amplia ventaja sacada desde la última revuelta, Gargax decidió tomar a los novecientos mejores guerrilleros taurinos en lo que sería conocido más adelante como la decimocuarta legión de Korozina.
Con nada más que un orgullo colosal y un atrevimiento incomparable, susodicha legión debía primero atravesar el desierto para luego llegar a Manquetria, y si todo salía bien, hacerse un viaje hasta Miadicia.
El comandante Gargax fuer acompañado por Tábura y Tukêl, los demás comandantes prefirieron no seguirle la corriente, cada uno estaba ocupado en lo suyo.
Era sabido que atravesar un desierto no era recomendable en estío, la época más calurosa del año.
Los invasores marcharon igual bajo el bochornoso clima que les hacía hervir hasta los huesos.
En pleno recorrido, tuvieron la mala suerte de toparse con esfinges y quásires que no tardaron ni un instante en arremeter contra ellos.
Se dio entonces el inicio de un nuevo combate a ultranza.
Gargax se adelantó, fue por las esfinges, a quienes degolló en un parpadeo con sus filosas hachas.
Los dragones y los rifontes atacaron a los gigantescos gusanos de la arena, les arrancaban pedazos de tantos mordiscos y picotazos.
Era una verdadera carnicería.
Entre el escándalo ocasionado por tanta confrontación, una caravana de fenecos y camellos se aproximó a ver qué sucedía.
Los viajeros del desierto fueron detectados por los dragones, los cuales no tardaron ni un segundo en ir por ellos.
Estaban famélicos y querían devorar carne fresca.
Inició una nueva masacre de nativos a plena luz del día.
Un atrevido feneco que cargaba dos yataganes, le cortó las orejas a Gargax en un descuido.
Desde ese día en adelante pasó a llamarse el minotauro negro de las orejas devanadas.
Los coyotes que vivían a pocos kilómetros de Miedaviev no cometieron la misma equivocación, abandonaron su aldea para ir a buscar un refugio temporal en Sietensia.
Al menos los suricatos estaban lejos del centro del continente.
Si los invasores llegaban a acercarse lo suficiente como para representar un peligro, las aldeas vecinas servirían de contención.
Quantanaria, Odraglia y Unsadernandia no iban a quedarse sin hacer nada ante la presencia enemiga.
Una tropilla de onagros se hizo presente cerca del mediodía en la zona limítrofe de Oregakua.
Una agrupación de llamas los recibió para informarles que los invasores habían ingresado al desierto, cosa que no solía suceder con frecuencia debido al calor extremo y la poca visibilidad del entorno.
Suponían que las legiones del Norte no llegarían lejos con tantas trampas escondidas y monstruos desérticos.
Esperaban que todo se calmase pronto.
El viaje premeditado tuvo que ser suspendido a causa de tormentas de arena que enceguecían a todo el mundo.
Los caminantes que formaban parte de la decimocuarta legión se desviaron del sendero principal, hacia la izquierda, y se metieron por la zona boscosa que delimitaba con Rofusten.
Hicieron picadillo de ganso cuando pisaron dicha aldea, se zamparon docenas de huevos y comieron las más exquisitas barbacoas.
Al juntarse cerca de un estanque con su asistente personal, Gargax se percató de que su viaje era más complicado de lo que aparentaba ser.
Llegar hasta el reino de los ogros no era algo que cualquiera podía lograr, por algo ningún invasor lo había hecho hasta entonces.
Le pidió al hieno que redactara una carta, que le escribiera a Dáikron que no iba a volver hasta exterminar al último habitante de Miadicia.
No cumplir esa promesa era una falta de respeto para el rey y para todos los dragones negros que habían depositado su confianza en él, no podía decepcionarlos.
Tukêl tomó un rifonte y viajó de regreso al Norte para dar parte al rey de lo decidido.
Si Gargax llegaba a perder antes de concretar su plan de ataque, todo se iba a desmoronar para él.
Una metida de pata como esa le podía costar el puesto de comandante, o, peor aún, una suspensión temporal por incumplimiento de promesa.
Las promesas hechas al rey debían cumplirse a rajatabla.
Algo extraño aconteció el día que los minotauros pisaron Karnumia, no fueron recibidos por canguros, sino por sáklios que montaban sobre pegasos dorados.
Otra lid comenzó, sólo que esta vez, a diferencia de las veces anteriores, los rivales estaban bien preparados y no se echaban para atrás.
Gargax les hizo frente a los sáklios de clase superior más recios que había, fue por ellos y los atacó con la esperanza de derrotarlos en un periquete.
Cayó en la cuenta de que los habitantes de Brumeria no eran todos unos debiluchos, algunos sí que eran duros de matar, ese mismo día lo comprobó.
Danzó entre ellos, se cubrió con sus hachas de los flechazos, repelió cada uno de los ataques emitidos, corrió hacia ellos, embistió a unos, corneó a otros.
Los pegasos también luchaban, daban coces con sus pesados cascos y lanzaban cabezazos que dejaban aturdidos a los guerrilleros más musculosos.
Los dragones y los rifontes se encargaban de poner los paños en frío, hacían mierda a las catervas defensoras, con zarpazos, coletazos, tarascadas y cornadas.
Los rifontes lanzaban graznidos estentóreos y los dragones escupían fuego.
Axan, el único sáklio sobreviviente, logró darse el bote antes de tiempo y retornó a su tierra natal para dar el pitazo de la hecatombe que se les venía encima si no se preparaban.
Tal parecía que la fama de Gargax recién empezaba a expandirse por los alrededores.
Quienes lo vieron en persona nunca creyeron correr tanto peligro.
El minotauro negro no era uno más del montón, era uno que sobresalía en todo.
En cuestión de días, las noticias llegaron a oídos de los ogros, quienes al ver que las cercanías se encontraban en peligro, decidieron salir a batallar sin pensarlo dos veces.
Agrupaciones contadas en millares marcharon hasta Nisteria y desde dicha aldea hacia arriba.
Tenían planeado armar un cinturón protector, una muralla natural que evitase traspasos indeseados.
En las siguientes semanas, las demás aldeas fueron puestas al tanto de lo que ocurría con la decimocuarta legión.
Los demás nativos no se podían quedar de brazos cruzados mientras Gargax hacía de las suyas a sus anchas.
El comandante de Korozina debía ser frenado como fuese.
Si lograban deshacerse de él, los demás ayudantes que tenía no iban a llegar lejos.
Sin alguien que los guiase, los invasores estaban más perdidos que turco en la niebla.
Contrario a lo que se esperaba, la legión de Gargax se dispersó de forma desordenada por los distintos puntos del Nordeste.
Los minotauros negros bajo la orden de un cabecilla se desperdigaron por Saodelkeptur, Zorzokobia, Traoquentum, Antrasaria, Hoilanckia, Nimferia, Umasapua, Goslandia y Vimisilia.
En cada recinto que se metían estragos hacían.
El monarca Theofros VII no tardó mucho en enterarse de lo que estaba sucediendo en los territorios que tenía bajo su jurisdicción.
Le pidió a su hijo, el futuro heredero al trono, que saliera a inspeccionar los alrededores con el objetivo de ver cuán cierto era lo que los vecinos decían sobre una perentoria invasión.
El día que el joven esmilodonte, escoltado por un grupo de homoterios, salió de su escondite, lo interceptaron unos feroces minotauros que, ante la insistente petición de clemencia, lo dejaron vivir.
En lugar de asesinarlo, optaron por llevárselo al Norte y presentárselo al rey a fin de que lo viese morir de frente.
En cuanto al monarca, los invasores no dejaron ni un trozo de carne de él.
Lo encontraron en su recinto y allí mismo lo eliminaron.
Se enteraron de que un oráculo de la Orden Real, un aliado del monarca desterrado, se encontraba en las cercanías.
Si Gargax lograba eliminar a dicho oráculo, le correspondía como mínimo una medalla honorífica de parte de Dáikron.
Sólo era cuestión de tiempo para que los lugareños fuesen barridos de la tierra para siempre.
Gargax no tenía idea de los peligros que yacían más allá de su nariz, presentía que todo le iba a salir bien siempre y cuando se mantuviese firme en sus convicciones.
Tenía el poder necesario para limpiar la mitad del continente, sólo necesitaba unos años más para conseguirlo.
¿A qué precio?
Nadie lo sabía.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com