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Kompendium - Capítulo 71

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  4. Capítulo 71 - 71 LXXI
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71: LXXI 71: LXXI Desde la zona exterior del reino devastado de Theofros VII, un grupúsculo de hienas vio al oráculo que se había alejado temporalmente.

Dieron aviso de su llegada ni bien despuntó el día.

Al momento de soplar el primer cuerno de la mañana, las hordas de minotauros se apiñaron todas enfrente de las ruinas restantes a la espera de que se hiciese presente el nuevo rival.

Para evitar meterse en problemas, Garlec se teletransportó hasta Aizumen, sitio en donde las ovejas lo recibieron con todo el respeto que se merecía.

El único inconveniente, según informaron los carneros de las casetas exteriores, era que los dragones negros ya habían migrado hacia el Sur con la misión de buscar a los sobrevivientes que habían escapado de las garras de Gargax.

Al enterarse de que el nuevo comandante era en verdad poderoso, el oráculo supuso que lo mejor era ir en busca de refuerzos.

Partió entre bastidores ese mismo día sobre el lomo de un unicornio recién llegado, viajó a galope hacia el corazón de Mitriaria con la esperanza de encontrar aliados que lo protegiesen de peligros que estaban muy por encima de lo imaginado.

Los oráculos no tenían tanto poder como para andar metiéndose en escaramuzas, sin contar que salir a luchar no estaba dentro de sus obligaciones como pacifistas terrenales, lo que debían hacer era evitar las hostilidades, no provocarlas.

Llegado el momento indicado, Garlec alcanzó el punto final del viaje al toparse con una unidad de ogros armados hasta los dientes.

Bajó del unicornio, les pidió que retornaran a Aizumen y que les exigiera a los lugareños que no saliesen de su reino por ningún motivo.

Al encontrarse con seres recios, la calma se apoderó de él y ya no se sintió intranquilo.

Al primero que le dirigió la palabra fue al cabecilla, conocido entre sus allegados como Virkelinpö.

Ese mismo ogro era el fundador de un reino independiente que tenía la fama de ser impenetrable desde los cuatro puntos cardinales.

Garlec le pidió un simple favor: que no bajara la guardia bajo ninguna circunstancia ya que un poderoso enemigo se acercaba desde el Norte.

Los ogros ya sabían que, lo que fuera que estuviese en la región septentrional, no era para tomárselo a la ligera.

Esperaban que se diese una contienda tremenda como nunca antes se había dado.

El oráculo fue guiado por un grupo de chacales hacia la zona frondosa en la que se podía ocultar dentro de una bicoca.

Mientras tanto, los ogros bajo el poder de Virkelinpö debían permanecer aliquindoi por si las moscas.

No se podían confiar en sus habilidades de cacería por mucho que lo anhelasen.

Estaban a punto de presenciar una de las peores masacres de la historia en cuestión de días.

No fue hasta que uno de los chacales exploradores lanzó el último grito de aviso, antes de que se viniese encima el caos tumultuoso de las hordas invasoras.

Los pocos chacales aliados a la causa justiciera perecieron a manos de membrudos minotauros que no tardaron ni una fracción de segundo en darse a conocer como la decimocuarta legión.

Virkelinpö dio la orden de avanzar entre los frondosos bosques aledaños en son de que todas las tropas estuviesen listas para lo que se presentase a continuación.

Había dejado a su primer hijo a cargo de Miadicia mientras salía a combatir en el extranjero.

No tenía miedo de recibir una paliza, lo que más le preocupaba era el bienestar de sus congéneres.

Cuando el momento culminante llegó, las hordas de Korozina iniciaron la matanza que tanto habían deseado llevar a cabo.

Ejecutaron a cada ogro que vieron en un combate frente a frente, se deshacían de ellos con facilidad.

Parecía un encuentro deportivo entre luchadores de peso pesado, la hercúlea fuerza que poseían daba como resultado los más alborotadores ataques.

Duelos de espadachines o combates de lanceros, ambos bandos pergeñaban con gran destreza cada ataque sincronizado.

No había tiempo para marear el garbanzo, había que salir a luchar a como diera lugar.

No pasó mucho tiempo hasta que el pez gordo se dio a conocer.

Virkelinpö lo desafió a un duelo a muerte bajo el juramento de que no se dejaría dominar por sus temores.

Para Gargax, más que una apuesta, era una pérdida de tiempo.

El comandante quería enfrentarse a rivales moderados, no a patanes sin talento.

Sólo una criatura nefelibata sería tan tonta como para pensar que era posible derrotar a semejante archienemigo.

En un oquedal se enfrentaron vis a vis el líder de Miadicia y el comandante más poderoso del Ejército Negro.

El ogro, que estaba protegido con una panoplia resplandeciente y cargaba una espada serrada de gran tamaño, apenas podía seguirle el juego al contrincante.

Gargax, protegido con su ligera armadura de plata, era lo suficientemente ágil como para esquivar todos los ataques de parte de Virkelinpö.

Los minotauros de la decimocuarta legión, similar a los clibanarios del ejército sasánida, tenían el cuerpo protegido de pies a cabeza, las armas más pesadas y unas ganas terribles de derramar sangre pagana.

Ninguno de ellos se podía dejar someter por un montón de grotescos animales humanoides que apestaban a cebolla la mayor parte del año.

La misión era clara: exterminar a todos los ogros que apareciesen en escena.

Virkelinpö no pudo hacer nada contra Gargax, cayó ante él, fue lacerado con sus hachas, perdió sangre en abundancia, suplicó que lo matase de una vez y que no lo hiciera sufrir en vano.

El minotauro negro, como debía ser, prefirió producirle cuantos cortes podía para verlo derramar más y más sangre.

Verlo desangrarse por las constantes hemorragias ante él le provocaba excitación, casi lo empalmaba, le resultaba divertido.

El ogro feneció a merced de los ataques continuos que lo dejaron sin sangre, sobre un charco rojo se desparramó y ya no opuso resistencia.

Gargax se lo cargó cual si fuese un frívolo divertimento.

Tras haberse deshecho de los fastidiosos ogros, reunió a sus acompañantes y les pidió que buscasen al oráculo prófugo sin importar el tiempo que les tomase.

A él quería matarlo más que a nadie.

Hacerlo le daría plenitud de fama entre sus pares.

Partieron en cuestión de nada los minotauros, junto con hienas (usadas como perros rastreadores), centauros (usados como alarmas naturales) y dragones (usados como aves rapaces).

Sí o sí tenían que encontrar al oráculo que se les había escapado de las manos, no les importaba cuánto tiempo les costase hallarlo, debían dar con su paradero en algún momento.

Tras una eternidad, la búsqueda al fin cesó.

Una hiena rayada dio el pitazo cuando vio a lo lejos una civeta escoltada por chacales.

Hacia el nuevo blanco se dirigieron en manada, echaron a correr tan pronto como se enteraron de que el oráculo fugitivo estaba en las proximidades.

Los chacales la liaron parda al alejarse de Miadicia más de lo recomendado, ahora que no tenían ogros en los alrededores que los protegiesen, estaban a merced de una emboscada tipo piraña.

No se tardó casi nada en rodear el perímetro en el que se encontraba Garlec, fue sitiado por minotauros, centauros, hienas, rifontes y dragones.

Gargax se presentó ante él y le dijo lo que tenía pensado hacerle.

La reacción del oráculo fue sencilla, les pidió que se largaran antes de que los hiciera añicos.

Como a los invasores las amenazas les entraban por un oído y les salían por el otro, se dispusieron a arremeter sin vacilar.

A los chacales se dirigieron, los hicieron pedazos entre todos, sus restos sirvieron de aperitivo para los hambrientos dragones que amaban el sabor de la carne fresca.

El comandante les pidió a los demás que se apartaran, que el oráculo le pertenecía a él, era un digno rival de matar con sus propias manos.

Garlec no hizo más que ponerse en guardia y esperar a que lo atacaran, iba a arriesgar el pellejo antes de esfumarse.

Como no contaba con nadie que lo respaldase, estaba contra las cuerdas, más solo que un ermitaño.

Gargax y Garlec se enfrentaron en un duelo brutal en el que ambos demostraron ser ágiles y raudos.

El oráculo se escabullía con facilidad entre cada hachazo que el minotauro le lanzaba.

Juntaba las manos y le disparaba bolas electrificadas que le quemaban la piel.

Pronto, la armadura se empezó a desintegrar y el cuerpo quedó desprotegido.

Garlec aprovechó la ocasión para sacar ventaja.

Se arrimó desde un costado y lanzó un golpe tremendo que le fracturó tres costillas al oponente.

Gargax, enfurecido por el golpazo recibido, le dio una patada con la que lo lanzó por el aire, lo hizo revotar como una pelota por el suelo.

El costalazo que el oráculo se había dado lo dejó adolorido, con unas cuantas fracturas y magulladuras.

Antes de que el inmenso minotauro se hiciera conocido como el asesino de oráculos, Garlec se teletransportó y apareció en la costa de Yomibia, a trescientos kilómetros de distancia.

Estaba tan exhausto que ni caminar podía.

Se echó al suelo y quedó inconsciente.

Gargax quedó furioso porque la presa había logrado zafarse.

Las heridas que le produjo le quedaron de recuerdo.

Necesitaba asistencia médica y un periodo de reposo para recuperar las energías gastadas.

Ahora que sabía lo impredecibles que eran los oráculos, iba a tener más cuidado cuando se enfrentase a otro.

Por lo pronto, las tropas debían seguir examinando las regiones inexploradas antes de ir a Miadicia.

Si la decimocuarta legión quería apoderarse del corazón de Mitriaria, debía primero cerciorarse de limpiar todo el entorno, eso incluía regresar al desierto y destruir tantos reinos como fuese posible en el menor lapso de tiempo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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