Kompendium - Capítulo 72
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72: LXXII 72: LXXII La leyenda negra que vinculaba a Gargax con lo peor del Ejército Negro había echado raíces, había cimentado en el inconsciente colectivo como algo que debía evitarse a toda costa.
En parte, el protagonista echó fama como un asesino serial sin clemencia ni lástima, que atacaba día y noche en todas las regiones.
Por todos los rincones se expandieron los relatos de sus felonías.
Con el correr de los años, el buen actuar del minotauro negro se hizo flagrante, lo conocían como la fiera más jodida del Norte, le temían más que a los dragones negros que surcaban los cielos día y noche en busca de presas.
La cabezonería de Gargax le impedía decir basta y detenerse, quería apoderarse de todo territorio que pisaba, tenía los delirios de grandeza de Septimio Severo combinado con la truculencia de Teodosio I.
La exploración de la decimocuarta legión había tenido tanto éxito que decidieron celebrarlo en grande.
Fue una noche de gibosa menguante cuando los guerrilleros, agotados de tanta conflagración, se tomaron un respiro.
Los minotauros y los centauros aprovecharon para violar y maltratar a las hienas que tenían bajo control con la nimia excusa de que así les endurecían el carácter.
Gargax se alejó del grupo para meterse en un lago, Tukêl lo acompañó para asegurarse de que nadie lo molestara, merecía algo de privacidad.
Al hundir la mitad del cuerpo en el agua fría, el minotauro cerró los ojos y se puso a meditar en silencio.
Tuvo una epifanía en la que vio de cerca tres grifos impertinentes que se le venían encima en un santiamén.
Recordó que uno de los centauros le contó que, en las afueras, hacía ya meses atrás, grifos de clase superior andaban dando vueltas por los bosques.
De todos esos grifos, había un trío imparable que le hacía frente a todo mal existente.
Abrió los ojos de manera abrupta, suspiró y llamó al hieno.
Tukêl se quitó la ropa y se aproximó a él con el propósito de servirlo.
La lujuria masculina era algo común de esperar luego de tanto tiempo de abstinencia.
El reprimido macho bovino que sólo asesinaba por gusto necesitaba que satisficiesen sus deseos voluptuosos y qué mejor opción que un jovenzuelo sumiso y dócil.
Dio unos cuantos pasos hacia la parte menos profunda, expuso su carne ante la vista del hieno que ya sabía lo que tenía que hacer.
Mientras el sirviente lo empalmaba para felarlo, recordó que todavía le quedaban pendientes algunas zonas por recorrer, lo que no sabía era que las tropas de grifos ya se habían expandido como una peste por toda la región.
Anhelaba toparse con ellos y desmembrarlos.
La idea de meterse en Miadicia ya no tenía la misma intensidad de antes, ahora lo importante era hallar a los molestos grifos que asesinaban a sangre fría a las demás legiones que él mismo había sacado de Korozina.
Al día siguiente, el cielo nublado no dejaba ver el sol y la brisa era sospechosa como para pensar que algo siniestro se aproximaba.
Gargax se apartó del grupo y les pidió a los demás que se quedaran atrás, que sólo iría a dar una vuelta él solo, ni siquiera dejó que Tukêl lo acompañara, era algo personal.
Se metió entre los inmensos árboles del fondo, ingresó a un descampado desde donde se podía ver a kilómetros de distancia.
No sabía en qué lugar exacto del mapa se encontraba, parecía tierra de nadie.
Al momento de echar un vistazo sobre el horizonte, un escalofrío le recorrió la espalda, se sintió raro al tenerlo.
Todo indicaba que las cosas no estaban bien.
Preparó las hachas para atacar, estaba más que listo para lo que fuese que apareciese de sopetón.
El viento silbó un par de veces más antes de oír un chasquido en alguna parte.
En un relampagueo, se hicieron presentes tres figuras armadas.
Al fin los contendientes estaban sobre la palestra.
Gargax dio unos cuantos pasos antes de decirles quién era y qué era lo que buscaba.
Al escucharlo, los tres grifos les clavaron frígidas miradas que no dejaban nada a la imaginación, era evidente que pretendían matarlo.
En la izquierda estaba Aljokerus, en el medio estaba Izkerus y en la derecha estaba Jarkarus.
El minotauro no sabía que se encontraba ante tres de los grifos más poderosos del mundo, amén de Camus y Sishurus.
Los grifos prepararon sus lanzas para acometer, hacia el protagonista corrieron, trataron de empalarlo desde diferentes ángulos, fallaron en el intento.
Gargax se los quitó de encima, lanzó hachazos y patadas a tutiplén, pateó a Izkerus en el esternón y lo lanzó para atrás, haciendo que se revolcara en el suelo pastoso.
Jarkarus le lanzó un picotazo en la muñeca, le perforó la carne, logró que soltara el hacha.
Aljokerus le dio una patada en la rodilla, le hizo sonar la rótula y los meniscos.
Ambos saltaron y le encajaron una patada frontal en el pecho.
La fuerza de aquellos grifos no se parecía en nada a lo que había vivido hasta entonces, en verdad que eran fortísimos.
Gargax usó la única hacha que tenía a mano, intentó decapitarlos cual si fuese la parca, los grifos se escabulleron por los laterales y le patearon las corvas, lo tumbaron para clavarle las lanzas en el cuerpo.
Gargax cogió las picudas armas antes de tiempo y las rompió, se levantó de golpe y les encestó un puñetazo en el vientre a cada uno.
Acto seguido, usó ambas manos como un mazo para golpearlos.
Tanto Aljokerus como Jarkarus fueron derribados y quedaron adoloridos.
Izkerus se le echó encima, se le prendió de los cuernos y los torció con toda su fuerza, logró romperlos de tanta insistencia, saltó de su cabeza, con los dedos del pie derecho le jaló el aro de la nariz y se lo arrancó de un tirón.
Al tocar el suelo, recibió una patada en la cabeza que lo hizo volar por el aire.
Quedó mareado después de semejante porrazo.
Antes de que tomara el hacha que se le había caído, el minotauro recibió un golpe en la columna que le hizo crujir las vértebras, un rodillazo en la mandíbula, un codazo en el cráneo y una patada al hígado.
Jarkarus y Aljokerus poseían una velocidad insuperable jamás antes vista.
Gargax lanzó puñetazos y codazos a raudales, los golpeó de tal manera que acabó produciéndoles múltiples fracturas.
Aun así, los atacantes no se daban por vencido.
Seguían buscando la forma de tumbarlo.
Izkerus le arrojó la lanza con la que le penetró el pectoral izquierdo, lo hizo sangrar de nuevo.
Jarkarus y Aljokerus sacaron dagas escondidas con las que lo apuñalaron por atrás y por los costados, le dieron tantos cuchillazos que le provocaron hemorragias internas.
La pérdida de sangre ya comenzaba a obnubilar la visión del protagonista, quien hacía todo lo posible por llevarse el gato al agua.
Ante la irremediable tesitura, lanzó su furia infernal.
Un aura violácea rodeó su cuerpo y produjo así una onda expansiva que se extendió por todo el descampado, hizo temblar los árboles más lejanos como si se tratase de un viento huracanado.
Enfurecido como un demonio, fue por los grifos, a quienes molió a golpes.
Les produjo tantas heridas que casi los mató.
Estuvo a punto de hacerlos pedazos, pero su lastimado cuerpo no daba más.
Estaba exhausto y le costaba coordinar sus movimientos.
Estaba a nada de desplomarse.
Los tres grifos lograron levantarse como pudieron y se fueron cojeando como unos lisiados.
Gargax volvió a la normalidad, sintió el cuerpo más pesado que de costumbre, se dejó llevar por el agotamiento y se desparramó en el suelo.
Un amarguísimo acíbar le quedó en la boca por haber perdido la batalla.
Aquel encuentro no lo iba a olvidar jamás.
Era la primera vez que mostraba flaqueza en un combate.
Tukêl apareció a los pocos minutos, fue el primero en dar aviso de que había hallado al comandante.
Entre los demás minotauros tuvieron que cargarlo sobre un tablón extenso para llevarlo de regreso al refugio improvisado.
Al verlo ensangrentado e incapacitado, creyeron que lo iban a perder para siempre.
Como no vieron a nadie en los alrededores, no sabían quién lo había lastimado tanto.
Suponían que los grifos lo habían atacado por sorpresa.
Nadie podía creer que el comandante del Ejército Negro había acabado de recibir una brutal paliza de parte de foráneos inescrupulosos.
Si no lo asistían pronto, no lo iban a poder salvar.
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