Kompendium - Capítulo 74
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74: LXXIV 74: LXXIV El día que Gargax retornó a Korozina, no fue recibido con el merecido aprecio que debía por haber hecho que Mitriaria sintiera el peor miedo desde que el mundo es mundo.
Los demás comandantes lo condujeron a la última torre del castillo, donde Dáikron se dispuso a recibirlo y darle el ultimátum.
Ahora que toda la carrera castrense del minotauro estaba en ruina, se echó por la borda toda esperanza de una limpieza completa.
Todo el trabajo sucio quedó en manos de los demás minotauros de alto grado.
El dragón negro se hizo presente a los pocos segundos de su llegada, se posó ante el minotauro con la mirada fija que siempre sobresaltaba en él, frunció el ceño, movió la cola, se ladeó y se cruzó de brazos.
Se tomó un buen rato para decírselo, no sabía cómo hacerlo sin recurrir a insultos, amenazas ni chanzas.
Era una brejeta difícil de digerir con la mente.
Cuando Dáikron se dispuso a informarle sobre la destitución definitiva, Gargax sintió la defraudación más grande que podía haber.
En un arrebato de desesperación, se atrevió a suplicarle una segunda oportunidad.
Como el minotauro había roto su promesa, darle otra chance no servía de nada, pues ya estaba demostrado que no rendía.
Lo más extraño es que Dáikron fue paciente y lo escuchó, no se enfadó con él ni le hizo sentir vergüenza de sí mismo.
No era la primera vez que un minotauro de clase superior fallaba en una misión asignada.
Ya no había vuelta atrás, la decisión era irrevocable.
Gargax fue bajado de su puesto, volvió a ser aquello que había sido al comienzo, un contendiente común y corriente.
Tuvo que agachar la cabeza y aceptar que ya no valía la pena seguir intentándolo.
La decepción más colosal se apoderó de su mente.
Como última sugerencia, Dáikron le aconsejó que volviese a iniciar otra sesión de entrenamiento, a lo mejor podía llegar a recuperar un poco del honor perdido.
Para Gargax era inaceptable ser un simple guerrillero de las legiones, jamás de los jamases aceptaría estar bajo el mando de los demás comandantes, a quienes detestaba con todo el corazón.
Fingió estar arrepentido, derrelinquió la sala de reunión y volvió a su antigua morada.
Al salir, respiró hondo para no perder los estribos, le temblaban las manos, le salía humo por las narinas, tenía ganas de desquitarse con alguien, con quien fuese.
No había nada más que hacer, todo estaba perdido, lo único que le quedaba por hacer era poner a prueba los límites de su destreza física.
El odio que sentía por los grifos que lo habían zaherido cambió de blanco, se dirigió a Dáikron, a quien ya no veía con deseos de reverenciarlo.
Fue por Tukêl, le agradeció por haberle salvado la vida, más que nada por haberlo asistido durante tanto tiempo.
No obstante, como su trabajo como ayudante había llegado a su fin, optó por darle una muerte rápida y sin dolor.
Lo tomó entre sus fornidos brazos y lo apretujó hasta romperle todos los órganos y huesos.
Muerto el hieno, le arrancó la piel, se armó un taparrabos con ella y se untó la sangre inocente de éste sobre su rostro.
El ahora descolocado minotauro de piel nigérrima retomaría el entrenamiento extremo, no para impresionar a los demás, sino para alcanzar el nivel necesario para deshacerse del malnacido que le dijo que no en la cara.
Dáikron era el nuevo rival, ya no las criaturas insignificantes de Mitriaria, hacia él enfocó todo el odio que corría por sus venas.
En nombre de su especie juró matarlo, aun sabiendo que eso no le iba a beneficiar a ningún minotauro.
Al cruzarse con Trik, le pidió un último favor, que no le contara a nadie que pensaba llevar a cabo la mayor hazaña de la vida.
No le dijo que iba a matar a Dáikron, lo que le dijo fue que planeaba poner las cosas en orden y aniquilar al único culpable de su miseria.
El mensajero no captó la idea, supuso que se refería a alguno de los comandantes del Ejército Negro que tan mal hablaban a sus espaldas.
Entretanto, las hordas destructoras del Norte prosiguieron con otros planes de conquista, con la única diferencia de que Gargax ya no era parte del grupo.
Las estratagemas de los demás comandantes, como no podía ser de otra forma, tampoco dieron frutos.
Al poco tiempo, notaron que las hordas no podían hacer nada contra los rebeldes más indómitos.
Descubrieron que, si alguien tan fuerte como Gargax había caído, con mucha más razón caerían ellos también.
Los grifos pasaron a ser los rivales más duros de matar, hacían desastres a donde iban, no dejaban ni un cabo suelto, finalizaban todas las jaranas que iniciaban, no había día que no se entrometiesen en los planes del rey.
A los peores suplicios se sometían con tal de sacar ventaja.
De verdad que estaban mal de la cabeza esos pajarracos para hacer semejante denuedo por nada.
Les preocupaba en demasía su fama como protectores, por eso no alzaban la bandera blanca.
La destitución de Gargax no fue bien recibida, fue considerada la peor experiencia de todas.
Apartado el minotauro más tenaz del mundo, lo único que quedaba por hacer era esperar a que los demás no metiesen la pata.
Sin embargo, la ira acumulada no iba a perdurar por siempre.
Desde las tinieblas más sombrías del reino, un plan diabólico estaba siendo tejido a hurtadillas.
El nuevo plan era un desquicio absoluto, claro que sí, pero como ya todo se había ido a la mierda, nada se podía perder en el intento.
Qué le hace otra mancha más al leopardo.
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