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Kompendium - Capítulo 76

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76: LXXVI 76: LXXVI Harto de estar esperando la llegada de los demás combatientes, Dáikron arrumbó el castillo, voló hasta la zona fronteriza en donde se topó de casualidad con Deyevoh.

Se acercó a él y le preguntó si no había visto a ninguno de los comandantes del ejército.

La respuesta que dio el híbrido fue negativa, nada había divisado desde la altura.

Tal parecía que las tropas aún estaban lejos.

En ese ínterin, Gargax apareció con la mirada fija, la panoplia y las hachas listas, y un deseo irrefrenable por cometer magnicidio.

A pocos metros de su víctima, le habló con tono desafiante, le pidió que le diese una oportunidad de entrenar con él, cosa que fue rechazada al instante.

Dáikron no estaba de humor para tonterías, estaba nervioso y la paciencia se le iba agotando con celeridad.

Era la oportunidad perfecta para concretar el plan.

De un veloz movimiento, el minotauro saltó como un felino al acecho, estuvo a punto de degollar a su amo cuando una sombra rapidísima le lanzó una patada lateral con la que evitó el magnicidio.

Al voltearse, Dáikron no podía creer lo que había acabado de suceder.

No entendía qué era lo que Gargax estaba intentando hacer, era la primera vez que alguien lo sorprendía por la espalda con malas intenciones.

—¡¿Qué se supone que estás haciendo?!

—le lanzó la pregunta con una mezcla de exhortación e incertidumbre—.

Te dije clarito que no quería perder el tiempo contigo.

Gargax se puso de pie luego de ser empujado por Deyevoh.

Elevó su furia hasta las nubes, desencadenó la misma aura violácea de antes, hizo temblar la región por completo, se puso eufórico.

Lo encaró de frente para contestarle: —Dáikron, has de saber que yo exterminé a los demás dragones del reino.

Y así como hice con ellos, haré lo mismo contigo —le confesó—.

¡Prepárate para morir!

—¡¡¡¿¿¿QUE HICISTE QUÉ COSA???!!!

—No podía creer lo que acababa de escuchar.

—Ya me oíste.

La inmensísima furia fue incontenible, el cielo se puso más oscuro que nunca, la tierra pareció estremecerse, la temperatura bajó de golpe, el ambiente se puso tenso.

Cuando Dáikron se enfadaba no había quien lo calmara.

Era hora de sacar la basura.

—¡Insolente!

Cómo te atreves a faltarme el respeto.

Soy el rey al que juraste servir de por vida —se lo dijo sin tapujos—.

No tienes idea del lío en el que te has metido.

Con gusto cumpliré tus vehementes deseos de morir a mis pies.

Las sobrenaturales habilidades del dragón negro no tardaron en aparecer, atacó con una serie de zarpazos que produjeron cortes en toda la meseta.

Gargax se mantenía incólume, utilizaba toda la energía que tenía para evadir los ataques constantes que podían arrebatarle la vida a cualquier mortal.

Estaba casi al mismo nivel que su rival.

Deyevoh no hacía nada más que ver de lejos lo que ocurría entre el minotauro negro y el dragón negro, interponerse le podía costar la vida.

Esa podía ser, quizás, una de las más brutales peleas desencadenadas en Korozina.

En efecto, dos seres de clase superior lidiando con la tirria compartida no era algo común de ver por aquellos lares.

Ninguno de los luchadores mostraba ni una pizca de debilidad, ambos daban lo mejor que tenían, era una reyerta digna de ver.

Hacían cisco el recinto, destruían el suelo y las cordilleras laterales entre corridas y desplazamientos.

La forma en la que se daban con todo era una muestra de lo peligroso que podía ser un duelo de ese tipo.

Dáikron se teletransportaba una vez tras otra y lanzaba zarpazos desde todos los ángulos, Gargax leía sus movimientos y se cubría para evitar ser lacerado.

Con su mastodóntica fuerza bruta le pateó en el diafragma, lo dejó sin aire, casi lo derribó.

Fue el momento preciso para lanzarle un hachazo y cortarle la carne.

Así fue como hizo.

La primera hacha le rozó la cabeza, sólo le produjo un pequeño corte en la sien, la segunda hacha le rasguñó la mejilla izquierda, lo sintió como si fuese un corte profundo.

Las hachas voladoras regresaron cual si fuesen un par de bumeranes.

Al recuperar la compostura, la ira tremebunda de Dáikron alcanzó el pico máximo.

Liberó una onda expansiva que chamuscó kilómetros y kilómetros del territorio.

Un aura rojiza se apoderó del dragón negro, lo puso al rojo vivo.

Rutilaba como una estrella, estaba a punto de liberar todo su potencial.

Los siguientes ataques consistieron en bolas de energía rojiza que impactaron contra Gargax a la velocidad del sonido.

La insistencia hizo que bajara la guardia.

Ante el mínimo tropiezo, Dáikron se acercó y le dio un puñetazo en el esternón, lo empujó a más de cien kilómetros de donde estaba.

Como una bala de cañón salió expulsado el protagonista, giró como un trompo, se dio tantos golpes contra el suelo que era imposible contarlos.

En un abrir y cerrar de ojos, Dáikron reapareció frente a él, lo miró con la misma mirada frígida de siempre.

Como era un ser asaz cruento que le gustaba ver sufrir a los demás, no lo mató, quiso quedarse a ver cómo se retorcía de agonía ante él.

Prefería ver padecer a otros a tener que matarlos de golpe.

Se sentía excitado de estar de pie ante un animal descalabrado, con múltiples fracturas, magullones, quemaduras de tercer grado y heridas sangrantes.

»¿En verdad creíste que ibas a salirte con la tuya?

¿Acaso no sabes quién soy?

—se lo preguntó sin interés en recibir una respuesta—.

Debí suponer que no ibas a aceptar la destitución.

Eres un fracasado igual que los demás seres repugnantes de tu especie.

Por increíble que pareciese, Gargax logró levantarse, lo miró de frente y le pidió que le diera una probadita de su tan afamado poder dragontino.

Lo estaba provocando para que le diese la tunda de la vida.

No se sentía tan mal como para presentar rendición.

Estaba a sólo pasos del sendero de la perdición, olfateaba la muerte, la oía, la veía, sentía su presencia indetectable.

En el preciso instante que Dáikron se dispuso a lanzarle un golpe letal, se agachó para clavarle una daga en el abdomen.

La había guardado bien antes de iniciar el combate.

Al sentir el lancinante dolor, el dragón negro perdió el control, brilló como el sol y causó un estallido de energía que dejó el horizonte iluminado por varios segundos.

Gargax fue desintegrado en nonillones de fragmentos.

De él no quedó nada.

Finalizada la batalla, Deyevoh reapareció para ver qué era lo que había acontecido.

Halló al rey hecho una piltrafa, apenas podía respirar, le sangraba la última herida provocada por el arma blanca, le costaba moverse, estaba tan agitado que hablar con claridad le resultaba difícil.

El híbrido no podía creer lo que Gargax había hecho, jamás esperó que alguien de su calaña pudiese lastimar al dragón más poderoso de Mitriaria.

Lo llevó de regreso al castillo.

Esa misma tarde, el rey fue asistido por sus nárikos, quienes no tardaron ni un minuto en socorrerlo.

Se pegó un buen susto con el último ataque imprevisto; si el minotauro le hubiese clavado esa misma daga en el corazón, no estaría vivo para contarlo.

Ahora que sabía lo peligroso que era fiarse de sus esbirros, ya no tendría la misma confianza al momento de enfrentarlos.

Deyevoh estaba confundido y al mismo tiempo asombrado de lo acaecido.

Supuso que Dáikron no era tan fuerte como decía ser, hasta pensó que, si se le hubiese unido a Gargax, entre ambos podrían haberlo matado con facilidad.

Era consciente, ahora más que nunca, que su amo y señor no era invencible como pensó en un comienzo.

Empero, a él no le servía de nada matarlo, no le beneficiaría ni le otorgaría felicidad, salvo que hubiese una buena justificación para ello.

El día que los demás minotauros llegaron, se toparon con la noticia de que el rey estaba de muy mal humor y no quería hablar con nadie.

El enojo perduró durante unos cuantos días hasta que se recuperó de sus lesiones.

Trik dio el informe correspondiente y les advirtió a los demás que no se les ocurriera molestar a Dáikron ahora que estaba más susceptible que nunca.

Con todo lo ocurrido, lo esperable era que los esclavos recibiesen un peor trato del que ya recibían.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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