Kompendium - Capítulo 79
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79: LXXIX 79: LXXIX Málassia, una grifa Alfha de plumaje grisáceo y ojos verdes, caminaba con premura entre la muchedumbre, deseaba ir a visitar a su hermana menor, Zárhia.
Se enteró de que había quedado sola puesto que su esposo se había ido a trabajar a otra parte.
Zámarus iba a estar ausente por un largo lapso de tiempo, por lo tanto, ella iba a encargarse de cuidar a su hermana.
Como vivía sola en un lugar alejado, sin ninguna compañía cercana, era una buena oportunidad para despejarse de la tortuosa soledad.
Zárhia era de plumaje grisáceo-amarronado con tintes azulinos en las alas, máxime en las rémiges primarias, tenía ojos celestes, pico anaranjado y medía dos metros treinta, un poco más baja que su hermana mayor.
Su figura esbelta era llamativa.
La conocían por ser de confianza y de carácter autoritario.
Zámarus, un robusto grifo de clase superior de más de tres metros sesenta, era de plumaje marrón claro con matices más oscuros en las alas, tenía vibrisas y rémiges largas, y ojos azules.
Su aspecto masculino era muy atractivo; un claro ejemplo de dimorfismo sexual.
Era perfecto para el trabajo pesado, razón por la cual lo habían tomado como ayudante en una mina de carbón.
Los lugareños eran todos parecidos: tenían entre dos y tres metros de altura; plumaje blanco, marrón, gris, negro; ojos castaños, verdes, celestes y amarillentos; colas largas y prensiles; prominentes picos curvos.
Todos ellos llevaban túnicas descoloridas.
Los de clase superior no abundaban mucho en esa zona por una cuestión de comodidad, sí había muchos de clase Alfha y clase Infhe que iban de un lugar a otro.
Los de clase Infhe se distinguían por ser de baja estatura, ojos naranjas, plumaje rojizo, tener alas pequeñas, picos cortos, uñas sin filo y una actitud sumisa.
Ninguno de ellos ocupaba un puesto privilegiado por ser, como la clasificación racial lo indicaba, inferiores a los demás.
El recinto era como cualquier aldea común y corriente de la época.
Había mucha tierra seca, colinas pedregosas, peñones contiguos y un gran número de árboles secos en los centros.
Se diferenciaba de las demás aldeas porque tenía grifos de clase superior, Zámarus era uno de los pocos integrantes del grupo.
El sol se había ocultado en el horizonte y todo comenzó a quedar oscuro.
El cielo estaba adornado con algunas luces resplandecientes que parecían espiar desde lejos, como si tuviesen linternas entre las manos gaseosas.
Málassia, al alzar la mirada, observó una llamativa estrella fugaz que cruzó de una punta a la otra del cielo en un soplo.
Supuso que esa era una señal divina, el acontecimiento de algo de suma importancia.
El nacimiento del Mesías Arus había sido señalado por una estrella fugaz.
La misma era enviada por la deidad y servía como evidencia de que les había otorgado un valioso obsequio a sus fidelísimos seguidores.
La astrología y sus derivaciones eran parte de la teogonía de muchos pueblos antiguos, los astros eran símbolos que conectaban hechos reales con relatos místicos.
La religiosidad de la época estaba supeditada a la naturaleza observable, todo aquello que resultaba misterioso sólo era accesible para los dioses, no para los pobres mortales que no podían entender la realidad en la que vivían, a excepción de los oráculos que aplicaban la razón pura como método de acercamiento a lo desconocido.
El dogmatismo, acrítico e incuestionable, era parte del pensamiento mágico de los nativos; la providencia era la razón de existir de todos los grifos, ya fuesen creyentes o apateístas.
Quien osaba apartarse del credo, como sucede aún hoy en día, era amonestado y vapuleado.
Cerca de la zona fronteriza de la aldea, una de las ayudantes recibió a Málassia y le dio la buena nueva: le dijo que su sobrino había acabado de nacer.
La grifa, de clase Infhe, había estado junto con Zárhia protegiendo el huevo.
Tenían un nido amplio a un costado de la sala principal, al lado del único habitáculo de la pequeña vivienda.
Málassia ingresó a la casa y encontró a Zárhia sobre el amplio nido.
Se puso superfeliz de volver a verla.
Hacía años que no la veía.
Ya había empezado a echarla de menos.
La fraternidad que tenían era especial, como era de esperarse entre los hermanos plenos, los que comparten los genes, la sangre y la pureza.
La vivienda era de barro y argamasa, como todas las demás.
Tenía un techo de paja con tacuaras y alambres, no poseía ventanas, la puerta era de madera y tenía poco espacio.
En época de tormentas, goteaba desde el techo y todo quedaba húmedo.
En pocas palabras, se trataba de una residencia precaria y en mal estado, como las que se edifican en las favelas brasileñas o en las villas de emergencia.
Está más que claro, teniendo en cuenta la época y la situación, que nadie en aquel poblado tenía peculio con el que pudiese tirarse el moco.
Vivir entre la miseria y la desdicha era la condición connatural que todo habitante adquiría al momento de llegar al mundo.
¿Riquezas?
¿Fortunas?
Nada de nada.
—Hola, hermana mía.
Es un verdadero placer poder verla de nuevo.
¿Cómo ha estado todo este tiempo?
—introdujo Málassia.
La sonrisa en ella proclamaba una gran alegría.
Estaba feliz de estar allí.
—Muy bien, querida hermana mía —le respondió Zárhia con una notable sonrisa que no dejaba nada en las sombras; era franqueza pura y dura—.
He sido bendecida el día de hoy.
Lo he deseado desde hace muuucho tiempo.
Por fin obtuve lo que pedí.
Ser madre era el logro máximo al que podía aspirar una grifa, sea cual fuera su linaje.
Era lo que toda hembra soñaba llevar a cabo antes de perecer.
Sin hijos, una grifa era como un cielo sin estrellas o un mar sin peces.
Qué mejor forma de presenciar el milagro de la vida si no era trayendo hijos al mundo.
¡Vaya conformistas que eran!
—Ya me enteré de la novedad.
La sirvienta me lo contó.
Estoy de verdad feliz de saber que por fin ha logrado concebir, hermana mía —dijo Málassia, melosa, se agachó y besó la mano de su hermana en señal de respeto.
—Es una verdadera lástima que mi querido Zámarus no esté presente para verlo —dijo antes de lanzar un suspiro sonoro, una señal de agonía interna que le devoraba el alma cual larva de Dinocampus coccinellae en el interior de una mariquita—.
Estoy segura de que se habría alegrado.
—Cuando se entere, se pondrá contento.
Ha soñado con ser padre desde hace mucho tiempo —dijo Málassia, meliflua, y se sentó en el suelo, al lado del nido.
Zárhia corrió las plumas de su pecho y sacó al polluelo recién nacido para que Málassia lo viera.
A simple vista, parecía un engendro.
Tenía algunos plumones que le cubrían la arrugada piel.
Mantenía los ojos cerrados.
Piaba como cualquier polluelo.
Era el tesoro más valioso que había en esa casa.
Para una madre, un hijo siempre era lo más precioso que había, pese a la horrorosa apariencia.
A las grifas, en especial a las más jóvenes, no les importaba mucho que sus hijos fuesen lindos, les preocupaba más que estuviesen sanos.
La salud es muchísimo, muchísimo, muchísimo más importante que la belleza… suponiendo que existe tal cosa, claro.
—Es un verdadero milagro.
¡Qué maravilloso deseo se le ha concedido, hermana mía!
—resaltó, haciendo uso de remilgos—.
¡Ioba Todopoderoso, gracias por concederle este hermoso deseo a mi querida hermana!
—agradeció mirando hacia arriba con las manos unidas en súplica.
—No podría estar más agradecida.
Él me ha dado su divina bendición —asintió, con el orgullo por las nubes.
En aquellos tiempos, se pensaba que la esterilidad era un castigo divino.
Si una grifa no podía concebir, era porque había, de alguna manera, pecado y por eso no recibía la bendición de Ioba para quedar fértil.
Si la grifa se arrepentía de los pecados cometidos, fuesen cuantos fuesen, Ioba podía concederle su bendición.
¡Un momento!
¿Un dios caprichoso?
Eso ni sentido tiene.
—Esto hay que celebrarlo.
Iré a buscar un purificador para que bendiga a su hijo.
No podemos permitir que su alma quede aislada.
Hay que dar gracias por el obsequio —adicionó Málassia, anonadada a más no poder, y abandonó la vivienda con aprontamiento.
La sociedad de aquella época era 100% teocentrista, y por ello, ningún acto formal y/o jurídico se hacía sin intervención de una autoridad religiosa, que podía ser un clérigo, un monje o un purificador.
De la misma manera, todo crimen era considerado un delito y un pecado, es decir, una ofensa tanto al Estado como a la Iglesia.
Zárhia estaba contenta por lo que había acaecido.
Extrañaba a Zámarus porque hacía siglos que no lo veía, pensaba en él cada noche, antes de irse a dormir; la ausencia del grifo le generaba un vacío emocional.
Lo que más deseaba en ese momento era tenerlo en casa de nuevo para que viese al polluelo con sus propios ojos.
La sirvienta le trajo un tarro con espárragos y una jarra con agua.
Zárhia prefería privarse de comer y dejar el alimento para el polluelo.
Se había arrancado plumas del vientre para brindar más comodidad y calor a su hijo.
A fin de poder alimentarlo, tenía que darle la comida regurgitada, pues el piquito del pequeñuelo no tenía el desarrollo necesario para moler lo que consumía.
—Vendrán a bendecir la casa.
Necesito que te quedes afuera.
No quiero que estorbes mientras realizamos la bendición —le avisó a la sirvienta, y ésta, sin decir ni una sola palabra, se retiró con la cabeza inclinada.
A una sirvienta no se le permitía hablar sin permiso.
Estaba obligada a cubrirse el cuerpo con una túnica oscura y un velo.
Lo único que podía hacer era acatar las órdenes de sus dueños.
A ella la habían adquirido a buen precio en un mercado fronterizo de Xelenia.
La venta de esclavos era tan común que se podía hallar en casi cualquier parte de la región.
Entre las adquisiciones más valiosas, se encontraban las grifas de perfil bajo que servían para todas las tareas del hogar.
Al cabo de una hora, Málassia regresó acompañada de un purificador del templo de Kronsia.
El sujeto estaba vestido con una larga túnica blanca, hecha con una tela suave de alta calidad, tenía un tríxode en el pecho, una delgada cadena plateada en el cuello, una prominente mitra, guantes hechos con cuero de bélfi, una cinta roja en la frente y un jarro con agua bendita.
Era uno de los pocos que estaba disponible a esa hora.
Los purificadores eran una clase de monjes de alto rango que servían en los templos.
Eran subordinados de los sacerdotes y podían realizar cualquier tipo de acto religioso siempre que tuviesen el debido beneplácito.
Pasaban la mayor parte del día orando en silencio y purificando los alrededores con agua o incienso, al igual que los nárikos del Monsismo.
Estaban por encima de los acólitos, eunucos emasculados por voluntad propia al estilo de Orígenes Adamantius, quienes protegían los harenes de los clérigos y se encargaban de realizar las tareas básicas, es decir, limpieza y preparación de alimentos.
Se podría decir que el purificador era una versión anacorética y cenobítica de los frailes occidentales del Medievo, una víctima del hesicasmo, alguien distanciado de los placeres carnales, los desórdenes temperamentales y los vicios mundanos.
Sí, sé que suena absurdo y contradictorio en niveles estratosféricos que una especie cuyo lema existencial sea: sexo o muerte (nada que ver con la visión freudiana).
Desquiciados dispuestos a automutilarse en aras de la dogmatización impuesta ha habido de trecho a trecho.
Obvio que hace sonar los cascabeles de la hesitación que los grifos, reconocidos en todo el globo terráqueo por ser harto salaces, se atrevan a ejecutar acciones que van contra lo que son; la paradoja es parte de la vida misma, cueste creerlo.
Un macho sin genitales con los cuales copular era —y lo voy a decir sin tapujos— la más pura encarnación de la desgracia.
Siendo que el placer era, aun habiendo salido de la boca de los más prolíficos profetas, el obsequio supremo, algunos, por temor a meter la pata, caían en las profundidades del abismo y llegaban a cometer atrocidades como el voto de castidad a través de métodos… digamos… poco ortodoxos (a mi entender).
Sin genitales no hay placer, sin placer no hay eudaimonía, sin eudaimonía no hay plenitud existencial, y bla, bla, bla.
Desde luego que el famoso mito de la serpiente maligna que salía del cuerpo del macho para apoderarse de las entrañas de la hembra no era una nimia simbología, se trataba de una cuestión hormonal que los grifos jamás pudieron llevar la batuta.
Se decía por ahí que hasta siete días un macho podía reprimir sus deseos, pasado ese tiempo, la serpiente ya no obedecía las órdenes del amo y se convertía ella en el cerebro del cuerpo.
Por ese motivo, a los acólitos les iba mejor si se despojaban de sus partes pudendas, así no corrían peligro las grifas que conformaban el harén de la orden sacerdotal.
Tal parece que la única forma de controlar una serpiente es cortándole la cabeza y arrebatándole los huevos, por si las moscas… —¡Bendita sea, hija de Ioba!
¡Y bendito sea el fruto de su vientre!
Deje que vea la maravillosa bendición que nuestro Padre Celestial le ha otorgado —pronunció el purificador y se acercó a ella con parsimonia.
Zárhia se movió un poco, sacó al polluelo del nido y se lo mostró.
El purificador le tocó la cabeza con la punta de un dedo y le otorgó su bendición.
Como Rafiki a Simba lo alzó, lo vio de cerca.
De aquel pequeñito de pocas plumas no percibía más que inocencia en estado puro.
»Este polluelo será la gratitud de su fe.
Benditos serán sus caminos y bendito será su destino —pronunció de viva voz y lo colocó en el nido, bajo el plumaje de la madre—.
¡Oremos!
—pidió y juntó las manos.
Las grifas, sin objeción alguna, inclinaron el rostro, cerraron los ojos, juntaron las manos y se mantuvieron en absoluto silencio, en señal de respeto y sumisión.
Era impolítico no hacerlo.
»¡Oh, querido Padre!
Bendito sea tu nombre y benditos sean los que obran en tu honor.
Glorificados sean tus profetas y alabadas sean tus enseñanzas que a través de sus bocas has puesto.
¡Bendito sea tu poder divino!
¡Bendita sea tu gracia!
—pronunció con lentitud y en voz alta—.
Te invocamos para darte las gracias por esta maravillosa bendición que nos has otorgado el día de hoy —profirió a continuación.
—¡Gracias por la bendición!
—murmuraron las grifas al mismo tiempo.
—¡Que tu poder divino ampare a esta criatura y a su madre por el resto de su vida!
—pronunció y separó las manos.
—¡Gracias!
—murmuraron las grifas.
—Ahora pasaré a bendecir la morada.
—Se puso a recorrer los alrededores, echando agua bendita con una pluma dorada que había sido tomada del cuerpo del sacerdote Aminakus, quien estaba a cargo del templo de Kronsia.
Era un ritual bastante común que tomaba pocos minutos y no requería de ningún esfuerzo.
Las casas se bendecían para evitar que cualquier pecado cometido manchara a la criatura recién nacida.
Las criaturas no nacían pecadoras, pero podían ser influenciadas por pecados externos, cometidos por sus padres, familiares o sirvientes.
El pecado era el equivalente a un virus patógeno con una altísima tasa de contagio, que podía pasarse de un huésped a otro con plena libertad y sin que nadie lo notara.
Una vez que el purificador finalizó el ritual de limpieza sobre la morada, las grifas le agradecieron por el trabajo hecho y lo despidieron.
Él se marchó y regresó al templo de donde había venido.
Ambas retomaron la admiración por el recién llegado.
Se hacían unas gachas cuando lo tocaban.
—Ahora sí ya puede estar tranquila, hermana mía.
Su hijo ha sido bendecido —dijo Málassia, en cuclillas frente al nido—.
Quisiera preguntarle, si me permite el atrevimiento, ¿en qué lugar lo bautizará?
—Mi hijo será bautizado en el mismo lugar en el que fue bautizado mi esposo.
—Disculpe mi mala memoria, hermana mía.
¿En qué lugar se dio el bautismo del señor Zámarus?
—El bautismo de mi esposo se llevó a cabo en el templo del sacerdote Ruyerus Grumentum, en las afueras de Intsumia.
—Queda un poco lejos de aquí, pero no importa.
Si ya lo ha decidido, respetaré su decisión.
Prometo asistir al bautismo.
Como Zámarus no está, yo la acompañaré.
—Estoy ansiosa por saber qué nombre le pondrán.
El sacerdote me había dicho que tenía una amplia lista de nombres gloriosos.
—Me pregunto qué clase de nombre glorioso tendrá disponible el sacerdote.
Puede que sea el de algún profeta —supuso y se le vinieron a la mente centenares de nombres.
—Eso sería maravilloso —aseguró Zárhia—.
Me sentiría muy orgullosa de tener un hijo llevando el nombre de uno de los profetas.
Los polluelos eran bautizados en un templo por un sacerdote pasado los doce días de vida y se les otorgaba un nombre único.
Por lo general, los nombres eran largos y se utilizaban en ámbitos formales.
En una situación informal, se usaban apócopes o seudónimos.
Los seudónimos podían ser otorgados por sacerdotes, frailes o clérigos especiales, de mayor rango que los purificadores.
Todos ellos se encargaban de educar a los polluelos en un monasterio cuando cumplían tres años de vida.
—Me quedaré aquí a ayudarle en todo lo que necesite, hermana mía.
Estoy a su completa disposición —se ofreció Málassia, a sabiendas de que criar un hijo de a dos era más llevadero.
—Gracias, hermana.
Quiero dormir un poco en mi lecho.
¿Podría tomar mi lugar?
—le pidió.
—Claro que sí, hermana mía.
Yo me quedaré en el nido.
Usted descanse nomás —le respondió y accedió a lo prometido.
Zárhia decidió volver a la yacija y dejar que Málassia cuidara el nido.
Por las noches, la temperatura descendía mucho y el polluelo no podía estar desprotegido, necesitaba sí o sí de una fuente de calor, y no había nada mejor que el vientre cálido de una grifa.
Esa noche fue de lo más extensa y peculiar.
Málassia se quedó pensando en la estrella fugaz que había visto, sabía que no era mera coincidencia que la estrella cruzara el cielo justo cuando había nacido su sobrino, pensaba que la señal era más que una bendición de Ioba, se trataba de un pacto de sangre con él.
El polluelo iba a ser alguien especial, alguien diferente del resto, eso sólo el tiempo lo revelaría.
Hasta tanto, sólo se podía pensar en conjeturas.
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