Kompendium - Capítulo 80
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Capítulo 80: LXXX
Luego de doce largos días, cuando la ansiedad ya era insoportable y los deseos por salir eran intensos, Zárhia se levantó temprano, cuando estaba despuntando, desayunó rápido, se desempolvó la túnica, se limpió el plumaje, preparó al polluelo, lo metió en una canasta de mimbre y realizó el viaje hacia Intsumia. Málassia la acompañó, anhelante por saber qué nombre iban a ponerle a su sobrino.
Volaron hacia el templo del sacerdote Ruyerus, el que señoreaba sobre las colinas del Norte, donde las recibieron dos celadores, quienes les tomaron los datos, para asegurarse de que eran de confianza, les dieron permiso de entrar y retomaron los puntos de vigilancia. Aquel oratorio, aparte de ser pacífico y puro, contaba con un prolijo baptisterio y una fachada que nada tenía que envidiarles a los conventos renacentistas del Quattrocento y el Cinquecento. Era una maravilla de la arquitectura isabelina, con buhardillas, frontones y ventanas panorámicas, tirando más al estilo Tudor. Por otro lado, las pintorescas obras estatuarias mantenían el manierismo, ya no el clasicismo que había imperado en la época de los profetas.
Los celadores eran dos robustos grifos de clase superior, de ojos verdes, picos corvos, plumaje marrón oscuro, con algunos matices en las alas y el pecho, y prominentes penachos parduscos. Trabajaban la mitad del día y cambiaban de puesto con otro grupo de vigilantes. Todos dormían y comían en uno de los refugios allende el santuario.
Las grifas ingresaron al ingente templo, cuyos bancos en ese momento estaban vacíos, se metieron por un blanquecino pasillo y se encontraron con el sacerdote que estaba a cargo de la parroquia, Ruyerus Grumentum, quien había servido allí durante más de una centuria. Había dedicado toda su vida a la fe, se negaba a vivir sin ella, era parte de su ser.
—Muy buenos días, estimado padre. ¡Bendito sea usted en nombre de Ioba Todopoderoso y bendito sea su santuario! —le dijeron las grifas y se inclinaron ante él.
—¡Mis bendiciones a ustedes! ¿Qué las trae por aquí el día de hoy? —preguntó el clérigo con toda la templanza verbal que lo distinguía.
El sacerdote Ruyerus se vestía con una larga túnica blanca que le cubría desde el cuello hasta los tobillos. Usaba guantes marrones y llevaba un collar dorado con un tríxode. Sus plumas eran blancas, con bordes dorados, y sus ojos eran añiles. Medía casi tres metros y medio. Era una de las autoridades más influyentes de ese lugar. Se había ganado el respeto de todos sus congéneres debido a la actitud amable y generosa que tenía. Era un ejemplo a seguir para muchos feligreses, como el escritor dominico Fray Luis de Granada.
—Hemos venido a realizar una ceremonia bautismal. He recibido la bendición de nuestro Padre hace doce días y me gustaría que el alma de mi hijo sea reconocida por un nombre propio —informó Zárhia y sacó al polluelo de la canasta para que el sacerdote lo viera.
—¡Vaya novedad! ¡Mis más gratas felicitaciones a usted, hija mía! —Tocó la cabeza del polluelo—. Déjeme decirle que estoy muy feliz de saber que Ioba la ha bendecido. Esta bella criatura será bendecida por mi arúspice —aseveró con toda confianza—. Avisaré a los acólitos que preparen todo para la ceremonia —dijo, contento al enterarse de la buena nueva.
—Le agradezco mucho, querido padre —le dijo Zárhia.
—¿Vendrá su esposo a presenciar el bautismo? —le preguntó antes de voltearse.
—Me temo que él no podrá asistir a la ceremonia. Se ha ido a Ankoleria por una cuestión laboral y estará ausente por un largo periodo de tiempo —le respondió, sintiéndose penosa por su ausencia.
—Es obligatorio que ambos padres estén presentes durante la ceremonia bautismal —le recordó.
—He traído a mi querida hermana para que me acompañe. Ella es quien me cuida ahora que estoy sola —le contestó.
Al sacerdote Ruyerus no le agradó escuchar eso siendo que iba en contra del reglamento eclesiástico establecido por el profeta Dárius. Debido a una situación de obligación, Zámarus debía permanecer en Ankoleria el tiempo necesario hasta que le reconocieran los aportes laborales. Si abandonaba el trabajo antes de tiempo, no iban a pagarle nada.
Dentro del amplio abanico de costumbres sacras del Iobismo, era importante que algunas de ellas fuesen cumplidas a pies juntillas, mientras que otras, por cuestiones circunstanciales, podían no darse de la forma establecida por las autoridades levíticas o los consejeros monacales. De esa manera, el hecho de que uno de los padres no estuviese presente durante la ceremonia bautismal, no implicaba una violación al código de conducta parroquial ni una falta de los interesados en recibir el nombramiento de un vástago, aunque a algunos representantes del sacerdocio les resultaba inapropiado. Equivalía, con el atrevimiento del parangón, a no comer carne los viernes, no pasaba nada si alguien no lo cumplía, sólo estaba mal visto.
—Bueno… Haré una excepción esta vez y dejaré que se realice la ceremonia. No todos los días nace un polluelo de clase superior —manifestó tras un leve suspiro.
—Se lo agradezco mucho, su Eminencia. ¡Bendito sea usted! —le dijo con la amabilidad que se merecía.
El sacerdote, bondadoso y cortés como de costumbre, se dio vuelta y se fue. Estaba entusiasmado por la noticia y no quería perder el tiempo. El que Zámarus no estuviera presente no le molestaba porque infringía una norma sacrosanta, pero sí sentía pesar porque el padre no presenciaría el ritual más importante de su descendiente. Cabe señalar que esa no era la primera vez que sucedía algo similar, muchos padres se habían ausentado temporalmente, se iban a trabajar y dejaban a sus familias a la buena de Dios.
Las grifas se quedaron esperando en la parte interna del templo, en la sala de espera, admiraban la bella parafernalia religiosa y las relucientes acanaladuras de la columnata interna con su conocido alabastro níveo. Los adornos escultóricos saltaban a la vista, así como las bóvedas de crucería, los arcos arbotantes, las jambas y los relieves figurados. Las barrocas paredes, blancas como la nieve, estaban adornadas con frases de los profetas que fueron talladas de manera prolijísima. De lejos, los textos grabados parecían algo farragosos. La parte de arriba estaba adornada con estalactitas artificiales de color plata. Las puertas eran de madera de roble.
En la parte de afuera, había dos torres de mármol con buganvillas y orquídeas de diferentes formas, colores y tamaños. Dos pérgolas con extravagantes plantas, originarias de Aloima, adornaban los costados de la rústica puerta del fondo. Algunos pájaros endémicos cantaban en la zona semiárida, próxima a las afueras.
En ese momento del día, el polluelo, que apenas cabía en la canasta, estaba bien dormido. Málassia admiraba su ternura desde arriba; aquella criaturita era una maravilla de la creación para cualquier grifa. En cierto sentido, envidiaba a Zárhia por la bendición otorgada.
—Es la criatura más hermosa que he visto —afirmó Málassia como forma de cortar el silencio.
—Al menos ahora tiene plumitas.
—Se parece a su padre.
Las plumas del polluelo tenían el mismo color que las plumas de Zámarus, era el mismo tono marrón, el aspecto externo era idéntico. No cabía duda de que ese era hijo legítimo de Zámarus, de quién más sería si no, Zárhia jamás había tenido contacto con otro grifo.
—Estoy ansiosa por saber qué nombre le pondrán.
—Cualquier nombre bello le quedaría bien.
—Tiene que ser distintivo —deseó Zárhia, quien anhelaba que su hijo fuese único.
Varios minutos eran necesarios para hacer los preparativos de la ceremonia bautismal, todo debía lucir perfecto dado que no se podía repetir. Otros rituales se podían suspender por hache o por be, el bautismo era un ritual único que no se podía posponer ni anular.
Metido en la parte del fondo, el sacerdote Ruyerus llamó a un rapsoda, un experto en centones, le pidió que le recomendara algunos nombres inherentes a la poesía trovadoresca del Bashí, libro sagrado del Iobismo. Alguien con amplios conocimientos en onomástica, historia, hagiografía y teología tenía que ser el más indicado para ser consultado.
Los rapsodas eran ayudantes que, junto con los copistas y los glosadores, narraban las historias épicas de los profetas, los patriarcas, los libertadores y sus aliados. Volcaban todos sus conocimientos en la literatura antigua y pulían manuscritos para que siempre estuviesen adaptados a la época. A veces tenían que cambiar frases enteras porque las originales quedaban caducas. Debían conocer en profundidad todas las lenguas antiguas de los antecesores, dado que así, podían mantener una traducción confiable de las Sagradas Escrituras. Utilizaban palimpsestos para anotar cosas que iban descubriendo. Se vestían con caftanes grises y llevaban aros en las orejas. Se les tenía sumo respeto debido a la pureza de la prosapia y al profundo conocimiento del Iobismo que poseían.
El Bashí era un libro extenso compuesto por doscientos veintiocho capítulos, escritos tanto en verso como en prosa. Cada capítulo tenía doscientos ochenta versículos: ciento cuarenta de ellos estaban escritos de manera poética y otros ciento cuarenta de manera prosaica. Se les daba vasta importancia a los números, se los consideraba símbolos trascendentales en la época en la que había sido escrito el Bashí, varios siglos atrás. De la misma manera, las constelaciones y los astros tenían una gran influencia en la cosmogonía antigua, como ya se mencionó.
El rapsoda que apareció era Asálius. Tenía poco más de tres metros cuarenta. Era de plumaje grisáceo, tirando a verdoso, ojos marrones y espalda recta. Pasaba la mayor parte del día en la biblioteca, leyendo y releyendo lo mismo hasta autoconvencerse de que su trabajo era merecedor de aprecio. Se le exigía mucho pues era uno de los más jóvenes y lúcidos que había en el templo. Tenía noventa y cuatro años.
El antedicho rapsoda, sin perder el tiempo, acudió al llamado del sacerdote, lo saludó como siempre acostumbraba hacer cuando lo veía, tomó nota de lo que le pidió y aportó ideas respecto a la consulta hecha. En ese ínterin, reminiscencias del pasado se apoderaron de la mente de ambos, el pensamiento visual se hizo presente.
El cenotafio principal del cementerio de Ukures ubicado en Sierbemia, una antigua aldea de Ashura que quedaba cerca de Bormepch, tenía grabado el nombre de uno de los grandes defensores de la virtud y la igualdad: Deimakuse Deseorin Amarus, quien acompañó y protegió a Ulisurus Raimekusen, uno de los caudillos del ejército de los hipogrifos, aliado al grupo de Sishurus y Camus. Uno de los escribas anónimos, que empleaba Jesare en la escritura, hacía referencia a ese personaje, de procedencia desconocida, como “el último defensor”. En su idioma original, el Yordanio, se escribía “Deimarusen”. En poesía sérfica, se utilizaba mucho el término “Deimaru” y “Sen” que hacían referencia a la defensa y la virtud. El Yordanio y el Jesare eran lenguas, bastante parecidas, utilizadas en Ashura por los hipogrifos.
—Casi nadie sabe sobre la existencia de dicho defensor. El hijo de Zámarus merece un nombre digno —le dijo el sacerdote.
—Yo me sentiría más que orgulloso de tener un hijo con el nombre de uno de los defensores castrenses de Ulisurus. El mismo Camus lo bendijo y le dio su palabra de honor —aportó el rapsoda, seguro de sí mismo.
—Camus lo bendijo porque le preocupaba la salvación de su alma. Había violado el décimo sexto mandamiento. Ulisurus no era consciente de ello. Yo diría que fue más un hereje que un ser digno —señaló el sacerdote, cuya vara siempre estaba un poco más alta de lo que parecía.
—De todas las cosas prohibidas del Iobismo, me parece que levantar falso testimonio es de lo más inocuo.
Deimakuse había levantado falso testimonio respecto a uno de sus allegados, lo había hecho para poder engañar a las tropas enemigas y tomar ventaja en el ataque. En ese caso, era entendible que se cometiera un acto pecaminoso. Al final, hacerlo no perjudicó a ninguno de sus compañeros, por lo cual tildarlo de herético no era lo más apropiado.
—Claro está en las cartas de Viralus: “No levantarás falso testimonio de ninguno de tus congéneres porque eso es abominable”. Lo abominable se castiga con tortura. Toda forma de herejía está penalizada de alguna manera. Ese supuesto defensor del que habla fue, además de calumniador, blasfemo —repuso el sacerdote, sacando a relucir el amplio conocimiento del Bashí que tenía.
—Ioba es misericordioso y perdona a todos aquellos que hayan pecado de alguna manera o hecho algo que vaya en contra de alguno de sus mandamientos —mencionó el rapsoda. Había aprendido que retractarse no era lo ideal cuando se trataba de aportes importantes.
—Cederé a su consejo sólo porque hoy estoy de buen humor. No vuelva a mencionar nada sobre ese tal Deimarusen en mi templo o lo pondré a limpiar los salones —le pidió, mirándolo con difidencia.
—¿Por qué no le hace un breve cambio al nombre para que no manche de pecado a la criatura? —aconsejó.
Llevar el nombre de un hereje era de mal augurio, de modo tal que las autoridades religiosas preferían evitar poner nombres de ese tipo a los polluelos. Un grifo con el nombre de un sacrílego era una profanación para la especie. La superstición era tal que hasta en los detalles más ínfimos se prestaba atención para que luego no hubiese problemas. En toda sociedad hiperreligiosa la superstición es moneda corriente, no hay que extrañarse de nada.
—¿A qué se refiere?
—Puede ponerle Deimarus Zen.
—¿Y qué significa eso exactamente?
—Nada. Es sólo para que no suene mal. El polluelo jamás sabrá que su nombre está basado en el nombre de un hereje —explicó.
—Si el polluelo llega a rebelarse, haré que lo castiguen a usted. Poner nombres de herejes es profano. Sabe bien lo que puede suceder si hacemos eso. ¡Que la suerte esté de su lado, rapsoda de Ioba! —expresó el sacerdote. No tuvo más remedio que darle el visto bueno.
—¿Le agrada el nombre?
—Consultaré al arúspice para que me dé su opinión —afirmó con algo de incertidumbre.
—¿Desea que llame a los purificadores para que le ayuden a realizar los preparativos?
—Sí. El hijo de Zámarus merece un bautismo especial. Quiero ver prolijidad de principio a fin —le respondió y se fue.
Mientras el rapsoda buscaba cuatro purificadores para que prepararan el aceite, el agua y el incienso para la ceremonia, el sacerdote Ruyerus salió del templo y fue a buscar al arúspice, que se encontraba en una ermita apartada, en la parte externa del recinto. Al verlo, sintió lástima por él. Cada día que pasaba, parecía estar un poco más viejo. Había servido durante un montón de años y no quería retirarse del cargo.
El arúspice, Senarus Aikezumen Nárius, había perdido mucho peso en los últimos tiempos y le costaba mover las piernas debido a los continuos calambres en el tren inferior. Estaba vetusto, enteco y los ojos casi no le servían para ver. Sus grisáceas plumas se desprendían con facilidad, sus largas orejas estaban caídas, sus rémiges estaban dobladas y su cola se mantenía inmóvil. A pesar del deplorable estado físico, su memoria era sorprendente, recordaba hasta los detalles más minúsculos de las primeras ceremonias que había llevado a cabo el sacerdote Ruyerus en el templo. El trabajo del arúspice era predecir el futuro de las criaturas que tocaba. Con el simple acto de tocarles la frente, ya podía emitir un juicio. Algunos rapsodas no lo querían, pensaban que era un loquito.
»¡Mi estimado arúspice, bendito sea! Necesito hablar con usted —habló y se paró frente a él—. Una ceremonia bautismal se llevará a cabo el día de hoy. La esposa de Zámarus ha sido bendecida. Desea que su polluelo reciba la cálida bendición de mis allegados.
—¡Qué agradable noticia me acaba de dar! ¿El señor Zámarus se encuentra aquí? —preguntó el arúspice.
—Él no se encuentra presente por una cuestión laboral. Espero que no le moleste el inconveniente. Zárhia trajo a su hermana para que la acompañe. Decidí aceptar realizar el bautismo sólo porque Zámarus es un fiel devoto.
—Zámarus es uno de los pocos creyentes que ha dedicado su vida a la fe. Los demás sólo vienen cuando se sienten mal. Prefieren pagar la multa por inasistencia —mencionó el viejo grifo.
Quienes no asistían a las ceremonias religiosas los días correspondientes eran obligados a pagar una multa como castigo por ausencia. La asistencia a los templos religiosos no era una cuestión de me gusta o no me gusta, quiero o no quiero, había que ir sí o sí.
—Cerca de Mieresia hay un pequeño templo. Estoy seguro de que acude a él con regularidad. Su fe es admirable.
—¿Desea que le dé mi bendición a su hijo?
—Quiero que lo bendiga y que me diga qué le parece el nombre que el rapsoda Asálius aconsejó otorgarle.
—¿Qué nombre propuso?
—Deimarus.
—¿Deimarus cuánto?
—Deimarus Zen Arus de Kronsia.
El sacerdote decidió ponerle el nombre del Mesías para que sonara mejor y no acabara siendo un desdicho hereje. Con el nombre de un ser bendito, era menos probable que el polluelo acabase siendo impío. Al no haber apellidos, se usaba la procedencia como referencia. Ese sistema se usaba en todas partes.
—Es un nombre original. Me agrada cómo suena —admitió el arúspice—. ¿El seudónimo?
—Deimos.
—¿Está todo listo para la ceremonia?
—Los ayudantes tendrán todo listo para la tarde. Le pediré por favor que me acompañe hasta el templo.
—Estoy ansioso por conocer al hijo de Zámarus.
Luego de haber esperado con ansias el momento decisivo, un purificador le avisó a Zárhia que todo estaba listo y que podía pasar al salón de al lado. Las grifas ingresaron al salón y se postraron ante la estatua de Dárius, que tenía pétalos de rosas en la base. Tomaron una vela y le rezaron una plegaria al profeta. Se levantaron y fueron hacia la parte del fondo, donde una cáfila ávida se acomodó y formó un círculo.
En la parte de en medio había un altar pequeño, sobre una peana, donde se colocaba al polluelo a bautizar. Se le colocaba agua en la frente y se lo bendecía reiteradas veces. Luego, le otorgaban el nombre y le colocaban un collar con un medallón bendecido que tenía un tríxode en ambos lados. El arúspice hacía su parte y bendecía a la criatura y le deseaba suerte en el futuro. Dicho procedimiento era optativo, pero a muchos parroquianos les gustaba que se lo ejecutara.
En Ashura, el ritual de bautismo era similar al Consolamentum, en el que no empleaban agua, aceite ni ningún otro elemento más que la presencia del Espíritu Puro. Las palabras que se utilizaban en dicho procedimiento eran unas pocas. Ningún bautismo entre los grifos del otro continente duraba más de cinco minutos.
En ese salón, a las grifas no se les permitía hablar sin permiso. Las autoridades religiosas estaban a cargo de todo. Una vez bautizado el polluelo, ya no les pertenecía a los padres, pasaba a ser una criatura de Ioba.
Los purificadores recorrieron el salón e impregnaron el ambiente con incienso, lo que evitaba que malos espíritus interviniesen durante la ceremonia. Dijeron sus plegarias y retornaron al área de encuentro. Los acólitos colocaron al polluelo sobre el altar y esperaron a que el sacerdote iniciara la ceremonia. El arúspice se encontraba en la parte de atrás, esperando a que la primera parte de la ceremonia finalizara, y ahí recién podía intervenir.
—Les agradezco a todos por haber venido. Hoy estamos aquí reunidos para glorificar la gracia divina de nuestro Padre Celestial y agradecerle por su preciada bendición. Ioba Todopoderoso ha otorgado este obsequio divino a una de sus hijas. Nosotros apreciamos mucho ese acto y por ello hemos de bendecir a la criatura aquí presente. Daremos inicio a la ceremonia con una Plegaria de Iniciación —pronunció el sacerdote con absoluta claridad.
Las grifas, los dos acólitos y los cuatro purificadores juntaron las manos, cerraron los ojos e inclinaron la cabeza en señal de respeto y sumisión.
La Plegaria de Iniciación servía para invocar al Espíritu Puro de Ioba que, según se creía, descendía en forma invisible y atestiguaba que los rituales llevados a cabo en sus templos fuesen propicios. El salón se llenaba con la energía sobrenatural que el Espíritu Puro transmitía de forma discreta. Todos los presentes sentían la presencia divina del espíritu, el cual reforzaba la confianza en el poder de Ioba.
»¡Ioba Todopoderoso, santificado sea tu nombre! ¡Bendita sea tu gracia y benditos sean tus actos divinos! Te invocamos desde uno de tus templos para que nos des tu iluminación y nos ayudes a llevar a cabo este memorable ritual. ¡Que tu gloria ilumine este salón y que tu bendición se haga presente en todos nosotros! —pronunció el sacerdote en voz alta.
—¡Bendito seas, Padre Celestial! —pronunciaron los demás al unísono y abrieron los ojos.
—Ahora, queridos allegados míos, pasaremos a la Plegaria de Alabanza —prosiguió el sacerdote—. Por favor, pónganse de rodillas —les pidió.
Todos se arrodillaron, cerraron los ojos y levantaron la cabeza. El sacerdote era el único que se quedaba de pie durante la Plegaria de Alabanza.
»¡Oh, poderoso Padre! ¡Alabado seas! ¡Llénanos de gloria y majestuosidad! Danos hoy tu bendición para que sigamos adelante en este mundo repleto de dificultades. No nos desampares ni hoy ni mañana. Acompáñanos hasta la muerte y guía nuestros actos para que podamos ser leales sirvientes como tus sabios profetas. Llena nuestros corazones de amor y fe. Mantennos lejos del pecado y del mal para que no quedemos fuera de tu gracia. ¡Alabados sean tus hijos y todos tus profetas! ¡Bendito seas, oh, Señor Nuestro! —pronunció el sacerdote en voz baja.
—¡Bendito seas, Señor! —susurraron los demás al mismo tiempo.
A continuación, los presentes abrieron los ojos y se pusieron de pie. Pese a todo el ritualismo con sus respectivos movimientos, ninguno de ellos se sentía incómodo. Se puede decir que ya estaban acostumbrados a las prácticas religiosas llevadas a cabo en los templos.
—Ahora pasaremos a realizar, de manera prolija y silenciosa, el ritual de purificación —avisó el sacerdote e hizo la señal correspondiente.
Los purificadores tomaron un jarro con agua y mojaron la frente del polluelo aún durmiente. Le aceitaron las plumas de la cabeza con un aceite especial que se utilizaba en rituales religiosos. El sacerdote bendijo a la criatura en voz baja y usó una de sus plumas para transmitirle pureza eclesial. Humedeció la pluma, le tocó la cabeza e hizo la Señal de Fe, la cual consistía en dibujar una línea recta imaginaria desde el abdomen hasta la cabeza y luego hacia los hombros. Le otorgó el nombre que había sido escogido por el rapsoda.
»Esta criatura será llamada Deimarus Zen Arus de Kronsia y su seudónimo será Deimos —pronunció, dando por finalizado el trabajo de nombramiento que era el punto central de la ceremonia bautismal.
Finalizado el proceso de otorgamiento de nombre, los purificadores se aproximaron al altar, colocaron el collar en el cuello del polluelo y lo bendijeron. Fue un proceso rápido que no duró más de diez segundos. Le quitaron el collar y se apartaron.
—¡Que este pacto llevado a cabo el día de hoy sirva para santificar a esta inocente criatura y limpiar su alma de cualquier pecado cometido por sus ancestros! —declaró el sacerdote—. Ahora pasaremos a realizar una Plegaria de Salvación.
La última plegaria era la más común durante los encuentros religiosos y la primera que se les enseñaba a los polluelos por su importancia en la vida. Todos cerraron los ojos e inclinaron el rostro para continuar la ceremonia bautismal.
»Ioba Todopoderoso, creador de todas las cosas, promotor de la bondad y la esperanza, nos dirigimos a ti a fin de agradecerte por habernos ayudado a realizar este acto bautismal. ¡Bendito seas y bendito sea tu Mensaje Salvífico! ¡Que tu gloria acompañe a esta criatura durante el resto de su vida! ¡Salvos serán aquellos que sigan tus mandamientos! En el nombre de tu hijo Arus, te damos las gracias por habernos acompañado durante esta ceremonia. ¡Bendito seas, Padre Nuestro! —pronunció el sacerdote.
—¡Bendito seas! —pronunciaron los demás a continuación.
—De esta manera, despedimos al Espíritu Puro y le agradecemos por habernos acompañado el día de hoy —dijo el sacerdote e hizo una pequeña pausa—. Ahora, pasaremos a la segunda parte —anunció y dio la señal—. Arúspice Senarus, por favor, acérquese al altar para bendecir a la criatura —le pidió y se hizo a un lado.
A paso de tortuga, el veterano arúspice se aproximó al polluelo y le tocó la cabeza con el propósito de socavar en lo más profundo de su mente y leer el futuro que le deparaba: ingresó al aposento de lo intangible, visitó la dimensión imaginaria que estaba más allá del espacio y el tiempo. Algo salió mal y la reacción del arúspice fue negativa, se precipitó y se alejó. Se puso tenso porque vio algo que no le gustó nada. Alcanzó a ver una criatura feroz, malévola y sanguinaria que manchaba el mundo de pecado.
»¿Qué le sucede, señor Senarus? —le preguntó, inquieto al ver que su arúspice reaccionó de esa manera inesperada.
—Algo no me gusta. Esta criatura no será buena. Su alma no está limpia —titubeó de manera preocupante.
Al escuchar eso, Zárhia se sintió preocupada, creía que su hijo estaba manchado de algún pecado grave. Si así era, no iba a poder criarlo. Lo último que deseaba era que su único hijo acabase convirtiéndose en un engendro demoníaco.
—Su alma ya ha sido limpiada. No hay nada de qué preocuparse —le avisó el sacerdote.
—Tuve una epifanía. Esta criatura lleva consigo la Marca de la Bestia. No podemos permitir que viva —dijo el arúspice de forma tajante. Se le erizaban las plumas de la nuca de tan sólo pensar en lo que podría provocar aquella criatura.
La Marca de la Bestia era un término que se utilizaba para describir a las criaturas impuras cuyos destinos eran oscuros. De ello hablaba el profeta Marustkus cuando hacía alusión a los grifos traidores que se habían aliado a los enemigos. Y sí, a pesar de todas las cosas sucedidas, hubo grifos que defendieron a los dragones en el pasado, pero de eso nadie hablaba.
—¡Arúspice Senarus, por favor! Este no es el momento para hacer bromas de mal gusto. Este polluelo es el hijo de Zámarus —le recordó el sacerdote.
Ninguno de los presentes se sentía cómodo al ver cómo había reaccionado el arúspice. Sus predicciones siempre, o casi siempre, eran correctas. Cuando algo no le gustaba, se trataba de un problema serio.
—Me niego a bendecir a esa criatura. ¡Que Ioba tenga piedad de su alma! —dijo con nerviosismo y abandonó el salón tan pronto como sus piernas se lo permitieron. Lo que vio era demasiado fuerte para describirlo con palabras. Por más que lo hiciese, nadie se lo creería.
Lo que había acaecido era que había visto la identidad oculta, el alter ego, de Deimarus. La imagen de la criatura era aterradora y no podía ser bendecida, de nada iba a servir. Su fatum ya estaba escrito con sangre.
El sacerdote y sus allegados se sintieron afrentados al ver semejante cosa. Tuvieron que dar por finalizada la ceremonia y abandonar el salón. Zárhia y Málassia metieron al polluelo en la canasta y salieron del templo.
El sacerdote estaba avergonzado y le costaba expresarse con soltura. Trató de hacer como que no pasó nada. Pensó que el hecho de haber usado el nombre de un hereje como referencia para el nombre de la criatura era lo que incomodaba al arúspice. Le avisó a Asálius lo que había acontecido. El rapsoda le confesó que el arúspice era un demente. Al ser tan viejo, ya no podía seguir haciendo predicciones. El sacerdote se sintió como un completo idiota y decidió que ya no iba a contar con el arúspice Senarus para futuras ceremonias bautismales, no quería volver a presenciar una situación embarazosa como esa nunca más.
Ya de por sí creer que era posible adivinar el futuro con sólo tocarle la frente a un polluelo era una reverenda estulticia. Los arúspices del Iobismo no siempre la pegaban con las predicciones, a veces se equivocaban, sólo que los fieles nunca lo reconocían. Era una cuestión de fe.
—Hermana mía, no se sienta mal. El arúspice debe haberse equivocado. No puede juzgar a su hijo sin conocerlo —le dijo Málassia.
—Temo que el alma de mi hijo esté manchada con algún pecado imborrable. ¿Qué tal si alguno de sus ancestros cometió algún pecado grave? ¿Qué haré si mi hijo heredó ese pecado? —le señaló Zárhia, preocupada por el futuro de su descendiente.
—Ninguno de nuestros ancestros fue malo. Todos han sido fieles seguidores de Ioba —le recordó.
—El abuelo Rámakus había sido castigado varias veces por blasfemo. ¿Qué haré si mi hijo sale como él?
El sacerdote salió del templo y se rencontró con las grifas en la parte de afuera. No quería que se sintieran incómodas con el bautismo ni que pensaran mal de su servicio como clérigo, tenía la esperanza de que aún podía cambiar el destino del polluelo.
—No desespere, hija mía. Si quiere que su hijo esté bien, me encargaré de educarlo yo mismo. Senarus a veces se pone así por cuestiones personales. Me disculpo por lo que sucedió en el salón de ceremonia. Estoy seguro de que Ioba protegerá a su hijo. Su alma no peligra. Con una educación sólida, verá que su hijo estará bien —le dijo el sacerdote con el deseo de tranquilizarla—. Por favor, no vaya a decirle nada a Zámarus del incidente con el arúspice. No quiero que piense que su hijo es un hereje. Cuando pueda, tráigamelo para que lo eduque. Me encargaré de que sea un fiel devoto como su padre.
—Se lo agradezco mucho, querido Padre —le dijo Zárhia—. En verdad que me asusté por la reacción del señor Senarus. Casi llegué a pensar que mi hijo había heredado algún pecado grave de alguno de sus ancestros.
—No hay de qué preocuparse. Aquí todos nuestros vástagos terminan siendo criaturas benévolas. Su hijo recibirá la mejor educación —afirmó, de manera optimista.
—Estoy dispuesta a pagar lo que sea para eso. Estoy segura de que Zámarus estará de acuerdo —dijo Zárhia.
—Yo contribuiré si es necesario —prometió Málassia.
—Muy bien. Espero poder verlo pronto. Ahora, si me disculpan, tengo algunas cosas que hacer —les dijo el sacerdote antes de retornar a lo que le atañía—. Ante cualquier inconveniente que tengan, pueden venir a mi templo.
—Claro, Padre. Gracias por todo. ¡Bendito sea usted! —le dijo Zárhia y se volteó.
—¡Que tenga un buen día! —le deseó Málassia.
Las grifas partieron al instante. Lo bueno era que el protagonista ya tenía nombre. No obstante, las palabras del arúspice mantenían intranquila a Zárhia. Si lo que había dicho era verdad, el polluelo no iba a ser un fiel devoto. A los herejes y pecadores se los castigaba con atrocidad. En el peor de los casos, se los condenaba a pena de muerte. Eso se aplicaba tanto a los adultos como a los jóvenes. ¿Qué sería del futuro del pequeño Deimarus? Nadie lo sabía.
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