Kompendium - Capítulo 81
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81: LXXXI 81: LXXXI Las últimas semanas habían sido maravillosas para Málassia, quien no podía despegarse del encanto de su sobrino; Deimarus era un polluelo simpático y juguetón, no llorisqueaba ni gimoteaba.
Zárhia trató de olvidar lo sucedido en el templo, le dio una oportunidad a su hijo, hizo como que no había pasado nada y le brindó el afecto que se merecía, aunque las reticencias respecto a la situación del polluelo jamás se desvanecieron del todo.
Málassia era como una segunda madre para él, la ausencia de Zámarus era compensada con su presencia.
La sirvienta había presenciado la alegría que generaba el polluelo en la casa.
Ansiaba poder ser madre algún día, mientras estuviese bajo el dominio de Zárhia no iba a poder hacer nada más que envidiar la felicidad de su ama.
Ni siquiera se le permitía tener contacto con grifos de su clase.
La reprimían como una esclava y la regañaban seguido por los errores que cometía.
La miserable vida que tenía era esa y nada podía hacer para cambiarla.
Rezaba por las noches para que Ioba le diera una oportunidad de ser libre, aunque fuese por un corto lapso de tiempo.
Zárhia era de lo más cruel con ella, la denigraba y le llamaba la atención todo el tiempo.
Bajo ninguna circunstancia se atrevía a rebelarse ni a lastimar a su dueña, era una hembra cobarde y sumisa.
Durante una tarde cálida de cielos despejados y clima agradable, Málassia decidió sacar al pequeño Deimarus de casa y llevarlo a un lago cercano.
Quería enseñarle a nadar y mostrarle que darse un chapuzón era divertido.
Cerca de Arkania, había muchos lagos para bañarse.
El lugar estaba repleto de cuevas, elevadas colinas, llamativas onagras y perifollos olorosos; los alrededores eran tranquilos; la brisa siempre mantenía los árboles en movimiento.
Un grupo numeroso de urogallos llegó y comenzó a cantar, sus voces no eran muy agradables que digamos.
El pequeño Deimarus los vio y le preguntó a su tía qué cosa eran, ella le respondió que eran criaturas de tierras extranjeras, a lo cual él preguntó de qué tierras provenían, ella contestó que eran de Arsunia, no estaba del todo segura.
Él tenía deseos de explorar el entorno aun sin saber qué clase de criaturas yacían más allá de su hogar.
El pequeño Deimarus era tierno y, al mismo tiempo, harto curioso, más que el monito Jorge.
Preguntaba sobre cualquier cosa, no dejaba de hacer preguntas hasta recibir una respuesta satisfactoria.
Zárhia no le tenía tanta paciencia como Málassia, y en muchos casos, le pedía que no hiciera preguntas tontas, o, en su defecto, le respondía con el típico “porque sí y porque no” (típico de padres imbéciles).
Esa actitud le iba a traer problemas más adelante puesto que a los polluelos, en el monasterio, no se les permitía cuestionar.
Los maestros eran poseedores del conocimiento y los alumnos eran un vaso vacío que debían llenar, pues al mundo llegaban con la cabeza vacía (la teoría de la tabula rasa de John Locke).
En pocos meses, debía iniciar su trayectoria educativa en el monasterio.
El sacerdote Ruyerus estaba ansioso por tenerlo de alumno.
Quién diría que las instituciones educativas en realidad seguirían siendo centros de adoctrinamiento de por vida.
Nosotros no tenemos mucho que objetar tampoco, somos esclavos de un paupérrimo sistema educativo, del que aprendemos poco y nada.
En vez de pensar, lo que nos enseñan es a obedecer órdenes y venerar símbolos patrios.
Al sentir la sustancia fría, se sintió un poco incómodo.
Ver cómo el agua se movía a su alrededor le generaba curiosidad.
Zárhia le había dicho que el agua era una fuente de vida otorgada por el mismísimo Ioba y que no debía desperdiciarla, hacer eso era faltarle el respeto al Padre Celestial.
Según lo que enseñaba el Bashí, había una fuente gigantesca en el cielo que dejaba caer el agua con cierta frecuencia.
Eso sólo era posible porque Ioba así lo deseaba.
Todos los ríos, arroyos y océanos existían porque él los había creado.
De las aguas del río Tánkurus, el que quedaba en alguna parte de Yukeistoh, en el centro de Ashura, Ioba había creado a las criaturas.
Había creado una pareja de grifos de clase superior y los había colocado en un lugar especial llamado Edus.
Tras haber probado un fruto prohibido, ambos tuvieron que ser expulsados de ese lugar.
A causa de la soberbia, fueron enviados al mundo terrenal y se volvieron seres mortales, obligados a vivir en necesidad.
Aquel acto de desobediencia los había condenado, y así como a ellos, todos sus descendientes debían pasar por lo mismo.
La única manera de recibir el perdón y la gracia de Ioba era mediante la confianza en su hijo, quien fue humillado y empalado por dragones.
Sólo a través de él estaba asegurada la salvación de la especie.
La grifa le enseñó cómo amoldarse al agua, cómo hacer para mantener el cuerpo a flote y cómo desplazarse.
Deimarus no sabía que podía ahogarse, no era consciente de que eso podía suceder siendo que se encontraba en un lago con varios metros de profundidad.
Ella era cuidadosa con él y le ayudaba a mantener el equilibrio.
Lo sostenía de la colita para que no se alejara demasiado.
Al llegar al centro del lago, lo soltó y dejó que nadara con libertad.
Esa experiencia lo llenó de una inenarrable alegría.
Le generaba una gran felicidad poder ver que podía dominar el agua.
Fue un gran incentivo ver que podía domeñar el entorno sin problemas.
Cuando se echa un pato al agua, éste alcanza niveles de felicidad inalcanzables.
Es en ese momento cuando el animal cae en la cuenta de que es más hábil que los demás.
No es poca cosa que el mismo animal pueda nadar, caminar y volar.
La evolución lo ha moldeado de tal manera que ya hasta se siente superior a los demás, porque puede hacer cosas que otros no pueden.
Mmm… esto me suena a otra especie que conozco.
Una vez finalizado el baño, Málassia lo sacó del agua, lo secó, le puso la ropa y lo llevó a la zona de los pomares para que eligiera algún fruto, Zárhia nunca tenía los que a él más le gustaban; la tía le proveía más que la madre, por eso la quería más a ella que a la progenitora.
Era extraño que un polluelo fuese así, la mayoría se aferraba más al ala materna o paterna.
Al atardecer, regresó con el pequeñuelo y lo condujo de regreso a casa.
Deimarus tuvo la oportunidad, no fue algo positivo, de ver cómo su madre castigaba a la sirvienta con un azote.
La forma en la que la humillaba y la atormentaba era terrible.
Málassia, al verla desplumada y ensangrentada, le pidió que dejara de golpearla, tanta crueldad era innecesaria.
Zárhia poco sabía de clemencia, y si de tratar a los de clase Infhe como basura se trataba, nadie lo hacía mejor que ella.
Ver lo brutal y salvaje que se ponía su madre cuando se enojaba le hizo pensar que, quizás, no era una madre digna de respeto.
Tras cansarse de tanto apalear a la esclava, más la súplica de Málassia, Zárhia se tranquilizó y se metió en la vivienda.
Deimarus le arrojó un fruto a la sirvienta para que lo tomara, no le dijo nada, le parecía que esa forma de ser castigada era excesiva.
Los ojos del pequeñuelo habían presenciado algo negativo: la injusticia del sistema de castas sociales de su especie.
Ver sufrir a aquella inocente hembra a manos de su progenitora era el primer recuerdo imborrable que formaría su personalidad de adulto.
A pesar de ser un pequeño sin conocimiento alguno del funcionamiento del mundo real, daba en ello cada vez que se sometía a lo más profundo de la realidad.
Se apercibía de que, en efecto, para millones de seres inocentes el mundo era un averno, una cámara de tortura en la que estaban atrapados desde que nacían hasta que morían.
Quien se mostraba reacio a aceptar el sufrimiento ajeno no podía autodenominarse bueno, ni tampoco aquel que se mostrase imparcial.
Los confines más oscuros del infierno están reservados para aquellos que eligen mantenerse neutrales en tiempos de crisis moral.
“Arriba, abajo, aquí y allí les lleva; y ninguna esperanza les conforta, no de descanso, más de menor pena” (La Divina Comedia – Dante Alighieri).
Con el paso del tiempo, Deimarus notó que la fe de su madre era descomunal.
Ella les daba más importancia a sus creencias irracionales que al fruto de su vientre, y eso era algo que él mismo le replicó un día mientras almorzaban, ella le reconvino de forma autoritaria, a lo que él, sin necesidad de meritarlo, interpretó como una imagen negativa de ella.
Y fue desde entonces que comenzó a pensar que ella no era más respetable que la sirvienta; su tía, en cambio, sí era digna de respeto.
Málassia, al no estar casada y no tener vástagos, aprovechó la oportunidad para criar al sobrino como si fuera hijo suyo.
Deimarus le dijo, durante un día lluvioso, que la quería más a ella que a su madre, quien lo único que hacía era regañarlo por todo, más que nada porque no dejaba de hacer preguntas en ningún momento.
Además, insistía en que quería conocer a su padre.
Zárhia le dijo que él iba a venir pronto, sólo había que ser paciente y esperar.
Al no cumplirse lo dicho, Deimarus empezó a desconfiar de ella hasta tal punto que ya no le creía nada.
Los meses pasaban y Zámarus no aparecía.
El descubrimiento de aquella mentira hizo que el polluelo empezara a ver a su madre como una harpía, ya no con el mismo temor de antes, como Matilda a Tronchatoro.
Como consecuencia de ello, la desconfianza cruzó la línea, pasó a tornarse en resentimiento, resentimiento por ser tal y como era.
Entre tener a una mentirosa de madre y no tener una madre, era preferible lo segundo.
El puesto de madre ideal se lo tenía merecido Málassia que, aun sin serlo, era la mejor candidata.
La dulzura y zalamería de la tía superaba por mucho el pesimismo constante de Zárhia.
«¿Qué clase de madre le mentiría a su hijo todo el tiempo?», se preguntaba Deimarus a sí mismo.
Si la desobedecía, recibía un castigo de ella, no podía hacerlo, sí podía odiarla en secreto, y, de hecho, lo hacía.
El tiempo pasó rápido y llegó el día tan esperado.
Fue durante una fresca mañana de otoño, antes de que saliera el sol, que Zárhia y Málassia tomaron a Deimarus y lo llevaron al monasterio, el cual quedaba a varios kilómetros de distancia, en la zona Norte.
El famoso monasterio de Grelim quedaba en el centro de Xelenia, cerca de la costa, entre Anbelmia y Makusaria.
Como todo monasterio de la época, tenía un estilo medieval, cuyo diseño todavía mantenía toques góticos y romanos.
Contaba con un templo con ábside, un baldaquino con altar, un claustro, un transepto, una biblioteca, una sala capitular, un calefactorio, un refectorio, un claristorio, un triforio, una arcatura, una tribuna, una bodega, una serie de celdas monacales, una posada para acólitos, un atrio, un nártex, una nave central, una fuente y una entrada con escalinata.
Al fin, el sacerdote Ruyerus tuvo la gran oportunidad de conocer al hijo de Zámarus.
Había esperado ese día por mucho tiempo.
Se sorprendió al verlo por segunda vez.
Había crecido bastante desde la última vez que lo vio.
Tenía más de un metro de altura y un plumaje intacto.
—¡Qué alegría me da saber que por fin podremos tenerlo bajo nuestra tutela!
—introdujo el sacerdote Ruyerus de manera amable.
Al sacerdote lo acompañaba Joremus, un bréstimo proveniente de Libiasia.
Era un poco más alto que él.
Llevaba puesta una túnica gris y algunos adornos plateados.
Tenía una cresta emplumada que resaltaba desde lejos.
Sus plumas eran blancas y sus ojos verdes.
Era un amigo cercano del sacerdote Aminakus.
Los bréstimos eran sacerdotes de alto rango que se encargaban de visitar e inspeccionar los monasterios y los templos, se aseguraban de que todo estuviese en buenas condiciones.
El ushur, que era el Sacerdote Supremo al que sólo acudían los clérigos de alto rango, enviaba a los bréstimos para que hicieran el trabajo de inspección.
Los que ocupaban el cargo de ushur siempre eran viejos.
Debido a ello, duraban poco tiempo en el cargo.
El sacerdote Ruyerus ansiaba ocupar ese puesto con mucho fervor, aún le faltaban muchos años para que lo ascendieran, tenía ciento ochenta y dos años apenas.
El ushur de ese entonces era Tráumus y tenía más de cuatrocientos años.
—Lo único malo es que es muy preguntón.
Por favor, disculpe que se lo diga, pero no he podido hacer que cambie esa actitud.
A veces me saca de quicio —mencionó Zárhia, creía que el escepticismo del polluelo era algo malo.
Ella consideraba la ignorancia como una bendición, y en verdad lo era, puesto que el conocimiento no estaba a su alcance, y aunque lo estuviese, no iba a aceptarlo porque consideraba que sólo el sexo opuesto tenía derecho a educarse.
Ella, como madre, no se daba cuenta de lo equivocada que estaba al pensar así.
Si hubiese tenido una hija, se habría lamentado.
Creía que era inferior sólo por ser hembra.
—No pasa nada.
Todas las preguntas que tenga, con gusto me encargaré de responderle.
Cuando usted vuelva a verlo de nuevo, habrá cambiado.
Será un fiel siervo de Ioba, como su padre.
Estoy seguro de que le fascinará nuestra biblioteca.
Tenemos muchos libros para enseñarle a entender las Sagradas Escrituras.
Usted tenga paciencia, hija mía.
Verá que su hijo estará muy bien con nosotros —la persuadió el sacerdote.
—Se lo agradezco mucho, Padre.
¡Bendito sea usted!
El sacerdote se puso en cuclillas, extendió las alas y le dio la bienvenida a Deimarus, que todavía estaba medio dormido porque aún era temprano.
Sacudió la cabeza y se despabiló un poco.
—Por petición de tu madre, yo seré tu tutor en el monasterio hasta que cumplas la edad suficiente para irte.
Después de eso, podrás hacer lo que quieras.
Aunque… debo decirte que todos los que vienen aquí no quieren irse.
Al final, terminan encariñándose con el monasterio —le explicó.
—¿Tienen historias entretenidas para contar?
Las que me cuenta mi tía son asombrosas.
Quiero saber más acerca de esos profetas de los que ella tanto habla.
¿Me puede contar más sobre eso?
¿Quiénes eran en verdad y cómo se sabe en qué momento exacto de la historia vivieron?
¿Fueron tan sabios como dicen?
¿Merecían la bendición de Ioba?
—Deimarus lanzó la caterva de preguntas una tras otra.
El bréstimo, que a menos de dos metros se encontraba, se rio con disimulo al escuchar eso.
Tanta curiosidad en un pequeñuelo le generaba admiración y ternura.
Pocos polluelos eran tan avivados a esa edad.
Estaba más que claro que la capacidad cognitiva de Deimarus era superior al promedio.
—Disculpe, Padre —masculló Zárhia.
—No hay de qué disculparse, hija mía —le respondió—.
Su hijo es encantador.
Apuesto a que con esa actitud curiosa será un gran rapsoda en el futuro.
Hay que usar su curiosidad para algo bueno.
Véale el lado positivo.
¿No es acaso el curioso quien más descubre?
—Creo que sí.
—Se quedó pensando en que, acaso, la curiosidad de Deimarus no era tan mala después de todo.
En el fondo del corazón, ella no le tenía confianza a su hijo y eso se debía a lo que había dicho el arúspice Senarus durante el bautismo.
La única manera de que Deimarus se ganara su confianza era demostrando el mismo fervor por la fe que tenía ella.
Zámarus la había convencido de que con fe todo se lograba.
Fue gracias a él, y a su insistente proselitismo, que la persuadió para seguir el camino correcto hacia la “verdad”.
—Su hijo estará en buenas manos.
Nos encargaremos de que reciba la mejor atención y el mejor cuidado.
Nuestro monasterio se compromete en darle lo mejor de su servicio —le prometió el bréstimo con una gruesa y opaca voz.
Aunque él no tenía nada que ver con ese monasterio, siempre debía mostrar optimismo a la hora de incluir nuevos alumnos en un recinto bendito.
De allí, los polluelos salían educados y con un objetivo claro: cumplir la Palabra de Ioba.
Bueno, más o menos esa era la idea.
Una de las misiones que realizaban los fieles predicadores, una vez finalizada la etapa formativa, era enseñar las Sagradas Escrituras a sus allegados de todas partes.
A los de clase Alfha no siempre era fácil convencer, eran desatentos, algunos de ellos incluso eran libertinos desenfrenados que preferían vivir aislados de los familiares.
Se convencían con el prosaísmo temporal y los placeres terrenales.
—Se lo agradezco mucho.
Espero que les agrade tenerlo aquí —respondió Zárhia.
—Muy bien, creo que es hora de despedirse —indicó el sacerdote Ruyerus.
Málassia abrazó a su sobrino con mucho cariño y le susurró que lo iba a extrañar un montón, le prometió que cuidaría a Zárhia hasta que su padre regresara.
Una vez que Zámarus volviera, ella iba a regresar a su hogar, que quedaba en medio de la nada, él podía ir a visitarla cuando quisiera.
Zárhia ya había pagado por adelantado la fortuna que le salía la educación de su hijo, no estaba feliz de pagar tanto, lo hacía por el bien de él.
—Deimarus —Zárhia susurró y se agachó para hablarle—, pórtate bien y haz todo lo que te digan.
Estarás aquí hasta que cumplas la mayoría de edad.
Cuando vuelvas a casa, prepararé algo especial para ti.
—Quiero ver a mi padre primero —le respondió con una mirada seria y frígida.
Esa respuesta no le agradó nada a Zárhia.
El pequeño Deimarus no le respondía con el debido respeto, demostraba irrespetuosidad con ella aun diciéndole las cosas bien.
La eterna rivalidad madre-hijo era clarísima.
—No hay problema.
Cuando Zámarus vuelva, puede venir a ver a su hijo.
Le daré permiso de verlo un rato.
No es bueno que este polluelo pase la vida entera sin conocer a su padre —dijo el sacerdote Ruyerus.
Sabía que la imagen paterna era importante para un polluelo.
—Bien, creo que es hora de irnos.
Tenemos muchas cosas que hacer —dijo Málassia.
—Estaré sirviendo en el templo de Kronsia durante los próximos tres meses así que de seguro las veré allá —les avisó el sacerdote.
—Claro que sí, Padre —dijo Zárhia y se dio vuelta para marcharse.
Al ver a Málassia irse, Deimarus le gritó que la quería mucho, deseaba volver a verla muy pronto, ella era lo más valioso que había en la vida, el hecho de saber que no iba a tenerla cerca, le generaba una gran congoja; el cariño de su tía era admirable.
Las grifas se despidieron de ellos y se fueron.
Alzaron vuelo y sus figuras se perdieron en lo alto del cielo.
Desde ese momento en adelante, Deimarus pasó a ser miembro del monasterio de Grelim.
El sacerdote Ruyerus estaba ansioso por instruirlo, y más sabiendo lo curioso que era.
El trabajo de lavado de cerebro era la meta.
—Ahora, te asignaremos un habitáculo que compartirás con otros polluelos de tu edad.
Te mostraremos el edificio para que conozcas bien cada lugar.
Te acostumbrarás mucho antes de lo que crees —le guio el sacerdote.
Como resultado de esa actitud amable y sincera, el sacerdote se ganó su confianza en poco tiempo.
Es más, él iba a ser una figura putativa ante la ausencia de Zámarus.
Tenía la longanimidad, la bondad y el cariño de un papá.
—El lugar parece grande.
¿Tienen estanques para bañarse?
—Tenemos de todo.
Este será tu nuevo hogar así que espero que disfrutes tu estadía aquí, pequeño —le respondió y lo cargó entre sus brazos.
Dejó al bréstimo atrás, llevó a Deimarus a la parte interna y le enseñó los diferentes sitios del monasterio.
Era muchísimo más grande de lo que parecía, era casi tan grande como el castillo de un monarca, sólo que no tenía tantas torres.
El monasterio de Grelim, llamado así por su fundador, el ushur Asarus Akusare Grelim de Xelenia, un maestro apasionado por las Sagradas Escrituras y la enseñanza del Iobismo a las mentes jóvenes, poseía una compleja infraestructura, amplias galerías, bellos patios con jardín, salones cómodos, una gigantesca biblioteca con una gran variedad de libros, extensos paraninfos; en la parte de atrás, que ya era la zona externa, tenía lujosos templetes y una fastuosa cocina tradicional donde trabajaban los acólitos.
A primera vista, Deimarus se fascinó con el recinto.
Le parecía bello y tranquilo.
Se sintió feliz de saber que no iba a aburrirse en un lugar tan grande.
En comparación con su casa, ese sitio era una mansión.
Hasta ese momento, todo era color rosa, nada tenía aspecto de ser peligroso ni riesgoso.
Sin embargo, la ennegrecida infancia de Deimarus recién iniciada no había mostrado aún indicios de contaminación por la malevolencia eclesiástica.
Lo que para el sacerdote era un alumno estupendo, para los purificadores no sería lo mismo.
Si había algo que fastidiaba a los maestros, era que uno de los alumnos hiciera constantes preguntas.
Alguien que cuestionaba el dogma era precursor de heresiarca, es decir que, no se lo podía tolerar.
En tiempos antiguos, existían mecanismos como los estatutos de limpieza de sangre que consistían en inventarse justificaciones absurdas para rechazar a los supuestos herejes, ya fuera tildándolos de apóstatas o brujos, ni que hablar de los practicantes de la nigromancia o los tanatopractores, esos sí que eran crucificados.
En una sociedad dominada por la teocracia de turno, no había libertad de expresión, libertad individual ni derechos civiles.
Los dueños de la verdad, la moral y la libertad eran los representantes de la divinidad en el planeta, autodenominados gobernantes del mundo.
Esos mismos gobernantes eran quienes declaraban la guerra a otras naciones, grescas insustanciales por la corona o por una tierra prometida, enfrentamientos en los que perecían los esclavos, nunca los amos.
Hete aquí la guerra como justificativo para apoderarse de lo ajeno, excusa maléfica para quitarle al otro lo que le pertenece, lo que lo dignifica.
Peor aún, los cronistas (pseudohistoriadores) que narraban los hechos, lo hacían bajo la burocrática norma: “Contad lo que os mando, no lo que ocurre”.
Así, todos los futuros lectores podían ser engañados y creer que la historia fue como está escrita y no como sucedió, por algo se dice que la historia la escriben los que ganan, nunca los que pierden.
Elias Canetti dijo una vez: “Para los historiadores, las guerras vienen a ser algo sagrado; rompen a modo de tormentas saludables o por lo menos inevitables que, cayendo desde la esfera de lo sobrenatural, vienen a intervenir en el decurso lógico y explicado de los acontecimientos mundiales.
Odio ese respeto de los historiadores por lo sucedido sólo porque ocurrió, sus falsas reglas deducidas a posteriori, su impotencia que los induce a postrarse ante cualquier forma de poder”.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com