Kompendium - Capítulo 82
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82: LXXXII 82: LXXXII En el monasterio, Deimarus conoció a otros polluelos como él, era la primera vez que veía otros grifitos de su edad, como él no era muy social, sólo se amistó con dos, uno que era inquieto y otro que era un dolor de cabeza para los maestros: Akaliurus y Sáurius, ambos hijos de comerciantes.
Parecían tranquilos, pero en realidad eran monstruitos con plumas, lo único que les gustaba eran los paseos de fin de mes en donde los purificadores los llevaban a otras zonas para admirar la belleza del entorno, la maravillosa creación de Ioba.
Si de hacer travesuras se trataba, no había nadie mejor que esos dos.
Akaliurus era de plumaje grisáceo y ojos celestes.
Era el más joven de los tres.
Sáurius era de plumaje verdoso, con algunos matices en las alas, y de ojos marrones.
Los dos eran un poco más bajos que Deimarus, quien crecía a un ritmo portentoso.
En cuanto a fisonomía, los tres eran muy parecidos.
La jornada dio inicio y Deimarus comenzó a asistir a ocho horas diarias de clases en los diferentes salones del monasterio.
Cada día tenía clases con un maestro distinto.
Lo único que se enseñaba en ese lugar era lenguaje, historia, aritmética, astronomía, geografía, filosofía, ética y teología.
Las mañanas eran para aprender lo teórico, por la tarde se enseñaban rituales y procedimientos litúrgicos de diversa índole, y los que estaban a cargo de ello eran dos purificadores, que más adelante pasarían a ser imágenes negativas para Deimarus.
A uno le llamaban Jachoh y al otro Durec, cuyos significados en Serfi antiguo eran “molestia” y “estorbo”.
Eso lo inventaron los alumnos, por supuesto que ellos no sabían que los llamaban así.
Sus verdaderos nombres eran difíciles de pronunciar.
Deimarus se adaptó al poco tiempo y se acostumbró a estar encerrado en un recinto religioso.
Eso sí, jamás abandonó el escepticismo.
Muchos maestros comenzaron a odiarlo porque no dejaba de lanzar preguntas incómodas a raudales.
Dudaba de la veracidad de muchos pasajes del Bashí.
En las clases de teología, no dejaba de hacer preguntas en ningún momento.
La única forma de callarlo era amordazándolo.
En aquellos tiempos, la educación era conductista.
Se educaba con violencia física y humillación.
Se usaba el miedo como medio para imponer respeto en los salones.
Los polluelos, en su mayoría, eran sumisos y obedientes, los que no eran así, eran castigados con severidad.
Los castigos que se empleaban eran, por lo general, horrorosos.
A Sáurius una vez le arrancaron las plumas de la cabeza por llegar unos segundos tarde a clase.
A Akaliurus lo azotaban con frecuencia por no permanecer en la postura correcta, ya conocía todos los látigos que había, dependiendo de lo que hacía, le pegaban con un látigo u otro.
Hubo una vez, algunos años antes de que naciera Deimarus, que golpearon tanto a un polluelo que lo terminaron matando.
Los maestros que hicieron eso fueron enviados a servir a un templo lejano como simples sacristanes durante veinte años.
El sacerdote Ruyerus informó a los padres de eso, lo hizo figurar como un accidente inevitable, y los padres lo aceptaron porque así lo decía el sacerdote.
Más allá de la violencia extrema, también hubo casos, aunque pocos salieron a la luz, de abuso sexual.
Cada vez que el sacerdote Ruyerus se enteraba de ello, regañaba a los formadores y los castigaba haciéndolos trabajar en la cocina durante un corto lapso de tiempo.
Esa era la justicia de la época.
A nadie le importaba el estado psicológico de los polluelos luego de sufrir una violación.
Al fin y a la postre, Ioba los protegía de todos los males.
Con el paso del tiempo, las cosas comenzaban a ponerse más tensas.
Aunque los polluelos ya habían crecido un poco, no dejaban de ser ruidosos y molestos.
Los maestros se iban volviendo cada vez más estrictos y no perdonaban ni un solo error, exigían perfección en todo momento por parte del alumnado; no obstante, la arrogancia de Deimarus nunca cesó, mientras más aprendía teología, más escéptico se volvía, y por más que lo obligaran a rezar y a reverenciar los símbolos sagrados del Iobismo, él se mantenía firme en su postura, en ningún momento dejó de ser un incrédulo.
Algunos maestros pensaban que no había forma de cambiarlo, y de ser así, no quedaba otra más que expulsarlo del monasterio.
Fue durante una clase de teología que un purificador llegó para hacer una demostración sobre cómo esparcir el incienso.
Tras hacer eso, el maestro mencionó que tenían que estudiar la bondad que Ioba otorgaba a sus fieles seguidores a través de los diferentes rituales que se realizaban en los templos.
Deimarus estaba cansado de escuchar tantas estupideces y no pudo mantener el pico cerrado.
Cuando el maestro mencionó un pasaje del Bashí, él saltó y dijo lo siguiente: —¿Por qué Ioba, que es bondad pura como usted afirma, creó a los dragones si son seres malévolos que no sirven de nada?
El maestro se sintió incómodo al recibir esa pregunta.
Si bien los purificadores no eran expertos en teología como sí lo eran los sacerdotes de menor y mayor rango, sabían que cuestionar la bondad divina era imperdonable.
—Él sabe por qué —le respondió.
—Yo también quisiera saber por qué —insistía Deimarus.
—Tú no puedes entenderlo.
Ioba es un ser perfecto, y como tal, lo sabe todo.
Nosotros, seres imperfectos, nunca podremos conocer lo que él piensa.
Para él, un instante son como mil años y mil años son como un instante.
—O sea que entonces, para él hacer el bien es como hacer el mal y hacer el mal es como hacer el bien.
¿Eso significa?
Al recibir esa respuesta inesperada y descortés, el maestro empezó a perder la paciencia.
Ya no sólo le hacía preguntas molestas, ahora también cuestionaba las respuestas que él le daba.
—Que tú no entiendas cómo funciona la bondad, no significa que estés en lo correcto.
—Pero el profeta Dárius afirma que el conocimiento está al alcance de todos.
Todo lo que Ioba sabe, lo ha transmitido a sus profetas, y ellos a nosotros a través de las Sagradas Escrituras.
¿No es así?
—Sí.
Pero tú eres joven y aún no tienes la capacidad suficiente para darte cuenta de cómo funcionan las cosas.
¿Para qué crees que son las clases que impartimos?
El haberle lanzado esa última pregunta fue el as que guardaba el maestro bajo la manga.
Por lo general, los alumnos no cuestionaban cuando los refutaban, pero Deimarus era distinto al resto, se pasaba el reglamento catedrático por la entrepierna.
—Dígame una cosa, usted que sabe tanto, ¿por qué los de clase Infhe tienen alas si no pueden volar?
¿No sería mejor que no las tuvieran?
—lanzó otra pregunta a bocajarro.
—Escúchame bien, gusano.
Más vale que cierres el pico antes de que te lo arranque —le amenazó el maestro, encolerizado al ver que el polluelo no se callaba.
—Hágalo si quiere.
El sacerdote Ruyerus se enterará y tendrá problemas —le replicó.
Con eso, la clase se puso tensa y todos quedaron asombrados al ver semejante actitud impávida.
Ningún polluelo jamás le había hablado de esa manera a un maestro, y para hacerlo, había que tener muchas agallas o estar chiflado.
Antes de que el maestro perdiera los estribos, el purificador interrumpió y le dijo a Deimarus que, si no aceptaba la bondad de Ioba, él lo iba a enviar al infierno, un lugar horrendo, repleto de llamas, donde sólo iban los herejes y los seres malvados.
»¿Dónde queda ese lugar?
¿Me lo puede mostrar?
—le preguntó.
—Cuando mueras lo sabrás —le respondió el purificador.
—Pero yo quiero verlo ahora.
Quiero asegurarme de que no me está mintiendo.
El purificador quedó atónito al escuchar semejante blasfemia.
Abandonó el salón de inmediato, se fue a rezar para pedirle a Ioba que tuviese piedad sobre su alma, al haber estado frente al irrespetuoso comentario de un legítimo hereje.
Tan pronto como la clase terminó, el maestro recurrió al sacerdote Ruyerus para informarle lo que había acaecido durante la última exposición.
Estaba enfadado y le daban ganas de desgarrar a Deimarus con sus propias manos.
—Ese polluelo no deja de hacer preguntas.
Interrumpe todo el tiempo y no hay forma de callarlo, ni siquiera castigándolo.
Me dan ganas de romperle la cabeza —confesó el maestro.
—Ya te lo he dicho cientos de veces.
No quiero que lastimes al hijo de Zámarus.
Si hay algún problema disciplinar, infórmamelo de inmediato.
No tomes medidas por cuenta propia.
Recuerda que yo tengo la tutela.
Si me entero de que le haces algún daño, te pondré a limpiar los pisos —le advirtió el sacerdote.
Deimarus visitaba al sacerdote Ruyerus con cierta frecuencia, era el único que respondía todas las preguntas que tenía y lo hacía de forma amigable.
Él era comprensible, no lo reprochaba si le cuestionaba, ni se enojaba si le negaba la respuesta.
El sacerdote no veía la curiosidad como algo malo.
Si de adoctrinar se trataba, él sabía bien cómo hacerlo.
A Deimarus nunca le convenció la idea del infierno.
Si Ioba era tan bueno como decían, ¿por qué había creado un lugar de castigo para los que no querían creer en él?
¿De qué le servía?
¿Acaso su bondad era tan limitada?
¿No quería que adorasen a otros dioses?
En vez de bondad, parecía más bien una forma de extorsión psicológica.
Y por más palabrerío y argumentación que pusieran, él se mantenía firme en su postura escéptica.
Lo único que quería era evidencia que probara que lo que le estaban enseñando era verdad; caso contrario, todo el dinero que había pagado su madre para meterlo en el monasterio sería un desperdicio.
Todos los maestros, purificadores y rapsodas se habían enterado de que el sacerdote Ruyerus estaba protegiendo a un polluelo misoteísta que no respetaba el credo.
Ellos no podían hacerle nada a Deimarus porque era intocable, aunque sí podían privarle de algunas cosas.
Un día, mientras los polluelos abandonaban el salón y se dirigían al patio, un rapsoda siguió a Deimarus, le preguntó por qué dudaba de algunos pasajes del Bashí siendo que el libro entero había sido inspirado por el Espíritu Puro.
Él le respondió que tenía plenitud de incongruencias, falacias, contradicciones, errores matemáticos y geográficos, cosa que sería imposible si hubiese sido producto de la inspiración divina.
Si Ioba era perfecto, no podía equivocarse.
Si él había guiado a los escribas para que redactaran la historia de su nación y su pacto con él, no debería haber ni un solo error.
A lo que el rapsoda, sin argumento válido para presentar, se dio vuelta y se fue.
Escuchar esa blasfemia lo convenció de que ese polluelo era una amenaza para el monasterio.
Luego de un rato, la bandada se esparció y Deimarus se rencontró con sus dos compañeros.
Akaliurus tenía un chichón en la cabeza porque le habían golpeado con un barrote.
Sáurius les contó que una vez lo encerraron en una caja metálica por no haber respondido correctamente una pregunta en la clase de teología.
Ya a esa temprana edad, los polluelos se daban cuenta de que la violencia física como medio para educar era pésima.
A los educadores no les importaba, hacían lo que querían en sus clases.
Lo importante era que les pagaban por los servicios que brindaban.
Mientras tanto, en el salón de maestros, el cual era amplio y acogedor, se reunieron varios educadores con el objeto de discutir sobre la próxima festividad donde se recordaba el nacimiento de Arus, que se daba en el solsticio de invierno.
Pero para que las cosas salieran bien, tenían que evitar a los polluelos rebeldes.
Entonces, comenzaron a tirar ideas sobre qué podían hacer con ellos.
Uno de los maestros de teología mencionó al hijo de Zámarus y todos se sintieron molestos al escuchar el nombre de ese polluelo maleducado.
Los purificadores, conocidos bajo el nombre de Jachoh y Durec, accedieron a la petición, sugiriendo limpiar el alma del polluelo de manera tal que no quedara rastro alguno de su herejía.
Además, tenían la ventaja de que el sacerdote Ruyerus no iba a estar presente ese día porque debía ir a bendecir la estatua de Arus en el Norte de Xelenia, junto a otro grupo de predicadores; por lo tanto, era la oportunidad perfecta para eliminarlo.
Dado que Deimarus no creía en la existencia del infierno, los purificadores acordaron una sorpresa con vistas a que conociese en persona dicho lugar.
Intercambiaron una fría mirada y una sonrisa lúgubre.
El plan diabólico estaba más allá de lo aceptable.
Pero el Bashí lo establecía bien claro, el fuego siempre servía para purificar la maldad, toda alma rebelde debía ser sometida al calor abrasador.
El protagonista no estaba al tanto de que le esperaba algo feo, pensaba que iba a participar de la festividad como los demás polluelos.
El plan diabólico de los resentidos purificadores era más que un simple castigo, era algo macabro, parecido a lo vivido por Alessa Gillespie.
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