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Kompendium - Capítulo 83

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  4. Capítulo 83 - 83 LXXXIII
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83: LXXXIII 83: LXXXIII Cuando el día llegó, los polluelos se reunieron en una de las galerías del monasterio y el bréstimo Joremus, quien había aparecido temprano, hizo la apertura del ritual y les dijo que los iba a llevar hasta la parte externa, en silencio, cargando un medallón bendecido mientras algunos purificadores invitados realizaban la Oración de Paz.

Dicho procedimiento servía para que los jóvenes sintieran el Espíritu Puro guiándolos hacia el destino.

Se detenían frente a un viejo templo, que quedaba en una colina rocosa, el cual tenía un tríxode en la parte de enfrente.

Allí, pasaban de a uno, a darle gracias a Arus por el sacrifico y por su valioso legado: el Mensaje Salvífico del que los antiguos profetas tanto hablaban.

A Deimarus lo habían citado los purificadores Jachoh y Durec para que los acompañara a ver algo interesante mientras los demás se ocupaban de otras cosas.

Él accedió a la petición y fue con ellos sin saber que algo horrible le esperaba.

Los encontró en el atrio.

—¿De qué se trata?

—les preguntó cuando los vio.

—Nos han otorgado permiso para llevarte al infierno.

De hecho, estamos convencidos de que no pasará nada si ingresas por unos minutos —le contó Durec—.

Eso sí, si quieres sentirte cómodo, te recomiendo llevar una cadena bendecida.

Los espíritus malignos pueden controlarte con facilidad si no proteges bien tu cuerpo.

—¿De verdad piensan llevarme al infierno?

¡Eso suena estupendo!

—resaltó con una mezcla de alegría y asombro—.

Pero si es un lugar de tormento, ¿no se supone que deberían tenerle miedo?

—Nosotros no entraremos —le respondió Jachoh—.

Nos quedaremos en la puerta esperándote.

Si logras salir ileso, te regalaremos una bolsa de zanahorias.

Lo juramos en nombre de Ioba Todopoderoso.

—Además, necesitas aceitarte un poco las plumas y cubrirte los ojos.

De esa manera, las llamas no te quemarán y el brillo no te dejará ciego —le aconsejó Durec—.

Dicen que el infierno es un lugar muy caliente.

Nadie que haya ido ha regresado, hasta ahora, con vida.

—Pues yo no le tengo miedo —dijo Deimarus.

Creía en las palabras de los purificadores.

—Muy bien.

Entonces vayamos —prosiguió Jachoh.

Lo llevaron hasta la parte de afuera y caminaron hacia el fondo.

Antes de llegar, le vendaron los ojos, le cubrieron la boca, lo encadenaron desde las rodillas hasta el pecho y le humedecieron las plumas con aceite inflamable.

Él se sintió incómodo y casi pensó que lo iban a encerrar en un cajón.

Fue en ese instante cuando las primeras reticencias aparecieron.

Se preguntaba a sí mismo si aquel lugar del que tanto hablaban en las clases de teología, en verdad era tan peligroso.

De ser así, se llevaría una gran sorpresa.

A lo mejor, el supuesto demonio podría ser tan tenebroso como el payaso Zeebo, no más que eso.

De igual forma, él no tenía coulrofobia.

En ese momento, el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte y todo empezaba a ponerse oscuro.

Como el monasterio había quedado vacío, todo estaba en silencio.

Los acólitos ya se habían ido a dormir porque tenían que levantarse temprano al día siguiente.

Sin hacer ningún ruido, Jachoh y Durec ingresaron a la cocina, acomodaron las leñas y prendieron el fuego con una antorcha.

Deimarus sintió el calor y creyó que, de verdad, se estaba acercando al infierno.

Todo se sentía tan real que no parecían estar de guasa.

—Ya estamos en la entrada del infierno.

Ahora te dejaremos solo.

Nos quedaremos a esperar afuera.

Cuando salgas, te daremos tu regalo —le susurró Durec.

Lo tomaron entre los dos, lo metieron en el horno, que era una especie de caja metálica que se cerraba con una traba especial, y lo dejaron a merced del sufrimiento.

Colocaron brea sobre las leñas y dejaron que el fuego hiciera lo suyo.

Salieron corriendo, trabaron la puerta de la cocina y regresaron al monasterio como quien no quiere la cosa.

Era sólo cuestión de tiempo para que el polluelo acabara hecho cenizas.

La curiosidad debía ser la que lo llevara a la muerte, a una muerte horrenda y dolorosa.

Cuando Deimarus notó que el calor se volvía intenso, trató de quitarse las cadenas.

Lo peor de todo era que el hierro comenzaba a quemarle la piel.

Le costaba respirar.

Comenzó a retorcerse en agonía y a desesperarse.

Por mucho esfuerzo que hiciera, no iba a poder salir, estaba atrapado en una caja metálica que sólo podía abrirse desde afuera.

Llegó un momento en el que el calor se volvió insoportable y su cuerpo comenzó a arder.

La carne se le quemaba, las plumas se le derretían y la desesperación lo avasallaba.

Incluso dándose vuelta no lograba quitarse las cadenas.

Usó la cola para quitarse la venda que le cubría la boca y empezó a rabiar de dolor.

El calor era demasiado fuerte y ya no aguantaba más.

Se estaba quemando vivo.

Se sentía como un humano dentro del toro de Fálaris.

El sacerdote Ruyerus tuvo que regresar al monasterio porque se había olvidado algo.

Llegó y se dirigió al habitáculo.

Al mirar por la ventana, notó que salía humo de la chimenea del fondo, creyó que los acólitos estaban preparando algo, aunque a esa hora se suponía que debían estar durmiendo.

Sintió curiosidad por saber de qué se trataba la cuestión y se dirigió al lugar.

Al llegar, notó que la puerta estaba trabada con un palo grueso y no se podía entrar.

Al ver eso, supuso que no se trataba de algo bueno.

Rompió la cerradura con una palanca y se metió entre el espeso humo.

El fuego se había salido de control y toda la cocina estaba en llamas.

Oyó los desgarradores gritos que provenían del hornillo y entró en pánico.

Buscó agua y apagó las llamas.

Abrió el horno y se horrorizó al ver que había un polluelo en su interior.

Todo su cuerpo estaba quemado, ya no le quedaban plumas, estaba al borde de diñarla.

Lo identificó por su fría mirada.

Al enterarse de que era Deimarus, quedó choqueado.

—¡¡¡Noooooooooo!!!

—vociferó el sacerdote, aterrado al ver lo quemado que Deimarus estaba.

La piel se le había derretido por completo; la carne roja estaba expuesta.

Sin pensarlo dos veces, le cubrió el cuerpo con una manta vieja y lo sacó de la cocina.

Corrió a pedir ayuda.

Despertó a los acólitos, que se encontraban en un albergue separado del monasterio, y les contó lo que había sucedido.

Ninguno de ellos estaba al tanto del incidente, todos estaban durmiendo cuando los purificadores metieron al polluelo en el horno.

Ese había sido el peor día de su vida y también el de Deimarus, quien se encontraba en la más aguda agonía.

Tanto sufrimiento hizo que su corazón se endureciera y se convirtiera en lo que, más adelante, sería un verdadero monstruo asesino, lo que había predicho el arúspice Senarus.

Lo que le habían hecho a ese polluelo era de lo más sádico.

El sacerdote supuso que fue una venganza premeditada y que no había perdón para los incendiarios que lo habían anatemizado.

Tenía que tomar cartas en el asunto y condenar a los culpables.

Sin más opción a la cual recurrir, llevó a Deimarus a un lugar especial en las afueras de Kaushule.

De más está decir que faltó al cierre de la festividad que se llevaba a cabo en Xelenia.

La vida de uno de sus alumnos era más importante que una mera celebración.

Llegó un momento en el que Deimarus dejó de respirar y quedó exánime, sin señales de vida.

Por lo que el sacerdote supuso que ya no había forma de salvarlo.

Se vio obligado a cavar una tumba en las cercanías.

Tenía que conseguir una tabla para apoyar el cuerpo.

Le generaba una gran decepción pensar lo que iba a decir Zámarus cuando se enterara de que su hijo había sido quemado vivo en el monasterio.

Mientras tanto, dejó el cuerpo dentro de un santuario abandonado y retornó al monasterio.

Llegó casi a medianoche y se encontró con el bréstimo Joremus en la galería principal.

Le contó lo que había pasado, a lo cual él quedó patidifuso.

Pensar que semejante crueldad en un monasterio era posible le generaba una enorme zozobra.

Esa noche fue la más espantosa para el sacerdote, no pudo dormir casi nada, lloró tanto que los ojos le quedaron irritados.

Dio inicio una etapa desconocida para Deimarus.

El sueño más extraño se apoderó de él, no sintió nada.

El alma había abandonado el cuerpo, aunque aún podía soñar.

Ante la transmigración, se encontró con una figura alada de gran tamaño: el bisabuelo Rámakus, un hereje sin respeto por nadie.

Al verlo, creyó que era un ángel, pero no lo era.

Su rostro estaba demacrado y su mirada no mostraba más que odio hacia sus allegados, quienes lo habían atormentado por lo que hizo.

Todo era tan confuso y engorroso que no tenía sentido alguno.

Los alrededores eran gélidos y oscuros.

Deimarus sentía que flotaba en la nada, como si su cuerpo careciese de materia.

La poca luz que había, le traspasaba el cuerpo, lo que lo hizo pensar que era un fantasma.

Estaba atrapado en el otro lado.

Rámakus no hacía más que mirarlo desde lejos.

Le hizo una señal con las manos.

Le dijo, en un reducido y extraño lenguaje de señas, que matara a los demás, que se vengara de los infelices que le habían hecho sufrir tanto.

La consciencia de Deimarus comenzó a descender hasta perderse en la oscuridad más profunda.

Parecía que algo lo succionaba de regreso al mundo terrenal.

Rámakus pareció alejarse hasta desaparecer de vista.

El mensaje transmitido fue claro.

Deimarus volvió a la realidad.

No recordaba nada de lo que había visto en aquel sueño.

Su cuerpo estaba intacto.

Se encontraba en el interior de un cajón, casi medio metro bajo tierra.

Se apresuró por salir y cavó con las uñas hasta que logró sacar la cabeza al exterior.

Lo único que recordaba era que lo habían metido en un horno y que se quemó por completo.

Salió a explorar el área, la cual era desconocida para él.

Notó un santuario abandonado en la parte de atrás.

No sabía en qué parte del continente se encontraba.

Se le cruzó por la mente una imagen borrosa de Zárhia y recordó que tenía intensos deseos de ver a su padre.

Así que, sin saber en qué lugar se encontraba, fue a buscarlo.

Realizó un largo y exhaustivo viaje hacia el Norte.

Él ni siquiera sabía en qué región se hallaba.

En cuanto a Jachoh y Durec, ambos fueron proscritos del monasterio, recibieron como castigo un servicio comunitario en un pequeño templo en las afueras de Libiasia por varios años.

El sacerdote Ruyerus había llamado a todos los educadores, quienes al verlo enojado y por temor a ser castigados, mandaron al frente a los dos purificadores, que no tuvieron otra opción más que admitir la culpa por el barbárico acto cometido.

Los demás polluelos nunca se enteraron de lo que había sucedido con Deimarus, Sáurius y Akaliurus notaron la ausencia de éste y lo echaron de menos.

Pensaban que iban a poder verlo en algún momento.

El sacerdote rezó cientos de veces por la salvación de su alma, a sabiendas de que, en su corazón, Deimarus era un incrédulo.

Lo peor y más chocante era la posibilidad de que Zámarus fuera a verlo.

Si se enteraba de que su hijo había sido quemado vivo en un recinto sagrado, ese iba a ser, quizás, el fin de su preciada fe.

En el monasterio, las cosas siguieron tal y como eran antes.

La única diferencia era que ya no estaba el molesto polluelo que cuestionaba a los maestros todo el tiempo.

Al menos algo bueno había acaecido.

¿No?

Tras haberse extraviado en los gigantescos bosques del continente, Deimarus comenzó a cambiar de hábitos.

Por necesidad y falta de comodidades, se volvió carnívoro y más salvaje.

Durante el viaje, se topó con otras especies que moraban en zonas remotas.

Aprendió algunas cosas de ellas, nunca quiso tener contacto directo con ninguna.

Cuando lo veían, siempre le decían lo mismo: ¡Banarikoh le sare!

Una frase conocida en aquel entonces.

A medida que pasaban los días, las reminiscencias iban volviendo.

Al recordar lo que le habían hecho los purificadores Jachoh y Durec, se puso furioso y prometió desquitarse algún día.

El recuerdo del bisabuelo Rámakus no regresaba, mas en el fondo del inconsciente palpitaba el corazón de un monstruo: su alter ego.

Era la criatura que el arúspice Senarus había visto el día del bautismo.

Los nombres de los maestros empezaban a aparecer en su mente de a poco.

Todos ellos le traían recuerdos del pasado.

Algunas criaturas del continente se aproximaban y le ofrecían comida, cosa que él nunca rechazaba.

Suponía que aceptar el obsequio era lo menos que podía hacer.

Según lo que decían las criaturas de los alrededores, los grifos eran los fieles protectores de la soberanía continental.

Deimarus se volvió más introvertido y pasó mucho tiempo en soledad.

Sus ganas de mandar todo al diablo siempre estaban presentes.

Antes de hacer las cosas mal, prefería probar algo: asesinar.

El instinto asesino, desde su interior, le pedía que pusiera en práctica el salvajismo y desencadenara su verdadera naturaleza.

No quería matar criaturas inocentes, quería matar seres malévolos, y para hallar seres malévolos no había mejor lugar que el Norte.

Se apoderó de un venablo con el que ensayó nuevas habilidades.

La única diversión era probar esa lanza.

Cazaba peces con ella y disfrutaba ver cómo se retorcían cuando los atravesaba.

El sufrimiento ajeno comenzaba a agradarle y, poco a poco, una actitud agresiva comenzaba a notarse más.

Un día, atrapó una focha, con una trampa que había planeado, y le arrancó todas las plumas.

Le abrió el abdomen con las garras y devoró sus entrañas.

El sabor de la sangre se había vuelto agradable luego de tanto probarla.

Experimentando con la naturaleza y la crueldad, pasó gran parte de la juventud.

Como las cosas se volvieron aburridas, prefirió viajar hacia el extremo Norte y ver si podía encontrar a su padre.

No era consciente de la cantidad de tiempo que había transcurrido.

Un nuevo grifo había resurgido de las cenizas, cual fénix de un volcán.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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