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Kompendium - Capítulo 85

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Capítulo 85: LXXXV

Dáikron, tras un interminable viaje aéreo, al fin llegó al gigantesco palacio de Kromte, ubicado en Frissonk, lugar donde siempre se reunían los de clase superior a debatir sobre cuestiones de diversa índole. Las alas se le habían acalambrado de tanto batirlas, necesitaba descansar un poco.

El emperador Kromte I había fallecido hacía más de un milenio. Su hijo, Kromte II, quedó a cargo del palacio y un territorio extenso que iba desde Pushaj, en el Nordeste, hasta Picks Pocks, una zona muy conocida. Su nieto, el testaferro Kromte III, futuro heredero al trono, fue quien tuvo el placer de recibir a Dáikron. El retoño todavía era inexperto como para ocupar cargos importantes. Vishne lo había entrenado en el arte de la guerra.

El emperador Kromte II era un dragón de piel oscura, ojos rojos y cuernos prominentes. Su hijo, Kromte III, era el vivo retrato de él, lo único que lo diferenciaba era la forma de vestir y la voz. El nieto del emperador sólo era un joven aprendiz, cortés y educado, que soñaba con convertirse en soldado raso.

En la plaza principal, entre una gran cantidad de formidables estatuas de jaspe, unakita y ágata cornalina, árboles frondosos y altares adornados con muérdagos de enebro, Dáikron halló la figura pétrea de su padre, el gran Draco, y se inclinó ante la misma en señal de respeto. Le estaba agradecido por todo lo que había hecho por él, en especial por haberle dado la oportunidad de ser parte de la familia más poderosa de todos los tiempos.

La fraternidad del pasado ya no tenía la misma calidez y cercanía de antes. Los Hermanos Trinitarios eran celosos y pocos deseos tenían de verse. Debido a la inminente amenaza de los rebeldes y la apostasía de los oráculos, la rivalidad entre los tres tuvo que cesar por el momento, dado que había un problema mayor que los incomodaba. Los profetas y los patriarcas insistieron en que, para poder acabar con la amenaza, debían trabajar en conjunto. Fue de verdad difícil para ellos aceptar eso, no quedaba otra opción.

Mientras Dáikron apreciaba la beldad arquitectónica de la figura sáxea, Kromte III le contó que los demás reyes tenían pensado llegar a la tarde. A Dáikron no le produjo ningún encanto escuchar eso. Odiaba a sus hermanos casi tanto como a los sirvientes incompetentes, con el simple hecho de escucharlos hablar, perdía los estribos.

El hijo del emperador notó el hastío y prefirió cambiar de tema, no anhelaba hacerlo sentir mal. Le preguntó cómo iban las cosas en Korozina, a lo que él respondió que aún le quedaban muchas tierras por conquistar. Lo invitó a que lo acompañara mientras recorría los alrededores.

Al rato, tras una extensa caminata, a Dáikron lo recibieron dos minotauros de piel rojiza, que eran celadores, y lo dejaron pasar. Al cruzar un amplio puente, se encontró con algunos de sus congéneres y se puso contento de verlos. A ellos los tenía preocupados una cuestión delicada. Los viajes por Ashura no habían salido bien. Había rebeldes que se entrometían y desbarataban las legiones más cuantiosas.

Eran dragones antropomorfos de piel rojiza, cresta marrón y ojos violetas. Se vestían como aldeanos comunes, sólo que eran de mayor rango. Eran robustos y tenían algunas cicatrices en el cuerpo, producto de continuos enfrentamientos en el campo de batalla.

—Supongo que ustedes también fueron convocados a la asamblea —les habló Dáikron.

—Nosotros somos soldados del comandante Vakum. La mitad de nuestros compañeros fueron asesinados por criaturas inmundas —le respondió uno de ellos de forma no muy respetuosa.

—Habla con más propiedad, por favor. Estás hablando con el rey de Mitriaria. ¿Acaso quieres que te liquide? —le dijo el joven aprendiz.

—No pasa nada. De hecho, quiero saber más sobre esas criaturas que mencionó, soldado. ¿Cómo son exactamente? —inquirió Dáikron de manera pacífica.

—Tienen plumas y pico. No son aves. Son una especie de híbridos. No sabemos de dónde salen, pero son muchos. Y nos han estado molestando desde hace años. Son fuertes de verdad —respondió el soldado que había hablado antes. Los demás, que eran tres, se mantenían callados.

Dáikron recordó lo que había visto en uno de los estrambóticos sueños y supuso que esas criaturas de las que hablaba el soldado eran sus acérrimos enemigos, no podían ser otra cosa. Quién más podría irritar tanto a los dragones que un montón de combatientes enajenados.

—¿Hablan Serfi?

—Creo que sí. Por lo que escuché me parece que sí.

—Esos son grifos. Yo me encargué de eliminarlos hace tiempo —dijo Dáikron, que no estaba al tanto de las cosas. Mitriaria todavía tenía grifos de sobra.

—¿Por qué hay grifos en Ashura si supuestamente fueron eliminados? —preguntó con cierta petulancia el mismo soldado.

—Yo eliminé a los de Mitriaria —le respondió y arrugó el hocico, resultado de aquella pregunta atrevida—. No sé si se ha dado cuenta, pero a mí me importa un bledo lo que pase en Ashura. Mi hermano Bork es el que está a cargo de ese continente —se lo dejó en claro para que no volviera a hacer otra pregunta así—. A propósito, ustedes son de Xeón, no tienen por qué andar metiéndose en lugares ajenos —les dijo, empezaba a perder la paciencia con cuentagotas.

—Ashura produce mucho alimento y oro. Los generales los envían para sacar provecho de lo que hay —le contó el joven aprendiz y puso los paños en frío—. Como usted sabe, Xeón tiene escasos recursos. Como el rey Bork es un poco celoso de sus tierras y no nos quiere enviar provisiones, hay que ir a buscarlas. Tenemos esclavos trabajando en el área costera.

—Bork es un estúpido. Siento pena por él. Deshonra la tierra que se le otorgó. Cree que puede arreglar las cosas de manera pacífica —dijo Dáikron con plena arrogancia.

—Pero si hay grifos en Ashura, es probable que migren hacia los demás continentes. ¿Qué pasaría si eso llegase a ocurrir? —agregó el soldado.

—Los liquidaremos, como ya hemos hecho con miles de especies. Somos la Raza Suprema, y como tal, somos los dueños del mundo —le dijo Dáikron con tono serio y se fue hacia la entrada del palacio.

Cruzó un extenso pasillo y se adentró en una galería repleta de adornos y estatuillas de los emperadores y reyes. Encontró una figura de sí mismo, notó que tenía algunas imperfecciones faciales, le preguntó al aprendiz quién la había hecho, y, al recibir la respuesta, pidió que mandara decapitar al escultor, pues la figura no era lo suficientemente honorable, le faltaba prolijidad.

Ya en la sala principal, se encontró con alguien que no veía hacía centurias, el comandante Exégenus, quien había estado en una contienda brutal de Ashura, cuyos soldados fueron los que les dieron muerte a dos grifos de renombre: Camus y Sishurus. A raíz de ese magnífico logro, y al conquistar una gran cantidad de tierras, se ganó el aprecio de muchos de sus allegados, incluso el de Dégmon.

El comandante Exégenus tenía escamas rojizas, anillos grises, ojos amarillos, cuernos largos, una voz rasposa, miembros gruesos y una gran autoridad militar. Era el equivalente a Simo Häyhä, un experto en emboscadas y ataques guiados. Con un arco y una flecha, les dio muerte a más grifos que ningún otro dragón, de ahí que lo apodaron “El terror de los cielos”.

»Mis más gratas bendiciones a usted, señor —le dijo Dáikron e hizo reverencia.

—Si no me equivoco, usted es el que está a cargo de Mitriaria. ¿Es así? —dijo el viejo comandante con una voz medio afónica.

—Así es, señor. Yo soy el rey de Mitriaria. Tengo mi castillo en Korozina, pero tengo el continente bajo mi dominio. Sólo necesito pulirlo un poco más y pronto será un paraíso terrenal —le dijo de manera soberbia.

—Espero que no le moleste esperar un poco. La asamblea no será llevada a cabo hasta que no estén todos los presentes.

—No pasa nada. A decir verdad, estar aquí es agradable. Me trae recuerdos de mi juventud.

—¿Tiene ya usted heredero al trono?

—Aún no. La verdad es que he estado tan atareado los últimos tiempos que no tengo tiempo para mí —contó Dáikron, quien, en realidad, no tenía ningún interés en tener descendientes.

—Pero si no tiene hijos antes de morir, su trono quedará sin rey. Mis dos hijos son guerrilleros y han estado entrenando a las hordas de Picks Pocks. Dicen que todavía quedan dragones salvajes que pueden dominar con facilidad. Algunos de ellos son criaturas asombrosas —dijo el comandante, hizo una corta pausa y tomó aire—. Se puede decir que, como jefe militar, estoy más que orgulloso de ellos. Estoy seguro de que llegarán lejos.

—Me da gusto por ellos. Yo tengo muchos soldados, pero pocos son confiables. A los mejores los entreno yo. Busco incrementar mis legiones. Me quedan muchas tierras por conquistar aún. Como usted sabe, Mitriaria es un continente extenso.

El emperador Kromte II por fin apareció y se reunió con ellos. Su hijo abandonó la sala y fue en busca de vino. La charla iba a ser larga y los hablantes no podían quedarse con la boca seca puesto que una larga asamblea los esperaba. A medida que los dragones se iban reuniendo, los guardias y celadores andaban en dimes y diretes.

Dáikron saludó al encargado del palacio. Se inclinó y le dio un beso en la mano derecha como muestra de gratitud. No lo hacía por adulador, lo hacía porque aquel dragón era uno de los más honorables del mundo.

—Mis más gratas bendiciones a usted, señor Dáikron —le dijo el emperador.

—Lo mismo digo.

—No lo veo desde hace tanto que ya me había olvidado de usted. ¿No le molestará quedarse y acompañarme en el banquete de esta noche? Tenemos muchas cosas para compartir.

—Será un honor para mí. Creo que estar tanto tiempo sentado en un trono se vuelve aburrido. Estoy ansioso por ver a Vishne. Deseo preguntarle algunas cosas.

—El Altísimo llegará en un par de horas. Mientras tanto, ¿por qué no me cuenta cómo le ha ido a usted todo este tiempo?

—Como usted desee —accedió a la petición del emperador y decidió contarle todo lo que había sucedido en Mitriaria durante los últimos años.

Cinco horas después, todos aparecieron, a excepción de Vishne que se había atrasado un poco en su viaje por una cuestión personal, y se dirigieron al palacio del emperador Kromte. Un grupo de nárikos les dieron la bienvenida a los presentes y les bendijeron para que pudieran seguir adelante. La horda de dragones se aproximó a la entrada del palacio e ingresó.

Aquella enorme estructura de piedra se parecía al palacio Ducal de Venecia, con toda la majestuosidad renacentista y sus góticas influencias en cimentación y ornamentación. Desde el piso hecho con mármol de corinto hasta las lustrosas paredes que resplandecían como un espejo por lo limpias que estaban. No se pueden omitir los ventanales que, amén de ser amplios y complejos, poseían el vidrio más costoso y resistente que existía en la época. Las columnas se erigían como árboles, el soportal protegía el recinto de las lluvias torrenciales más viles, la logia contaba con decenas de estatuillas y figurillas de piedra caliza que representaban a los dragones más importantes de la historia.

Dáikron apareció primero y se topó con sus queridos hermanos, a quienes no veía desde hacía muchísimo tiempo. Los saludó porque estaba en un lugar honorable y frente a autoridades de mayor rango; caso contrario, no lo habría hecho, les tenía una bronca inexplicable.

Entre los tres hermanos había un odio tremendo, una envidia magistral y un resentimiento inigualable. A Cen-Dam lo odiaban porque le había tocado el continente más grande, a Bork lo odiaban porque le había tocado el continente más rico, a Dáikron lo odiaban porque le había tocado el continente con mejores paisajes naturales. Sea cual fuese la excusa, siempre había motivos para pelearse entre sí. A pesar de la edad, seguían comportándose como dragoncitos malcriados.

Dégmon ingresó junto con uno de los ayudantes, un lagarto negro de Rofushklen, aldea perteneciente a Belsemuth. Al ver en persona al poderoso dragón rojo, todos se callaron y lo saludaron con todo respeto. Él era, hasta ese momento, la autoridad máxima del mundo.

Los presentes llevaban túnicas prolijas, adornos de oro y plata, panoplias livianas y amuletos monsistas. El encargado del palacio los invitó a pasar a la sala de reunión y les agradeció por haber ido. Formaron un círculo alrededor de una mesa rectangular e intercambiaron miradas y palabras.

—Espero que el Altísimo Vishne llegue pronto. Estoy cansado de tanto esperar —dijo Velsefor.

—No hay necesidad de esperarlo —declaró Dégmon—. Proclamo esta asamblea en estado de apertura. Que Mön nos acompañe en este día tan especial y nos bendiga para que podamos cumplir con su palabra. Maldito será el que no acate sus órdenes y terrible será la perdición de quien no acepte su bendición.

—¡Amarusakuroh! —declararon los presentes. Esa palabra era una forma formal de dar gracias por la Oración de Apertura.

Allí se encontraban, de izquierda a derecha, comenzando desde el centro donde estaba Dégmon, Belsemuth, Cen-Dam, Velsefor, Dáikron, el comandante Vakum y Bork. El único ausente, por cuestiones de salud, era Berker.

El comandante Vakum, el que más poder militar tenía hasta ese momento, era de escamas rojizas, ojos amarillos, cresta azabache y anillos dorados. Parecía un poco torpe a primera vista, pero a la hora de llevar a cabo estrategias militares era el más propicio.

—Antes que nada. Quiero demostrar mi gran aprecio a los Hermanos Trinitarios por haber cumplido con la promesa. Nuestro Movimiento de Limpieza ha progresado bastante. Lo único que me disgusta es la actitud de algunos en particular por no colaborar con la adoración de su Mesías —pronunció Dégmon de forma pacífica y laudatoria.

—¿A quién se refiere, su Eminencia? —le preguntó Velsefor, asombrado al escuchar lo que había acabado de decir—. ¿Acaso alguno de los presentes se le ha rebelado a usted?

—No, mi estimado patriarca —negó Dégmon—. Me refiero a los de piel púrpura, los tan aclamados por los antiguos profetas, los supuestos héroes del pasado. Así es, para los que no estén al tanto de ello, temo informarles que ellos no están cumpliendo con el Gran Pacto. Me he dado cuenta desde hace mucho. Al parecer, no sólo no siguen las órdenes de su poderoso Mesías, sino que, además de apóstatas, ahora son cómplices de los enemigos.

Todos quedaron boquiabiertos al escuchar eso. No podían creer que fuese posible que, criaturas tan poderosas y respetables como los dragones púrpuras, fuesen capaces de sublevarse. Si era así, todo indicaba que el Monsismo se estaba desmantelando. Lo que, consecuentemente, acabaría con la fraternidad que había entre dragones. La destrucción de la fe implicaba el fin de su alianza, es decir, el fin de la Raza Suprema.

—Necesito tomar un poco de aire —dijo el comandante Vakum.

—No se desespere, mi estimado comandante. No hay por qué alarmarse. Esto que acabo de decir es sólo producto de una sola cosa —pronunció Dégmon e hizo una corta pausa—. La influencia de los paganos sobre nuestros allegados es grande, tan grande que ha hecho que algunos duden de su propia fe, la Fe Verdadera, el legado de nuestro Padre, que desde el Cielo nos observa. Sé que es difícil de creer, pero es la única manera de que información confidencial se haya filtrado.

Es menester recalcar que el poder de los dragones púrpuras, al estar por encima de los dragones de nivel intermedio y de raza superior, representaba un problema que valía la pena prestar atención. Si los dragones púrpuras llegasen a transmitirles sus poderes a los rebeldes, como era de esperar, la cosa se podría poner jodida para los demás dragones. Por ejemplo, si se diese el caso de que un grifo de clase superior adquiriese el poder de un dragón púrpura, eso implicaría el alcance de un nivel altísimo, incluso arriba del nivel cuantificable, o sea, el nivel supremo, el mismo nivel en el que se encontraban Dégmon y Vishne. Un grifo con tanto poder era peligrosísimo para el mundo entero.

La pregunta del millón ahora es: ¿por qué motivo los dragones púrpuras, sabiendo lo fácil que era la cosa, nunca se pusieron de acuerdo en unirse a los grifos y otorgarles todo su poder a cambio de un restablecimiento de dominio? La respuesta parece sencilla y es que lo es, debido al orgullo exacerbado de los grifos. El odio que les tenían a los dragones era de tal grado que no podían ni verlos, unírseles era un desquicio total. No había grifo capaz a arriesgar el honor, aun sabiendo que el sacrificio del orgullo podía salvar el mundo, o al menos devolverles la libertad perdida a los nativos.

»Confié en la palabra de los dragones púrpuras, les di mi bendición y les prometí mi protección, y ahora, se han aliado a los enemigos para hacer que nuestra Raza, la más gloriosa de todas, sea destruida —resaltó sus palabras—. Lo que han hecho, en realidad, es proveer información confidencial a los oráculos. Ellos, como pacifistas que son, han tenido la osadía de entrometerse en nuestro camino. ¿Por qué creen que las demás especies han estado uniendo fuerzas y tomando tierras ajenas? Es obvio que esto ha sido obra de los oráculos.

—Su Eminencia, quiero decir algo —pidió el rey de Xeón.

—Permiso concedido, mi estimado Cen-Dam —le respondió.

—Respecto a lo que usted ha dicho, que me parece valiosísimo que nos lo haga saber en persona, hay que agregar otra cosa. Me he dado cuenta de que no son sólo los dragones púrpuras, los miserables apóstatas que se han rebelado, sino que ciertos —dijo y lo señaló con la mirada a su hermano Bork— dragones del Ejército Blanco han estado… usted sabe, haciendo cosas que no son propicias de nosotros.

Bork, al escucharlo decir eso, se lo quedó mirando de reojo. Estuvo a punto de decirle lo que pensaba, Dégmon le hizo un ademán para que se mantuviera callado. Había que evitar la algarabía; la reunión no se podía convertir en una olla de grillos.

—Sea más claro, por favor. No quiero que confunda a los demás —le pidió Dégmon.

—Sí, señor. Como usted desee —afirmó con respeto—. A lo que voy es que, según lo que mis mensajeros vieron, hay dragones de Ashura que les venden armas a los zánkiros de Enyuriah, y éstos, extrañamente, se las venden, a la vista de todos, a los pumas de Bormepch, quienes, como ya todos saben, son aliados directos de los hipogrifos —contó Cen-Dam, quien sentía un gran odio por su hermano menor.

Los zánkiros eran una raza de lobos de pelaje azulado, cuernos cortos y alas emplumadas. Eran originarios de Kuadrak, una aldea que quedaba en el Noroeste de Ashura; los zánkiros de Enyuriah eran parientes cercanos, de distinto nivel nada más. Todos ellos eran aliados estratégicos de los integrantes de la Raza Pacifista.

—Su Eminencia, pido permiso para hablar —pidió el rey de Korozina, quien tenía muchísimas ganas de decir algo.

—Está bien. Le daré permiso de hablar. Pero sea breve, por favor. No quiero que perdamos mucho tiempo —le respondió Dégmon.

—No negaré que sea verdad lo que mi queridísimo hermano Cen-Dam dice. De hecho, me niego a creer que esté mintiendo ya que él jamás en su vida ha mentido, y sé que no lo haría frente a una autoridad como usted. Pero debo decirle que, a pesar de ello, yo, el rey de Korozina, me he enterado de que Xeón no tiene la cantidad de Templos de Adoración que usted había pedido. Es más, pocos son los fieles que levantan monumentos dignos, usted sabe, los que tienen un tentranáculo grabado en la parte de arriba.

»Si usted visita mi continente, encontrará cientos de templos monsistas que lo acreditan a usted como autoridad suprema. Incluso, hay estatuas que prueban lo ferviente que es la fe de mis seguidores por usted —dijo Dáikron mientras observaba con odio a su hermano mayor.

—Eso no lo sabía, mi estimado Dáikron. ¡Gracias por hacérmelo saber! De eso hablaremos luego —le dijo Dégmon.

Luego de ese golpe bajo, uno que ni siquiera el ser más ruin podría lanzar, Cen-Dam se lo quedó mirando, con ganas de atacarlo, sabía que no podía hacerlo. Lo dicho por Dáikron hacía hervir la sangre del rey de Xeón.

—Estimado Bork, quiero pensar que lo suyo no es herejía. De hecho, me negaré a condenarlo. Aunque me encantaría saber más acerca de sus seguidores. ¿Son de verdad dignos de seguir mis órdenes? Porque noto que no son muy unidos entre sí —le señaló Dégmon.

El rey de Ashura, ante la exigencia de Dégmon y la provocación de Cen-Dam, tomó la palabra. Pensó bien antes de decir cualquier gansada. Carraspeó y dijo lo siguiente:

—Le aseguro que mis seguidores son mucho más confiables que los seguidores de mis hermanos aquí presentes. De hecho, si me permite, quiero decirle que se ha revelado cierta información acerca de su vida privada, y los encargados en hacerlo han sido los marrukos y los sáklios. No lo sé, pero que yo sepa, esas dos especies no son de mi continente. Mis seguidores aclaman su nombre todo el tiempo, maldicen a quien no lo haga. Le agradecen a Mön por la bendición de tenerlo a usted a cargo de todo —dijo y quedó a la espera de una respuesta por parte de sus hermanos mayores.

Los marrukos eran una raza de caninos de clase superior, pelaje marrón y negro, cuyo refugio se encontraba en Saodelkeptur, aldea ubicada en el Nordeste de Mitriaria.

Tanto los patriarcas como el comandante Vakum, no entendían qué sucedía. Lo que pasaba era que, al no estar Vishne, Dégmon permitía que la conversación se explayara y se saliera un poco del tema principal, el cual era la Purificación de las Razas Imperfectas. Vishne jamás permitía que los inmaduros reyes hicieran de las suyas en una asamblea.

—No tengo fuentes para saber si eso en verdad es así, pero agradezco que lo haya mencionado. Si es mentira, sabe que lo exterminaré ¿no? —le dijo Dégmon.

—Sí, señor. Soy consciente de ello —aseveró Bork.

El rey de Ashura, cuya sede central se encontraba en Árshia, en la zona Sur, vio que, como los dragones púrpuras se habían mostrado reacios a cooperar con el Movimiento Mesiánico de Limpieza, creyó que le convenía desprenderse de la postura tiránica de Dégmon. De hecho, muchos dragones ya habían perdido la fe en él luego de ver cómo criaturas inferiores masacraran a sus pares con tanta facilidad. Si de verdad Dégmon les ofrecía protección, no lo estaba demostrando. Si él, en verdad, era el Mesías del que hablaban las Sagradas Escrituras, su influencia debía ser mucho mayor. En realidad, jamás se especificó que un dragón de Xeón debía ocupar dicho cargo. Él no era de sangre pura, y mucho menos sus descendientes.

—Su Eminencia, creo que deberíamos enfocarnos más en nuestras estrategias de ataque que en nuestras desventajas. Podríamos deshacernos de todos los opositores si trabajáramos todos juntos. Al fin y al cabo, somos la Raza Suprema —aportó Belsemuth.—. ¿Cree usted posible que criaturas patéticas de otra parte puedan ponernos en ridículo?

—No es ese el problema, mi estimado patriarca. Si bien hay muchas cosas que me molestan, no propongo tomar medidas tan drásticas. El Paraíso está muy cerca de volverse realidad. Mön nos ha bendecido y su poder yace en nuestras manos. Sólo tenemos que buscar la mejor forma de aprovecharlo. No le tengo miedo a las criaturas de clase inferior.

—¿Qué hay de los oráculos, su Eminencia? ¿Cree que sea necesario eliminarlos? —le preguntó Velsefor.

—No hay razón para hacer eso, mi estimado patriarca. Ellos poco es lo que pueden estorbar. Lo que más me inquieta, por decirlo de alguna manera, es que nuestras hordas caigan. Lo que sucedió con los hipogrifos en Ashura fue excepcional, y es probable que no se vuelva a repetir. Lo que quiero es más exigencia por parte de los generales y los comandantes.

En este caso, Dégmon se refería a lo acontecido durante las batallas lidiadas por Camus y Sishurus, en simbiosis con el ya olvidado Ulisurus Raimekusen, mencionado con anterioridad. La constante lid y la poca precaución puesta en marcha hicieron que los hipogrifos recuperaran la mayor parte de su territorio por la fuerza. De no haber sido por la intervención de los comandantes del Ejército Rojo, los hipogrifos y sus aliados se podrían haber apropiado de la décima parte de Ashura. Bork, endeble como siempre, no hizo lo que tenía que hacer y la noche se le vino encima. Tuvo que arrastrarse como una lombriz y suplicarles a Exégenus y a Fujiroh que le diesen una mano. Él solo jamás habría podido frenar la hostilidad. Como consecuencia de la traición de Talhos y Benshir, Bork quedó en medio del barro, en Pampa y la vía.

—¿Acaso no está usted satisfecho con mi servicio, su Eminencia? —le preguntó el comandante Vakum con una mirada preocupada. Sabía que, si Dégmon no estaba satisfecho, podía liquidarlo.

—No le echaré la culpa a usted, mi estimado comandante. Es más, usted es uno de los pocos que me cae bien. El problema es que, en los demás continentes, los soldados no rinden como deberían, y, según lo que acabo de oír, los reyes de dichos continentes demuestran poca confianza.

—Disculpe, su Eminencia —el rey de Xeón interrumpió de manera respetuosa.

—¿Qué quiere decir ahora? —Se lo quedó mirando con sus penetrantes ojos rojos.

—Entiendo que mis hermanos han sido bastante incompetentes al no cumplir con sus deseos, pero creo yo, y se lo digo con toda sinceridad, que eliminarlos no será la mejor solución —dijo Cen-Dam. Dáikron y Bork notaron el sarcasmo oculto al instante y lo miraron con un odio abismal.

—No pienso eliminarlos; eso sería acerbo. Es más, creo que les daré otra oportunidad para demostrarme que vale la pena tenerlos a mi servicio. Les otorgaré algunos de mis recios soldados para que les enseñen algo a sus seguidores. Quizá así puedan terminar con los molestos apóstatas de tierras paganas que tanta herejía cometen en nuestro territorio —pronunció Dégmon.

Los Hermanos Trinitarios quedaron en silencio. Intercambiaron miradas de aborrecimiento y preservaron la calma. Las ganas de agarrarse a madrazos ahí mismo eran sumamente intensas.

—Su Eminencia, si me permite decir algo, quisiera hacerlo ahora —pidió Velsefor.

—Hágalo, mi estimado patriarca —le dio permiso.

—Respecto a los de piel púrpura, ¿no cree usted que sería mejor usarlos para algo más útil? Usted sabe, los poderes que tienen ellos son únicos. Si usamos ese potencial a nuestro favor, de seguro nos dará beneficios, o al menos será mejor que eliminarlos —aconsejó Velsefor.

—Podríamos hacer algún experimento con ellos; esa es una buena sugerencia —asintió Dégmon, contento con la propuesta—. En cuanto a los oráculos, les pediré que se mantengan fuera de nuestra misión. Si llegan a interferir en cualquier momento, les daré permiso a mis soldados de eliminarlos. Yo no estaré rogándoles para que se retracten. Saben bien con quién se están metiendo.

—Por lo visto, nuestros problemas no son tan graves después de todo. Casi creí que íbamos a tener que estirar la asamblea por varias horas —dijo el comandante Vakum.

—Hasta ahora, todo está en orden. Pero nadie dice que no pueda cambiar. Antes de cantar victoria de antemano, hay que asegurarse de que todos los apóstatas estén muertos. No quiero que nuestra misión se atrase más. Hace milenios que estamos con esto y todavía no hemos podido resarcir el pecado cometido por los herejes del pasado.

—Con una buena táctica, tendremos a los enemigos arrodillados ante nosotros antes del último atardecer —adicionó Belsemuth.

—Es posible. Pero hasta que no lo vea en persona, no estaré satisfecho —comentó Dégmon—. Recuerde que todavía nos quedan muchas tierras por conquistar. Una vez hecho eso, seremos los amos del mundo.

De forma brusca, un ayudante abrió la puerta de la sala y avisó que Vishne había acabado de llegar. Los presentes se pusieron contentos de saber que por fin podían aclarar las cosas. En cuestión de minutos, el profeta Vishne, vestido con una túnica oscura y un collar de plata, ingresó a la sala, su rostro no mostraba satisfacción alguna. Todos se dieron cuenta de ello y se sintieron un poco tensos. Si Dégmon y Vishne no estaban contentos, las cosas se podían poner feas.

»Mi estimado Vishne, iniciamos la asamblea sin usted. Me disculpo si no lo esperamos. Es que tenemos mucho de qué hablar y no queremos perder el tiempo —le dijo Dégmon.

—Lo veo muy contento. Supongo que no lo pusieron al tanto de las últimas noticias —dijo Vishne de manera seria. Todos quedaron asombrados al verlo hablar de esa forma.

—¿De qué se trata, mi estimado profeta? ¿Hay algún problema?

—Daljalha me acaba de informar sobre ello. ¿Recuerda a esos mugrosos pajarracos que intentaron pasarse de listos con nuestros generales en Ashura? Pues están de regreso. Y por lo que Daljalha me contó, están en todas partes. Andan de isla en isla. Reúnen fuerzas con otras especies, al igual que antes. Los oráculos les ayudan. Temo pensar que se estén multiplicando para tomarnos por sorpresa.

Daljalha era una mensajera personal. A diferencia de las demás águilas coronadas, ella tenía un plumaje colorido y un poder sorprendente. La risa que tenía era de lo más detestable.

»Los grifos han regresado y no tienen buenas intenciones de negociar con nosotros. Si no hacemos algo pronto, los tendremos sobre nosotros antes de que podamos hacer otra asamblea. Hay que actuar con rapidez. Ellos no perderán el tiempo. Tan pronto como puedan, nos atacarán —balbuceó de manera brusca y rápida, dejando aturdidos a los presentes.

—No hay por qué alarmarse. Tenemos la ventaja de ser más —dijo Dégmon.

—Eso no es cierto —Vishne respondió de manera brusca e irrespetuosa.

—Profeta Vishne, no me gusta su tono de voz. Recuerde que aún sigo siendo la Autoridad Suprema —le señaló Dégmon.

—Si no le gusta mi tono de voz, mucho menos le agradará saber que mataron a mi sobrino en Ráimen. Y adivine quiénes fueron los asesinos.

Otra vez la burra al trigo, dale que dale, el problema de los grifos ya era fastidioso en demasía. Con lo último, era el colmo de los males, la gota que rebasó el vaso. Con aquel magnicidio ya le habían dado el ultimátum, o iniciaban una nueva guerra o se despedían de sus planes maléficos para siempre. Si no les concedían beligerancia a los rebeldes, pasarían a ser el farolillo rojo.

—¡No puede ser! ¿Mataron a Uguzar? —resaltó Velsefor.

—¡Eso es imposible! —exclamó Belsemuth.

—Tiene que ser una broma —dijo el comandante Vakum.

—Profeta Vishne, más vale que eso sea mentira. La vida de un dragón de sangre real vale más que la de todos mis soldados —dijo Dégmon.

—Daljalha jamás miente. Es más confiable que estos idiotas de aquí —pronunció y señaló a los Hermanos Trinitarios, a quienes no les gustaba ver en las asambleas—. Creo yo que está de más decir que estamos en peligro. Hay que exterminar a esos grifos lo antes posible.

—Me temo que tendremos que cambiar de parecer, mi estimado comandante —le dijo Dégmon y lo miró—. Hoy mismo comenzaremos los preparativos. Quiero a esos grifos extintos de una vez por todas. Póngase en contacto con los demás regentes. Los grifos están buscando una guerra y con gusto se la daremos. Es hora de darles fin a esos energúmenos.

El comandante Vakum abandonó la sala y fue a buscar a sus compatriotas para informar sobre una nueva misión. La Gran Limpieza iba a suspenderse temporalmente para dar prioridad a algo más alarmante, la obstaculización que generaba la Raza Pacifista.

La asamblea continuó, se debatió sobre cómo hacer para aniquilar con mayor presteza a los grifos. Prefirieron omitir la excesiva formalidad y discutir con poca diplomacia. Vishne no estaba en condiciones de aportar mucho siendo que un miembro de su familia había sido asesinado recientemente por una criatura impura. Lo que más deseaba era desquitarse, pero él no iba a salir a luchar, para eso estaban los soldados y los esbirros.

Una vez finalizada la interminable asamblea, los tres hermanos salieron y se rencontraron en la plaza. Le juraron lealtad a Draco. Se tenían un odio inefable y estaban dispuestos a hacer cualquier cosa con la finalidad de dañar la imagen fraterna, sin importar qué métodos utilizar para lograrlo.

Finalizada la declaración de lealtad, los tres reyes volvieron a sus respectivos reinos. Como Dáikron quería demostrar que era mejor que sus hermanos, decidió empezar a ser estricto con los soldados de Korozina. La furia de Vishne la iba a descargar en Mitriaria, y pronto, todos iban a sentirla en carne propia, en especial los grifos, que eran los causantes de todos los problemas que importunaban a los dragones.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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