Kompendium - Capítulo 86
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86: LXXXVI 86: LXXXVI Había pasado una eternidad desde que Deimarus inició aquel periplo hacia el Norte.
Tenía veintisiete años, contaba con casi cuatro metros de altura, era membrudo y las plumas se le habían vuelto un poco más oscuras.
Su mirada seguía siendo fría, penetrante y tenebrosa.
Sus pupilas, apenas visibles, lo hacían parecer un desquiciado.
Poseía una fuerza descomunal y una agilidad sorprendente.
Las criaturas de las demás aldeas le tenían miedo, no les inspiraba mucha confianza.
Siempre se mostraba antipático e imperioso.
Si había algo que no le gustaba nada, era que lo subestimaran.
Llegó a las afueras de Mieresia y notó que la tierra, bastante húmeda, estaba repleta de huellas.
Al acercarse más, observó, a través de las colinas, el resplandeciente fuego que ardía sobre una aldea pequeña.
Al ver eso, supuso que no se trataba de nada bueno.
Preparó la extensa lanza que había armado y se introdujo de lleno en la zona.
Lucía como una clase de cimarrón que se había automarginado por cuestiones personales.
En realidad, la curiosidad lo llevó a explorar la naturaleza tal y como era.
Se percató de que había injusticia en todos los rincones, sólo la especie más apta era la que sobrevivía, los débiles siempre palmaban (la Ley de la Selva).
El fuerte silbido del viento lo obligó a detenerse por un momento.
Cuando las plumas de la nuca se le erizaban, significaba que algo peligroso rondaba en las cercanías.
Al observar con atención, notó que la zona estaba repleta de dragones.
Algunos minotauros y centauros andaban dando vueltas por ahí, en busca de criaturas inocentes a las cuales sacrificar.
Desató la furia de los dioses del inframundo y fue por los enemigos, sin siquiera ponerse a pensar en el peligro que corría al enfrentarlos solo.
Era temerario en toda la extensión de la palabra, le importaba un carajo lo que le pudiese ocurrir, dispuesto estaba a dejar todo en la cancha.
Llegó a una plaza destruida, la cual estaba repleta de cadáveres desmembrados, y se topó con un grupo de minotauros.
Corrió hacia ellos y los empaló, les hizo sufrir un intensísimo dolor.
Uno por uno, les clavó con la lanza hasta hacer que se desangraran.
Uno de ellos, que se encontraba sobre un cerro, sopló un cuerno para llamar refuerzos.
En cuestión de minutos, los centauros aparecieron en escena y lo hallaron.
Al ver a un grifo de clase superior, intuyeron, al instante, que no debían dejarlo escapar.
Por ello, se apresuraron por asaetearlo.
El líder del grupo, el que estaba más adelante, recibió un piedrazo en la cabeza y se desplomó en el suelo.
Deimarus apareció de golpe, comenzó a empalar a los enemigos a una velocidad extraordinaria, mientras esquivaba los flechazos de manera prodigiosa.
Saltaba como un presto felino y caía justo encima de ellos, los usaba como escudo y aprovechaba la oportunidad para atravesarlos.
Cogió a uno de las patas y lo arrojó al frente, creando así una distracción, y se lanzó sobre los demás.
Con las fuertes garras de águila que tenía, les perforaba la carne, y con una fuerza brutal, les arrancaba las piezas de sus armaduras.
No tenía piedad a la hora de asesinar, lo hacía de la manera más sádica.
Las cosas comenzaron a complicarse cuando llegaron los dragones, en manadas de treinta integrantes, que aterrizaron en los alrededores.
El simple hecho de ver un grifo fue suficiente para hacer que perdieran la cordura y atacaran como animales salvajes.
Se lanzaron hacia él entre varios y le escupieron fuego.
Deimarus alzó vuelo y los atacó con toda su fuerza, haciéndolos pedazos con cada acometida.
Uno de ellos le lanzó un mordisco y le perforó el ala derecha, lo que generó que se enojara aún más.
Lo tomó de la mandíbula y se la abrió hasta rompérsela, le clavó la lanza en el cuello y lo dejó desangrarse.
Lo peor de todo era que no dejaban de aparecer dragones negros.
Salían del fondo y se metían en el campo de batalla como si no hubiera un mañana.
Estaban ansiosos por devorar carne fresca a como diera lugar.
Antes de que una horda numerosa lo alcanzara, una importante cantidad de flechas cayó del cielo, éstas acabaron incrustándose en sus cuerpos, eso los obligó a detenerse.
Deimarus giró la cabeza y vio que salían sáklios, sétrekes y ocelotes del Este.
Venían volando sobre pegasos dorados.
Los ocelotes saltaron desde una gran altura y se lanzaron al ataque a toda pastilla.
En grupos de seis, se arrojaron sobre los dragones, y antes de que éstos los incineraran, les lanzaron rejones, les perforaron el cuerpo.
Desenvainaron las espadas y saltaron sobre ellos.
Les tajaban la carne reiteradas veces con cada ataque que daban, así los mantenían a raya.
Algunos dragones lanzaban rayos por la boca, lo que acababa despedazando a los ocelotes, en son de que era necesario echarse al suelo como última instancia.
Los pegasos volaban a uña de caballo, distraían a los dragones que se aproximaban al campo de batalla, y hacían que la confrontación fuese más ligera.
Entretanto, los sáklios y los sétrekes disparaban flechas en llamas y derribaban a los enemigos.
Tenían una gran puntería y precisión.
Desde el fondo, un grupo de riodes lanzaba piedras de gran tamaño con unos gigantescos fundíbulos.
Buscaban trabucar a las hordas del Norte, y así evitar que siguieran atacando a los ocelotes.
Gracsen, que se había hecho un viaje de miles de kilómetros en menos de un mes, llegó con Ipuki y se aproximó a Deimarus.
Le habló, pero él no respondió, no le gustaba que otros se entrometieran en sus batallas, era orgulloso en exceso.
La naturaleza asesina del grifo le impedía hacerles caso a los demás.
Si podía matar, estaba más que dispuesto a matar.
No le importaba a quién debía matar.
En su corta infancia, los educadores que había tenido mataban polluelos inocentes como si nada y no sentían remordimiento alguno.
Él no buscaba ser mejor que ellos; todo lo contrario, buscaba ser más violento aún.
Se lanzó sobre los dragones y siguió empalándolos con uñas y dientes hasta darles fin a sus miserables vidas.
La ira y la sed de venganza lo enceguecían a tal punto que ya nada le preocupaba.
Las hordas del Norte perecieron, y junto con ellos, unos cuantos guerreros de Mitriaria.
Los pocos que quedaron con vida se reunieron en la devastada plaza, repleta de cadáveres desfigurados, vísceras esparcidas y charcos de sangre.
Se calmaron al ver que habían cumplido con el objetivo, aunque las cosas apenas comenzaban a ponerse peliagudas.
Las hordas de Dáikron habían retomado la misión de Limpieza Racial, y esta vez, estaban dispuestas a hacer cualquier cosa con tal de tomar tierras ajenas.
—Gracsen, necesito que vuelvas al refugio e informes a mis camaradas sobre la situación.
No nos queda mucho tiempo.
Las fuerzas del Norte no tardarán en llegar a las aldeas vecinas —le dijo Karug, el líder de los sáklios, quien estaba a cargo de un grupo de habilidosos guerreros.
—Lo más probable es que se desplacen hacia el Sudeste.
Si tengo suerte, llegaré antes de que me encuentren —le respondió Gracsen y subió sobre Ipuki.
Partió de inmediato.
Karug se acercó a Deimarus y le dijo que, como las cosas se habían vuelto peligrosas, era mejor que buscara un refugio, a lo que él consideró una falta de respeto.
Lo miró con mala cara y le respondió lo siguiente: —Soy de clase superior.
No necesito ocultarme de nadie.
Si quieren matarme, que vengan por mí.
Los estaré esperando —le dijo de forma ingrata y alzó vuelo.
Tenía que llegar a Ankoleria cuanto antes.
Una vez que aterrizó sobre el árido y frío suelo, tuvo la sensación de que algo andaba mal.
Al aproximarse desde una colina pedregosa, observó una pequeña aldea destruida de extremo a extremo.
Se acercó y vio plumas ensangrentadas en el suelo.
Caminó en dirección al Noroeste y halló cadáveres despedazados.
Los cuerpos habían comenzado a pudrirse; de hecho, ya se podía oír el aleteo de los hambrientos buitres en las cercanías.
Halló dos espadas largas en el suelo, se veían bastante filosas, las cogió sin pensarlo.
Al menos para cercenar dragones servían.
Entre escombros, pedazos de carne descompuesta y piedras, halló el destrozado cuerpo de un grifo de clase superior.
Al verlo de cerca, descubrió que se parecía mucho a él.
Supuso que su padre ya había muerto.
El ataque de los dragones no dejaba a nadie con vida.
En realidad, Zámarus ya había perecido hacía unos años por culpa de los invasores.
Deimarus sintió una amargura en la boca y se encrespó.
Los dragones le habían arrebatado la oportunidad de conocer a su padre.
Se quedó en silencio un rato largo, pensando en lo miserable que era la vida, y se fue caminando sin prisa.
Ante la decepcionante realidad, decidió que lo mejor era regresar al Sur y ver a su tía de nuevo.
Ella era el único tesoro que apreciaba haber tenido como familiar.
Le valía tres hectáreas de verga su progenitora, Zárhia había sido una pésima madre; no obstante, la actitud agresiva y soberbia la había heredado de ella.
La vida de Deimarus se había tornado mucho más complicada de lo esperado.
Las cosas se estaban yendo al abismo y no había forma de cambiar lo ocurrido.
Los enemigos habían sido enviados para exterminar a todos los grifos que encontraran.
Dáikron le dio prioridad a esa especie porque era la que más le molestaba.
Era consciente de que eran fuertes sobremodo.
De la misma manera, en Ashura, Bork debía lidiar con los hipogrifos.
Esas criaturas, al igual que los grifos, representaban una gran amenaza para el rey.
Los dragones ya se habían hartado de ellas.
Con el apoyo de Dégmon y de Vishne, las cosas comenzaban a ponerse jodidas para los rebeldes dado que ninguno de ellos era piadoso.
Y si tenían que sacrificar a todos sus soldados para lograr el objetivo, estaban más que dispuestos a hacerlo.
Deimarus se apresuró en viajar de regreso hacia su antiguo hogar, el cual no había visto desde hacía muchos años.
Recordó un sinfín de cosas de la infancia y supuso que Kronsia no había cambiado mucho.
En realidad, una horda del Norte ya había sido enviada a esa región con la orden de acabar con todos los grifos de la zona.
En poco tiempo lo descubriría, se llevaría la sorpresa de la vida.
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