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Kompendium - Capítulo 87

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  4. Capítulo 87 - 87 LXXXVII
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87: LXXXVII 87: LXXXVII Luego de varias semanas de incesante viaje, Deimarus llegó a las afueras de Kronsia, cansado y con sueño.

No había dormido bien las últimas noches y los ojos los tenía algo irritados por el viento y el humo.

Sentía como si hubiese pasado un milenio desde que había estado en esa región.

Antes de acercarse, olfateó sangre y carne descompuesta, lo que lo hizo pensar que los invasores ya habían cruzado.

Como Pedro por su casa, corrió hacia la parte del fondo, entre las pequeñas casas destruidas, y vio que no quedaba nada de su hogar.

Lo que había sido su morada durante tanto tiempo había quedado deshecha.

Buscó por todas partes el cuerpo de Málassia; sin embargo, no lo halló, sólo había plumas chamuscadas y ríos de sangre por doquier.

Todo indicaba que las dos grifas que vivieron ahí habían sido lastimadas.

Al salir, encontró que las marcas de sangre iban hacia el Este, y a unos cuantos metros de la vivienda, halló el cadáver desnudo de Málassia, casi irreconocible.

Las piernas y la cola habían sido arrancadas, las alas estaban repletas de sangre, el cuerpo desprendía un tufo nauseabundo, sin contar que estaba lleno de moscas y gusanos.

Al parecer, ya había entrado en estado de descomposición.

Se desesperó como nunca y lanzó un grito de agonía que se oyó a miles de kilómetros.

Lloró como nunca antes lo había hecho y maldijo a los invasores por haberle arrebatado de las manos a su queridísima tía.

El dolor que sentía era tan profundo que le daban ganas de suicidarse, pero eso no iba a servirle de nada.

Lo único que podía hacer, y que de hecho hacía mucho tiempo que lo deseaba, era vengarse de los dragones.

Perdió la cordura y entró en un estado que jamás había entrado.

La terrible furia cargada hacía estremecer el suelo.

Algo que él jamás supo era que, había llegado una nota de parte de los sátiros, algunos meses atrás, que decía que una horda de invasores se aproximaba a esa zona, lo malo fue que casi nadie les hizo caso.

Los pocos que se fueron, iniciaron un largo viaje hacia el Este, en busca de una zona más tranquila.

Allí sería donde surgiría la tierra de Fysiah, lugar que, más adelante, verá nacer a Deguse Ale Arus.

En cambio, los que se quedaron en Kronsia pagaron el precio de aquella decisión con sus vidas.

Ninguno de los que se quedó logró sobrevivir, los invasores asesinaron a todos los grifos a sangre fría.

Zárhia no quiso irse de Kronsia, esperó la llegada de su esposo y de su hijo.

Como ninguno de los dos regresó nunca, Málassia se tuvo que quedar con ella.

A lo último, Zárhia había caído en un estado depresivo que la mantuvo en pésimas condiciones.

Perdió la compostura y cayó enferma.

Parecía como si la ausencia de Deimarus y de Zámarus la destrozaba por dentro.

Todo fue grisáceo hasta el día que un dragón negro ingresó a la aldea.

Zárhia fue engullida, Málassia trató de huir en volandas y la atraparon.

Los demás aldeanos de Kronsia también fueron despedazados sin piedad.

Brazos, piernas, cabezas, colas y alas les fueron arrancadas por igual, tanto a grifos jóvenes como ancianos, clase superior como clase Alfha.

Los dragones hicieron un excelente trabajo de aniquilación en esa aldea.

El derramamiento de sangre fue tremendo.

El monasterio de Grelim, al quedar tan cerca de la frontera, no sufrió ningún daño.

Como Deimarus quería respuestas y las quería en ese momento, se dispuso a realizar una visita al monasterio.

El objetivo era obtener información de lo acontecido y desquitarse de quienes alguna vez le hicieron daño.

Durante una tarde nublada y ventosa, ingresó al monasterio.

Al entrar, su mente se llenó de reminiscencias e imágenes horrendas que le hacían recordar lo mal que lo había pasado en aquel recinto.

Los polluelos habían sido llevados a otra parte por cuestiones climáticas.

El bréstimo los había acompañado hasta un refugio en el Sur de Marsopria, de paso, aprovechó la oportunidad para sacarlos un poco del encierro.

En uno de los extensos pasillos del monasterio, el recién llegado se encontró con uno de los maestros, al cual recordaba demasié.

El casual encuentro fue extraño, era como si se tratara de una pesadilla hecha realidad.

Lo primero que hizo el maestro fue preguntarle quién era, Deimarus no respondió, sólo sacó las dos espadas y se aproximó a él a la chita callando.

Tenía pensado devolverle el sufrimiento que le había otorgado de joven.

Antes de actuar citó un pasaje del Bashí: —La venganza es el veneno del hereje; el perdón es la pócima del fiel (Viralus 12: 14).

Por desgracia, yo soy lo primero —dijo en voz baja y destrozó el cuerpo de aquel grifo.

Aunque él en realidad buscaba al sacerdote Ruyerus, se le ocurrió que matar a los demás podía ser divertido.

El sufrimiento ajeno era un deleite para él, máxime si se trataba de seres miserables que no merecían respeto.

Dejó atrás el cadáver mutilado y siguió caminando por el pasillo como si nada hubiera ocurrido.

Se topó con uno de los rapsodas y lo interrogó.

Quería saber en dónde se encontraban los hijos de puta de Jachoh y Durec.

Al no recibir la respuesta deseada, hizo lo que tenía que hacer.

Encolerizado, lo despedazó sin piedad.

Luego de desmembrarlo, fue a buscar a los demás.

Ansioso estaba por verlos pasar a mejor vida.

Dos maestros más se encontraban en la galería.

Al verlos, perdió el control de sí mismo y los descuartizó sin decir nada.

Su ira era incontrolable y nada podía hacer para calmarse.

No recordaba los nombres de ninguno de los dos, sí recordaba haberlos visto.

Salió de ahí y encontró a uno de los purificadores orando cerca de una de las estatuillas de Dárius.

Lo tomó por sorpresa y lo encadenó cerca del claustro, lugar donde ponían a los polluelos y los azotaban con frenesí.

Preparó una cadena gruesa y la calentó con una antorcha hasta dejar el metal al rojo vivo.

A pesar de las súplicas de la víctima, el verdugo hizo como que no oyó nada.

Comenzó a darle cadenazos, le arrancó plumas y le tajó la carne.

Lo azotaba con una ferocidad tremebunda mientras lo llenaba de insultos.

Lo hacía sangrar y gritar con desesperación.

Cada golpe era un clamor de justicia para él.

Al final, tuvo piedad y optó por ahorcarlo con la misma cadena.

De esa manera, acabó con su miserable vida.

El instinto asesino lo condujo hacia otro purificador cerca del habitáculo del sacerdote y lo encaró.

Lo llevó hasta la parte de afuera y lo acomodó en un patíbulo, con la cabeza mirando hacia arriba.

Preparó una caldera con agua hirviendo, le dijo lo que planeaba hacer, como era de esperar, el purificador se desesperó y le rogó que lo dejara en libertad.

Él hizo oídos sordos.

Le introdujo el agua ardiendo por la boca, quemándole el esófago y el estómago por igual.

Verlo retorcerse en agonía le generaba un inmenso placer.

»Ahora ya no podrán salir groserías de su boca.

Recuerde que eso es blasfemia, y como tal, merece un castigo (Halarus 8: 10) —le dijo mientras lo veía quemarse por dentro y agonizar en silencio.

Tras haber acabado con él, fue a buscar a los demás maestros.

Halló al de ética que tanto odiaba, lo agarró, lo llevó hasta un altar donde lo encadenó.

A continuación, le vendó los ojos para que se sintiera más atemorizado.

El cuerpo de la víctima estaba apoyado sobre la figura pétrea.

Tanto los brazos como las piernas estaban inmovilizados, las alas, la cola y la cabeza eran las únicas partes que podía mover.

Se acomodó detrás de él, acercó las espadas a su cerviz, a continuación, le pidió que recitara la historia completa de Mausurus, sin titubear ni pausar.

Le advirtió que, si en algún momento se detenía, lo degollaría.

Ese maestro, quien había sido un conocido abusador protegido por los de alto rango, sintió un gran temor y rezó para que todo acabara pronto.

Estaba a punto de probar lo que se sentía la humillación en carne propia.

Deimarus lo sujetó con fuerza y lo sodomizó de manera brusca con una lanza, haciéndole sentir lo mismo, o algo similar, que sentían sus víctimas cuando él las violaba.

De hecho, a varios polluelos ya había penetrado a hurtadillas.

Era el momento de pagar por lo hecho.

Ojo por ojo, diente por diente (lex talionis).

Al principio, el miedo era tal que la víctima no podía hablar fuerte y claro, las palabras no le salían completas, titubeaba, vacilaba, balbuceaba, hacía constantes pausas, temblaba de miedo; estaba cagado en las patas.

Al sentirse tan avergonzado, comenzó a plañir a moco tendido.

Estaba sintiendo tanto dolor y tanta humillación que ya no quería seguir recitando.

Debido a la insistencia del sayón, trató de recitar lo más que pudo, como fue demasiado el dolor sentido, comenzó a gritar desesperado.

Al ver que el maestro no aguantaba más y no hacía lo que le pedía, no tuvo más opción que matarlo.

La brutal sodomía produjo un prolapso del intestino, el cual Deimarus estiró cuanto quiso y lo rasgó con las garras.

Le quemó los genitales con una antorcha, le abrió el perineo con una navaja, y, por último, le atravesó el pescuezo con la espada, lo dejó desangrarse.

En la parte del fondo, encontró a dos maestros, a quienes recordaba poco, de igual manera, decidió que lo mejor, y por el bien de todos, era eliminarlos.

Los llevó al refectorio, donde los encadenó y los dejó contra la pared.

Una vez hecho eso, fue a buscar piedras en la parte de afuera y decidió lapidarlos.

Ese era el castigo que se daba a los que mentían y engañaban (Gaushurus 2: 9).

Les rompió la cabeza a piedrazos y los dejó.

En la cocina, halló a uno de los acólitos y le preguntó dónde estaban los demás, a lo que él le respondió que varios se habían ido a otras aldeas a servir en los templos.

Preguntó por los purificadores, Jachoh y Durec.

El acólito le contó que esos dos, por orden del sacerdote, habían sido enviados a servir a un templo de Libiasia, como castigo por haber matado a un polluelo inocente.

Antes de irse, le advirtió que, si lo que le había contado no era verdad, lo iba a ejecutar de manera atroz.

No aceptaba que le mintieran, mucho menos en la cara.

Sabiendo en qué parte se hallaban aquellos bastardos, podía darse el lujo de torturarlos hasta el hartazgo.

Luego de una interminable semana de vuelo, llegó a Libiasia y encontró un pequeño templo que tenía un tríxode en la puerta.

No cabía duda de que ese era el edificio mencionado por el acólito.

Al ingresar, notó que estaba vacío.

Se metió en la parte del fondo y casi se le reventaron los ojos de rabia al ver a los purificadores que lo habían quemado vivo.

Los tomó desprevenidos y los encadenó.

Alzó vuelo y los llevó hacia una isla volcánica que quedaba en el Oeste, pasando la península de Intsumia, a varios kilómetros del continente.

Una de las nutrias que había encontrado cuando era adolescente, momento en el que se había perdido en los inmensos bosques del Sur, le contó sobre una isla volcánica del Oeste que estaba deshabitada.

El volcán se mantenía en actividad y, de vez en cuando, erupcionaba.

Ese lugar era asaz caliente y carecía de alimento, por eso nadie quería vivir allí.

Luego de cuatro días, llegó a la isla y descendió sobre la costa.

Notó que el calor era fuertísimo, casi tanto como en las aldeas de Xeón.

Ningún animal, salvo que fuese fueguino, sobreviviría en un sitio como ese.

Los purificadores se cansaron de rogarle que los soltara.

No sabían quién era ese extraño grifo ni qué quería de ellos.

Luego de haber meditado durante tanto tiempo, se arrepintieron por todo lo malo que habían hecho, al protagonista un carajo le importaba el arrepentimiento de esos infelices, él sólo los quería ver sufrir.

Lo mejor que podía hacer era darles una muestra de su extrema crueldad.

Dio un salto y los acomodó en el cráter del volcán, sobre una roca que estaba a sólo centímetros de la ardiente lava.

Antes de retornar, les dijo que sólo les estaba mostrando lo que se sentía quemarse vivo, que esa experiencia era como visitar el infierno.

Además, les recordó que le debían una bolsa de zanahorias.

Al escuchar eso, se apercibieron de que ese era el polluelo que habían metido en el horno como forma de quitárselo de encima.

Los amordazó, se aseguró de que se sintiesen cómodos para recibir a la parca, los dejó a la deriva de la naturaleza.

Si querían salvarse, tenían que hacer un gran esfuerzo.

Retornó a la parte de arriba, expandió las alas y los brazos, formando un tríxode.

El sol en el fondo posaba justo entre sus manos.

Parecía que se trataba de una señal divina, y hasta cierto punto, lo era.

A él le fascinaba la idea de jugar a ser Dios, tenía las dotes deíficas de una deidad teriomórfica.

El mar de lava se movía como el océano, creando olas que iban y venían de aquí para allá.

El calor que irradiaba era estrepitoso.

La espera no fue prolongada.

Cuando el nivel de lava comenzó a subir, los purificadores sintieron cómo sus cuerpos se derretían.

Deimarus los observaba desde arriba, gozaba del sufrimiento que padecían y sentía un gran alivio.

Esos infelices lo habían estado molestando en sus sueños durante años.

Lo más apropiado era borrarlos del mapa para siempre, lo ideal era hacerlo de la manera más truculenta.

Cuando la lava los tapó por completo y fenecieron de la manera más inhumana que había, alzó vuelo y regresó al continente.

Se sentía requetebién después de haber ejecutado a esos dos malnacidos.

Para ese entonces, las invasiones se habían extendido hacia el Este y el Sur.

Las criaturas del Norte estaban pasando por un mal momento y no sabían qué hacer para salvarse.

Como estrategia, las aldeas vecinas tuvieron la idea de cavar túneles subterráneos que sirvieran como medio para ocultarse de los invasores y poder cruzar de una aldea a la otra sin problema.

Algunos oráculos, los que se habían enterado del malévolo plan de Dáikron, se entrometieron, aun sabiendo el peligro que corrían, y ayudaron a las criaturas.

Crearon campos de fuerza que servían para repeler a los seres malignos.

Cuando Deimarus regresó a las costas de Mitriaria, se encontró con un tejón que le avisó que las cosas se estaban yendo a la mierda.

Había dragones por todas partes y los lugareños no sabían qué hacer para echarlos.

Al enterarse de la frágil tesitura, creyó que podía hacer algo útil en la vida y optó por ayudar a las demás criaturas, pues ellas lo habían tratado bien cuando él vagó sin rumbo por el bosque.

Su filosofía era simple: tratar a los demás como lo trataban a él; por ende, trataba bien a los que lo trataban bien y mataba a los que lo trataban mal.

El tejón, que se presentó como Diyis, le dijo que iba a darle todas sus riquezas si le ayudaba a salvar a sus familiares, a lo que Deimarus negó al instante.

Le explicó que no necesitaba bienes materiales ni riquezas, con tal de masacrar y ver sufrir a los invasores estaba dispuesto a hacerlo gratis.

Al tejón le produjo un gran alivio y le mostró cuál era el sendero que debían tomar.

Lo siguió hasta las afueras de Yejenia, aldea que quedaba entre Druazia, Arsunia y Frimia, a unos cuantos kilómetros de Arkhúm y Listamia.

Deimarus no estaba al tanto de lo que sucedía en Korozina ni en los demás continentes, lo único que sabía era que los dragones eran seres malévolos y había que eliminarlos lo antes posible.

Sabía que tenían aliados, que eran criaturas nórdicas, y que no representaban ninguna amenaza para él.

Ansiaba despedazar a todos los enemigos que aparecieran, sin importar el nivel, la raza, el rango, la clase, la escala, el sexo, el tamaño o la fuerza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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