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Kompendium - Capítulo 88

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  4. Capítulo 88 - 88 LXXXVIII
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88: LXXXVIII 88: LXXXVIII Mientras tanto, Akaliurus y Sáurius, los viejos compañeros de monasterio de Deimarus, ahora adultos, recorrían los alrededores en busca de nuevas y emocionantes experiencias, cual si fuesen los aventureros del aire.

El demandante trabajo de proselitismo religioso y ascetismo les aburrió al poco tiempo, decidieron dedicarse a lo que más les agradaba: los placeres carnales.

Tras haber tenido una experiencia cercana con una de las sirvientas del sacerdote Ruyerus, sin que él ni nadie más se enterara, descubrieron que la ortodoxa vida dedicada a la fe no era ni la mitad de buena que una vida de libertinaje donde todo estaba permitido.

Mandaron a la verga todo el dogma religioso y se volvieron fervientes libertinos.

Ambos eran recios y altos.

Tenían más de tres metros setenta y se vestían con túnicas claras que les cubrían desde el pecho hasta las rodillas.

No usaban ningún tipo de vestimenta extra.

No se comportaban como antes, eran más tranquilos y no les interesaba meterse en problemas, aunque todavía les gustaban las festividades y todo lo relacionado al jolgorio.

Eran unidos como Lenny y Carl.

En el camino, vieron una hermosa grifa solitaria, de clase Alfha, que estaba al lado de un pequeño lago cristalino, y se acercaron a ella.

Casi le metieron un susto al tomarla desprevenida.

Les preguntó quiénes eran, algo en su mente le advertía que se trataba de un par de loquillos sueltos.

Sáurius, que era bien salaz, le respondió que eso no importaba, que lo único importante era que pretendían darle cariño.

Akaliurus se sumó al diálogo y le dijo que, como ellos dos eran de clase superior, ella tenía que obedecer todo lo que le dijeran.

Luego de lo acaecido en Kronsia y en sus alrededores, a la grifa no le quedaba nada.

Acatar órdenes de otros era lo único que sabía hacer.

En caso de que sus padres no estuviesen presentes, tenía que obedecer a los que eran de clase superior, aun cuando se tratase de un par de extraños que pegaban la hebra y se metían donde nadie los llamaba.

La última grifa que Sáurius había probado era bastante quisquillosa y no quería hacer lo que le pedía.

Insistía en que no tenía ningún deseo de fornicar con un grifo de clase superior.

Tuvo que dejarla en paz porque no había forma de convencerla.

En este caso, la cosa era distinta.

Sin consentimiento mutuo, no tenía gracia.

Le solicitaron que se quitara esa horrenda túnica que no dejaba ver aquel bello cuerpo femenil oculto detrás de la tela desgarbada.

Como no había otra alternativa, la grifa hizo lo que le pidieron, se desnudó frente a ellos y les mostró el encantador cuerpo que tenía.

Su figura femenina, esbelta de arriba abajo, les producía una gran admiración.

Eso era lo único que les maravillaba de verdad.

“¡Bendita carne lujuriosa que tienes!

Te partiré por la mitad”, le dijo Sáurius, la agarró y la acorraló contra un árbol.

Akaliurus estaba detrás de él, a pocos metros de distancia, observaba cómo su compañero se desempeñaba en el arte del amor.

No le gustaba intervenir mientras él gozaba con las hembras, sólo miraba que nada se saliese de control.

Una vez finalizado el coito, le tocaba a él.

Justo cuando Sáurius estaba a punto de entrar en acción, aparecieron dos hurones desesperados e interrumpieron la escena.

Uno de ellos tenía un parche en el ojo izquierdo y el otro tenía una cicatriz en el hocico, los cubrían unos andrajos que parecían ropa de vagabundo.

Estaban tan alterados que apenas podían hablar.

Habían aparecido hienas, junto con algunos minotauros y dragones, dieron a entender que la misión de Dáikron estaba en proceso y que, si no lo aceptaban como rey, él los iba a exterminar a todos.

Más dragones y centinelas estaban en camino.

Ya habían partido decenas de hordas septentrionales.

La Gran Limpieza debía continuar.

Por más súplicas hechas, los grifos calentones no dieron brazo a torcer, les pidieron a los hurones que los dejaran en paz mientras hacían de las suyas con la grifa.

No estaban de humor para meterse en escaramuzas y tampoco podían hacer mucho sin armas.

No estaban entrenados en el arte de la guerra, ni les interesaba enfrentarse a monstruos asesinos que los podían hacer pedazos en un abrir y cerrar de ojos.

Sáurius prosiguió por cuenta propia.

Lamió los genitales de la grifa hasta ponerla al rojo vivo, al excitarla hacía que la vagina se le humedeciera, y así, podía gozar más durante la penetración.

Le metió el pico y los dedos, la hizo gemir.

Empalmado y extasiado, se puso de pie, corrió la túnica, enseñó su arpón rosado y tieso, la obligó a que se lo engullera para ofrecer más lubricación, luego, la acomodó de frente contra el árbol, se puso detrás de ella, le mordió las plumas de la nuca, colocó las manos sobre la corteza, se la metió despacio hasta que alcanzó a hacer tope.

Empezó a violarla sin más ni más.

Los hurones, atormentados por la frustración y la decepción, tuvieron que irse, no iban a conseguir nada quedándose a ver cómo un par de animales sicalípticos se divertían a costilla de una pobre infeliz sin voluntad propia; ninguno de los dos grifos estaba al quite.

Tenían que ir a otra parte a pedir auxilio.

Había criaturas dignas que sí podían hacer la gamba.

En el recorrido, los caminantes se cruzaron con otro grifo de clase superior de casi cuatro metros cuyo plumaje grisáceo tenía tonos azulados en las alas, con matices en las remeras primarias y secundarias.

Su prominente pico era corvo y filoso.

Sus ojos eran de color añil.

Tenía un penacho que iba hacia atrás, como el de la cacatúa galerita, brazos gruesos, espalda ancha, piernas largas, y una cola de casi dos metros.

El nombre real de aquel grifo era Blakiuske Adamarus Etsnaskse, lo conocían como Blaksurus, un audaz guerrero proveniente de Ashura.

Llevaba puesta una armadura ligera, de color plateado, y una lanza de casi cinco metros con tres picos en la punta.

Ni bien se aproximaron a él, le contaron que estaban bajo amenaza, que los invasores habían llegado y que estaban en todas partes.

Le suplicaron que les echase una mano, ellos solos no podían hacer nada contra tantos rivales.

Él no tuvo problema en decir que sí, sólo les pidió que buscaran un refugio donde resguardarse mientras limpiaba la zona.

Al calor de un bravo animal, cualquiera se sentiría seguro.

En ese ínterin, algunas hienas moteadas aparecieron desde el Noroeste, traían arcos y aljabas con flechas picudas.

Era de esperar que llegasen en cualquier momento teniendo en cuenta los movimientos de las distintas tropas alrededor del continente.

Desde el eje principal, un minotauro negro comandaba, todas las demás hordas eran capitaneadas a esparcirse como polen por el jardín.

Al ver a las hienas acercarse, los hurones se hicieron a un lado y se ocultaron detrás de unos yáquiles.

No deseaban meterse en el área de combate, no tenían con qué defenderse ni tampoco podían luchar cuerpo a cuerpo.

Se trataba de dos jóvenes inexpertos que no se atrevían a lastimar ni a una mosca.

Cualquier animal carnívoro les infundía miedo.

Blaksurus, sin guiñar un ojo, extendió las enormes alas que tenía y fue por las hienas.

Empaló a unas cuantas, esquivó los flechazos de las demás con gran agilidad.

El arduo entrenamiento que había recibido en Elconiat, en la costa de Ashura, le había servido de mucho.

El oráculo Delemkum le había arrimado el hombro, así logró volverse más fuerte.

Al rato, aparecieron algunos minotauros grises y se entrometieron.

Un minotauro negro dirigía la tropa.

Todos ellos estaban armados como soldados de guerra, con armaduras y espadas de hoja gruesa y serrada.

Blaksurus no era un rival fácil de doblegar de modo que, para poder darle muerte, debían ser más rápidos y fuertes que él.

No sabían que se estaban enfrentando a un guerrero experimentado.

Los minotauros corrieron hacia el enemigo a toda leche, él los derribó con la lanza, uno por uno, mientras les producía cortes profundos con cada raudo movimiento que hacía.

Los empalaba y los mataba antes de que pudieran ponerse de pie.

Al líder de la tropa, quien era mucho más duro de matar, lo derribó con un raudo movimiento de lanza.

Una vez en el suelo, intentó clavarle la lanza en la garganta, él la tomó con las manos y no permitió que lo empalara como a los demás.

Lo empujó hacia atrás y se levantó.

Le rozó el peto con la espada y dio un segundo ataque, que Blaksurus bloqueó y aprovechó para atravesarle el abdomen con el arma, dejándolo en estado de vulnerabilidad.

A una velocidad asombrosa, le produjo un corte profundo en la garganta que hizo esparcir sangre sobre su armadura.

Se quedó quieto viendo cómo el minotauro caía de rodillas al suelo y se desangraba.

Sucumbió a los pocos segundos.

Blaksurus había demostrado ser un digno protector, aunque en realidad, su objetivo no era defender a los demás, sólo quería deshacerse de los molestos invasores del Norte que fastidiaban tanto.

Había abandonado Ashura para luchar en Mitriaria, en busca de rivales más poderosos que pusiesen a prueba las nuevas habilidades adquiridas.

Las cosas se pusieron peligrosas cuando una horda de dragones negros apareció desde el cielo y descendió justo en esa zona, como aviones de caza.

Blaksurus se vio obligado a usar las alas y alzar vuelo.

Decidió combatir a los enemigos en el aire, antes de que aterrizaran.

Los distraía con vistas a que le lanzaran fuego y luego les atravesaba el cuerpo con una estocada.

Los seis dragones lo rodearon y lo atacaron en simultáneo, lanzaron mordiscos y zarpazos a brazo partido, sin llegar a atinar ni un solo cate.

Uno de ellos lo embistió y le arrancó partes de la armadura, otro le clavó los colmillos en el muslo derecho, produciéndole un intenso dolor, otro dragón lo atrapó de la cola y lo mantuvo quieto.

Los dos que estaban adelante le escupieron fuego y le quemaron el cuerpo.

El ardiente calor fue insoportable y tuvo que retraerse.

Lo tomaron entre todos y lo mordieron, le arrancaron pedazos de carne.

Incluso así, el grifo no se daba por vencido.

Los golpeaba con los puños y los pateaba para que lo dejaran en paz.

Como las cosas estaban tan delicadas, tuvo que descender.

Se los sacó de encima y aterrizó.

En el suelo, lo tomaron de los brazos y se los arrancaron, haciendo que su sangre se salpicara por todo el pasto.

Le dieron fin a su vida con una última bocanada de fuego.

Blaksurus quedó, además de mutilado y herido, carbonizado.

Fue así como dijo adiós el amigo cercano de Dainikus, quien también fue muerto a manos de dragones, sólo que en otro continente.

Al presenciar semejante salvajismo, los hurones se asustaron y dejaron el pelero.

Se dieron cuenta de que ni siquiera un grifo de clase superior podía protegerlos.

Blaksurus había perdido porque se había confiado demasiado de sí mismo, no porque fuese débil.

Salieron pitando antes de que los detectasen y acabasen convertidos en cenizas.

Deimarus estaba cerca y había visto la truculenta escena desde el suelo.

Al ver lo que los dragones habían hecho, se puso furioso, y cuando él se enfurecía, no había quién lo detuviera.

Con la mirada centrada y las plumas del lomo erizadas, se dispuso a dar lo mejor de sí.

Llegó a la zona, tomó a uno de los dragones de la cola y lo lanzó contra un grueso mangle.

Tomó a otro de los cuernos y lo montó.

De esa manera, los demás no podían atacarlo con libertad.

Le atravesó el cuello con la lanza y le perforó la espalda miles de veces.

Saltó hacia un costado, se dirigió al segundo dragón, que estaba a unos pocos metros, y lo derribó de un simple golpe.

Le atravesó el cráneo y fue por el tercero.

Esquivó todos los ataques, mordiscos y zarpazos.

Al tercer dragón lo empaló desde el costado y le abrió el vientre de un instantáneo movimiento.

Al cuarto y al quinto, tras esquivar las bocanadas de fuego expelidas, les atravesó el cuerpo y alzó vuelo.

El que había lanzado al principio regresó por él, enojadísimo al verlo triunfante.

Le lanzó un poderoso rayo que le quemó las plumas del pecho.

Deimarus lo golpeó en la cabeza, lo dejó confundido, y lo perforó tantas veces que lo dejó hecho un colador.

Su sangre caía como agua del cielo; un diluvio artificial.

De esa manera sádica y despiadada fue cómo se encargó de eliminar a los seis dragones que habían aparecido.

Todos acabaron desangrándose en poco tiempo.

De ellos no quedó ni un mísero recuerdo.

Era esa la osadía de un verdadero guerrillero de alto rango.

Diyis se acercó a la zona.

Estaba sorprendido al ver tanta brutalidad.

Supuso que Deimarus era un combatiente experimentado, cuando en realidad sólo era un hereje resentido que odiaba a todo el mundo.

Masacrar le generaba una gran satisfacción, al matar de forma cruel se sentía como un dios.

El mundo parecía que estaba de rodillas ante sus pies.

Lo felicitó por haber ejecutado a los seis dragones con tanta premura y osadía.

El inconsiderado grifo, frío de corazón, le respondió que no necesitaba los halagos de nadie, que era consciente del poder que tenía.

Al tejón no le importaba que le contestara de manera descortés.

Aquel grifo era el único protector que tenía, y por más que le respondiera con gritos o insultos, seguía siendo mejor que nada.

Los seis cadáveres ensangrentados de los dragones dejaban en claro la ferocidad y valentía que Deimarus poseía.

Pocos grifos tenían las suficientes agallas para asesinar dragones de esa manera, si es que siquiera se osaban a correr tamaño riesgo por nada.

No todos los integrantes de la Raza Pacifista eran pendencieros y temerarios, había quienes preferían intervenir sin necesidad de derramar sangre a barullo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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